Capítulo 7
Llegó el día de viajar juntos, pero, por suerte para mí, tenía a Ingrid conmigo. Desde aquella comida que compartimos, notaba a Enzo de lo más extraño, como si me evitara fuera del tema laboral.
No os voy a decir que no me molestara, porque sí que lo hacía, pero también entendía que no era como si fuéramos los mejores amigos.
Habíamos quedado en el hangar del avión privado que nos trasladaría hasta Barcelona. Éramos muchos los que teníamos que viajar, así que no era un avión pequeño, precisamente.
Yo llevaba la tableta encendida y, antes de subir, me aseguré de que estuviera todo confirmado.
Estaba en ello cuando vi llegar a Enzo, que venía acompañado de cuatro mujeres que parecían sacadas de un catálogo de moda.
No se podía ser más guapas ni más elegantes que ellas y, por un momento, me sentí inferior a todas las mujeres que lo rodeaban.
Mientras ellas iban con vestidos y tacones, yo me había decidido por unas mallas y unas deportivas.
—No las mires así, que tú eres mil veces más bonita —me dijo Ingrid, acercándose junto a Pablo.
—Ni que lo digas. Si no me hubiera quedado prendado de ti, lo habría intentado con ella —le dijo Pablo.
Solté una carcajada, porque esos dos iban a acabar sacándose de quicio, eso lo tenía claro, pero en el mal sentido de la palabra también.
—Entre tú y yo no hay nada, Pablito.
—Todavía, cariño. En cuanto pases por mi cama una vez, no vas a poder salir de ella.
—Eso será porque me quedaré pegada por la mierda de las sábanas, no por gusto, te lo aseguro.
—¿Qué dices, chavala? Mis sábanas son blancas como la nieve y de una suavidad que más de uno y de una ya quisieran tener en las suyas.
Negando con la cabeza, subí al avión. No tenía más remedio que acercarme a Enzo, pues debía comentar con él algo que me habían preguntado desde la dirección del hotel y que no podía decidir yo sola.
Él estaba riendo con ellas, que se habían sentado a su alrededor, pero no pensaba hablar delante de todas.
—Enzo, tenemos que hablar un momento.
—Ahora mismo no me apetece, Lola, luego hablamos.
—Es importante.
—Pues si es importante, para eso te pago, para que hagas tu trabajo y decidas por mí, no para que me molestes.
Las cuatro mujeres empezaron a reír por la forma en la que me había hablado. Ni siquiera se había dignado a mirarme a los ojos.
Mientras que Pablo siempre había mostrado interés por mí, Enzo parecía molesto y procuraba no pasar demasiado tiempo conmigo. Sin embargo, desde que Ingrid entró en escena, ya había pasado a un segundo plano.
¿Era eso lo que quería? Pues muy bien. Yo decidiría y, si luego no le gustaba, que le dieran por saco. Para eso había querido preguntarle.
El problema era que, desde el hotel, me habían avisado de que no tenían suficientes habitaciones en una misma planta para alojar a todo el equipo y tenía que decidir quiénes irían en una y quiénes en otra.
Por lo visto, el hotel que le habían recomendado y en el que había hecho la reserva solo contaba con una planta de suites y con la inferior, que la habían dejado disponible para nosotros.
Tomé la decisión de que las tres suites de la planta superior fueran para los miembros del grupo, mientras que el resto del equipo se alojaría en la planta de abajo.
Me senté sola al fondo del avión y me coloqué los auriculares para reproducir uno de los audiolibros que solía escuchar por las noches para dormir.
Cerré los ojos y me concentré en lo que estaba escuchando, hasta el punto de quedarme algo adormilada.
Cuando terminó el audiolibro, seguí con los auriculares puestos y los ojos cerrados. No había ninguna mala intención por mi parte, pero no pude evitar escuchar la conversación que mantenían Enzo y Pablo.
—¿Se puede saber por qué coño la estás tratando así?
—No la trato de ninguna manera, tan solo quiero que se dé cuenta de que es mi asistente personal, nada más.
—No era así cuando yo me interesé por ella.
—Tú lo que querías era llevártela a la cama, y lo único que hice fue impedirlo, nada más.
—No me jodas, Enzo. Esta mujer te gusta, y mucho, hasta el punto de alejarte de ella porque te da miedo.
