¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 8
24%

Capítulo 8

Contra todo pronóstico, Enzo no me dijo ni una sola palabra más. No entendía esa necesidad de que fuera con ellos incluso a la prueba de sonido, pero no me iba a quejar.

Creo que lo hacía por hacerme la puñeta, buscando una queja o una protesta por mi parte, pero no lo iba a conseguir.

Resultó que aquellas mujeres formaban parte del cuerpo de baile. Dos llevaban años trabajando con Enzo; las otras dos, entre ellas la que se había acostado con él en el baño del avión, eran nuevas incorporaciones.

Subieron todos al escenario que habían montado en el estadio de Montjuïc, donde comenzarían la prueba de sonido.

Yo, por mi parte, revisé todo el tema de camerinos, backstage y demás, comprobando que estuviera todo correcto.

Cuando terminé, cogí una silla que había debajo del escenario y me senté a observarlo todo.

En el momento en que salieron las bailarinas, me di cuenta del motivo por el que habían elegido a las dos nuevas, y no era precisamente por sus dotes para el baile.

Os explicaré la situación para que seáis capaces de entenderme. Mientras que las dos de siempre eran unas auténticas profesionales, las otras parecían dos profesoras de infantil enseñándoles a los niños el baile de fin de curso.

Al pensarlo, no pude evitar que una carcajada escapara de mi boca desde lo más hondo. Por mucho que intentaba contenerme, bastaba con levantar la vista para volver a reír.

Enzo, al verme así, no dudó en detener el ensayo y dirigirse hacia mí. Como no era capaz de parar, se plantó delante con las manos en la cintura.

—¿Se puede saber qué es eso que te hace tanta gracia, Lola?

—Créeme, no quieres saberlo.

—Por supuesto que quiero. Yo y todos los que estamos encima de este escenario.

—Pues nada, tú lo has querido. ¿No te has fijado en tu cuerpo de baile?

—Estoy un poquito más centrado en cantar, la verdad. ¿Qué le pasa a mi cuerpo de baile?

—Que tienes los dos extremos. Por un lado, están estas dos chicas que bailan de manera más que profesional, mientras que, por el otro…

—¿Por el otro qué? Habla claro y no me hagas perder más el tiempo.

—Chico, que las otras dos son dos patos mareados, por decirlo de una manera fina.

—Eso no es cierto, y lo dices por resentimiento, por celos.

—No puedo tener celos de lo que nunca he tenido, querido jefe. Pero vamos, que, si tú dices que está bien, no seré yo quien diga nada más.

—Enzo, tu asistente tiene razón. No se coordinan con nosotras, por muy sencillos que hagamos los pasos —intervino una de las bailarinas veteranas.

—No pienso despedir a ninguna, mucho menos a estas alturas, cuando tenemos el concierto en unas horas.

—Pues como no las pongas a vender gorras y camisetas, te van a arruinar el concierto.

—Si no vas a hacer críticas constructivas, será mejor que no digas nada.

—Has sido tú quien me ha pedido mi opinión. Pero vamos, si lo que quieres es publicidad, con esas dos vas a salir en todos los programas de zapping .

Ya me daba igual. Si lo que quería era despertar mi vena irónica, acababa de conseguirlo.

Enzo dio quince minutos de descanso antes de retomar el ensayo y Pablo no tardó en bajar para hablar conmigo, porque sabía que su amigo no lo haría.

—¿Tan mal lo hacen?

—¿Quieres que te ponga un ejemplo para que lo entiendas?

—Sí, por favor, pero que sea lo más gráfico posible.

—¿Tienes sobrinos pequeños?

—Sí, una sobrina de cuatro años, Emma, que es la persona que más quiero en este mundo.

—¿Has ido alguna vez al festival de fin de curso del colegio?

—Claro. Los dos años que lleva escolarizada. Este todavía no lo han hecho.

—Bien, pues escucha. Ellas dos son bailarinas profesionales, mientras que las otras dos son las profesoras que se ponen delante de tu sobrina y de sus compañeros para que no se equivoquen.

Pablo soltó una carcajada imposible de contener y terminó contagiándomela. Estábamos llorando de la risa, porque era mirarnos y volver a empezar.

Mientras tanto, veía cómo Enzo se iba cabreando un poquito más a cada minuto.

—Cabrona, que ahora, cuando me suba al escenario, no voy a poder apartar la vista de ellas.

