Capítulo Catorce #3
—Estuve allí cuando nos sacaste de esa caravana en el lago —continuó Lexi—. Eres un luchador, Max, y nunca has dejado de luchar. Por no hablar de toda la escoria que has eliminado en tus incursiones cibernéticas. Pero si necesitas que tu nombre aparezca en alguna lista, díselo a tus hermanos.
—¡Les he dicho un millón de veces que quiero volver a la lucha!
—Pero no de la forma adecuada —dijo—. Necesitas hablar con ellos, decirles cómo te sientes. No te enfades, ni te pongas borde, ni sarcástico. No te emborraches, destroces un bar ni te líes a puñetazos. Diles lo que quieres y, lo más importante, por qué. Creo que lo entenderán.
¿Lo harían?
Apreté los puños.
—Si tan solo pudiera recordar…
—Quizás recuerdes las últimas palabras de Leo algún día, cuando hayas superado la culpa. Aún no has terminado de sanar. Y ¿no es verdad que muchas personas que sufren un trauma también tienen lagunas de memoria?
—Sí, pero… —busqué las palabras—. Es tan difícil de explicar. Yo… lo recuerdo todo.
El olor acre de los explosivos, el hedor de la carne carbonizada, el tufo de la sangre.
Recordaba el sabor metálico en la boca y el silencio sepulcral que precedió al pitido ensordecedor en mis oídos.
En mis pesadillas, veía la sangre, el cuerpo de Leo, destrozado, y mis manos intentando recomponer sus pedazos.
—Leo muriéndose en mis brazos —murmuré—. Se desangra y no puedo detenerlo. Su boca se mueve, pero no oigo lo que dice.
—Estabas herido, Max —Lexi me apretó la mano—. Estabas en shock.
—Mis hermanos, cuando volví, después del funeral, me preguntaron: ¿Leo dijo algo antes de morir? Sí, lo hizo. Pero, joder, no consigo recordar sus últimas palabras.
La presión en el pecho se volvió insoportable, me aplastaba el esternón. Lágrimas ardientes me nublaron la vista y me quemaban como fuego. Luché por no derramar ni una sola.
Tragué con fuerza, saboreando la sal y el dolor en el fondo de la garganta, el veneno que me mataba cada día. Casi logré volver a enterrar las emociones de mierda donde debían estar. Hasta que Lexi se incorporó en la cama y me estrechó contra su pecho.
Su contacto rompió mis compuertas.
Una avalancha de emociones brotó de mí, un tsunami de angustia, ira y lágrimas.
Temblaba, intentando mantener la compostura, pero no había forma de detener el diluvio.
Había gritado de rabia, golpeado paredes, cosas, personas, pero no había derramado una sola lágrima desde el día en que Leo murió en mis brazos.
—Está bien —murmuró Lexi en mi oído mientras me acariciaba el pelo—. Está bien llorar.
No, maldita sea, no estaba bien, pero no podía parar.
Hundí la cara en el pecho de Lexi, ahogándome bajo las olas que me aplastaban, avergonzado de mi debilidad pero incapaz de detener el torrente ardiente que brotaba de mis ojos, los temblores que me sacudían o los sollozos que sofocaba contra su cuerpo.
Desde que murió mi abuela, no había vuelto a llorar ni había permitido que nadie me consolara. Pero eso cambió mientras me refugiaba en el cuerpo de Lexi.
Me acunó en sus brazos, me mecía suavemente, me besaba la coronilla y me susurraba palabras de consuelo al oído.
Su camiseta se empapó contra mi cara y me dolían los ojos de tanto llorar, pero ella seguía sosteniéndome.
En algún momento, se me agotaron las lágrimas.
Un vacío ocupó el lugar del peso que me había estado aplastando durante los últimos dos años.
Me sentí más ligero, como si hubiera estado enterrado bajo una montaña de piedras y ahora, por primera vez, algunas de esas rocas hubieran rodado fuera del montón.
Me sequé la cara. Yo. Llorando. Daba igual que me sintiera mejor. Acostumbrarme a la idea iba a llevar tiempo. Apoyé la espalda en el cabecero y mantuve a Lexi entre mis brazos. Nos quedamos dormidos un rato.
Por una vez, dormí profundamente, como si tener a Lexi entre mis brazos mantuviera alejadas las pesadillas. Cuando volví a despertarme, me sentí distinto, de algún modo.
Lexi se removió entre mis brazos y me plantó un dulce beso en el hueco del cuello.
—Gracias —murmuré—. Por todo. No tenías por qué cuidarme anoche.
—Para eso están los amigos —dijo Lexi—. Y somos amigos, ¿no?
—¿Amigos? —me giré de lado y fijé la mirada borrosa en ella.
La angustia se había disipado de mi corazón y otra hora de sueño había recargado mis reservas agotadas. Mi deseo por Lexi despertó, una fuerza innegable. Estábamos cara a cara, sus labios a apenas unos centímetros de los míos.
—¿Eso es lo que crees? ¿Que somos amigos? Somos más que amigos, Lex. Mucho más que amigos.
Acorté la distancia entre nuestras bocas. La besé con suavidad, saboreando la sensación de sus labios carnosos y las dulces caricias de su lengua tentadora. Su mano se posó en mi nuca y me atrajo hacia ella.
Me apoyé en los codos y rodé sobre ella, le separé las piernas con la rodilla y me acomodé entre sus muslos. Incliné las caderas, froté mi erección contra ella y gemí de placer, deleitándome en el calor de su sexo.
—¿Max? —susurró—. ¿Y tu vía?
—¿Te preocupa esta cosita?
Me equilibré sobre un codo y con la otra mano arranqué la cinta de la piel y me saqué la aguja del antebrazo. Con una sola mano, anudé el tubo de plástico y lo lancé por encima del hombro.
—Problema resuelto.
Volví a poner la boca donde debía estar: en los labios de Lexi.
—Pero las migrañas...
—Se han ido —deslicé los labios por su cuello, metí la mano bajo su camiseta y me adueñé de su pecho. Atrapé el pezón erecto entre los dedos y lo hice rodar hasta que se quedó sin aliento.
—Pero...
—Es sí o no —dije con voz ronca—. No hay término medio.
—Sí —jadeó mientras arqueaba la espalda y movía las caderas—. Contigo siempre es sí.
Le quité los pantalones, me tumbé sobre ella y me hundí en su glorioso calor. Nada iba a impedirme ahora demostrarle a mi mujer lo que sentía por ella de la única forma que sabía.
Una vez dentro de ella, el alivio me inundó, junto con la sensación de estar en el lugar correcto y con la persona correcta. A partir de ahí, solo existieron el placer y Lexi, el mayor placer de todos.
Le hice el amor despacio, con dulzura. Me tomé mi tiempo: besé cada punto sensible, chupé y lamí sus rincones más deliciosos, disfruté de las líneas fluidas de su cuerpo bajo mis dedos y saboreé sus gemidos de placer, sus suspiros, la respuesta ondulante de su cuerpo.
Estaba necesitado como siempre, duro como nunca, pero también me impulsaba algo más, algo diferente: una determinación nueva y gozosa de compartir, dar y aceptar.