—A mí no me gusta Lola. No puedo negar que es guapa, pero nada en comparación con las mujeres con las que me rodeo.
Os prometo que, cuando lo escuché decir aquellas palabras, fue como si me hubieran atravesado el corazón con una daga ardiendo.
Contuve las lágrimas, porque no se las merecía, y me juré a mí misma que jamás le daría ese poder.
Esperé unos minutos e hice como si no hubiera escuchado nada. Me quité los auriculares, los guardé en el bolso, me levanté del asiento y entré en el baño.
No me di cuenta de que estaba ocupado y, al abrir la puerta, me encontré con una escena que no habría querido ver en mi vida.
Allí estaba Enzo, practicando sexo con una de aquellas mujeres que lo acompañaban. Ni siquiera se dieron cuenta de mi presencia, así que cerré la puerta y volví a mi asiento.
Me puse las gafas de sol, pues no quería que nadie me viera llorar. Sabía que no tenía ningún motivo, porque entre Enzo y yo no había sucedido nada, ni siquiera un beso, pero escucharlo compararme con el resto de las mujeres me dolió muchísimo.
Ingrid intentó acercarse, pero, en ese momento, la azafata avisó de que estábamos a punto de aterrizar, así que no tuvo ocasión de hacerlo.
Sabía lo que vendría después. Me diría que me olvidara de él y que buscara a otro hombre que realmente me mereciera, pero, ahora más que nunca, no quería a ninguno a mi lado.
Había contratado un autobús para que nos recogiera en el hangar y fuéramos todos juntos hasta el hotel, pero esos no eran los planes de Enzo.
—¿Se puede saber dónde está mi coche?
—No hay ningún «tu coche», vamos todos en ese autobús.
—Pero ¿tú de qué vas? ¿Tan tonta eres que no has sido capaz de pensar que un cantante como yo no puede ir como el que viene de excursión desde el pueblo?
—Si te hubieras preocupado de ayudarme, de decirme lo que querías y lo que no, en vez de ignorarme, lo mismo habría sabido lo que querías.
—Enzo, te estás pasando tres pueblos —le dijo Pablo.
—Tú te callas, que no tienes vela en este entierro —le contestó.
—Claro que la tengo, y la tendré siempre que vea que tratas mal a uno de tus empleados o que estás siendo injusto con alguien.
No continué allí. Me aparté con un nudo en el estómago. Si lo que quería era llamar la atención y que todo el mundo se enterara de su llegada, lo iba a conseguir.
Llamé a la empresa de alquiler de coches del aeropuerto y les dije que necesitaba una limusina de inmediato, que tenía un cliente en el hangar ocho y que había malinterpretado sus indicaciones.
La chica me aseguró que no había problema y que en diez minutos la tendría allí, así que se lo agradecí.
Cuando él y aquellas chicas fueron a subir al autobús, los frené poniéndome delante, justo en el momento en que llegaba la limusina.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo ahora? De verdad, me estoy arrepintiendo de haberte contratado.
—Eso tiene fácil solución. Cuando lleguemos a casa, me despides y punto. Porque, si lo que estás haciendo es para que me vaya por mi cuenta, lo llevas claro.
Le hice un gesto con la cabeza hacia donde estaba esperando la limusina que había solicitado.
—Ahí tienes tu carroza, Ceniciento.
Me di la vuelta y subí al autobús, con un cabreo de mil demonios. Enzo me miró sin saber si darme un grito o un beso, completamente sorprendido.
Finalmente, subió a la limusina con aquellas mujeres e Ingrid, que no podía ser más mala, le envió todos los datos a una amiga periodista que tenía en Barcelona para que se fuera para allá.
La miré arqueando una ceja, sin saber qué era lo que le provocaba esa sonrisa que lucía en la cara.
—¿No quería llegar al hotel a lo grande? Pues va a tener hasta cobertura de la prensa.
—No me jodas, Ingrid, que al final lo pagará conmigo.
Mi amiga soltó una risotada, de esas que te salen de lo más hondo y sin pensarlo, mientras yo negaba con la cabeza.
La iba a tener, eso ya lo tenía asumido, y tan solo era el primer concierto. No quería ni pensar cómo íbamos a terminar cuando lleváramos diez.