Capítulo Diecinueve
Max
Unas manos me agarraron los hombros con brusquedad. Un zarandeo violento me sacudió el cerebro y me arrancó de la inconsciencia.
—Despierta.
Una voz insistente atravesó la neblina.
—Vamos, Raider. Tenemos que irnos.
Abrí el ojo. El rostro de Troy, cubierto de tierra y hollín, flotaba sobre mí.
Me agarró de la chaqueta y me levantó. Mis piernas temblaban.
—Hora de largarnos de aquí.
Giré la cabeza y vi las llamas que se alzaban hacia el cielo, transformando lo que había sido una casa en un infierno concentrado. El zumbido en mis oídos dio paso al aullido de las sirenas en la oscuridad.
La camisa de Troy estaba chamuscada, pero no se veía sangre. Parecía estar bien. Además, los muertos no sonríen como gatos de Cheshire que acaban de burlar a la muerte, y eso era exactamente lo que hacía Troy.
Me sacudí la cabeza y me hice el chequeo de siempre, palpándome las partes esenciales. Cerebro, pelotas, cartera, puro.
Sí. Seguía entero.
—Larguémonos de aquí antes de que la poli me meta en el calabozo.
Me dirigí hacia el pozo donde había aparcado la camioneta, primero caminando y luego al trote a medida que recuperaba el equilibrio.
—Estamos de suerte —dijo Troy, trotando a mi lado—. Esta va a ser pan comido.
—¿Sí? —Miré a mi hermano—. ¿Cómo es eso?
—No hay vecinos, así que ninguna otra casa resultó dañada. Sin víctimas. Hay muchos pozos de gas y petróleo por aquí. Los sellados defectuosos han causado muchas explosiones en el pasado. Nadie va a cuestionar por qué la casa voló así. Fácil de arreglar.
—Eres un crack arreglando cosas, pero Chaos lo sabe —dije entre dientes—. Intentó mandarnos al infierno.
—Pero no lo consiguió, ¿verdad? —Los dientes de Troy brillaron en la oscuridad—. Y todavía no se da cuenta de que no tiene nada que hacer contra ti.
—No tiene nada que hacer contra nosotros —le devolví la sonrisa a Troy—. Gracias por venir, hermano.
—Sí, claro —resopló Troy—. Te las estabas apañando de maravilla hasta que llegué yo.
—Pasé por alto un detalle importante —admití—. Sin ti, nunca habría podido abrir la puerta.
—Me alegra saber que servía para algo —dijo Troy—. Como si me fuera a perder la diversión.
Seguíamos corriendo juntos por el campo árido, intercambiando sonrisas cómplices. Estallamos en carcajadas que resonaron en la noche. En ese momento, vislumbré a los dos chavales traviesos que habíamos sido, a los atrevidos, salvajes y temerarios cabrones que habían compartido una juventud alocada.
Troy me miró de nuevo y aceleró el paso, retándome a seguirle el ritmo. Mi sonrisa se ensanchó y lo alcancé, igualándolo zancada a zancada.
Corrimos juntos y, aunque jadeaba entrecortadamente, el pecho se me hinchaba al saber que la vieja conexión entre nosotros seguía viva y coleando.
Ahora que lo pensaba, había sido yo quien había roto nuestro vínculo. Troy nunca se había apartado de mi lado. Y se lo agradecía.
En cuanto llegamos a la camioneta, abrí la puerta y me deslicé en el asiento del conductor. Junto a mi vehículo, Troy se metió en su McLaren cupé. Arranqué y sonreí aún más. A Troy le encantaban sus juguetes. Hasta en las misiones iba con estilo.
Bajé la ventanilla y le grité:
—Sígueme. He trazado una ruta que evita las cámaras, por si acaso.
Me respondió con un saludo.
Aceleré para salir del campo y giré hacia el camino de tierra. Era un hijo de puta con suerte por tener hermanos que se preocupaban por mí. Y Troy tenía razón. No estaba solo. Nunca lo había estado, no desde aquel día en las instalaciones cuando Leo me reclutó para unirme a nuestra hermandad.
Y otra cosa más. Si quería superarlo, si quería luchar por una oportunidad de empezar de cero con Lexi, iba a necesitar toda la ayuda posible.
Me vino a la cabeza el lema del Regimiento de Raiders de la Marina. Siempre Fieles, Siempre Adelante.
Sí. Se acabó Max atascado en el barro. A partir de ahora, solo hacia adelante.
El sol ya empezaba a iluminar el horizonte cuando Troy y yo cogimos el ascensor de servicio hasta la cocina. Con las caras cubiertas de hollín y la ropa chamuscada por varios sitios, parecíamos un par de punks mugrientos. Un par de punks mugrientos y sonrientes.
No hay nada como sobrevivir a una misión peligrosa para que la sangre se acelere y la mente se ponga en marcha.
Kass estaba sentado a la mesa de la cocina con una taza de café en la mano, vestido con un traje negro austero, leyendo el Wall Street Journal.
Arqueó sus cejas rubias, casi invisibles, en una pregunta muda mientras Troy y yo nos dejábamos caer en las sillas frente a él, exhaustos, chamuscados por los bordes, pero contentos de seguir vivos.
Apollo, que estaba con la máquina de espresso, nos echó un vistazo rápido y luego se quedó mirándonos.
—¿Vosotros dos imbéciles habéis vuelto a las andadas?
Sacudió la cabeza, desconcertado.
—¿De verdad quiero saberlo?
