Capítulo Siete #3
¿Iba a hacerlo?
Ni de coña.
—¿Tú o yo? —Jax soltó un resoplido irritado y dejó el portátil a un lado—. ¿Quién va a ser?
No había razón para abrir la puerta. Estaba muerto por dentro. ¿Es que no se daba cuenta?
A menos que quisiera estar con un zombi, no tenía sentido quedarse conmigo. Nada que dar. Nada que recibir.
Y algo más, algo peor.
Lexi casi había muerto. Por mi culpa. Si alguien iba a por mí, ahora también iba a por ella.
Para mantener a Lexi a salvo y al margen de esto, tenía que demostrar a quien estuviera observando que no éramos pareja. Cosa que, por cierto, no éramos.
Yo tenía los días contados, pero ¿Lexi?
Ella tenía toda la vida por delante.
—Vale, ahora sí que me estás cabreando.
Las rodillas de Jax crujieron al levantarse del sillón.
—Que te jodan.
Me levanté de la silla y, tras arrancarme las gafas de la cara y tirarlas sobre el asiento, fui hacia la puerta hecho una furia, impulsado por una rabia salvaje que no podía contener, y mucho menos entender.
No estaba enfadado con Lexi. Estaba furioso conmigo mismo. ¿Por qué había dejado que esto pasara? ¿Qué sería de Lexi si Zero Tango la ponía en el punto de mira?
Moriría de forma miserable, eso es lo que pasaría.
Agarré el pomo, lo retorcí como si fuera el escuálido cuello del hacker que buscaba, y abrí la puerta de golpe.
—¿Qué?
Lexi dio un respingo. Se le demudó el rostro y sus labios carnosos se apretaron en una línea tensa. Los ojos se le abrieron aún más al mirarme.
La frustración me desbordó. Con cada segundo de silencio, sus ojos brillaban más, anegados de lágrimas. Me dolían las tripas como si se me hubieran podrido por dentro.
—Ni se te ocurra llorar, joder —le espeté—. Sabías lo que era esto desde el principio. Estoy ocupado. Mejor que te mantengas alejada.
El dolor que oscureció sus ojos me golpeó en el estómago. La migraña me apretó la cabeza, como una abrazadera enorme que se retorcía alrededor del cráneo.
Lexi cerró los puños. Esos labios que había besado tan bien empezaron a temblar, y una de esas malditas lágrimas escapó del rabillo del ojo y le rodó por la mejilla.
Joder. Si hubiera tenido corazón, se habría hecho añicos.
Pero aun así, sentía los bordes dentados del cristal roto que me rechinaban en el pecho, desgarrándome la carne, raspándome los huesos.
No podía soportarlo.
Cerré de un portazo y giré sobre mis talones, muy consciente de sus pasos que retumbaban escaleras abajo a toda prisa.
El golpe que me alcanzó oscureció mi mundo ya de por sí turbio.
El crujido de los nudillos de Jax al chocar contra mi mandíbula resonó en mi cabeza.
El dolor vino después, multiplicando la migraña.
La agonía me estalló en la cabeza. Salí volando contra la pared y me desplomé en el suelo mientras la habitación giraba violentamente a mi alrededor.
Cuando pude volver a ver, Jax se cernía sobre mí como un demonio vengador.
—Pequeño cabrón —gruñó—. ¿Te crees el único gilipollas que sufre en este planeta?
Tambaleándome por el golpe, me llevé la mano a la cara. Los dedos se me deslizaron sobre un hilo de sangre que fluía de la comisura de la boca, donde me había mordido el labio. La mandíbula me dolía como mil demonios.
Un puñetazo de Jax siempre era un acontecimiento memorable, incluso cuando uno se lo merecía. Mi labio partido y mis dientes doloridos lo recordarían mañana.
—Hola, Mayhem —le sonreí con los dientes ensangrentados—. Hacía tiempo que no te veía. Buen golpe, por cierto.
—Max...
Jax apretó las manos en puños.
—Estás perdiendo facultades —me froté la mandíbula—. No me has roto el hueso.
—Puede que tu mandíbula no esté rota, pero tú desde luego sí —masculló Jax.
—Me la suda.
—¿Esa mujer de ahí fuera? También ha tenido una noche infernal. Está asustada. Está entre desconocidos. Ha perdido la caravana y casi se ahoga en nuestro puto lago.
—Jax... —me apoyé en el codo—. Déjalo ya, tío.
—No —escupió con rabia—. No pienso rendirme contigo. Así que escúchame.
Me dejé caer contra la pared y puse los ojos en blanco.
—Allá vamos.
—Estoy harto de verte arrastrándote hecho mierda —dijo Jax—. Se me ha acabado la paciencia, hermano. Alguien tiene que cantarte las cuarenta. Y parece que me ha tocado a mí esa puta lotería.
Hizo una pausa y soltó un gruñido de frustración.
—Basta, Max. ¿Ese purgatorio en el que te has quedado atascado? Es una pocilga y te revuelcas en ella cada día. Espabila. O ve al puto psiquiatra. ¡Haz algo, joder! Este no eres tú, Max. Quiero que vuelvas. Todos queremos que vuelva nuestro hermano.
Las palabras de Jax me golpearon como una patada en los huevos.
Quería a Jax. Quería a todos mis hermanos. Joder, quizá fueran la única razón por la que seguía por aquí. Pero ellos no podían entenderlo.
