Capítulo Catorce #2
No solo estaba casi sin dolor, sino que también estaba hidratado. Olisqueé y descubrí que las sábanas estaban limpias y que olía a jabón de pino. No era mi estado habitual después de un ataque de migraña tan fuerte como el de anoche.
Giré la cabeza y encontré a Lexi desparramada junto a mí en nuestra flamante cama nueva, con los ojos cerrados y la mano aferrada a la mía.
Esta era la imagen que había tenido en mente cuando compré los muebles por internet. Más allá de la increíble longitud de las pestañas de Lexi, unas sombras moradas le enmarcaban los ojos. Y aun así, era lo más hermoso que había visto en mi vida.
Abrió los ojos y me golpeó una ráfaga de luz aguamarina. Su mirada se enfocó en mí y me estudió el rostro de cerca. La tensión que le surcaba la frente se alivió y una sonrisa tentativa le curvó los labios.
—Estás mejor, ¿verdad? —se incorporó apoyándose en el codo—. Tienes mejor aspecto.
Señalé con la cabeza hacia el gotero. —Supongo que Apollo pasó por aquí.
—Lo siento, pero no tuve otra opción. Estabas empeorando. Te puso una inyección de algo. Creo que te ha sentado bien.
—Juraste que no se lo dirías a mis hermanos.
—No, te dije que no llamaría a tus hermanos en ese momento, y no lo hice.
Amenacé a Apollo con una muerte lenta si se lo contaba a los demás. Incluso le dije que lo demandarías si violaba el secreto profesional.
Se me escapó una sonrisa. —Parece que lo tenías bien controlado, entonces.
—Lo intenté.
Se recogió el pelo sobre un hombro y lo retorció entre las manos.
—Pero si tengo que elegir entre que me grites o que sufras, vas a acabar gritándome.
—Ven aquí.
Le rodeé la cintura con la mano y la atraje hacia mí.
—No voy a gritarte.
La tensión de su cuerpo se fue disipando. Se tumbó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro y me acarició el rostro con la mirada.
—Está bien pedir ayuda, Max. Tus hermanos son buenos tipos.
—Me miman.
Cogí un mechón largo de su pelo y lo enrollé y desenrollé en mi dedo.
—Son unos idiotas sobreprotectores.
—Claro.
Esbozó una sonrisa escéptica.
—Mira quién habla, el rey de los idiotas sobreprotectores.
Apreté la mandíbula. —No lo entiendes, Lexi.
—Entonces ayúdame a entenderlo.
Dudé, reacio a compartir lo que sentía. Pero Lexi esperó en silencio expectante, con la mirada clavada en mí.
Mierda.
¿Alguna vez iba a poder negarle algo cuando me miraba así?
—Quiero volver a la lucha —dije—. A la de verdad.
—Supongo que te refieres a la misteriosa rotación C —dijo con naturalidad—. ¿Se lo has dicho a tus hermanos?
—Oh, lo saben, vaya si lo saben.
—¿Pero?
—Tienen miedo de que la vuelva a cagar.
Lexi frunció el ceño. —¿Qué quieres decir con eso de volver a cagarla?
Oh, mierda. —Olvida lo que he dicho.
—¿Max?
Respiró hondo.
—Creo que necesitas soltar lo que te está carcomiendo, desahogarte.
Solté un bufido. —¿Así que ahora eres loquera?
—¿Loquera?
—Jerga militar para referirse a los psiquiatras.
—Oh.
Se encogió de hombros.
—Si quieres saberlo, hace poco estuve yendo a una terapeuta para intentar averiguar qué hacer con mi vida.
Aquello me llamó la atención. —¿Qué tiene de malo tu vida?
—Quiero cambiarla.
Hizo una pausa.
—Solo que todavía no sé cómo.
—Ya veo.
Le di vueltas a aquella información.
—La terapeuta, ¿te sirvió?
—Mucho. Deberías plantearte hablar con alguien.
Levantó una mano antes de que protestara.
—La gente cuerda se beneficia de la terapia constantemente. A mí me funcionó, y a ti también podría. Al menos deberías considerarlo.
—Si hablara con un terapeuta, ¿a ti te ayudaría?
—No lo sé, Max, pero a ti sí que podría ayudarte.
Mensaje recibido. Tendría que considerar la opción.
—O...
Lexi se quedó a medias.
—¿O?
—O podrías hablar conmigo.
—Hablar.
Aparté la mirada mientras mi humor sombrío caía sobre mí como una sombra.
—¿Para qué?
Me tomó el rostro entre las manos y me giró la cabeza con suavidad hasta que nuestras miradas se encontraron. Me dio un beso lento y tierno que me recorrió con cálidas oleadas de afecto.
El entumecimiento remitió. La apatía que solía atormentarme después de un ataque de migraña cedió. Se me tensó la entrepierna y pasé de tibio a ardiendo en un segundo.
¿Cómo podía esta mujer revivirme con un simple roce de sus labios?
Lexi me soltó el rostro, me cogió una mano entre las suyas y me la apretó.
—Creo que algo te está corroyendo por dentro. Te está enfermando, y además te hace desgraciado. Tienes que dejar de huir y decir las palabras en voz alta, enfrentarte a lo que sea esto. Lo que me cuentes queda entre nosotros. Inténtalo, ¿por favor?
Cuando me lo pedía así, no tenía escapatoria.
Bajé la mirada hacia su mano, sus largos dedos con la manicura perfecta entrelazados con los míos, llenos de cicatrices. Me había cuidado cuando lo necesitaba. La había tenido despierta toda la noche. Joder, hasta le había vomitado encima. Lo menos que podía hacer era intentar lo que me pedía.
