Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo quince #2
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Capítulo quince #2

Eso lo decía él porque era guapo. Le lancé a Troy una mirada fulminante. Su cara no era un desastre.

Fruncí el ceño, sumido en un momento de brutal introspección. ¿Me avergonzaba de mi cara? ¿De mis heridas? ¿Mi resistencia a mostrar mi foto en público era un acto de vanidad?

Joder. Lo era. O lo había sido. Hasta que Lexi me enseñó que a ella le daba igual, hasta este momento, en que me di cuenta de que la vergüenza había formado parte de mis reservas.

Desde el día en que me volaron por los aires, me había escondido del mundo. Pero no era ningún cobarde y no iba a seguir siendo el tío que se regodeaba en sus pérdidas.

—Deja que Chaos crea que ha ganado esta —dijo Troy, desplegando su argumento con la lógica persuasiva que usaba en sus alegatos finales—. Hincharle el ego solo lo volverá descuidado. Queremos que el capullo cometa errores.

Me rasqué la barba incipiente mientras sopesaba la propuesta de mis hermanos. Si dejaba a un lado mis recelos personales, no era mala estrategia. Quería a Chaos confiado y echándose flores, para poder tumbarlo.

—Sales bien en esas fotos —dijo Apollo—. ¿Por qué no íbamos a aprovecharlo?

La pregunta quedó suspendida sobre mí como una guillotina.

El beneficio era el motor de Battle Brothers. Todos veníamos de la nada. Habíamos trabajado duro para ganar pasta, no porque adorásemos al todopoderoso dólar, sino porque los beneficios significaban libertad y poder.

Con mucho dinero, podíamos marcar la diferencia en el mundo.

Podíamos influir en quienes adoraban el dinero, codearnos con los peces gordos y llevar a cabo las misiones que realmente nos importaban.

Sobre todo, podíamos apoyar a nuestros compañeros guerreros, especialmente a los que habían caído heridos en combate.

Mi mirada volvió a las fotos de la mesa. Observé al hombre que aparecía con Lexi en aquellas imágenes. Solo veía el parche y las cicatrices, una historia de violencia, dolor y fracaso. Y sin embargo, eso no era lo que veía Lexi.

Ella no lo sabía, pero me había liberado.

—Esto va a llevar un rato —dijo Jax.

Se levantó y metió el portátil en la bandolera.

—Piénsatelo, Max. Tú decides, por supuesto. Es tu cara la que se juega.

—Pero tienes que decidirte pronto —añadió Kass—. La gala es el viernes, dentro de tres días. Tenemos que dejarlo todo listo.

Sin presión.

Tiré las fotos a la carpeta y la cerré. Apoyé los codos en la mesa y me apreté las sienes. El dolor sordo que crecía tras los ojos anunciaba que las migrañas estaban al caer.

Terminada la reunión, los chicos se levantaron y siguieron a Jax hasta la puerta.

Quizá Lexi tenía razón. Tal vez, si hablaba con mis hermanos, si les explicaba cómo me sentía y qué necesitaba, podría avanzar.

Además, Lexi estaba asumiendo riesgos, plantando cara a lo que viniera. ¿No podía yo hacer lo mismo?

—Esperad —dije.

Me levanté y me volví hacia mis hermanos, que se detuvieron junto a las puertas.

Aquello era una especie de prueba, lo pretendieran o no, una patada en el culo.

La vida me estaba empujando fuera de mi zona de confort, hacia el centro de atención.

Hacía semanas, habría sido un no rotundo.

Pero ahora había aprendido cosas sobre mí mismo, sobre mis fortalezas y debilidades.

Y lo más importante: tenía a Lexi, y mantenerla en mi vida requería pensar con claridad.

—Lo haré —dije—. Os dejo usar las fotos para la nueva campaña de marketing, pero con una condición.

Kass arqueó las cejas rubias en una pregunta silenciosa. Los demás esperaron, con los ojos clavados en mí.

—Vuelvo a la lucha —dije—. Vuelvo a la rotación C, desde hoy.

Kass empezó a dar largas.

—No tienes el alta médica y...

—El alta médica me la paso por el forro —espeté—. Vosotros me dais luz verde y yo le doy luz verde a esto.

Jax me escrutó con atención.

—¿Así de simple, eh?

—No, no es simple —hice una pausa, cogí aire e intenté procesar las emociones que me asaltaban—. Tengo que decir esto en voz alta. Siento que Leo muriera bajo mi mando.

El silencio en la habitación hablaba de nuestro dolor compartido, pero también de nuestra resistencia a hablar de ello. Kass y Troy miraban al suelo. Jax apretó los labios, los ojos verdes brillantes de tristeza. Trev y Apollo me sostuvieron la mirada, compartiendo su dolor sin palabras.

Apollo cambió el peso de un pie a otro, los ojos oscurecidos por la angustia.

—No fue culpa tuya...

Levanté una mano y lo corté en seco.

—Murió bajo mi mando —repetí, esta vez con rabia—. Tendría que haberlo salvado.

—No habrías podido —dijo Apollo—. Sus heridas eran demasiado graves.

—Ojalá hubiera hecho algo distinto —las palabras me salieron a la fuerza—. Haber tomado otro camino, haberme movido más rápido, no sé, algo que cambiara el resultado.

