Capítulo quince
Max
—Chaos —anuncié desde mi sitio en un extremo de la mesa de conferencias que dominaba el despacho de Jax, o el taller de Jax, como lo llamábamos—. Chaos es el alias del hacker que nos envió la foto de la decapitación.
—Lo encontraste —Kass cruzó miradas con los hombres sentados alrededor de la mesa, entre los que estaban todos mis hermanos, excepto Jax, que al parecer llegaba tarde.
—Más o menos —respondí—. Mi troyano trajo la carga.
—¿Qué puedes decirnos? —preguntó Apollo.
—Las huellas virtuales de Chaos están por toda la Dark Net —expliqué—. Es un hacker en ascenso. Se dedica a ataques de ransomware. Ha trabajado para los rusos, los chinos y los iraníes. Hará cualquier cosa por dinero. Chaos es de lo más negro que hay entre los hackers de sombrero negro.
—¿Ha estado en nuestro radar antes? —preguntó Kass, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Una o dos veces, pero nunca fuimos a por él. Teníamos peces más gordos que freír —recorrí con la mirada a los hombres sentados alrededor de la mesa para nuestra reunión semanal—. Este es el avance que necesitábamos. En cuanto tenga una dirección IP viable, podremos actuar.
—Querrás decir que podremos actuar —dijo Troy.
—Sí, claro —no le sostuve la mirada.
—Esto es refrescante —Troy esbozó una sonrisa burlona—. Para ser un marine cascarrabias, últimamente estás de lo más tratable.
—Apuesto a que Lexi tiene algo que ver con eso —Kass sonrió con suficiencia—. Max, eres mucho más fácil de tratar cuando tus tuberías están despejadas. Dios sabe que tu fontanería necesitaba un desatasco importante.
—Lo dice el campeón absoluto de pollas obstruidas —gruñí, pero sin verdadera hostilidad. Kass tenía razón. Era mejor persona cuando Lexi estaba cerca—. ¿Podemos dejar de hablar de fontanería y volver al asunto?
—Sí, terminemos con esto para que pueda largarme de aquí cuanto antes —Jax entró en el taller con vaqueros y un bandolero cruzado al pecho—. Joram tiene entrenamiento de béisbol y tengo que llevar a Maya a yoga para bebés.
Todos sonreímos a la vez.
Jax se dejó caer en su silla y me lanzó una mirada ofendida.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Nunca pensé que vería este día —lo pinché con una sonrisa burlona—. Tú. Padre. El infierno se ha debido de congelar. Yoga para bebés. ¿En serio?
—Espera a que te toque a ti, imbécil —sacó el portátil de la bolsa y lo encendió—. Entonces seré yo el que se ría. Ahora, ¿dónde estábamos?
—Max encontró al cabrón que nos está causando problemas —ofreció Troy—. Se llama Chaos y Max estaba a punto de decirnos cómo va a encontrarlo.
—Simple —dije—. Una vez que tenga sus coordenadas, le hacemos una visita. Le preguntamos amablemente para quién trabaja. Si no nos lo dice, le damos una paliza hasta que lo haga. Ni que decir tiene que me ofrezco voluntario para la misión.
Jax sacó el pulgar y lo señaló hacia mí.
—¿Y se supone que este neandertal es el hermano listo?
—¿Qué tal si primero encontramos al cabrón? —dijo Trev—. Lo encontramos, llegamos a Zero Tango.
—Puede que haya algo más —Kass tenía cara de estar muy satisfecho consigo mismo.
—Ice tiene noticias —conocía esa sonrisa de suficiencia—. Vamos. Suéltalo. ¿Qué tienes?
—He tenido noticias de mi contacto en la embajada rusa —dijo Kass mientras tecleaba en su tableta.
—¿Cuándo? —preguntó Jax.
—Hace unos veinte minutos. Todo extraoficial, por supuesto.
—Por supuesto —dije con impaciencia—. ¿Y?
Kass giró la tableta, nos mostró la foto de un gigante rubio con ojos negros y miró a Trev.
—¿Conoces al hijo de puta?
—Sí —a Trev se le tensó la mandíbula—. Es el cabrón que irrumpió en El Taj con McVeigh e intentó secuestrar a Emme el otoño pasado.
—Os presento a Vladimir Drozdov, el mercenario que conocemos como Orlov —dijo Kass—.
Cuarenta y dos años. Ahora puedo confirmar que es un ex-Spetsnaz entrenado como francotirador que acumuló un impresionante historial de bajas en Crimea, el Cáucaso y Siria, matando no solo a soldados, sino también a un gran número de civiles.
—Qué mierda de tipo —murmuró Troy, arrugando la nariz con disgusto.
—Según mi contacto —continuó Kass—, Orlov fue expulsado de las fuerzas especiales de élite y desapareció del mapa. Se rumorea que salió de Rusia a escondidas y se puso a la venta en el mercado de mercenarios. Probablemente así es como acabó con Zero Tango.
—Biografía interesante —dijo Jax—. Pero ¿cómo lo encontramos?
—Ese es el problema —dijo Kass—. Probablemente opera bajo múltiples identidades.
—Si tuviéramos sus huellas dactilares, podríamos intentar cotejarlas con los registros existentes —sopesé nuestras opciones—. Con eso, podríamos establecer sus nombres operativos, rastrear sus cuentas y quizás seguir el rastro del dinero hasta Zero Tango.
—Buen plan —dijo Kass—. Pero no hay huellas dactilares.
—¿Callejón sin salida? —preguntó Apollo.
—No necesariamente.
La emoción de una nueva cacería me puso en marcha.
—Tenemos una nueva pista. La seguiremos hasta las últimas consecuencias.
