¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 2
6%

Capítulo 2

Enviamos el currículum, con cero esperanzas por mi parte de que me eligieran, entre otras cosas porque no tenía la experiencia que pensaba que debían estar buscando.

—Anda, vamos a descansar un poco. Tienes que estar entre molida y derrotada.

—Ni que lo digas. Llevo cuatro días sin dormir tranquila, esperando a que todo terminara, y tú conmigo.

—Ya, pero yo, por las noches, me volvía a mi casa, mientras tú te quedabas aquí.

—Sí, pero no me quiero acostar en la cama porque entonces, por la noche, no pegaré ojo.

—Bueno, pues aunque sea, échate una cabezadita en el sofá, anda.

—Eso sí, pongamos una película en la televisión para que nos haga compañía.

Ingrid encendió la televisión y puso un canal cualquiera, el primero que salió, en el que estaban emitiendo un concurso de música.

Nada más poner la cabeza en el brazo del sofá, caí rendida, y me desperté al escuchar a Ingrid hablando por teléfono con alguien, pero lo que me extrañó fue que lo estaba haciendo desde el mío, no desde el suyo.

—Sí, no se preocupe, mañana a las nueve estará en la agencia. Gracias —la escuché decir antes de cortar la llamada.

—¿Quién era?

—De la agencia de trabajo a la que hemos enviado tu currículum.

—¿Qué querían?

—Saber si podrías ir mañana a pintar una de las habitaciones… Hija mía, entiendo que el sueño no te deje pensar con claridad, pero como para llegar a esto…

—Bueno, ¿me lo cuentas o no?

—Sí, sí que te lo cuento. Mañana tienes que estar a las nueve de la mañana en la agencia para que te hagan la entrevista. Eres una de las seleccionadas.

—¿Qué me estás contando? Me lo den o no, para mí todo esto ya es un triunfo.

—No puedes pensar así, Lola. Tienes que ir con el convencimiento de que lo vas a conseguir, de que nada ni nadie va a poder contigo.

—No, prefiero ir con la actitud contraria a la que estás diciendo. Así, si me llevo una negativa, no me desilusionaré de golpe. Iré con la idea hecha.

—Está bien, como prefieras y te sientas mejor.

—¿Me acompañarás? ¿Vendrás conmigo?

—Por supuesto. Tengo que darte un empujoncito para que no digas que no en cuanto notes que algo se tuerce.

Solté una carcajada, una que me hizo sentir liberada. Dios, ¡cuánto tiempo hacía que no me reía así!

Antes de irnos a la cama, me hizo entrar en el vestidor y elegir la ropa que llevaría al día siguiente a la entrevista.

Ella pretendía que me vistiera como si fuera a una recepción real, y yo quería vestirme como lo hacía cualquier otro día.

—Que no, Lola, que no puedes ir de esa guisa.

—Ingrid, hija, que no voy a ver al Papa ni al rey, que es a una entrevista de trabajo.

—Ya, pero si vas así, van a pensar que vienes de pedir limosna en la puerta de una iglesia.

—No se puede ser más exagerada, de verdad. Si por ti fuera, me pondría el tocado que llevé en la boda de mi primo.

—Uy, tu primo, qué desperdicio de hombre, casarse con esa mujer, con lo fea y antipática que es.

—No creo que duren mucho, la verdad.

Mi primo y mi tía, la única hermana de mi madre, vivían fuera de España, en un pueblecito de Escocia. Por eso había dicho que no tenía a nadie, pues ni siquiera vinieron al funeral.

Mi tía dijo que ya estaba muy mayor, mientras que mi primo alegó que no podía venir por temas laborales. Lo cierto es que, desde esa boda, la relación entre nosotros no había sido muy fluida.

Mi madre me dijo que había visto algo que no le había gustado un pelo. Se lo recriminó a mi tía y esta le contestó de una manera muy grosera, alegando que no era de su incumbencia.

Creo que esa fue la última vez que habló con ella. Cuando terminó la ceremonia, mi madre hizo que recogiera mis cosas y nos fuimos al aeropuerto, donde sacamos un billete para el primer avión que salía para España, donde teníamos pensado pasar allí unos días.

Bueno, que me lío y, al final, me voy por la tangente, contando cosas que no tienen nada que ver con el tema.

Después de mucho discutir, llegamos a un consenso. No iría vestida como ella quería, pero tampoco como quería yo. Nos quedamos en un término medio.