—Hiciste todo lo que pudiste —dijo Jax—. Lo intentaste, aunque tú también estabas herido. No te culpamos de la muerte de Leo. Nunca lo hemos hecho.

Un escalofrío de alivio me recorrió el cuerpo.

Las palabras me sonaban familiares. Era posible que mis hermanos me las hubieran dicho antes, de distintas formas, en distintos momentos.

Pero nunca me las había creído. Hasta ahora, hasta que Lexi me había empujado a dejar de lado mis dudas y enfrentarme a mis peores miedos.

—Leo era mejor que yo —murmuré mientras apretaba y aflojaba los puños—. Él debería estar aquí, no yo.

—Perder a Leo fue duro —Jax tragó saliva con dificultad—. Pero Max, ¿perderte a ti? Habría sido igual de duro.

Luché por mantener el control, clavándome las uñas en las palmas, tragándome el sabor salado de las lágrimas contenidas, intentando reprimir el sonido ronco que me atenazaba la garganta, peligrosamente parecido a un sollozo.

—Yo... ojalá pudiera recordar sus últimas palabras —murmuré—. Ojalá al menos os hubiera podido traer eso.

—Trajiste a Leo a casa —dijo Troy—. Pudimos enterrarlo juntos.

—Y seguiste vivo cuando querías morir —dijo Trev desde su sitio junto a la puerta, donde había dejado su silla de ruedas—. Lo hiciste por ellos, por nosotros.

Por primera vez, se incluía en nuestra hermandad.

—Estás aquí, y hermano, sé que eso es muchísimo.

Si alguien conocía el precio de seguir vivo cuando el dolor mandaba y respirar era una tortura, ese era Trev. Si alguien entendía el sacrificio que podía suponer vivir, era él, que había sufrido pérdidas mucho mayores que las mías y aun así seguía adelante.

Por una vez, acepté lo que mis hermanos decían sin cuestionarlo. Creí, de verdad creí lo que decían.

—Así que aquí estoy, y esto es lo que hay.

Levanté las manos y giré lentamente hasta quedar de frente a ellos otra vez.

—No voy a mejorar más. He sanado todo lo que voy a sanar. Estoy otra vez en plena forma. Migrañas o no, el día que no pueda disparar con precisión, os lo diré. Os lo prometo.

Hice una pausa y sostuve la mirada de cada uno, uno por uno, hasta establecer contacto con todos.

—Así que dejadme ser útil para variar —dije—. Dejadme volver al equipo a tope. Sin excusas. Sin andar con pies de plomo con el jodido de Max. Cumpliré con el trabajo, de noche o de día, ya sea traer el pan a casa o cazar a unos hijos de puta despiadados. Cumpliré la misión, punto.

El silencio en la sala estaba cargado de reflexión. Contuve la respiración. La decisión tenía que ser unánime.

—Hiciste el trabajo el año pasado cuando los mercenarios intentaron secuestrar a Emme. —Jax les recordó a todos que quizás yo no era un completo desastre, al menos no siempre—. Siempre me has cubierto las espaldas, hermanito.

Su mirada se desplazó hacia los demás.

—Creo que este Raider podría estar listo para recuperar su Remington. Yo voto que sí.

Hubo un momento de silencio, una sensación de vacilación que me encogió el estómago, hasta que Trev habló con voz firme:

—Si mi voto cuenta, lo secundo.

—Pues claro que tu maldito voto cuenta —murmuró Troy antes de volverse hacia mí—. Yo voto que sí. Pero más te vale cumplir, esponja de balas.

—Oh, vaya si cumpliré, cabeza de rotor. —Mi confianza creció—. Te lo garantizo.

Todos miramos a Apollo y a Kass.

—Estoy dispuesto a darle una oportunidad —aventuró Apollo—, siempre que empieces con misiones pequeñas y aceptes revisiones médicas antes y después de cada misión.

Así que no estaba dispuesto a concederme el mando todavía. No me gustaba, pero entendía su razonamiento. Quería ver cómo reaccionaría bajo estrés.

Con eso podía apañarme.

La duda en los ojos azules de Kass me indicó que aún no lo tenía claro. Tenía que mantener la calma.

—Crees que ya no quiero seguir aquí. —Me acerqué a él y le sostuve la mirada gélida—. No te equivocas. Hasta hace unas semanas, no quería. No quieres a un soldado con ganas de jugársela en una misión. Lo entiendo. Pero ya no quiero morir. Quiero vivir. Así que déjame.

Kass me agarró de la camiseta y tiró de mí hacia él. Enseñaba los dientes y sus ojos ardían con emociones que rara vez escapaban a su férreo control.

—Si te matan, pequeño cabrón, si haces alguna imprudencia o temeridad y la palmas, te perseguiré hasta el infierno y te daré una paliza con mis propias manos.

—Al diablo le encantaría ese espectáculo. —Bajé la vista hacia el pecho, donde las manos de Kass se cerraban en torno a mi camiseta—. Y por cierto, Ice, seré un cabrón, pero ya no soy tu hermano «pequeño». Llevo veinte años midiendo más de metro ochenta.

De golpe, Kass me soltó, retrocedió y se pasó los dedos por el pelo.

—Vale —dijo al fin—. Pero como te hagan daño...

—Sí, sí. —Sonreí con suficiencia—. Avisaré al infierno de que voy.