Capítulo 4
Cuando le hablé de mi falta de experiencia, le expliqué el motivo por el que no la tenía. Me escuchó atentamente y parecía que aquello no le importaba demasiado. Bueno, en realidad, me dijo que no le preocupaba, y eso, en cierto modo, mitigó un poquito mis nervios.
—Quiero dejar claros algunos puntos del contrato y, si ves que no puedes cumplirlos, te agradecería que me lo dijeras para no hacernos perder el tiempo.
—Es un poquito contradictorio, ¿no crees?
—¿Qué es lo que te parece contradictorio?
—Hombre, me has dicho que no te importa que no tenga experiencia y ahora me estás diciendo que, si no puedo cumplirlo, lo diga.
—Te repito que la experiencia me importa un bledo. Tienes pinta de aprender rápido y nadie nace sabiendo.
—¿Entonces? Es que no sé a qué te refieres.
—Muy sencillo. No quiero drogas a mi alrededor, ni siquiera de manera ocasional.
—Eso lo puedes tener claro. No fumo ni tabaco, mucho menos voy a consumir drogas…
—Y me parece perfecto, porque no me gusta nada el tabaco, aunque es algo que puedo tolerar. Otra cosa que no quiero es el alcohol. Hombre, no te voy a decir que no te tomes una cerveza o una copa de vino, pero hasta ahí.
—Tampoco bebo, te lo aseguro.
—No soy un inquisidor. Todos tenemos algún día en el que necesitamos emborracharnos hasta olvidar nuestro propio nombre, pero, si llega ese día, lo haces sin que te vea nadie y no como una costumbre.
—Ya te he dicho que no pruebo una gota de alcohol, que no me gusta.
—Si Lola se toma una cerveza, te puedo asegurar que termina cantando por bulerías —dijo Ingrid entre risas.
—Entonces, ya está todo claro. Los temas económicos te los explica ahora Marián. Por cierto, Ingrid, ¿a qué te dedicas tú?
—Pues tengo un salón de peluquería y estética.
—¿Tienes gente trabajando allí?
—Sí, tengo a un chico y a una chica.
—¿Podrías dejarlos a cargo del negocio?
—Pues no lo sé, la verdad. Nunca me ha tocado la Primitiva y no me lo había planteado.
Enzo soltó una carcajada por la forma en la que mi amiga lo había dicho y, no sé por qué, el interés que estaba mostrando por ella me sentó un poquito mal.
¿Celos?
No podía ser, porque apenas lo conocía como para decir que estaba enamorada de él.
¿Que me parecía guapísimo? Pues sí. Eso era evidente.
Pero nada más.
—Eres la leche, Ingrid. Te quiero en mi equipo. Además, la chica que se ocupaba de la peluquería y el maquillaje está embarazada y este ha sido el último concierto en el que ha trabajado con nosotros.
—¿Me lo dices en serio?
—Por supuesto. No me gusta bromear con estas cosas.
Ingrid me miró sonriente y yo le asentí con la cabeza. No me podía hacer más ilusión que mi amiga viniera con nosotros, aunque aquella punzada seguía ahí.
Entre Enzo y yo no había nada.
Precisamente por eso, no podía culpar a nadie si ellos dos acababan liándose.
—Acepto. Sí, sí, sí y mil veces sí.
—Bueno, pues yo me marcho entonces. Mi hermana os contará todo lo que os falta por saber y firmaréis el contrato con ella.
—¿Cuándo nos incorporaríamos?
—Lola, tú mañana mismo. Tendremos que organizar todo lo que queda de mes, enseñarte el programa y explicarte cómo funciona todo. Ingrid, Lola ya te avisará del próximo evento o compromiso que tengamos.
—Perfecto, gracias —le dije con una media sonrisa.
Marián nos explicó todo lo que nos faltaba por saber: horarios, sueldos y demás.
Lo cierto es que me parecía un sueldo más que suficiente y con él podría pagar la hipoteca sin tener que deshacerme de mi casa.
Sabía que había dicho que era demasiado grande para mí y, ciertamente, lo era, pero ese nunca había sido el verdadero motivo por el que quería venderla.
Lo que realmente me daba miedo era no poder seguir pagándola y terminar en la calle.
Firmamos los contratos y, nada más hacerlo, me pasó la dirección donde tendría que estar al día siguiente a las once de la mañana.
