Capítulo 5
Al final, me decanté por coger el coche, pues, aunque era temprano, me daba algo de apuro no encontrar la casa y llegar tarde.
Además, y a pesar de estar en la misma zona que yo, se trataba de una de las urbanizaciones más lujosas de toda la ciudad, así que suponía que tendría un gran sistema de seguridad.
Efectivamente, no me equivoqué. Nada más llegar, había una garita con un vigilante de seguridad que no dejaba pasar a cualquiera.
—Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenos días. Tengo una cita con Enzo…
—¿Qué, Enzo? Porque, déjeme decirle que en esta urbanización hay unos cuantos con ese nombre.
—Con el cantante que se hace llamar «El Conquistador».
—Claro que sí, y yo tengo una audiencia mañana con el papa.
—Le estoy hablando en serio…
—Y yo. ¿Se piensa que no es la primera vez que un fan intenta colarse?
—No soy una fan… Bueno, sí, pero también soy su nueva asistente personal.
—Yo soy el peluquero del papa. Comienzo el lunes.
Empezaba a desesperarme porque, aunque era lógico que no me dejara pasar, ya que no sabía el apellido de Enzo, lo que no entendía era que me hubiera citado allí sin autorizar previamente mi entrada.
Aparqué el coche a un lado y me dispuse a llamar a Marián para ver si podía hacer algo. Eran casi las once menos diez y no me gustaba llegar tarde a ningún sitio.
—Dime, cariño. ¿Mi hermano no te abre? Mira que le dije que estuviera despierto.
—Para, para. No sé si estará despierto o no, porque el chico de la garita no me deja pasar.
—Me cago en la leche. A todos se nos olvidó dar tu nombre como persona autorizada.
—Bueno, ni siquiera me lo ha preguntado, porque tampoco he sabido decirle el apellido de tu hermano.
—Del Río. Enzo del Río. Pero no te marches, que ahora mismo aviso a mi hermano para que llame a la garita.
—No pensaba hacerlo. Me iba a quedar aquí hasta que alguien viniera a por mí.
Colgué la llamada y, acto seguido, sonó el teléfono de la garita. Pensé que sería Marián, pero no.
Era Enzo.
—Señorita, ¿me dice su nombre, por favor?
—Claro. Soy Lola Carmona, la nueva asistente del señor del Río.
—Discúlpeme, por favor, pero no es la primera vez que alguna chica intenta colarse para ver al cantante de moda.
—¿Puedo pasar ahora? Porque llego tarde.
—Sí, claro. Y, si el señor del Río le dice algo, dígale que hable conmigo. Yo responderé por su retraso.
El vigilante levantó la barrera y me indicó cómo llegar a la casa lo más rápido posible.
Minutos después me encontraba frente a una enorme verja, rodeada por altos muros que proporcionaban una privacidad absoluta.
Si por fuera era así, no quería ni imaginar cómo sería por dentro.
Saqué la mano por la ventanilla y pulsé el timbre.
Supuse que sería uno de esos videoporteros modernos, porque la puerta se abrió de inmediato, permitiéndome acceder al interior de la propiedad.
Junto a la entrada había una amplia zona asfaltada que hacía las veces de aparcamiento, donde dejé el coche.
Cogí el bolso y caminé hacia la casa.
—Buenos días, Lola.
Reconocería aquella voz entre miles. Tenía un tono grave, cálido y tremendamente melodioso.
Levanté la vista y creí que me caía redonda. Allí estaba él, con un pantalón corto de algodón que descansaba sobre sus caderas, el pelo completamente revuelto y el torso desnudo.
—Buenos días, Enzo.
—Pasa, por favor, y disculpa lo del vigilante. Ayer llegué tan cansado que ni siquiera me acordé de autorizar tu entrada.
—No pasa nada. Llamé a Marián porque no sabía ni tu teléfono ni tu apellido.
