Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Lexi

El jueves por la tarde, Troy nos llevó a Denver en helicóptero. Para evitar el atasco de las congestionadas autopistas, aterrizó en lo alto del rascacielos más alto y nuevo de la ciudad, que dominaba el horizonte del centro como un imponente pico de más de cuatro mil metros.

Para preparar el evento benéfico de mañana por la noche, Kass, Apollo y Max viajaron con nosotros. Jax y Emme planeaban venir en coche más tarde. Trev decidió quedarse en Resurrection, alegando vagamente que tenía un trabajo que hacer.

En cuanto aterrizamos, Max me dio un rápido recorrido por el moderno ático. Era un impresionante oasis urbano, con vistas a la ciudad, las llanuras y las montañas. Luego me llevó a su dormitorio, que tenía unas vistas fantásticas y estaba completamente amueblado, gracias a Dios.

En los últimos días, se había producido un cambio en Max.

Sus pasos habían ganado un brío juvenil y la sexy sonrisa torcida que me aceleraba el corazón aparecía con asombrosa regularidad.

En El Taj, un sofá nuevo ocupaba su sala de estar antes vacía, y habían llegado dos sillas a la espera de una mesa de comedor en condiciones.

El ánimo de Max parecía más ligero, como si le hubieran quitado un peso terrible de encima y su vida tuviera un nuevo y misterioso propósito.

Sin darme cuenta, acabé contándole cosas que nunca había compartido con nadie: mi pasado, mis sueños para el futuro. Le conté que mi vida iba a ser algo más que la pasarela, le hablé de mi padre y de cuánto lo echaba de menos desde que murió.

A estas alturas, Max sabía todo lo que yo quería de la vida. Bueno, salvo una cosa que no estaba lista para compartir con nadie. Eso me lo guardaba para mí.

La verdad es que ya no estaba segura del momento adecuado. Pero sí estaba segura de que Max no estaba preparado para escucharlo. Ya sabía cómo reaccionaría, y últimamente las cosas iban demasiado bien. No quería estropearlo.

Max me estaba enseñando su suite privada en el ático cuando recibió una llamada de Trev. Se disculpó y bajó a su centro de operaciones cibernético, varios pisos más abajo en el mismo rascacielos. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que algo pasaba.

No me molesté en deshacer las maletas. Hoy era mi día de preparación.

Había empezado a prepararme para el desfile hacía una semana, cuando eliminé la sal de mis comidas y adopté una dieta vegana estricta.

Si Sandro hubiera estado al mando, su séquito me estaría sometiendo a la rutina previa al desfile en este mismo momento.

Pero había decidido reunirme con el equipo mañana por la mañana en el hotel.

Hoy, todavía era la dueña de mi cuerpo.

Los Battleson tenían un gimnasio completamente equipado en el ático. Hice mi entrenamiento habitual de dos horas y media. Cuando terminé, volví a la suite de Max, me di una ducha de vapor y me lavé e hidraté el pelo. Después dediqué un buen rato a aplicarme aceite y tonificar la piel.

Como Max no estaba cerca para moderar mis prácticas profesionales más extremas, me tragué un chupito de vinagre de sidra de manzana para evitar la hinchazón y la inflamación. Hice una mueca por el sabor agrio, pero me obligué a tragarlo.

También revisé mi aplicación de hidratación. Demasiada agua y chapotearía como una jarra llena por la pasarela. Muy poca y me hincharía como un globo de helio.

Con lo básico resuelto, me puse ropa deportiva holgada y rebusqué en mi bolsa hasta encontrar la mascarilla facial. Acababa de aplicarme la espesa sustancia verde cuando sonó el móvil. Miré quién llamaba.

Sandro.

Suspiré. Seguiría llamando hasta que el teléfono explotara.

Me limpié los dedos con una toalla y acepté la llamada.

—¿Hola?

—¿Por qué no has contestado mis llamadas? —espetó Sandro a modo de saludo—. Llevo todo el maldito día llamándote.

—Estoy ocupada preparándome para el desfile —dije mientras enjuagaba el pincel bajo el grifo—. Ya repasé el horario de mañana con el equipo de apoyo. ¿Qué más necesitas?

—Necesito que firmes el contrato para la semana de la moda en Milán de inmediato.

—¿Milán?

El pincel se me cayó de la mano y rodó por el lavabo hasta detenerse sobre el tapón.

—Sandro, no voy a hacer Milán. Te dije que me saltaba la temporada de otoño este año.

—Eso es ridículo —espetó Sandro—. Vas a hacer Milán en otoño. También vas a hacer Nueva York, París y Londres. ¿Qué dirá la gente si no pisas la pasarela en toda la temporada de otoño?

—No me importa lo que digan —respondí mientras sacaba el pincel del lavabo y lo dejaba a un lado—. Quiero tiempo libre. Me lo voy a tomar.

—Primero pones el reality en pausa —dijo Sandro como si me estuviera acusando de un crimen—. Luego aceptas un encargo de poca monta en medio de la nada y te montas unas vacaciones a su alrededor. ¡Unas vacaciones! ¿Y ahora amenazas con saltarte la temporada de otoño por completo?

Me apoyé en el lavabo y respiré hondo para calmarme.

Paciencia, por favor.

¿Por qué no podía simplemente aceptar mis decisiones?

No pierdas los estribos, Lex.

