Capítulo Seis
Lexi
Acurrucada en una manta junto a la enorme chimenea de piedra, me senté lo más cerca posible de las llamas sin prenderme fuego.
Ya no estaba mojada, pero seguía temblando.
El frío glacial del lago se me había metido en los huesos.
El nudo de miedo que tenía en el estómago no hacía más que empeorar el escalofrío que me atenazaba.
¿Volvería a entrar en calor alguna vez?
Me vino a la mente la imagen de Max emergiendo a mi lado, con el rostro decidido, la mirada concentrada y sin rastro de miedo. Era un milagro que estuviéramos vivos.
Si no hubiera sido por Max, podría haber perdido los nervios ahí abajo y haberme ahogado presa del pánico.
Para cuando llegamos a la orilla, un enjambre de seguridad de Battleson había invadido la playa, y varios hombres habían tomado el mando de la escena: los hermanos de Max, según me enteré después.
Tenía demasiado frío y estaba demasiado conmocionada para pensar con claridad, pero todos parecían guerreros fornidos. Habían tratado la playa como la escena de un crimen. No podía asimilar lo que acababa de suceder. ¿Alguien había intentado matarnos?
Había querido quedarme para ver si había alguna forma de salvar mi caravana, pero Jax había negado con la cabeza y me había dicho que tanto el coche como la caravana eran pérdida total.
Se me había encogido el estómago. El coche de alquiler estaba cubierto por el seguro, pero con las prisas por llegar al trabajo, no había tenido tiempo de asegurar la Airstream.
Qué estúpida, qué imbécil.
De pie junto al lago, chorreando agua y temblando sin control, no había podido reprimir las lágrimas que me quemaban en los ojos. La caravana era el último recuerdo tangible que me quedaba de mi padre, la única conexión física entre nosotros. Significaba muchísimo para mí.
Y ahora ya no estaba.
Casi podía oír a Sandro en mi cabeza, echándome la bronca por ser una idiota y tirar el dinero a la basura. Si se enteraba de que había perdido la caravana a los tres días de salir del taller, no me lo iba a perdonar en la vida.
Pero no, Sandro no iba a enterarse de esto.
Al menos no de momento.
Después de que me revisara el hermano Battleson que era médico —Apollo, creo que se llamaba—, me habían llevado a toda prisa al lugar que todos llamaban El Taj.
Aun aturdida como estaba, aprecié la belleza del edificio de ladrillo y piedra de siete plantas, con su gran escalinata y un precioso atrio acristalado iluminado en lo alto.
Estaba muy agradecida a Emme, a quien acababa de conocer cuando su marido me subió a la canoa.
Había permanecido a mi lado durante el caos que siguió a nuestro rescate.
Me había guiado hasta el salón de la planta baja de El Taj, donde una barra de madera tallada y la enorme chimenea presidían la amplia estancia en la que había encontrado refugio.
También me había prestado ropa seca: una sudadera calentita, calcetines gruesos de montaña y unos pantalones de yoga que me quedaban solo un par de centímetros cortos.
Había bajado con un vigilabebés a cuestas y, charlando de cosas intrascendentes para distraerme y tranquilizarme, me enseñó a sus dos hijos, que dormían en el piso de arriba.
Ahora, con su sonrisa tranquilizadora, Emme me tendió otra taza de té y se sentó en el sofá a mi lado. Su serenidad me ayudó a calmarme. Sandro siempre decía que no sabía juzgar a la gente, pero Emme me caía muy bien.
Di un largo sorbo al té, agradecida por la calidez que me bajó por la garganta y derritió parte del hielo que me atenazaba el estómago.
—¿Mejor? —preguntó Emme, cogiéndome la mano y apretándola como si fuéramos amigas de toda la vida.
—Mejor —asentí, apretándole los dedos largos y pecosos.
Cualquier cosa era mejor que estar atrapada en una caravana diminuta a varios metros bajo el agua.
Eché un vistazo al salón. Tanta gente. Tantas preguntas. ¿Cómo había pasado aquello y por qué?
Busqué a Max con la mirada y lo encontré junto a la barra con sus hermanos, aferrando un vaso de whisky. Ya estaba seco, con unos pantalones de chándal caídos en las caderas y un jersey con el emblema de los Marines: el águila, el globo y el ancla.
Los recuerdos de lo que habíamos compartido encendieron algo en mi interior y me recorrió una oleada de calor reconfortante.
Cuando cerré los ojos, vi el resplandor del calor vital de Max combatiendo el frío. Pero cuando los abrí, cuando intenté cruzar la mirada con él o conectar a través de la sala, nada. Se negaba a mirarme o a reconocer mi presencia.
Mala señal.
Se me revolvió el estómago y me mordí el labio inferior. ¿Lo nuestro? Se había acabado.
Los hermanos de Max se agrupaban a su alrededor, enfrascados en una discusión acalorada. Todos eran atléticos y guapos a su manera, pero no podían ser más diferentes entre sí. Los había conocido en circunstancias caóticas, así que todavía no tenía claro quién era quién.
—Abruman un poco al principio —dijo Emme, como si me leyera el pensamiento.