—Probablemente no —dije—. Pero os lo contaré de todos modos antes de que os pongáis con vuestra próxima misión.
—¿Nuestra próxima misión?
Apollo frunció el ceño mientras plantaba dos tazas de café delante de Troy y de mí.
—Sí.
Di un sorbo al café y suspiré de placer, dando gracias a los dioses por las extraordinarias dotes de Apollo como barista.
Tres pares de ojos se clavaron en mí, brillantes de curiosidad.
—Vale, pico —Kass dobló el periódico en cuatro, lo dejó sobre la mesa y me clavó la mirada—. Explícate.
—No hay mucho que explicar. —Dejé la taza en la mesa—. Con ese corte de pelo tan moderno que llevas, tienes contactos con el mejor barbero de lujo de Denver, ¿no?
Kass se pasó los dedos por el pelo erizado.
—¿Y eso es importante... por qué?
—Espera. —Miré hacia Apollo—. Tú eres el que mejor viste de todos nosotros, ¿verdad?
—Supongo. —Apollo se ajustó el chaleco de tweed e inclinó la cabeza hacia Kass y Troy—. Pero eso solo es porque estos dos van siempre de traje y Jax tiene un vestuario desastroso.
—Que Emme ha mejorado, por suerte —aclaré, en defensa de mi cuñada ausente—. Y en cuanto a ti —me volví hacia Troy—, eres el guaperas que vuelve locas a las chicas, ¿no?
—Tus palabras, no las mías. —Troy removió más azúcar en su taza—. ¿Quieres dejar de andarte con rodeos y decirnos de qué va todo esto?
—Se nos va el día. —Apuré el café, me aparté de la mesa y me levanté—. Empecemos.
Mis hermanos intercambiaron miradas desconcertadas.
Kass se recostó en la silla.
—¿Te importaría decirnos en qué consiste esa misión tuya antes de que nos embarquemos en muerte, demolición y destrucción?
—Claro. —Sonreí con aire de suficiencia—. Vuestra próxima misión soy yo.
***
Lexi
Estaba de pie junto a Kass, con un largo vestido marfil, un elegante vestido tubo de satén sin mangas ni espalda, saludando a los VIP y dignatarios que entraban a la gala benéfica.
Me dolían los dedos de estrechar cientos de manos. Me dolían las mejillas de tanto sonreír. La vista me parpadeaba con puntos brillantes y oscuros que se alternaban para cegarme mientras los flashes de las cámaras me deslumbraban sin cesar.
La prensa había acudido en masa. Los fotógrafos oficiales capturaban cada instante de la velada. Los paparazzi se mantenían a raya y la mayoría de los invitados se sumaban al frenesí fotográfico. No les daba ninguna vergüenza sacar el móvil y hacerse selfies conmigo.
Yo accedía, sonriendo para las cámaras, mi manera de agradecerles su contribución a la causa de Battle Brothers.
Había tenido mis dudas sobre la idea de Kass de organizar la gala formal en el zoológico, pero al mirar alrededor y ver el sofisticado evento en pleno apogeo, tenía que reconocerle el mérito. Sabía lo que hacía.
El lugar había resultado espectacular, con un contraste impresionante entre la plaza elegantemente decorada y los animales que acechaban en silencio la noche, más allá de las luces y la música.
Antorchas encendidas delineaban el amplio pabellón al aire libre. Guirnaldas de luces festivas iluminaban el patio y convergían en el escenario elevado. Una larga y reluciente pasarela sobresalía del escenario y serpenteaba por el espacio lujosamente decorado.
Elegantes lámparas marroquíes adornaban las mesas redondas donde los invitados ya disfrutaban de un suntuoso bufé. Los camareros circulaban entre la multitud con bandejas de copas de champán. La gente, vestida de punta en blanco, se agrupaba alrededor de los numerosos bares instalados por el patio.
Los Battleson eran, ante todo, meticulosos. Operativos entrenados se mezclaban con la multitud, anónimos con sus elegantes trajes, y los invitados presentaban identificaciones e invitaciones con código de barras antes de pasar por los detectores de metales para entrar al patio.
Carla permanecía detrás de Kass, susurrándole los nombres de los VIP que avanzaban por la fila de saludos.
Llevaba un discreto vestido negro que envolvía su figura baja y robusta, y unos zapatos planos prácticos que llevaba envidiando toda la noche.
Su único accesorio era la tableta que parecía llevar a todas partes.
Cuando terminé de saludar al alcalde, Carla se inclinó hacia mí.
—Quedan veinte minutos.
—Entendido.
Volví a centrarme en el siguiente pez gordo. Tenía veinte minutos más de apretones de manos y fotos antes de tener que cambiarme para el desfile de moda.
Divisé a Jax, muy elegante con el esmoquin que Emme le había obligado a ponerse. Emme estaba con él, con un precioso vestido verde oscuro de hombros descubiertos que realzaba su tez. Desde lejos, me saludó con la mano y me dedicó una sonrisa de ánimo.
Apollo y Troy también iban de esmoquin y se mezclaban con la multitud, demostrando esa habilidad tan propia de los Battleson para pasar de ser los tipos pragmáticos y con los pies en la tierra que yo conocía a convertirse en sofisticados jet setters que encandilaban a los presentes.
Seguí recorriendo la multitud con la mirada en busca del único Battleson que faltaba, el hombre que tenía que admitir que de verdad quería ver esa noche. Pero, como era de esperar, no encontré ni rastro de Max.
No era ninguna sorpresa.