Ellos no eran los que veían la cara de Leo en todas partes. No habían estado allí cuando murió. No habían visto cómo la vida se le escapaba de los ojos, cómo la sangre le brotaba del cuerpo. Y no le habían fallado a nadie como yo le fallé a Leo.
La voz de Jax me llegó desde algún lugar lejano.
—¿Me estás escuchando?
No debería estar perdiendo el tiempo conmigo. Ya estaba muerto. Me abracé las rodillas y solté una carcajada. Fue un sonido horrible, chirriante, amargo, pero joder, reír era mejor que llorar.
Jax soltó un largo suspiro.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Pareces un predicador. Te echas una mujer y de repente eres mejor que yo, mejor que todos nosotros.
—Joder —Jax se plantó los puños en las caderas—. Vas a obligarme a hacer esto, ¿verdad?
Se agachó, me agarró por el cuello de la sudadera y me levantó como si fuera un trapo. Me estampó contra la pared con un golpe seco. Me sostuvo allí, a la altura de sus ojos, nariz con nariz.
—Emme es lo mejor que me ha pasado en la vida —su aliento me azotó la cara—. A ti también puede pasarte, imbécil. Si lo permites. Pero no, estás demasiado ocupado dándote pena a ti mismo. Soy tu hermano, Max. No puedo permitirlo. No pienso hacerlo. Ya no aguanto más.
El dolor en los ojos de Jax me golpeó tan fuerte como su puño. Aquello era una orgía de dolor. No quería hacerle daño a Jax. Ni a mis hermanos. Ni a Lexi. Y sin embargo, eso era todo lo que hacía: herir a la gente, hacer que los mataran.
—No tienes que tirarte a la mujer si no quieres —el agarre de Jax se aflojó y su ira fue menguando—.
Si no es la indicada, no es la indicada.
Pero Max, aquí todos somos hombres hechos y derechos.
Todos llevamos el apellido Battleson. Vivimos y morimos por nuestro código, y eso te incluye a ti también.
Me soltó y me dejó allí, tambaleándome contra la pared, borracho de mi propia miseria, con el dolor golpeándome desde todas direcciones.
Se puso a caminar por la habitación, tirándose del pelo. Por fin se detuvo junto a la puerta, dejó caer los brazos a los costados y me miró.
—Los Battleson no hacemos daño a las mujeres —dijo—. Puede que todos vengamos de la mierda, pero no somos mierda. Si tengo que molerte a hostias para recordártelo, que así sea. Puede que estés actuando como un imbécil, pero no eres ningún cobarde. Arregla esto, Max. Sabes cómo.
Dicho esto, abrió la puerta y se escabulló, silencioso como el guerrero incansable que era.
¿Y yo? Me deslicé pared abajo, me dejé caer al suelo y hundí la cara en las manos, añorando una época en la que había sido más como Jax.
***
Lexi
Yacía bajo una pila de mantas en el sofá de Jax y Emme con la cara hundida en una almohada empapada de lágrimas.
Los acontecimientos se repetían en mi mente en un círculo infinito.
La conmoción de conocer a Max. Las emociones caóticas de la sesión de fotos.
El sexo, el sexo, el sexo. La caravana, el salto al lago.
El lago intentando matarnos. Yo, atrapada en ese ataúd de baño.
Max, manteniendo la calma. Los Battleson. El Taj.
Tantos subidones. Bajones tan violentos.
Las últimas veinticuatro horas de mi vida habían sido una montaña rusa despiadada.
Todavía tenía el estómago en un puño. Pero nada me había golpeado tan fuerte como el rechazo de Max.
Ahogué un sollozo. El asco que le retorció la cara cuando abrió la puerta me había dejado marcada de vergüenza, dolor y tristeza.
Me sentía destrozada, aunque no podía entender por qué.
Era solo otro tipo más. Me había metido en ese rollo sin expectativas. Y, sin embargo, el sexo con Max había sido diferente, bueno —no— fantástico, como un verdadero intercambio entre dos personas que se necesitaban. Y luego... ¿qué?
Autoengaño. Había sido estúpida al buscar seguridad y consuelo en sus brazos cuando sexo sin más era todo lo que habíamos acordado.
Sacúdetelo, Lex. Sigue adelante.
En unos días, estaría lejos de aquí y Max no sería más que un punto en mi espejo retrovisor. Había tenido planes antes de conocer a Max. Con o sin desamor, esos planes seguían en pie.
Mi escapada hacia la libertad no iba a descarrilarse. Quienquiera que hubiera conspirado para atacar la Bambi iba tras los Battleson, no tras mí. Mañana encontraré otro lugar donde quedarme. Seguro que podría alquilar otra autocaravana y huir de la tristeza que dominaba mi ánimo esta noche.
Respiré hondo y me sequé las lágrimas. Si seguía llorando, ningún maquillista del mundo iba a poder trabajar con mis ojos hinchados durante el próximo mes.
En algún momento, el agotamiento del día me venció. Cerré los ojos y caí en un sueño ligero plagado de pesadillas.
En mis sueños, la autocaravana yacía en el fondo arenoso del lago conmigo atrapada dentro.
El agua estaba helada, convirtiéndome los huesos en hielo.
A través de la ventana, veía a Max nadando alrededor de la autocaravana.
Pero antes de que pudiera alcanzarme, la arena se arremolinó y un remolino oscuro abrió sus fauces y lo engulló, despedazándolo miembro a miembro.
Grité, pero el agua me entró a raudales por la garganta y me inundó los pulmones. Me estaba ahogando otra vez.
—Lex —un susurro urgente me rescató de las turbias profundidades—. ¡Lex!