Me decanté por un pantalón de pata ancha de color camel, unas cuñas de esparto y una camiseta blanca que me dejó Ingrid, que no llegaba a ser básica, pero tampoco nada llamativa.

Esa noche, no sé si por el cansancio o por los nervios, me costó conciliar el sueño y, cuando sonó el despertador, ya llevaba yo un buen rato levantada.

Antes de que lo hiciera, me había dado tiempo a ducharme, arreglarme el pelo y preparar el desayuno.

—¿Desde qué hora llevas despierta para tener todo esto listo?

—Pues no sé, quizás eran las seis y media, poco más o menos.

—¿Te has caído de la cama o te han puesto un petardo en el culo?

—Ni lo uno ni lo otro, pero como no podía dormir, vi que era una pérdida de tiempo permanecer ahí, dando vueltas, cuando podía ir adelantando cosas.

—Pues nada, chica, vamos a desayunar y empezamos a vestirnos, que iremos con tiempo suficiente.

Eso hicimos. Estuvimos desayunando tranquilamente, entre bromas y anécdotas de vivencias que habíamos tenido con mi madre, hasta que vimos que, si no empezábamos a vestirnos, se nos echaría la hora encima.

Llegamos a la calle en la que estaba situada la agencia, y el destino hizo que tuviera la suerte de encontrar aparcamiento en la misma puerta del edificio.

Se encontraba en la primera planta, y subimos por la escalera, pues el ascensor estaba ocupado y no quisimos esperar.

—Buenos días, tengo una cita con Marián a las nueve —le dije a la chica que había en la recepción de la oficina.

—¿Eres Lola?

—La misma.

—Espera un momento, que la aviso. Aunque Enzo todavía no ha llegado.

—¿Quién es Enzo?

—Será mejor que todo te lo cuente ella —me contestó, con una sonrisa.

Minutos más tarde, entramos en un despacho precioso, con mucha luminosidad y decorado con un gusto impresionante.

—Hola, ¿Lola?

—Sí, supongo que tú serás Marián, ¿no?

—Pues sí, sentaos, que os cuento la oferta, porque creo que te va a gustar. De todos modos, no dependerá de mí que te contraten o no. La última palabra la tiene Enzo.

—¿Me puedes decir quién es Enzo? Es la segunda vez que escucho su nombre desde que he llegado y todavía nadie me ha dicho de quién se trata.

—¿Conoces a «El Conquistador»?

—Pues claro. ¿Quién no lo conoce o no ha oído alguna de sus canciones? Es el cantante de moda.

—Me alegro de que te guste, porque él es Enzo.

—¿No me jodas? —preguntó Ingrid, sin poder cerrar la boca del asombro.

—Sí, suele ser esa la reacción de la gente cuando digo quién es.

—¿Han pasado ya muchas por aquí?

—No te voy a mentir, muchas no, muchísimas. Digamos que Enzo tiene un carácter un poco complicado.

—Mientras me pague bien, como si quiere echar sapos y culebras por la boca.

—Esa actitud me gusta, porque no dudes que, en más de una ocasión, te sacará de quicio. Te lo prometo.

—¿Tan mal me estás pintando, hermanita? —preguntó el cantante, que acababa de entrar por la puerta del despacho.

—Les estoy contando mucho menos de lo que eres en realidad, porque si lo cuento todo, te quedas sin asistente.

Resultó que Marián, la dueña de la agencia, era su propia hermana y la que se encargaba de buscarle el personal al cantante. Por eso le había respondido de aquella manera.

—La última no se fue por eso, la despedí por incompetente, por tenderme una trampa.

—¿Qué ocurrió? —me atreví a preguntarle, pues no quería meter la pata.

—Pues que me dijo que tenía una cena de negocios y la única que estaba allí era ella. Había avisado a la prensa para que nos fotografiaran y dijeran que estábamos juntos.

—Joder… Por cierto, soy Lola, y ella es mi mejor amiga, Ingrid.

—Yo soy Enzo, encantado.

Me levanté para darle la mano, pero me sorprendió dándome dos besos, que me dejaron un tanto descolocada, la verdad.

—Perdona si te ha molestado, es la costumbre.

—No te preocupes, no me ha molestado. Me ha sorprendido, que es diferente.

—¿Qué esperas de este trabajo, Lola?

—Cobrar a final de mes. Después de eso, lo que sea.

Enzo soltó una carcajada, y su hermana lo miró con extrañeza, como si no estuviera acostumbrada a verlo así. No sé, algo muy raro.

Ingrid me miró a mí con una sonrisa, como si supiera algo que los demás no sabíamos.