—Mi hermana ya te habrá dicho el apellido. Y ahora mismo te doy mi número por si surge cualquier contratiempo.
—Perfecto. ¿Qué tenemos pendiente para esta semana?
—Chica, espera. Vamos a tomarnos un café antes, que acabo de aterrizar. Ahora mismo te doy la tableta y podrás mirar todo.
—Perdón. Como yo siempre me levanto tan temprano, doy por hecho que todo el mundo hace lo mismo.
—Eso es ahora. Cuando te toquen dos conciertos seguidos, ya verás cómo, al volver a casa, la cama te atrapa.
Lo dijo de una manera que me arrancó una sonrisa.
Me llevó hasta la cocina, que era enorme, luminosa y decorada con un gusto exquisito.
—¿Te gusta cocinar o tienes a alguien que lo haga por ti?
—Depende. Hay temporadas en las que me encanta pasar horas en la cocina. Normalmente, coincide cuando estoy preparando un nuevo disco y paso más tiempo en casa.
—A mí también me encanta cocinar. Me relaja muchísimo.
—Ese es el problema. Cuando estoy estresado por los conciertos, no tengo paciencia para cocinar. Todo me sale o crudo, por quitarlo antes de tiempo, o quemado, porque se me olvida que tengo algo al fuego.
Enzo me preparó un café con leche, un azucarillo y una tostada con mermelada.
Exactamente, lo mismo que se sirvió él.
—¿Cómo has sabido que no le pongo mantequilla a la tostada?
—No lo sabía, pero es que a mí me da tanto asco que nunca la uso.
—Yo tampoco soporto ni su olor ni el del queso. Me entra una fatiguita horrible.
—¡¿No me jodas?!
—¿Por qué lo dices?
—Porque a mí me pasa exactamente lo mismo. Creo que tú y yo nos vamos a llevar demasiado bien.
Lo dijo de una forma que me estremeció.
¡Dios mío! No se podía estar más bueno ni oler mejor que aquel hombre.
Estaba de espaldas a mí, cogiendo algo de uno de los muebles altos, y no pude evitar fijarme en su culo y en cómo los músculos de su espalda se tensaban al estirar los brazos.
Tragué saliva de forma tan evidente que, al escuchar una carcajada, di un respingo. No me lo podía creer: había otra persona en la casa y nadie me había dicho nada.
—Veo que te ha gustado lo que ves —dijo acercándose demasiado a mí.
—¿Perdona? Solo estaba mirando a mi jefe, por si necesitaba ayuda o algo.
—Lola, él es Pablo, mi mejor amigo y uno de mis músicos —intervino Enzo.
—Encantado, Lola.
—Igualmente, Pablo.
—Amigo, es mucho más guapa de lo que me dijiste…
—No seas cabronazo, Pablo, hazme el favor. Lola, disculpa los modales de mi amigo. Recién levantado, no rige muy bien.
—Eh, que yo no he dicho nada ofensivo. Solo he dicho que es preciosa…
Vi cómo la expresión de Enzo pasaba de la sonrisa al enfado en apenas un segundo.
Pablo también lo notó y se llevó un dedo a los labios, simulando cerrárselos con una cremallera.
—Será mejor que nos pongamos a trabajar. Acompáñame, Lola.
—Sí, porque, entre una cosa y otra, llevo aquí casi una hora y todavía no he movido un dedo.
—Lola, no le hagas caso al cavernícola este. Si alguna vez necesitas ayuda, no dudes en llamarme —dijo Pablo guiñándome un ojo.
—Anda, vamos a mi despacho y te enseño dónde estará el tuyo.
Enzo me dejó pasar delante y, cuando apoyó la mano en la parte baja de mi espalda, os prometo que un escalofrío me recorrió toda la columna.
Él también debió notarlo porque, reflejada en el espejo que teníamos enfrente, vi aparecer una sonrisa en sus labios.
Intenté no darle importancia. Sería una tontería empezar a imaginar cosas que jamás iban a suceder.
