Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo Diecinueve #2
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Capítulo Diecinueve #2

Max había dejado muy claro que odiaba los convencionalismos sociales en todas sus formas, especialmente los eventos públicos como aquel. Por otro lado, yo me ganaba la vida precisamente con esos convencionalismos.

Iba de un evento a otro, cuanto más público, mejor. Mi carrera dependía de mi capacidad para ser influencer, creadora de tendencias y un vehículo de marketing viable para los productos que representaba.

Era irónico. Max rehuía el centro de atención. Mi éxito dependía de él.

Suspiré. Nuestras vidas eran tan diferentes. No era de extrañar que estuviéramos tan distantes esa noche.

Max se había mostrado casi tan inflexible con lo de no aparecer en la gala como con otras cosas importantes para mí. Como tener un hijo, por ejemplo.

Se me encogió el estómago y la sonrisa me tembló en los labios al recordar lo que había hecho. Todavía no podía creer que hubiera hackeado mis cuentas. Ese hombre. No solo había entrado en ellas, sino que me había humillado, dejando al descubierto las partes más secretas de mi vida.

¿Acaso no tenía derecho a mi privacidad?

Una mujer menuda y elegante, vestida con un vestido rojo a juego con su pintalabios, interrumpió mis pensamientos al estrecharme la mano. Era una belleza morena de cabello y ojos oscuros. Contuve el aliento al reconocerla.

—¿Eliza McAllister? —Le apreté la mano con renovado entusiasmo—. Qué placer verla aquí. Gracias por contribuir a la gala.

—El placer es mío. —Esbozó la sonrisa enigmática que la había convertido en una leyenda del mundo de la cosmética antes incluso de cumplir los treinta.

—Tu propuesta me encantó —dijo—. La respuesta es sí. McAllister estaría encantada de asociarse contigo en tu nueva línea de maquillaje. Lexilicious es un concepto brillante. Mañana deberías tener el contrato en tu bandeja de entrada.

Me soltó la mano y se adentró en el patio, escoltada por dos tipos apuestos que la condujeron a su mesa. Me quedé atrás, aturdida por la impresión.

A Eliza McAllister le había encantado mi propuesta. El contrato estaba de camino. Claro, aún habría que pulir los detalles, pero...

¡Éxito!

Contuve la sonrisa que pugnaba por asomar a mi rostro. Lo había logrado. Había tomado las riendas de mi futuro y estaba en camino de transformar mi vida.

Mi entusiasmo se apagó. Ojalá Max estuviera aquí. Él me había dado el nombre para mi nueva empresa y el empujón que necesitaba para lanzarme por mi cuenta. Habíamos superado tanto, trabajado tan duro para estar juntos, solo para destrozarlo todo en unos momentos de furia.

Continué estrechando manos mientras mi estado de ánimo oscilaba entre la celebración de mi triunfo empresarial y el lamento por mi fracaso personal. Puede que hubiera conseguido una oportunidad para mi nueva línea de cosméticos, pero había perdido a Max en el proceso.

—¿Estás bien? —murmuró Kass.

Forcé una sonrisa y decidí disfrutar de mi pequeño éxito.

—Acaba de pasar algo increíble.

—¿Qué te parece si nos escabullimos de esta tediosa ronda de saludos? —me ofreció su brazo—. Deberías tomarte un descanso antes de volver al tajo.

Tomé el brazo de Kass. Había demostrado ser un acompañante encantador esa noche. Como imagen pública de la empresa, cumplía su papel a la perfección.

Permaneció a mi lado, vestido con un esmoquin oscuro y una corbata de seda azul a juego con sus ojos. Su actitud implacable ante todo le había granjeado mala fama, pero bajo esa frialdad calculada se ocultaba un buen tipo.

Ahora entendía por qué Tee seguía enganchada a su ex.

Kass me llevó al bar más cercano, donde pidió una copa de champán para mí y un ron con cola para él. Llevé la copa a mis labios y me deleité con la sedosa frescura del champán al deslizarse por mi garganta reseca.

Cerré los ojos y suspiré mientras las burbujas efervescían en mi estómago. Una maravillosa ligereza embriagadora refrescó mi cuerpo y me alegró el ánimo.

Cuando abrí los ojos, Kass lucía una sonrisa poco habitual en él.

—¿Quieres contarme qué te hace sonreír como una loba?

—Acabo de cerrar mi primer trato.

Le conté un poco sobre Lexilicious.

—Es una tontería, pero me siento poderosa y eufórica a la vez.

—Enhorabuena.

Chocó su copa con la mía.

—Es un subidón, ¿verdad?

—¡Exacto!

Si alguien podía entender cómo me había sentido, era Kass, el rey de los negocios.

—También es adictivo —dijo mientras recorría la multitud con la mirada—. ¿Alguien te ha dicho que trabajas demasiado?

—¿Lo dices en serio? —ladeé la cabeza y observé al hombre que tenía delante—. ¿Alguien te ha dicho que tú trabajas demasiado?

Soltó una risita.

—Mis hermanos me lo dicen constantemente, pero no hago caso a esos gorilas.

—¿Por qué no? —pregunté con curiosidad.

Se encogió de hombros.

—¿Qué otra cosa hay que hacer aparte de trabajar?

Yo había pensado igual durante muchos años. Hasta hacía unos meses no había descubierto que quería vivir más allá del trabajo. Deseaba que Kass hiciera el mismo descubrimiento.