—Lo lógico sería que te incorporaras a primera hora, pero como todavía no tienes llave, he preferido decirte que vengas a esa hora para que no tengas que esperar.
—¿Enzo no se levanta temprano?
—Cuando está en casa, suele descansar un poquito más, pero le diré que esté despierto para que pueda atenderte.
—Gracias. Estaré allí a esa hora. Además, no me pilla lejos de casa. Está a un par de calles.
—En cuanto a ti, Ingrid, ya será Lola quien te avise del próximo evento y mi hermano te explicará exactamente lo que quiere y cómo le gusta trabajar.
Cuando dijo aquello, la punzada volvió a aparecer, aunque hice todo lo posible por disimularla.
Salimos del despacho y, por insistencia de Ingrid, nos fuimos a celebrarlo.
—Ahora mismo tú y yo nos vamos a comer por ahí.
—No me apetece mucho, la verdad.
—Me da igual. Piensa que tu madre querría verte contenta y feliz.
—Ya, pero…
—Ah, y otra cosa te voy a decir. No pienses que no me he dado cuenta de que Enzo te gusta.
—Claro que me gusta. Y a ti, y a aquella mujer que está cruzando la calle… A todas, vamos.
—No intentes convencerme de que lo blanco es negro, cariño. He visto cómo os mirabais los dos.
—Anda ya, no digas tonterías. Lo he mirado igual que miro a todo el mundo. Además, él ha puesto mucho más interés en ti, en que formaras parte del equipo, que en mí, que era quien iba a hacer la entrevista.
—¡¿Lo ves?!
—¿Qué es lo que tengo que ver?
—Eso son celos. Y permíteme decirte que entre Enzo y yo no va a pasar absolutamente nada. Primero, porque no es mi tipo. Y segundo, porque se ve a la legua que eres tú quien le gusta.
—Claro que sí… Y mañana me va a pedir matrimonio.
—Mañana no lo sé, pero dentro de un año te veo viviendo con él y siendo su pareja.
—¿Ahora también eres adivina? Lo digo para que me des el número de la lotería y compre un par de cupones.
—Tú sigue pensando lo que quieras, pero ya verás como no me equivoco.
La comida transcurrió en un ambiente distendido, entre bromas y risas, algo que no sabía cuánto necesitaba hasta ese momento.
Después, dejé a Ingrid en su casa y regresé a la mía. Había pasado demasiado tiempo acompañándome y necesitaba enfrentarme, por fin, a la soledad de aquella casa.
Aunque al principio se mostró muy reticente a dejarme sola, terminó entendiendo mi postura y aceptó marcharse. Quedamos en que me llamaría al día siguiente para saber cómo me había ido todo, aunque antes quiso dejarme unas últimas palabras de ánimo.
—Lola, confía en ti. Eres capaz de aprender todo lo que no sepas, pero no dudes en pedir ayuda cuando la necesites.
—Lo haré. Espero no meter mucho la pata.
—Tal y como te dijo Enzo, nadie nace sabiendo, cariño.
Nos dimos un abrazo y un beso, y cada una siguió su camino. Ella subió a su casa y yo continué conduciendo hasta la mía.
Fue la primera vez que abrí aquella puerta y no me esperaba nadie al otro lado. Tengo que reconocer que el impacto fue enorme. Sentí un nudo en el estómago y rompí a llorar.
Por otro lado, lo necesitaba. Era como si aquello fuera lo único que me faltaba para empezar a asumir de verdad todo lo que había pasado.
Cuando las lágrimas cesaron, me metí en la ducha, me puse ropa cómoda y me senté en el sofá con una lata de refresco y un paquete de palomitas para ver un episodio de la serie que seguía con mi madre.
Quise mantener aquella pequeña costumbre que compartíamos las dos, aunque ahora tuviera que hacerlo sola.
Cuando llegó la hora de la cena, preparé algo rápido, porque no me apetecía meterme en la cocina, y me fui a la cama. Quería estar descansada para el día siguiente y no parecer un zombi recién salido de una película.
No sé si fue el cansancio, la ilusión de haber encontrado trabajo o cualquier otro motivo, pero me quedé dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada.
Cuando sonó el despertador, parecía otra persona. Era como si se hubiera acostado la versión triste de Lola Carmona y se hubiera despertado la de siempre.
Antes de que la enfermedad de mis padres lo cambiara todo, yo era una chica normal. Reía, hacía reír y echaba muchísimo de menos volver a ser esa Lola.