¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños? Capítulo 1
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¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños?

¿Me besas o te lo pido por mi cumpleaños?

Por Martina Leiva

© inepub.com

Capítulo 1

Me encontraba en ese momento regresando a casa después del funeral de mi madre.

Había dedicado mi vida, en cuerpo y alma, a cuidar de mis padres y, a mis veinticinco años, poco había podido disfrutar de mi tiempo y hacer lo que hacía la gente de mi edad.

Estaba agotada, tanto física como psicológicamente, pues había combinado el cuidado de mis padres, primero de uno y luego del otro, con mis estudios, ya que no quería que, llegado este momento, me faltara la formación necesaria para buscar trabajo.

Me acompañaba mi mejor amiga, Ingrid, que no se había separado de mí en ningún momento. Estuvo conmigo desde que mi madre ingresó en el hospital hasta que terminó todo.

Íbamos en mi coche y, aprovechando un semáforo en rojo, tomó mi mano para dirigirse a mí.

—Lola, ahora tienes que empezar a vivir. Ha llegado tu momento.

—Ingrid, no estoy ahora para sermones. Para empezar, tengo que quitar todas sus cosas, además de arreglar el tema del testamento, la hipoteca y todo lo demás.

—No vayas a empezar. Sé que da miedo comenzar de cero. Entiendo que la eches muchísimo de menos, pero no puedes quedarte encerrada. A ella no le habría gustado eso.

—Tengo claro que debo continuar con mi vida, pero poco a poco.

—Lo primero que tienes que hacer es buscarte un trabajo. Sé que tienes dinero ahorrado, pero no te va a durar toda la vida.

—Como mucho, me dará para un par de meses. Estoy pensando en vender la casa y comprarme algo más pequeño. Es muy grande para mí sola.

—Lo que tú hagas estará bien hecho.

—Es que, de ese modo, podría pagar lo que queda de hipoteca y tener mi pequeño refugio sin el agobio de no saber si podré pagar el recibo o no.

Abrí la verja de entrada y aparqué en el lateral del jardín, bajo el techado, para que el coche estuviera a la sombra.

Esa casa me encantaba, pero, como le había dicho a mi amiga, era demasiado para mí sola.

Contaba con un precioso jardín, piscina y zona de barbacoa en la parte exterior. A mi padre le encantaba pasar la tarde asando carne fuera y disfrutar de un buen baño en verano.

Cuando él murió, mi madre intentó seguir con la misma dinámica, pero su enfermedad, en poco tiempo, se lo impidió.

En la planta baja había un espacio completamente abierto, con un enorme salón y una cocina equipada con electrodomésticos de última generación, además del cuarto de lavado y un aseo.

En la planta de arriba estaban las cinco habitaciones. Dos de ellas tenían baño en suite , una estaba habilitada como despacho y, al final del pasillo, había otro baño completo y un vestidor.

Al entrar, noté el vacío y no pude evitar romper a llorar. ¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿A qué dedicaría mi tiempo?

Mi amiga se limitó a abrazarme antes de entrar con las cajas para recoger todas las pertenencias de mi madre.

Haría lo mismo que con las de mi padre: las donaría a gente necesitada, pues no teníamos más familia.

Pensar en eso me hizo todavía más daño porque, por primera vez, fui consciente de que me había quedado sola en esta vida y de que tenía que seguir adelante, no solo por mí, sino también por ella.

—Venga, vamos a recoger sus cosas.

—Cuando terminemos, quiero mirar algunas ofertas de trabajo.

—Sí, pero no vayas a limitarte a lo que ya conoces. Tienes formación suficiente para optar a otras cosas.

—Hace mucho tiempo que terminé de estudiar. Supongo que las cosas habrán cambiado en estos años.

—Pues te haces un curso de reciclaje, pero, por lo que tú más quieras, suelta ya la fregona y los pañales.

Ingrid me conocía mejor que nadie. Por eso sabía lo que estaba pensando y que no era otra cosa que buscar trabajo cuidando a personas mayores o limpiando casas.

No me veía capaz de hacer otra cosa, pero intentaría salir de mi zona de confort, aunque fuera por contentar a mi amiga y que no me insistiera más.

Me quedé con varias prendas de mi madre: algunas que sabía que podía utilizar yo y otras a las que ella les tenía un cariño especial.

Las pocas joyas que tenía también estaban guardadas en un pequeño cofre. Sabía que Ingrid siempre había estado enamorada de unos pendientes de mi madre y que a ella le habría encantado que los tuviera.

