Capítulo Siete #4
Volví en mí con un jadeo salvador. La habitación estaba a oscuras, como si yo también hubiera sido engullida por el vientre de una bestia.
El pulso me martilleaba en los oídos. Estaba tumbada de lado con la mejilla pegada a la almohada húmeda.
Los párpados me raspaban los ojos irritados.
Por un instante, no recordé dónde estaba. El pánico me golpeó el pecho.
—Tranquila —murmuró una voz ronca en mi oído—. Estás bien.
El contorno de una figura masculina tomó forma ante mi mirada desconcertada.
Los ojos se me fueron adaptando a la oscuridad y los rasgos de un rostro rudo cobraron nitidez.
Boca firme. Pómulos marcados. El parche negro que le cubría el ojo y lo hacía inconfundiblemente Max.
Estaba arrodillado en el suelo junto a mí, acariciándome el brazo con suavidad.
¿Era este el mismo tipo que me había dado con la puerta en las narices hacía solo un par de horas?
La ira y el orgullo me ardieron en el estómago. Le aparté la mano de un manotazo.
—¿Pero qué...?
—Chis, por favor —se llevó un dedo a los labios—. No quiero despertar a los niños. Tenías una pesadilla. ¿Quieres subir?
—No.
Reprimí las ganas de darle una bofetada al imbécil. ¿De verdad pensaba que iba a volver a acostarme con él después de cómo me había hecho sentir?
Había estado dispuesta a un rollo, sin problema. ¿Pero cómo me había tratado después?
Inaceptable.
—Lex, déjame que te explique...
—No hace falta que expliques nada —espeté—. Los hechos hablan por sí solos.
Cerró los ojos, se apretó el puente de la nariz y masculló:
—Joder.
—¿Cómo has entrado? —exigí en un susurro—. Vi a Jax echar la llave.
—Las cerraduras no me paran.
—¿Qué? —tuve que bajar la voz—. ¿Tienes una llave?
—No necesito llaves.
Un escalofrío me recorrió la espalda y me quedé pegada al respaldo del sofá.
—Tengo mis recursos —dijo con reticencia—. Pero no tienes por qué asustarte. Fui Raider, operador especial de los Marines y oficial de inteligencia.
O sea que Max era peligroso, en más de un sentido.
—Estás temblando —dijo Max—. Espera, voy a calentar la habitación.
Un crujido anunció que Max se movía por el salón. Se oyó un clic y la chimenea de gas cobró vida con un bufido. En el enorme hogar de piedra, llamas rojas danzaban con destellos azulados.
Me incorporé en el sofá y me eché la manta sobre los hombros. Quería que Max se fuera. Quería que se quedara. Gemí para mis adentros. Ya no sabía qué quería.
Max se sentó frente a mí, en la mesa de centro. El fuego le iluminaba media cara, pero dejaba su lado herido en la sombra.
—No deberías estar aquí —dije.
Inspiró hondo.
—Vaya si lo sé.
Apreté la mandíbula.
—Tienes que irte. Vas a despertar a Jax y a Emme.
—Emme está despierta. Está trabajando en su despacho, al fondo del piso. Y Jax sabe que estoy aquí.
—¿Lo sabe?
—Sí, lo sé —Jax salió de las sombras y casi me mata del susto.
Solté un grito ahogado y casi salté del sofá.
—Tranquila, Lex —Max me puso una mano en el regazo.
—¿Pero qué os pasa? —siseé, con el corazón a punto de salírseme del pecho—. Dejad de ir de puntillas. ¡Y tú! —le aparté la mano de un manotazo—. ¡No me toques!
Un músculo se contrajo en su rostro, pero retiró la mano.
—No pretendía asustarte —dijo Jax—. Estás a salvo en mi casa. ¿Max? No olvides cerrar con llave al salir.
Tan silenciosamente como había aparecido, Jax desapareció de nuevo entre las sombras.
—Madre mía —solté un largo suspiro—. Tee había mencionado que todos erais ex militares. ¿Pero esto de las operaciones especiales y aparecer como fantasmas? Da un miedo que no veas.
Max esbozó una sonrisa torcida.
—El sigilo es un hábito difícil de abandonar. ¿Segura de que estás bien?
—Estoy bien, pero... ¿eso es un moretón en la mandíbula? —hice ademán de tocarlo, pero lo pensé mejor y volví a dejar la mano en mi regazo.
—Sí, es un moretón —dijo, frotándose la mandíbula.
—¿Qué pasó?
—Tuve un encuentro con el sentido común.
No tenía ni idea de qué quería decir, pero me enderecé en el sofá.
—¿Qué quieres?
—Vine a disculparme.
Apagué la pequeña chispa de alegría que quería prender en mi pecho con un buen chorro de rabia.
—Las disculpas suelen ser palabras vacías.
—De acuerdo —dijo Max, sorprendiéndome—. Las disculpas suelen ser convenciones sociales que significan poco, salvoconductos que la gente se da para seguir haciendo lo que le da la gana.
—Entonces, no te molestes —me arrebujé en la manta—. No hacen falta convenciones sociales.
—No estoy de acuerdo. En tu caso, una disculpa —una sincera, de corazón— es obligatoria.
Su nuez subió y bajó, y se quedó callado un momento, buscando las palabras.
—Lo siento, Lex. Fui un imbécil. No debería haber dicho lo que dije. Y no debería haberte cerrado la puerta en la cara. Fui grosero. No, fui cruel. No voy a inventar excusas. Me pasé de la raya y lo lamento.
Sus palabras me dejaron aturdida. Fue un cambio total. La arrogancia había desaparecido. Una humildad serena había sustituido a la rabia feroz que me había aplastado cuando estuve en su umbral.
Su mirada brillaba con honestidad, pero también con algo más: un dolor desgarrador que resonó dentro de mí y llenó mi mente de preguntas.
Abrí la boca para decir algo, pero Max se me adelantó.
—No tienes que decir nada —dijo—. No hiciste nada malo. Nunca olvidaré el tiempo que pasamos juntos. Tú eres...
Vaciló de nuevo y luego se obligó a continuar.
—Eres, con diferencia, lo mejor que me ha pasado en la vida. Si fuera un tipo decente, te perseguiría con tanta insistencia que no podrías librarte de mí.
Tragué saliva con dificultad, y el nudo se encontró con mi corazón, que se me había subido a la garganta.
¿Había sentido él lo mismo que yo?
—Pero ya no soy un tipo decente —su mirada se ensombreció de tristeza, cortándole las alas a mi corazón, que volaba alto—. Estoy jodido, Lex. Cagarla es lo que mejor se me da. Por esa razón, y solo por esa razón, voy a hacer lo correcto.
Miré fijamente al único hombre en el mundo que había hecho latir mi corazón desbocado mientras la esperanza y el temor libraban batalla en mi estómago.
—Voy a dejarte hacer tu trabajo —dijo—. Voy a encontrar al hijo de puta que hundió tu caravana y lo voy a sacar de circulación. Y luego, cuando eso esté hecho, voy a dejarte seguir con tu vida sin tener que volver a verme nunca más.
Con eso, Max Battleson, maestro improvisado del circo de mis emociones, se levantó y salió del apartamento a grandes zancadas, devolviéndome al viaje salvaje de la montaña rusa y dejando mi corazón atrapado en un rizo imposible.