¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 3
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Capítulo 3

Enzo

Acababa de despedir a mi asistenta, pero no le había contado a nadie el verdadero motivo de ese despido.

Para todo el mundo, incluida mi hermana, que era la encargada de buscarme el personal con su empresa, había sido porque me tendió una trampa, pero nadie conocía la verdadera magnitud de aquella trampa.

Había intentado liarse conmigo y, como no lo consiguió, me amenazó con arruinar mi vida, tanto personal como pública. Por suerte, la descubrí a tiempo.

Fue en mi último concierto cuando uno de mis músicos me dijo que había visto a mi asistenta rebuscar entre mi equipaje.

Aquello no formaba parte de su trabajo. Su misión consistía en hacerme la vida más fácil llevando mi agenda, organizando hoteles y demás, porque ni siquiera tenía que reservar los vuelos, ya que la discográfica nos proporcionaba un avión privado.

Aquello me olió mal, así que, antes de salir del hotel camino del aeropuerto, revisé mi equipaje al dedillo. En el fondo de la maleta, bajo la tela que la recubría, había una pequeña abertura en una de las costuras.

No me lo pensé. Metí los dedos y allí estaba: una bolsita con droga. A mí, que era defensor de todo lo contrario y que no me había fumado ni un porro en mi vida.

La saqué y la tiré al retrete de la habitación, pero no le dije nada. Esperaría a que ella misma se delatara.

Me lavé bien las manos y volví a dejar todo tal y como estaba. Salí de allí con una sonrisa en los labios, disimulando el cabreo que llevaba por dentro.

Reconozco que tengo carácter, pero precisamente por eso no tolero que la gente que trabaja a mi lado tenga ese tipo de conductas. Al menos, mientras forme parte de mi equipo.

Podéis pensar que casi todo el mundo de la farándula consume ese tipo de sustancias, pero os puedo asegurar que no es así. Al menos, no en mi caso ni en el de la gente que trabaja conmigo.

Pero todo aquello tenía una explicación.

Tony, mi mejor amigo, que al principio era mi mano derecha cuando empezamos a despuntar, cayó en ese mundo. Y sí, yo lo consideraba uno más de la familia.

Las primeras veces me decía que era algo puntual y cometí el error de creerlo.

No era cierto.

Lo ingresé en varias ocasiones para que tratara sus adicciones, pero, nada más salir de allí, en cuanto ponía un pie en la calle, volvía a caer una y otra vez.

Lo amenacé con todo lo que pude: con despedirlo, con dejar de darle dinero e incluso con enviarle el sueldo directamente a su madre.

Nada sirvió.

Llegó un momento en el que lo di por perdido y no tuve más remedio que despedirlo. No podía tener a una persona así a mi lado o mi imagen pública acabaría viéndose afectada.

Hablé con su familia, les expliqué todo y lo entendieron perfectamente. Eso sí, les dije que seguiría ingresando su sueldo, porque era el único dinero que entraba en aquella casa. Su madre estaba demasiado enferma para poder trabajar.

Cada mañana me levantaba con la sensación de que iba a recibir una llamada de ella para decirme que había ocurrido algo. Pero esa llamada no llegó de día, sino una madrugada. Concretamente, a las cuatro y doce.

En ese instante se me paró la vida por completo porque, para mí, Tony era mucho más que un amigo.

Era un hermano.

—Enzo, cariño…

—No me digas más. ¿Dónde está?

Pensé que me diría que había tenido un accidente con la moto mientras iba colocado, pero no estaba preparado para la respuesta que recibí.

—Está en el tanatorio del Sur. Bueno… no sé si ya lo habrán llevado. Lo han encontrado en el portal de su casa, con una sobredosis.

—No puede ser… Pensé que…

—Enzo, tú mejor que nadie sabes hasta qué punto estaba metido en esto.

—Pero no estaba preparado para algo así, te lo prometo.

—Yo llevo mucho tiempo haciéndome a la idea.

—Joder… ¿Por qué no habré estado más pendiente de él? No debí apartarlo de mi lado.

—No digas eso, Enzo. Si alguien ha estado ahí, a su lado, ese has sido tú. Más no podías hacer, principalmente porque él no se dejaba ayudar.