—Ingrid, ¿puedes venir un momento?

—Sí, un minuto, que estoy terminando de guardar los zapatos.

Mientras esperaba a Ingrid, que seguía en el vestidor terminando de guardar la ropa de mi madre, me senté en la cama con un álbum de fotos.

Miré las fotografías de mis padres conmigo cuando era pequeña, de los días que pasábamos de vacaciones en la playa, de mis cumpleaños soplando las velas e incluso del día en que me gradué de la ESO, con los dos allí.

Estaba mirando una de nuestras últimas fotos cuando entró mi amiga. Me la quitó de las manos y se puso a observarla también.

En esa foto estábamos las tres sentadas en el jardín, unas semanas antes, cuando mi madre todavía estaba medio bien, y sonreíamos por algo que ella acababa de decir.

Eso era lo que más echaría de menos: las risas. Porque, aunque no lo hiciera con intención, mi madre tenía unas salidas que nos hacían reír a todos.

—Quién nos iba a decir aquel día que hoy estaríamos quitando sus cosas.

—Pues sí, pero la vida es así de jodida.

—Por cierto, te quería pedir una cosa.

—Si está en mi mano, no dudes de que lo tendrás.

—Me gustaría quedarme con estos zapatos y este bolso. Sé que no los voy a usar, pero es por tener un recuerdo suyo.

—Por supuesto. Coge todo lo que necesites o te guste. Además, ella habría querido que te quedaras con estos pendientes que tanto te gustaban.

—No, Lola, eso no. Eso tiene valor económico…

—Y sentimental, que todavía es más importante.

—Amiga, yo…

—Lo sé. La vas a echar de menos igual que yo.

—Pues sí, porque, para mí, ha sido una segunda madre.

Ingrid se rompió en ese momento. Hasta entonces no lo había hecho, y yo me rompí con ella.

Estuvimos un buen rato llorando las dos, abrazadas y dejando salir todo lo que llevábamos dentro, con la sensación de que, después de hacerlo, seríamos capaces de seguir adelante.

—Venga, es hora de que empieces tu nueva vida. Vamos a coger el portátil y a inscribirte en plataformas de empleo.

—¿No podemos dejarlo para mañana?

—No, señorita, que para mañana ya será tarde.

—Está bien, pero antes vamos a comer algo. No pruebo bocado desde ayer y me empieza a doler la cabeza.

—Vamos, que en la nevera habrá algo.

Nos encaminamos hacia la cocina y vimos que en la nevera había huevos y, en la despensa, patatas.

Nos hicimos unos huevos revueltos con patatas y jamón, ya que a mi madre nunca le faltaba eso. Era su comida favorita.

Comimos en el porche trasero, en honor a ella, porque era donde más le gustaba estar en sus últimos días, sintiendo el calorcito del sol que empezaba a apretar en aquel mes de junio.

Después del postre, mi amiga cogió el portátil y empezó a buscar en todas las páginas web de empleo, saltándose las ofertas de limpiadora y de cuidadora de ancianos.

—Ingrid, como sigas así, voy a terminar limpiando los cristales de los coches en los semáforos.

—De eso nada, que para eso está aquí tu amiga.

—Ya, pero mi amiga tampoco es que tenga un sueldo de ministro, chica.

—Algo podremos hacer…

—Venga, vamos a seguir mirando, pero, si no encontramos nada de lo que he estudiado, empiezo a enviar currículos a todo lo que crea que puedo hacer.

—Sí, sí, lo que tú digas.

Estuvimos mirando mucho más tiempo hasta que, en un momento dado, la vi sonreír y empezó a dar palmas.

—Mira esta oferta. Es de una agencia de trabajo que está aquí, en la ciudad.

—¿De qué es?

—Espera, que te lo leo…

«Se busca asistente personal, de manera urgente, para llevar la agenda de una persona que se dedica a la música. Imprescindible hablar inglés y algo de francés, así como tener nociones de programas informáticos dedicados a estas labores» .

—¿Qué pinto yo con alguien que se dedica a la música?

—Pintar, no creo que tengas que pintar nada, pero es el trabajo ideal para ti, completamente fuera de lo que estás acostumbrada.

—¿Y si no lo hago bien?

—Chica, pues si no lo haces bien, te dirá en qué te has equivocado o, como mucho, podrá despedirte. Pero la experiencia no te la quitará nadie, te lo aseguro.