Capítulo dieciocho #2
—Estoy entrenado para usar esto —Troy levantó el arma en el aire antes de guardársela también en la parte trasera de los elegantes pantalones.
Todavía llevaba los pantalones de traje y la camisa azul claro abotonada, lo que significaba que me había estado siguiendo desde que hablamos.
—¿Y qué opciones tenía? —preguntó—. ¿Querías que les dijera a los demás que te habías lanzado a lo loco a una misión tú solo?
Eso era precisamente lo último que quería.
Mis hermanos habrían insistido en montar una operación en toda regla que me habría retrasado. Además, mi incursión de esta noche había sido una apuesta arriesgada. Sin saber en qué me estaba metiendo, no quería poner en peligro a ninguno de mis hermanos, y eso incluía a Troy.
—Eres un piloto pijo y un abogado de pacotilla —espeté—. No pintas nada aquí.
—Tú tampoco —replicó Troy.
—Soy un Marine Raider —dije—. Para eso me entrenaron: para asaltar.
—¿Sin apoyo? —dijo Troy—. No lo creo.
—No tenías que enterarte, ni los demás tampoco.
Si se enteraban de mi excursión no autorizada, se iban a cabrear de cojones, y tal vez hasta me revocarían el acceso a la rotación C.
—¿Ves? —Troy me miró con seriedad—. Ese es el problema. Acabas de volver a la lucha, pero ¿seguiste el protocolo y confiaste en tu equipo? No. Te lanzaste a lo loco y solo.
—Esto no es una misión de verdad —protesté—. Solo reconocimiento, nada más.
—Estás en medio de la nada, con tus aparatos y tu arma, persiguiendo a un enemigo peligroso. ¿Cómo no va a ser esto una misión?
—Yo...
—No está bien, Max —Troy negó con la cabeza—. Si los demás se enteraran, se llevarían una decepción.
Me sentí como una mierda.
—¿Vas a decírselo?
Troy abrió la boca para responder. No estaba seguro de que me fuera a gustar su respuesta, pero nunca llegué a oírla. Ladeé la cabeza.
El inquietante chirrido de la puerta de acero al girar sobre sus bisagras en lo alto de las escaleras captó mi atención. Le siguió un chasquido seco. Al mismo tiempo, las luces se apagaron y un siseo macabro resonó en el sótano.
Troy maldijo.
—¿Qué demonios?
Mi mente se aceleró a toda máquina. Un mecanismo oculto, un sistema de seguridad de respaldo que cerraba y bloqueaba la puerta acorazada, se había activado.
¿Por qué?
Las luces, caí en la cuenta de pronto, paralizado. Se habían encendido automáticamente cuando abrí la puerta de acero. Pero las apagué manualmente al oír a Troy, y luego volví a encenderlas.
Se me cayó el alma a los pies.
En algún lugar, un sistema de seguridad redundante había detectado el patrón irregular y reaccionado.
No había tiempo para dudar.
Saqué la linterna de mi mochila, la encendí y subí corriendo las escaleras. La puerta de acero estaba cerrada y bloqueada.
Mierda.
De memoria, introduje la combinación. El panel no la aceptó. Las palabras «alerta de intruso» parpadeaban en un rojo intenso.
Ahora sí que estábamos metidos en un buen lío.
—Estamos atrapados.
Adiós a mi visita sigilosa. En algún lugar, cerca o lejos, probablemente Chaos estaba recibiendo la alerta de nuestra intrusión en ese mismo instante.
Troy subió pisándome los talones.
—¿Qué es ese olor?
Aspiré y se me cortó la respiración.
—Gas. El hijo de puta ha preparado este lugar para matarnos, o peor, para autodestruirse si se alteran los protocolos de seguridad.
—Muy bien —dijo Troy, sin perder la calma—. ¿Qué hacemos ahora?
—No respires.
Contuve el aliento mientras palpaba la pared en busca de alguna caja de control.
—Eso no va a funcionar durante mucho tiempo —dijo Troy, tosiendo como un loco.
—No me digas.
Yo también tosí.
—De rodillas.
—¿Quieres que recemos? —dijo, pero se arrodilló ante la puerta de todos modos.
—Reza después si quieres.
Pasé una pierna sobre el hombro de Troy y luego la otra sobre su hombro opuesto.
—Ahora mismo necesito que me eleves por encima del marco de la puerta, a ver si encuentro la forma de desbloquearla para que podamos largarnos de aquí.
—Joder, pesas mucho —gruñó Troy mientras se levantaba del suelo, elevándome por encima de la puerta hasta que mi cabeza golpeó el techo.
—Ay.
Ignorando el dolor en el cráneo, me encorvé sobre los hombros de Troy y, con la linterna en la mano, comencé a palpar la parte superior de la puerta.
—¿Algo? —preguntó Troy.
—Tiene que haber un sistema de anulación en algún lugar.