—No estoy amenazando a nada ni a nadie —dije con calma—. Vosotros podéis seguir con el reality si queréis. Hacedlo sobre la agencia si os apetece. Yo ya no quiero salir en él.

Mis propias palabras me sorprendieron. ¿Cuándo había decidido dejar el programa?

Levanté la vista para enfrentarme a la bruja de cara verde que me devolvía la mirada en el espejo. La mezcla que me cubría el rostro se había endurecido formando una gruesa capa. Parecía que llevara puesta mi máscara mortuoria. Pero mi mirada estaba viva, alerta, y brillaba con determinación.

No podía precisar exactamente cuándo había tomado la decisión sobre el reality. Y sin embargo, de repente supe que quería dejarlo... para siempre.

El jadeo de Sandro sonó como un infarto en curso. —¿Quieres cancelar el reality?

—Ya no quiero seguir en esto —repetí con una certeza que no había sentido desde los once años.

Sandro siseó al otro lado de la línea.

—No vas a tirar por la borda mis años de trabajo duro solo porque tus hormonas se han vuelto locas por un chucho cualquiera que te está calentando ese coño frígido.

Me estremecí como si me hubieran dado un puñetazo en la nariz. La máscara de arcilla se me agrietó en toda la cara. ¿Siempre me había hablado de forma tan obscena y degradante? ¿Siempre me había tratado como si fuera una mierda? ¿Y acababa de llamar a Max «chucho»?

Dios mío. Se me revolvió el estómago y la ira me hirvió en las venas. Sandro siempre me había tratado como basura, y en algún momento me había acostumbrado tanto que ya ni lo notaba.

—Yo te hice famosa —dijo Sandro—. Tú y yo tenemos un contrato de representación exclusiva, lo que significa que tú me obedeces a mí. Y no lo estás haciendo muy bien. Podrías empezar pidiéndome perdón.

¿Una disculpa?

¿Por qué?

¿Por tomar mis propias decisiones? ¿Por defenderme cuando era él quien me pisoteaba?

Fue entonces cuando caí en la cuenta. Había pasado toda una vida disculpándome ante alguien incapaz de aceptar que yo pudiera ser yo misma.

—¿Crees que no me entero de nada? —el bufido de Sandro resonó en el altavoz—.

Pues te equivocas. Mi trabajo es estar al tanto de tus asuntos.

¿Quieres tirarte a Max Battleson? Pues tíratelo.

Mientras no te quedes preñada de su engendro y destruyas tu cuerpo y tu carrera, me da igual que te prostituyas con cualquier tullido de la calle.

Pero ¿en qué universo te imaginas a ese muerto de hambre codeándose con la gente de las pasarelas?

Me hervía la sangre con cada palabra que salía de la boca de Sandro.

Estaba más que furiosa. Que Sandro me insultara era una cosa.

¿Pero a Max? Él no era ningún bicho raro.

Ni un tullido. De hecho, era la persona más inteligente, tenaz y capaz que conocía.

Simplemente era demasiado listo y auténtico para aguantar a gente como Sandro.

Como yo debería haber sido.

Sandro confundió mi furioso silencio con rendición.

—Necesito el contrato de Milán firmado para mañana. Estoy negociando con McAllister Cosmetics ahora mismo. Están dispuestos a pagar una fortuna por la renovación.

Un pedazo de arcilla endurecida se desprendió de mi frente fruncida y cayó en el lavabo.

A Sandro no se le había ocurrido contarme lo de la renovación del contrato.

Había dado por hecho que yo haría lo que él dijera sin rechistar.

Una nueva idea empezó a tomar forma en el fondo de mi mente. ¿Y si...?

—Vas a dejar a tu juguetito y a espabilar —ordenó Sandro—. El lunes estarás en Los Ángeles, radiante y con las pilas puestas, lista para trabajar.

—¡Espera un momento!

—¡Basta! —gruñó—. Ya no eres ninguna jovencita. Tienes fecha de caducidad, Alexandra. En cuanto se te marquen las arrugas y engordes y envejezcas, se acabó. Y seamos sinceros: no eres precisamente la más lista del grupo. Sin mí, no eres nada. Así que Los Ángeles, el lunes, y punto.

La línea se cortó. Me quedé con el móvil en la mano, incrédula. ¿Cuánto tiempo llevaba aguantando esto?

Toda una puñetera vida.

Me doblé sobre mí misma y luché contra una oleada de náuseas. Sandro sabía muy bien cómo dar donde más dolía. En ese momento, casi podía sentir cómo se me hinchaba el vientre, se me ensanchaban los muslos, se me marcaban las arrugas de la cara, cómo mi cuerpo se venía abajo.

Pero esta vez no iba a dejar que me manipularan ni que me apartaran de mi empeño por tener una vida propia. Abrí el grifo, me eché un chorro de limpiador facial en la palma y me froté la cara para quitarme la arcilla. La indignación me encendió las mejillas.

¿Cómo podía Sandro tratarme así? ¿Y por qué se lo había permitido durante tantos años?

Cogí una toalla del toallero, me sequé la cara dando toquecitos y fui al dormitorio. Respiré hondo varias veces, me dejé caer en la cama, cogí el portátil y abrí el correo. Tecleé a toda prisa un email para Eliza McAllister. Antes de que pudiera arrepentirme, pulsé enviar.