¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 6
18%

Capítulo 6

Enzo

Cuando le abrí la puerta a Lola, no recordaba que Pablo estaba en mi casa. La suya estaba de reforma y no quería pasarse esos días entre polvo y escombros.

La noche anterior había estado hablando con él sobre mi nueva asistenta y, cuando me preguntó cómo era, no le dije toda la verdad.

¿El motivo? Pues no lo sé. Quizá porque no quería que mi amigo la mirara con esos ojos o quizá porque una oleada de celos se había apoderado de mí.

Pablo tenía ese efecto en las mujeres. Caían rendidas a sus pies. Ligaba mucho más que yo, aunque también era cierto que era bastante menos selectivo.

A él le daba igual el físico. Si una mujer le gustaba, no dudaba en llevársela a la cama.

Yo, en cambio, aunque tampoco le daba demasiada importancia al aspecto físico, necesitaba tener claro que aquella persona encajaba con mi manera de entender la vida.

Si veía que bebía más de la cuenta o que desaparecía un rato en el baño y volvía con una actitud distinta, la descartaba por completo.

Por eso me gustaba tanto Lola. Por su forma de ser. Aunque todavía tenía que comprobar que todo lo que me había contado era cierto y que no había sido una mentira para conseguir el trabajo.

En cuanto vi a Pablo apoyado en el marco de la puerta de la cocina y sonriendo, supe que la había cagado. Mucho más cuando soltó aquello.

—Amigo, es mucho más guapa de lo que me dijiste.

—No seas cabronazo, Pablo, hazme el favor. Lola, disculpa los malos modales de mi amigo. Recién levantado, no rige muy bien.

—Eh, que yo no he dicho nada ofensivo. Solo he dicho que es preciosa…

Le lancé una mirada que entendió al instante y dejó el tema. En cuanto nos quedáramos solos, pensaba cantarle las cuarenta.

Después de dejar a Lola organizándolo todo y asegurarme de que había entendido perfectamente el funcionamiento del trabajo, me fui al gimnasio de casa. Necesitaba descargar tensiones.

Pocos minutos después apareció Pablo, con una sonrisa de lo más divertida, y supe la que se me venía encima.

—Ni se te ocurra decirme nada. ¿Está claro?

—¡¿Yo?! Para nada… Pero me lo podías haber advertido.

—¿Advertirte de qué?

—Vamos, no te hagas el tonto. Esa mujer te gusta, y mucho. Y no me extraña, porque es preciosa.

—Ni me gusta ni me deja de gustar. Es mi asistenta y se acabó el tema.

—Entonces, si no te gusta, no tendrás ningún inconveniente en que intente llevármela a mi terreno, ¿no?

—Ni se te pase por la cabeza. No quiero perder otra asistenta, y menos por tu culpa.

—Venga ya, eso no te lo crees ni tú. Lo que pasa es que te gusta esa mujer y no quieres que ninguno nos acerquemos a ella.

—Me da igual lo que pienses. Yo sé por qué hago las cosas, y eso es lo único que me importa.

Pablo no insistió más. Se colocó a mi lado y empezamos a entrenar.

Durante casi toda la mañana no hablamos de nada, solo hicimos deporte.

—Voy a darme una ducha y después me paso a la piscina.

—Sí, yo también.

—Pero antes voy a decirle a Lola que se quede a comer con nosotros.

—Sigo pensando que es a ella a quien tú te quieres comer.

Le lancé una toalla y Pablo salió corriendo por todo el gimnasio riéndose a carcajadas.

Subí a mi habitación, me duché para quitarme el sudor y me puse un bañador, dispuesto a lanzarme a la piscina.

Antes de salir al jardín, me detuve frente al despacho.

La puerta estaba abierta.

Escuché a Lola hablando un inglés perfecto mientras tomaba notas en una libreta y me quedé completamente fascinado.

Esperé a que terminara la llamada antes de entrar. En cuanto me vio, noté cómo se ponía nerviosa, así que intenté hablarle con cercanía. Su inseguridad era evidente y quise que entendiera que lo estaba haciendo realmente bien.

Me acerqué despacio hasta quedar a escasos centímetros de ella. Una necesidad casi irrefrenable de besarla se apoderó de mí, y lo habría hecho si Pablo no hubiera aparecido en ese momento.

Me aparté de golpe, como si me hubiera quemado. Como si estuviera haciendo algo prohibido. Y, en cierto modo, así era. Lola era mi asistenta y no debía acercarme a ella de aquella manera.

Después discutimos un poco por el tema de la comida. Ella insistía en cocinar y yo en que no lo hiciera.

—Ya te he dicho que cocinar, además de encantarme, me relaja. Así que no se hable más. Id a la piscina, que cuando esté la comida ya os avisaré.

—Yo sé otra forma de quitarse la tensión que también es muy placentera —dijo Pablo.

No dudé en darle una colleja.

Lola se marchó hacia la cocina riéndose y negando con la cabeza, mientras yo me quedaba allí con mi amigo. Lo miré muy serio. No esperaba que le soltara algo así, mucho menos delante de mí.

Salimos al jardín por la puerta del despacho y, cuando tuve claro que Lola ya no podía escucharnos, me dirigí a él.