Abrí la boca y la cerré. Los dos intentos siguientes tampoco tuvieron éxito. El dolor de cabeza era un recuerdo lejano, pero ¿la presión insoportable que crecía en mi pecho mientras intentaba expresar lo que sentía?
Eso sí era reciente.
—Leo —fue lo único que pude decir.
—Murió en una misión —dijo ella, expresando lo que yo no podía—. Estabas allí cuando murió.
—Sí.
—Te sientes culpable —continuó, demostrando que podía leerme la mente—. Crees que su muerte es culpa tuya, de algún modo.
Agaché la cabeza en señal de asentimiento. La muerte de Leo era culpa mía.
—¿Qué más, Max? —me escrutó con su mirada implacable—. Necesitas decirlo.
—Mis hermanos... —la garganta se me cerró como si me estrangularan un par de manos, o cuatro pares.
Lexi arqueó las cejas, sorprendida.
—¿Crees que tus hermanos te culpan por lo que pasó?
—Sé que sí.
¿Por qué otra razón me mantendrían al margen si no fuera porque me culpaban de la muerte de Leo y temían que consiguiera que murieran más de los nuestros?
—No estoy tan segura —me lanzó una mirada escéptica—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Dos años.
—¿Qué has estado haciendo estos dos años?
A decir verdad, no estaba seguro. ¿Languidecer en el purgatorio? ¿Malgastar mi tiempo en esta tierra? ¿Hacerles perder el tiempo a todos los demás?
—¿Max? —me instó dándome un toquecito en el pecho con los dedos.
—Curándome, supongo —murmuré—. Recuperando las fuerzas.
Asintió, aprobadora.
—Tu cuerpo se ha ido curando, pero ¿y tu mente?
Seguía anclada en aquel día en que Leo murió en mis brazos.
—¿Quieres contarme qué pasó? —preguntó.
Levanté la mano y le acaricié el pelo.
—No puedo.
—¿Porque es demasiado difícil hablar de ello?
—Sí, y...
—¿Y qué?
—Hay algo más, algo peor.
—¿Peor? —se le formaron tres pequeñas arrugas entre las cejas—. ¿Qué es?
—Recuerdo lo que pasó antes y después de la explosión —solté las palabras a duras penas—. Pero no logro recordar la muerte de Leo, es decir, el momento exacto en que falleció.
—¿Es eso tan raro? —preguntó mientras me dibujaba pequeños círculos en el pecho con las yemas de los dedos—.
Te volaron en pedazos, Max. Estabas herido, en estado de shock.
Es un milagro que pudieras hacer algo, que intentaras salvar a tu hermano, cuando tú también estabas a las puertas de la muerte.
Volado en pedazos.
Ahí estaba, lo había dicho en voz alta.
Nadie usaba esas palabras delante de mí, y sin embargo eso era exactamente lo que había pasado. A pesar de todos nuestros esfuerzos, a pesar de ser hábiles, preparados y meticulosos, nos volaron en pedazos como a unos malditos novatos.
—Debería haber sabido que el explosivo estaba allí —escupí entre dientes—. Debería haber revisado el camino yo mismo...
—¿Max? —me interrumpió—. ¿Acaso lees la mente?
—No, pero...
—¿Puedes predecir el futuro?
—No, claro que no, pero...
—¿No llevabais zapadores y no hiciste todo lo posible por asegurar el camino?
—Sí, pero...
—¿Qué es lo que te gusta decir? —me desafió arqueando las cejas—. La vida es una mierda y pasan cosas. ¿No es ese tu lema oficial?
Asentí, aturdido.
—Pues eso, Max, pasó una mierda. ¿Ese explosivo?
Hiciste todo lo posible por evitarlo, pero estaba fuera de tu control.
No es culpa tuya que algún cabrón sanguinario lo pusiera allí.
No es culpa tuya que los zapadores no lo detectaran.
No es culpa tuya que Leo muriera. Es una mierda, sí, pero no es culpa tuya. ¿Me estás escuchando?
La estaba escuchando. Solo que no me creía nada de lo que decía.
Quizá, si hubiera prestado más atención, Leo estaría vivo. Tal vez, si no hubiéramos estado hablando de gilipolleces, como la felicidad y esas mierdas, habría detectado el explosivo. Quizá, si hubiera insistido en ir en cabeza, él estaría aquí, él, que era mejor que yo en todo.
—Hiciste todo lo que pudiste —insistió Lexi—. Tú no enterraste el explosivo que mató a tu hermano. Y, por cierto, no creo que tus hermanos te culpen de la muerte de Leo.
Intenté no gruñir.
—¿Cómo demonios puedes saber eso?
—Tus hermanos son soldados como tú. Conocen los riesgos. Las cosas pasan a pesar de los mejores planes. Confían en tus habilidades, cuentan contigo para hacer tu trabajo. Hablan de ti con amor y respeto.
—Entonces, ¿por qué coño no me dejan volver a la rotación C?
—Porque están preocupados por ti. Sienten tu angustia, ven tu dolor. Temen que te maten. No tienen miedo de ti, sino por ti.
¿Era cierto?
—No lo entienden —refunfuñé—. Necesito estar en la lucha.
—Para mí, has estado en la lucha todo el tiempo. Emme me contó todo sobre el ataque de Zero Tango el otoño pasado. Me contó cómo cubriste a Jax.
—No fue para tanto...
—Oh, sí que lo fue —insistió—. El mercenario ruso, Orlov, le disparó a Jax y habría muerto si no hubieras llegado en ese momento. No solo participaste en la lucha, sino que fuiste clave para ganarla y salvarle la vida a Jax.
¿Tenía razón? ¿Había sido de ayuda para mis hermanos en lugar del desastre de siempre?