La linterna iluminó una pequeña caja metálica instalada a un metro o dos por encima de la puerta.
Contenía los componentes digitales que alimentaban y controlaban el mecanismo de la bóveda.
Saqué el destornillador de mi mochila, sostuve la linterna entre los dientes y comencé a desenroscar los pernos.
Mis pulmones sufrieron un espasmo. La luz giró ante mis ojos. Estaba entrando una cantidad terrible de gas en el sótano.
—¿Max? —Troy tosió con fuerza; su cuerpo temblaba bajo mis muslos.
—Aguanta.
Desenrosqué el último perno y dejé caer la caja metálica por encima del hombro.
El haz de luz iluminó una maraña compleja de cables de distintos tamaños. De haber tenido tiempo, podría haber buscado en Google las especificaciones del sistema y encontrado una forma racional de abordar aquello.
Pero tal como estaban las cosas, sentía la cabeza como rellena de algodón y respiraba en jadeos desesperados. Tenía un minuto como máximo antes de que nos desmayáramos. Quizá menos, si el sistema estaba programado para prender fuego.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Troy con voz estrangulada.
—Semper Gumby.
Saqué el KaBar de la bota.
—Improvisar, adaptarse y superar.
Troy gimió.
—Eso es como el equivalente de los Marines a «prepárate para el impacto».
No se equivocaba.
Sin tiempo que perder, agarré los cables con el puño y los arranqué de la pared.
—Prepárate para la descarga.
—¿Descarga? —graznó Troy—. ¿Qué demo—?
Apreté los dientes y corté los cables, todos, de un solo tajo limpio.
Una descarga de electricidad frió mi sistema durante tres segundos de infierno. El voltaje me abrasó la columna vertebral, chisporroteó por los huesos y me agarrotó las extremidades. Por un instante, me quedé rígido. Destellos blancos estallaron tras mis párpados cerrados.
Troy se sacudió debajo de mí y se desplomó cuando la descarga terminó de golpe. Cayó de rodillas y yo caí al suelo. Rodé y reboté escaleras abajo antes de estrellar los pies contra la pared para frenar.
Mierda.
Sacudí la cabeza; el cuerpo todavía me temblaba por la descarga. El corazón volvió a latirme. Descarga aparte, no teníamos tiempo que perder.
Subí a gatas los escalones y me incliné sobre Troy, que yacía desplomado en lo alto de las escaleras. El miedo me heló las entrañas y me recorrió la espalda.
—Vamos —murmuré, dándole palmadas en las mejillas para hacerlo volver—. No me hagas esto. No te atrevas.
Volvió en sí con un jadeo.
—¿Qué demonios? —parpadeó varias veces y luego entornó los ojos, clavando su mirada desenfocada en mi cara—. ¿Acabas de intentar electrocutarnos a los dos?
—Fue un riesgo calculado —expliqué, ayudando a Troy a ponerse de pie—. Supuse que el mecanismo estaba conectado a un sistema de batería de respaldo con una fuente de energía limitada. Tú y yo podemos soportar unos cuantos voltios aleatorios.
—Habla por ti, cabeza hueca —se frotó el pecho y me miró con resentimiento—. Joder, eso dolió. ¿Y por qué no puedo pensar con claridad?
El gas.
Solo nos quedaban segundos de consciencia. Después, estaríamos muertos.
No iba a permitir que uno de mis hermanos muriera. No otra vez.
Me volví hacia la puerta y presioné las manijas. Estaban rígidas y pesadas, y por mucho que las forzara, no cedían.
Troy sumó su considerable fuerza a la mía. Juntos empujamos. El mecanismo inerte gimió y luego cedió. La puerta se abrió. Entramos a trompicones en la cocina a oscuras y caímos de rodillas.
Una bocanada de aire fresco me golpeó el rostro. Inhalé con avidez, consciente de que había estado a segundos de no volver a respirar jamás. Un siniestro silbido llegó del sótano, seguido de una fuerte carcajada, la risa grabada de un loco.
Troy tartamudeó:
—¿Eso es...?
—¡Corre!
Me puse en pie de un salto y, empujando a Troy delante de mí, lo arrastré hacia la puerta trasera. Lo último que oí mientras cruzábamos el umbral fueron las carcajadas macabras de Chaos, burlándose de nosotros.
Corrimos por el patio, saltamos la valla y nos lanzamos hacia los campos vacíos. Estábamos a menos de diez metros de la casa cuando sentí el tirón de una explosión inminente, el aire succionándonos hacia atrás.
Agarré un puñado de la camisa de Troy y lo lancé hacia delante. La casa estalló, arrojándome hacia delante con la violencia ya conocida de una explosión catastrófica. Una ráfaga ardiente me levantó del suelo. Salí volando por el aire y me estampé contra la tierra.
Una última frase me vino a la cabeza, con una melodía mórbida de fondo. Hola, oscuridad, vieja amiga.