—¿Sabes? —lo pinché con una sonrisa—. He oído que hay vida después del trabajo.

Volvió a centrar su atención en mí.

—¿Como qué?

—Oh, no sé.

Me encogí de hombros a mi vez.

—¿Crear? ¿Jugar? ¿Amar?

Kass arqueó las cejas rubias.

—¿Max?

Yo también arqueé las cejas.

—¿Tee?

La máscara inexpresiva que llevaba se le resbaló del rostro. Por un instante, se quedó boquiabierto y sus ojos centellearon de sorpresa.

—¿Conoces a Tee? ¿Conoces a Liberty Rose?

—Conozco a Tee —admití—. Hemos presidido juntas varios eventos benéficos. Fue Tee quien me puso en contacto contigo cuando se enteró de la sesión de fotos de BB.

Vi la lucha en sus ojos mientras intentaba recomponer su fachada inexpresiva, pero era demasiado tarde. El rey de hielo se había tambaleado de la misma manera que Tee siempre se alteraba cuando le preguntaba por Kass.

—¿Sabes... —hizo una pausa y carraspeó—. ¿Sabes dónde está Tee ahora mismo?

—No. Llamó por lo de la campaña de Battle Brothers hace un par de meses. Luego volvió a desaparecer de la faz de la tierra.

—Era de esperar.

Los hombros de Kass se desplomaron un instante antes de volver a cuadrarlos.

—No quiere que la encuentre.

—¿Estás seguro?

—Me está evitando —afirmó con una certeza desgarradora.

—No estoy tan segura —sostuve su mirada—. No me cuadra.

Vaciló, una reacción insólita en un hombre que jamás flaqueaba.

—¿Por qué lo dices?

—Habla de ti constantemente.

—¿En serio? —parecía sorprendido—. ¿Cómo?

—Con cariño, sobre todo —me aventuré a decir—. A veces con frustración.

—¿Como tú has estado hablando de Max? —Kass había recuperado el aplomo y estaba listo para contraatacar—. Sabes que está loco por ti.

Me encogí de un hombro.

—Lo dudo.

—Créeme —Kass saludó a alguien al otro lado del patio—. Nunca lo había visto perdidamente enamorado de una mujer. Hasta que apareciste tú. Si te hackeó, no fue porque quisiera controlarte.

Resoplé.

—¿Y tú qué sabrás?

—Porque el maniático del control de esta familia soy yo.

Me quedé mirando a aquel hombre que nunca enseñaba sus cartas, atónita ante su brutal honestidad.

—Max te hackeó porque le importas —dijo—. Para protegerte, echó mano de lo mejor que sabe hacer. ¿Puedes culparlo por eso?

No, no podía.

Pero ¿tenía razón Kass?

—Una cosa más —dijo Kass—. Max tiene miedo.

—Max es feroz —repliqué—. No le tiene miedo a nada.

—Es feroz, sí —asintió Kass—. Pero el coraje solo existe cuando hay miedo.

Una oleada de estupor me recorrió. —¿Crees que Max me tiene miedo?

—No tiene miedo de ti —dijo Kass—. Tiene miedo por ti.

Sus palabras me calaron hondo. Hacía unos días, yo le había dicho lo mismo a Max sobre sus hermanos. Pero nunca se me había ocurrido que también pudiera referirse a mí.

—Créeme, Lexi —Kass apuró su ron con cola—. El amor es un glorioso desastre, una emoción que te retuerce la mente y te aterroriza. Lo echamos a perder por una de dos razones. Porque no nos importa. O porque nos importa demasiado.

Miré al vikingo de esmoquin con un nuevo respeto. Sus reflexiones no solo eran inesperadas y sorprendentes. Eran reveladoras.

¿Hablaba por experiencia propia? ¿Cómo reaccionaría Tee si supiera lo que Kass pensaba? ¿Y habría confundido yo que a Max le importara demasiado con que intentara controlarme?

Kass me miró. —No puedo evitar preguntarme.

—¿Qué?

—Si apartaste a Max porque tú también estás muerta de miedo.

Abrí la boca para protestar y luego... la cerré.

Después de un día entero enfurruñada, la realidad me abofeteó. Estaba muerta de miedo de lo que sentía por Max, de las poderosas emociones que dominaban mi corazón.

También tenía miedo de que él no sintiera lo mismo.

Estaba enfadada porque Max me había hackeado, claro, furiosa porque había descubierto mi secreto más íntimo. Pero sobre todo, tenía el corazón roto porque, al conocer mi secreto, Max se había apartado de él y, al hacerlo, de mí.

Estaba intentando poner orden en el caos de mi cabeza cuando vi a Sandro avanzando hacia mí con paso amenazante. Su familiar ceño fruncido le marcaba el rostro. El estómago se me encogió hasta el tamaño de una moneda.

Sus credenciales como mi mánager probablemente le habían permitido entrar a la fiesta. Al mismo tiempo, un grupo de magnates reclamó la atención de Kass. Sandro se dirigía hacia mí con pasos rápidos y airados, visiblemente furioso.

No era ninguna sorpresa.

Su ira probablemente tenía que ver con que, por orden de Max, mi equipo de seguridad le había negado la entrada a mi habitación de hotel.

Seguramente tampoco ayudó que yo no hubiera anulado las instrucciones de Max.

Ni que hubiera ignorado las llamadas, los mensajes de voz y los mensajes de texto de Sandro.