Desde ese momento tuve claro que cualquier persona en la que detectara una conducta de ese tipo, aunque fuera algo puntual, estaría fuera de mi equipo.

Bueno, a lo que iba.

Cuando llegamos al aeropuerto y pasamos el control, la vi mirarme con una sonrisa que decía mucho más de ella de lo que hubiera podido imaginar.

Al comprobar que mi maleta pasaba sin ningún problema, un gesto de desconcierto apareció en su rostro. Estaba convencida de que me iban a detener y de que aquello acabaría convirtiéndose en un escándalo.

—No era esto lo que esperabas, ¿verdad?

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que no. Y yo mañana me ordeno sacerdote en el Palmar de Troya.

—¿Qué intentas decirme?

—Que lo sé todo. Que en mi habitación hay cámaras y que, si no quieres que, además, te denuncie, en cuanto nos bajemos de este avión, vas a coger tus cosas y vas a desaparecer de mi vida.

—¿Me estás despidiendo? No puedes hacer eso. No te lo voy a permitir.

—Tú no me tienes que permitir nada. Además, si vas a cualquier programa o haces cualquier declaración, te crujo viva. Te recuerdo que firmaste un contrato de confidencialidad.

—Pero… no me puedo quedar sin trabajo. No tengo adónde ir.

—Haberlo pensado antes. Mira, voy a ser hasta bueno. Fíjate. Podría despedirte con una patada en el culo, pero voy a prepararte los papeles para que puedas cobrar el paro mientras encuentras otra cosa. Eso sí, te quiero lo más lejos posible de mí.

Se lo dejé claro y, antes incluso de que el avión despegara, llamé a mi hermana para que me buscara otra asistenta. Después llamé al gestor para que preparara toda la documentación del despido.

—Hermano, creo que tengo a la chica perfecta. Te espero mañana a las nueve en mi despacho, que es la hora a la que la he citado.

—Ya podías haber quedado un poquito más tarde, hija. Sabes que, cuando estoy en casa, me gusta dormir un poco más.

—Ya dormirás la siesta, chaval.

A la mañana siguiente me levanté temprano, me di una ducha y me vestí. Antes de marcharme, desayuné algo rápido porque se me echó el tiempo encima, y salí hacia el despacho de mi hermana.

Cuando entré, había dos chicas algo más jóvenes que yo sentadas hablando con mi hermana.

Una de ellas, la que tenía justo delante, tenía algo que me llamó muchísimo la atención, y eso que todavía no se había girado. En el momento en que lo hizo, la manera en la que me miró me encantó.

No estaba viendo al cantante. Estaba viendo a la persona.

Y eso no me ocurría muy a menudo.

Otra cosa que me gustó muchísimo fue que, al decirme su nombre y el de su amiga, me ofreció la mano, pero yo no pude evitar darle dos besos.

Mi hermana me observaba con una sonrisa que no supe interpretar. La ignoré y me centré en Lola, que así se llamaba la chica. Quería saber cuáles eran sus expectativas.

—¿Qué esperas de este trabajo, Lola?

—Cobrar a final de mes. Después de eso, lo que sea.

Solté una carcajada porque era la última respuesta que esperaba escuchar. Después de aquello, ya podía decir lo que quisiera, porque, para mí, el puesto ya era suyo.

—Enzo, en primer lugar, voy a tutearte porque no me parece de recibo hablarte de usted teniendo prácticamente la misma edad.

—Por supuesto. De eso no tengas ninguna duda. Dime todas tus inquietudes, que intentaré resolverlas.

—Lo primero que me inquieta es que no tengo experiencia y no sé si eso supondrá un inconveniente para ti…

Me contó que había dedicado los últimos años a cuidar de sus padres y que, por ese motivo, nunca había podido ejercer.

Lejos de echarme para atrás, aquello terminó de convencerme. La quería a mi lado.

Me fijé en sus ojos y descubrí en ellos una tristeza y una melancolía que me conmovieron por dentro. Sentí un nudo en el estómago, no sabía por qué, pero tampoco pensaba ignorarlo.

Aquella mujer me estaba llegando demasiado dentro.