—Es francotirador de profesión —señaló Troy—. Es paciente. Está acostumbrado a esconderse y esperar.
—Nosotros también estamos entrenados —dijo Kass—. Conocemos el procedimiento. En cuanto salga de su traje ghillie, lo pillaremos.
—Vale, bueno, eso no va a pasar hoy —dijo Jax con impaciencia—. ¿Qué más tenemos?
—Cosas del trabajo diario, la campaña de marketing —dijo Kass.
Repartió una pila de carpetas por la mesa.
—Ya tenemos los informes de los grupos focales.
Abrí mi carpeta. Lexi me miraba fijamente, con los ojos aguamarina clavados en la cámara y la barbilla alzada en actitud desafiante.
La piel le brillaba en tonos cobrizos luminosos bajo el sol.
El cabello oscuro le ondeaba al viento, y me hizo pensar en una leona feroz apostada en lo alto de la Roca del Rey.
Libera tu lado salvaje, proclamaba el eslogan.
Dios, qué poderosa era.
Pasé las páginas, contemplando el reportaje completo con una sonrisa. Adicto a la marca Lexi, compraría cualquier cosa que ella vendiera.
Cualquier cosa.
Troy silbó.
—Menudo reportaje.
—Épico —dijo Kass—. Max, hiciste un trabajo increíble con la sesión de fotos. Para ser un saco de arena autopropulsado, tomaste decisiones muy acertadas.
El pecho se me hinchó de orgullo. Para variar, sentaba bien hacer algo bien. Ahora, si conseguía eliminar todas las amenazas contra Lexi, podría pasar a mi objetivo principal: conseguir que Lexi fuera mía.
No estaba seguro de cómo iba a hacerlo. Pero tenía que conseguirlo, y pronto, antes de que ella volviera a su antigua vida y se olvidara de mí por completo.
Solo pensar en que Lexi se fuera me dejó sin aliento.
Kass agitó una mano frente a mi cara.
—¿Estás con nosotros?
Le aparté la mano de un manotazo.
—Sigue.
—El siguiente reportaje fotográfico es aún mejor —dijo—. Los grupos focales coincidieron en que debería ser la base de la nueva campaña de marketing.
¿Qué podría ser mejor que esto?
Pasé a la siguiente sección y me quedé mirando las fotos que tenía delante. Se me cortó la respiración. ¿Estaba viendo bien?
Una foto de Lexi y mía encabezaba la propuesta. Ella estaba frente a mí, alta, esbelta y valiente, con los ojos atrapando la luz dorada del sol poniente. Yo estaba detrás de ella, una presencia oscura y posesiva, en contraste con ella en todos los sentidos.
Parpadeé incrédulo. Al mirar las fotos, el eslogan de la campaña, libera tu lado salvaje, adquirió un significado completamente nuevo. Ella era lo libre. Yo era lo salvaje. Ella era la luz. Yo era la oscuridad.
—Los grupos focales respondieron de forma fenomenal a este reportaje —explicó Kass, ignorando mi estupor—. Creen que esta campaña refleja mejor el espíritu de la marca. Es un éxito seguro. Estas fotos venderán nuestros productos.
Me encontré con la mirada helada de Kass.
—No.
—Bueno, vale, entonces —dijo Kass.
Cerró la carpeta y juntó las manos sobre ella.
—Usaremos el primer reportaje. Veremos un aumento modesto en las ventas, que puede que justifique o no los costes. La línea de mujer puede que genere beneficios o puede que no, lo que significa que nuestro proyecto de asistencia a veteranos heridos podrá expandirse o no.
Gruñí.
—No me vas a echar esto encima.
Kass se encogió de hombros.
—Yo solo lo digo.
Di un golpe en la mesa.
—Cuando acepté esas fotos, me aseguraron que mi cara nunca vería la luz del día.
—La garantía se mantiene —dijo Jax.
Le lanzó a Kass una mirada de advertencia antes de clavar los ojos en mí.
—La nueva pregunta es: a la vista de los resultados del grupo focal, ¿lo reconsiderarías?
—Ni hablar —dije, frunciendo el ceño—. No soy modelo.
Nunca me vas a encontrar pavoneándome por ahí, promocionando algún perfume apestoso, o desfilando en una pasarela, ni siquiera por mil millones de dólares.
No quiero que mis identidades digitales queden comprometidas por fotos mías esparcidas por todo internet.
—Lo entendemos —dijo Jax con una paciencia que solo me irritó más—. No necesitamos que seas modelo, vendas fragancias o camines por la pasarela.
—Entonces, ¿qué demonios queréis de mí?
—Este es el trato —dijo Jax—. Tu nombre no está asociado de ninguna manera con tu identidad de hacker.
Ninguno de tus alias de hacker se ha vinculado jamás al nombre Max Battleson.
Chaos sabe que eres Max, claro, pero no tiene ni idea de que eres hacker.
Te está atacando sin saber que también eres un ciberguarrero de primera.
Jax tenía razón. Mis alias de hacker estaban a salvo. Pero...
—Aun así no me gusta. Aumenta los riesgos en todos los frentes.
—Siempre hay riesgo —dijo Troy—, pero este es un riesgo que podemos gestionar. Tu foto ya está ahí fuera. Chaos se encargó de eso. Puedes intentar limpiar la filtración. Si hay alguien capaz de lograr lo imposible, eres tú. Pero hay una alternativa.
Levanté las cejas.
—¿Cuál es?
—Déjalo estar.
El aire escapó de mis pulmones y no volvió.
—¿Y qué si la gente sabe cómo es Max Battleson? —dijo Troy—. No hay nada malo en eso. Si me preguntas, ya es hora de que muestres tu cara al mundo.