Entramos en el despacho, que tenía una luminosidad increíble y unas vistas espectaculares al jardín, donde destacaban la piscina y la zona de hamacas.
—Ese será tu escritorio. Allí encontrarás todo lo necesario para desempeñar tu trabajo.
—Es precioso. Trabajaré muy a gusto aquí.
—Eso espero. Toma, aquí tienes la tableta, que está sincronizada con el ordenador, y el móvil desde el que podrás contactar conmigo o con cualquier persona del equipo.
Todo era de última generación. Comparado con mi teléfono, parecía que yo hubiera vivido en la prehistoria.
Enzo, con muchísima paciencia, me explicó cómo funcionaba todo. La tableta tenía conexión propia a internet, así que podría trabajar desde cualquier sitio, incluso durante los conciertos.
Lo entendí todo a la primera y me puse a organizar el siguiente concierto, que tendría lugar ese mismo sábado en Barcelona y para el que todavía no habían reservado ni el hotel.
Me pasé gran parte de la mañana al teléfono. No solo tenía que reservar la habitación de Enzo, sino una planta completa para alojar a todo el equipo, y conseguirlo con tan poco margen no era precisamente sencillo.
Aun así, lo conseguí, y además con una rebaja considerable, cumpliendo todos los requisitos que Enzo había solicitado.
Como terminé antes de lo previsto, empecé a organizar también el siguiente concierto, que sería en Londres.
Gracias al cielo, mientras cuidaba de mis padres y disponía de bastante tiempo en casa, aproveché para aprender idiomas. A esas alturas hablaba inglés y francés con total fluidez y me defendía bastante bien en italiano.
Cuando levanté la vista, Enzo estaba apoyado en el marco de la puerta. Llevaba un bañador y parecía dispuesto a darse un chapuzón en la piscina.
—Venía a decirte que te quedaras a comer con nosotros, pero me he quedado observando cómo trabajabas.
—¿Hay algo que no te guste? Si es así, no dudes en decírmelo, por favor.
—¿Estás de broma? ¿Seguro que nunca has trabajado de asistente?
—No. ¿Por qué lo dices? ¿Tan mal lo hago?
—Debes confiar más en ti, Lola. En mi vida he tenido una asistente tan eficiente como tú.
—Gracias, Enzo.
Noté cómo me ardían las mejillas.
Él se acercó muy despacio, como si dudara si debía hacerlo o no.
—¿Por qué no me dijiste que hablabas inglés con esa fluidez?
—No lo sé. No me lo preguntaste. También hablo otros idiomas. Algunos mejor que otros, pero lo suficiente para entenderme sin problemas.
—Eres una cajita de sorpresas, chica —dijo Pablo desde la puerta.
No sé por qué, pero Enzo se apartó de mí de forma brusca, como si lo hubieran pillado haciendo algo indebido. Eso me desconcertó.
Pablo, en cambio, nos observaba alternativamente a uno y a otro con una sonrisa de lo más divertida.
Quise romper aquella tensión, así que me levanté de la silla y pregunté:
—¿Qué os apetece comer?
—No te vas a meter en la cocina, ni lo sueñes. Pediremos algo a un restaurante —dijo Enzo.
—Ya te he dicho que cocinar, además de encantarme, me relaja. Así que no se hable más. Id a la piscina, que cuando esté la comida ya os avisaré.
—A mi amigo no le gustan ni el queso ni la mantequilla. Yo no soy tan tiquismiquis. Con cualquier cosa que me pongas delante seré feliz —dijo Pablo sonriendo.
—Pues no pondré nada de eso. Ahora, si me disculpáis, y como ya tengo organizados los dos próximos conciertos, voy a quitarme la tensión entre fogones.
—Yo sé otra forma de quitarse la tensión que también es muy placentera —comentó Pablo.
Antes de que pudiera añadir nada más, Enzo le dio una buena colleja.