—¿Eres así de tonto de nacimiento o lo has perfeccionado con los años?

—¿Qué he hecho ahora?

—¿Te parece poco lo que acabas de decirle?

—Amigo, hace un rato me has dicho que esa mujer no te gustaba. Así que no veo dónde está el problema en tirarle los tejos.

—No quiero verte a menos de cinco metros de ella. ¿Te ha quedado claro?

—Pues no. Hasta que no me des un motivo lógico y una explicación coherente, no pienso hacerte caso.

—¿Por qué eres así, tío?

—¿Así cómo?

—Tan pejiguera y pesado.

—Ni que eso fuera nuevo. Llevamos más de veinte años juntos, Enzo. Creo que ya has tenido tiempo de conocerme.

Le di un empujón y lo tiré a la piscina, pillándolo completamente desprevenido. Cuando salió del agua, lo hizo riéndose a carcajadas.

—No se puede ser más cabrón que tú.

—Te digo lo mismo. Llevamos más de veinte años juntos. Ya deberías saber cómo soy.

Pasamos un buen rato más entre bromas y juegos en la piscina, hasta que Lola apareció para avisarnos de que la comida estaba lista.

Con aquel delantal y la coleta alta todavía estaba más guapa que antes. Pablo se dio cuenta de la forma en la que la miraba y volvió a reírse.

—Me parece que me voy a volver a mi casa y os voy a dejar a solas, parejita.

—No digas más sandeces, por favor.

—Sí, sí. Sandeces.

Nos secamos y entramos en el baño del jardín para cambiarnos el bañador mojado por otro seco. Era una costumbre que teníamos desde hacía años.

Mientras nos cambiábamos, Lola terminaba de poner la mesa. Nos esperaba una comida con una pinta espectacular.

—He hecho lo que he podido con lo que había en la nevera.

—Has hecho un auténtico manjar, te lo aseguro.

—Hombre, tanto como eso…

—Ya te digo yo que sí. Aunque alguno de aquí piense que el verdadero manjar no está encima de la mesa.

—Claro, como que está en el horno… —respondió ella, siguiéndole el juego.

No pude evitar soltar una carcajada y me acerqué para ayudarla a sacar la fuente.

Había preparado una lasaña, pero sustituyendo las placas de pasta por láminas de berenjena.

—Déjame ayudarte. No vayas a quemarte.

Pablo volvió a doblarse de la risa.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—Joder, Enzo. Cualquiera que te escuche decir eso sin contexto pensará otra cosa.

—Eso es sacar las cosas de contexto, imbécil.

—Llámame lo que quieras, pero ya te digo yo que a más de uno le gustaría decirle esas cosas a Lola.

—Pablo, ya está bien, por favor.

No quería que Lola se sintiera incómoda.

Y mi amigo, cuando quería, podía llegar a ser realmente pesado.

—No te preocupes, Enzo. Estoy acostumbrada a este tipo de comentarios. Es como escuchar a Ingrid, pero en versión masculina.

—¿Cuándo dices que viene tu amiga a comer?

—Uy, eso no me corresponde decirlo a mí. Ni es mi casa ni es mi empleada.

—¿Has contratado a esa mujer?

—Sí. Será la nueva peluquera y maquilladora del grupo.

—¡Te amo, Enzo!

Lola rompió a reír.

—Si todavía no la conoces.

—Eso me da igual. El físico no es lo que me atrae de una mujer. Me gusta su sentido del humor, su ironía y que me haga sentir bien.

—Y eso que acabas de decir habla muy bien de ti. No todas tenemos unas medidas perfectas ni una piel excepcional.

—¿Y lo dices tú?

Las palabras salieron de mi boca sin pensar.

—Claro que lo digo yo. Tengo barriguita, piel de naranja en los muslos y…

—Calla, o mi amigo va a hacerse un zumo con esas naranjas.

Esta vez fui yo quien se puso rojo como un tomate, así que necesité cambiar de tema cuanto antes.

—Venga, será mejor que nos sentemos a comer.

—Pon la fuente en el centro, que yo sirvo.

Hice lo que me pidió. Mientras ella repartía la comida, yo llené los vasos con refresco.

Nunca me había gustado comer con agua; era una costumbre que tenía desde pequeño.

Cuando Pablo probó el primer bocado, empezó a gemir de gusto y, cómo no, tampoco pudo evitar rematar la jugada.

—Lola, con este plato has terminado de conquistarme. Si todo lo haces igual de bien, me voy a pensar pedirte matrimonio.

—Pablo…

—Déjalo. Sé que está de broma. No me lo voy a tomar en serio.

—Encima de que te halago y te pido matrimonio, me llamas payaso. Has herido mi corazoncito.

—¿Quieres comer de una vez y cerrar el pico? —le dije, porque empezaba a molestarme el tonteo que se traían.

—Eso es contradictorio, amigo. Si cierro el pico, no podré comer.

Lola rompió a reír con tanta fuerza que casi se atraganta con el refresco.

—Si seguís así, cojo mi plato y me voy al jardín.

—Lo siento… Pero es que Pablo es muy gracioso.