—Pues te garantizo que te vas a equivocar de compás, pero mejor ahora que durante el concierto.

Cuando terminaron los quince minutos de descanso, todos volvieron al escenario.

Yo no podía quedarme allí o acabaría partiéndome de risa otra vez y haría que perdieran el ritmo, así que decidí ir un momento al baño para echarme agua en la cara.

Cuando regresé, me encontré a Enzo al pie del escenario, mirando horrorizado hacia arriba y llevándose las manos a la cabeza.

No hizo falta que dijera nada. En cuanto vi que venía directo hacia mí, comprendí que ya se había dado cuenta de que no había exagerado lo más mínimo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿El qué? Porque ahora mismo no sé a qué te refieres.

—A que bailaban como el culo. Joder, ¿qué voy a hacer ahora?

—Yo no tenía que decir nada, no era mi labor. Te lo he dicho cuando me lo has preguntado y, aun así, me has acusado de hacerlo por celos. Imagínate si llego a decírtelo sin que me hubieras preguntado.

—Esto es una mierda, y a pocas horas de empezar.

—No te ahogues en un vaso de agua, Enzo. Puedes salir con las dos chicas de siempre y, para la próxima, piensa con la cabeza de arriba en vez de con la de abajo.

Se quedó boqueando como un pez fuera del agua, sin saber qué decir ni qué hacer, pero no me quedé allí para averiguarlo. Me di la vuelta y regresé al hotel, pues tenía que arreglarme para el concierto.

Ingrid me convenció para que me pusiera en sus manos y, la verdad, no me costó demasiado dejarme convencer.

Algo en mi interior me decía que tenía que hacerlo. Quería que, cuando Enzo me viera aquella noche, se quedara con la boca abierta.

Me eligió un vestido de tejido vaquero que llevaba una especie de pantalón corto debajo, ya que estaba abierto por los laterales. Iba sujeto al cuello y dejaba toda la espalda al descubierto.

Me recogió el pelo en una trenza de boxeadora y me maquilló de forma muy natural, resaltando únicamente mis labios con un tono rojo oscuro, color vino, que me favorecía muchísimo.

Me puse unas cuñas de esparto y cogí un bolso bandolera, también de tejido vaquero y de una prestigiosa firma, que Ingrid me había regalado el año anterior por mi cumpleaños y que todavía no había estrenado.

—Amiga, estás hecha un caramelito.

—Ya será para menos, pero venga, vámonos. No quiero llegar tarde y tener que escuchar al ogro.

—Más que ogro, es el lobo y tú, Caperucita.

—No, yo mejor que Caperucita soy la Cenicienta.

Ingrid soltó una carcajada y salimos de la habitación entre risas, hasta que nos dimos de bruces con Enzo y el resto de la banda.

Me recorrió de arriba abajo con la mirada, como si fuera el lobo queriendo comerse a Caperucita, y me acordé de lo que acababa de decir Ingrid.

—¡Toma ya, las mujeres guapas! —dijo Pablo, cogiéndome de la mano para hacerme girar sobre mí misma.

—Mi amiga liga esta noche, sí o sí —añadió Ingrid.

—Dejaos de tonterías, que yo estoy aquí para trabajar.

—Eso mismo digo yo, que aquí estamos para trabajar, no para que vayas luciéndote.

—En mis ratos libres soy dueña de mi vida y de hacer con ella lo que me dé la gana. Además, en ninguna cláusula de mi contrato pone que tenga que vestir de una manera determinada.

Después de aquello, subí al autobús y lo dejé con la palabra en la boca.

Al final, me había hecho caso y solo saldría al escenario con las dos bailarinas de siempre.

A las otras dos, para no despedirlas, las destinó al backstage , donde se encargarían de que no les faltara nada, ni de comer ni de beber, a los invitados que se encontraban en la zona vip del concierto.

Llegamos al estadio y uno de los invitados no paraba de mirarme. Ingrid, que estaba conmigo, tampoco perdía detalle de lo que ocurría y no tardó en comentarlo.

—Ese maromo de la esquina está más pendiente de ti que del concierto.

—Ya me he dado cuenta, pero no pienso hacerle caso.

—Eso dilo ahora, pero luego, en la fiesta, no dudo de que se va a acercar a ti.

—Ya me encargaré de que no sea así.