—Ya lo creo —murmuré, mordiéndome el labio.
—Dale tiempo y los tendrás a todos controlados.
—Creo que voy a necesitar un repaso.
—Un repaso, claro —Emme miró hacia la barra y fue señalando discretamente mientras hablaba—.
El vikingo rubio es Kass. Es el director ejecutivo de BB y el que nos llena las arcas.
El centurión moreno de ojos negros es Troy.
Es el abogado que nunca ha perdido un caso.
El siguiente es Apollo. Seguramente te acuerdes de él. Es el que te atendió en la playa.
Señaló con la cabeza al médico, cuyos ojos de un verde impactante contrastaban con su piel oscura.
—Sí, me acuerdo de él.
—Seguimos —continuó Emme—. El bombón castaño de ojos color caramelo en la silla de ruedas deportiva es Trev. Es el encargado de El Taj. Y por último, ¿ese loco de pelo rizado y ojos esmeralda que se tiró al lago a por vosotros?
Hizo una pausa, sonrió y arqueó las cejas pelirrojas.
—Es Jax, y es mío. Todo mío.
La expresión de su cara era tan cómica que solté una carcajada.
Madre mía, era increíble que consiguiera hacerme reír en un momento así.
¿Y la forma en que Jax y Emme se miraban desde un extremo a otro de la sala, con anhelo, con amor, como si necesitaran asegurarse constantemente de que el otro estaba bien?
Estaba claro que lo suyo funcionaba.
Sentí una punzada de envidia en el estómago, pero la aparté enseguida. Emme y Jax eran una pareja afortunada.
La curiosidad me picaba.
—¿Los Battleson son hermanos de verdad?
—Oh, sí —sonrió Emme—. Son hermanos de verdad, aunque no necesariamente nacieran de los mismos padres biológicos. Son todos diferentes, pero a la vez completamente iguales.
—¿En qué sentido?
—Cada uno tiene su propia personalidad —dijo Emme—. Tienen sus gustos, sus manías, sus opiniones. Pero al mismo tiempo, todos son superintensos, supercomprometidos y superprotectores.
Protectores. Sí. De eso ya había tenido una buena dosis con Max.
—Son un grupo extraordinario —dijo Emme—, los tipos que quieres tener de tu lado cuando las cosas se ponen feas.
—Eso ya lo he oído —asentí—. Tee me dijo prácticamente lo mismo.
Emme se echó hacia atrás, sorprendida.
—¿Conoces a Tee?
—Claro —dije—. Hemos organizado juntas varios eventos benéficos.
—¿Ella... eh... —Emme hizo una pausa y carraspeó—. ¿Tee te animó a venir aquí?
—Pues sí, la verdad.
Emme tragó saliva.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada —dijo Emme, pero el rubor que le resaltaba las pecas decía lo contrario.
La miré con curiosidad.
—¿Segura?
—Segura —sonrió—. De hecho, puede que algunas cosas estén a punto de ir bien.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, su mirada voló hacia los chicos, que se levantaron de los taburetes y vinieron hacia nosotras.
—Alerta Battleson —me dio un codazo—. Ahí vienen.
Las expresiones feroces en los rostros de los hombres me pusieron en alerta. Un escalofrío de inquietud me recorrió la espalda. La forma alerta, decidida, casi sincronizada en que se movían me recordó a un documental que había visto en el avión sobre una manada de lobos muy eficaz en Yellowstone.
¿Estos tipos? Daban un poco de miedo.
—No tengas miedo —Emme me apretó el brazo, haciendo gala de sus habilidades empáticas—. Parecen aterradores, y ahora mismo están hiperconcentrados en las amenazas. Pero cuando los conoces, son tipos muy majos —me guiñó un ojo—. No dejes que te intimiden.
Los hombres se distribuyeron alrededor de la chimenea; sus cuerpos enormes ocupaban todo el espacio a mi alrededor. Algunos se quedaron de pie, otros se sentaron, pero todos centraron su atención en mí.
Vaya. Hiperconcentrados, desde luego.
—Pregunta —dijo Kass sin preámbulos—. ¿Viste a alguien sospechoso rondando por tu caravana antes de que llegara Max?
Oh, genial. Ahora todo el mundo sabía que Max y yo habíamos estado juntos en la caravana justo antes de que esta cayera al lago. Se me encendió la cara, pero mantuve la barbilla alta.
—Bueno, Carla pasó temprano para coordinar lo de mañana. Y vi a unos tipos rondando cerca. Supuse que Max los había enviado para vigilarme.
Lo miré buscando respuestas, pero él, de pie al otro lado de la habitación, se cruzó de brazos y no dijo nada. Su mirada era fría. Su indiferencia me revolvió el estómago aún más.
Fue Jax quien respondió.
—Sí, teníamos un equipo de seguridad vigilando.
—¿Puedo preguntar por qué? —dije—. No suelo necesitar niñeras.
—Procedimiento operativo estándar —afirmó Kass en tono firme y directo.
Apollo puso los ojos en blanco mirando a Kass.
—Lo que quiere decir es que aquí nos tomamos la seguridad en serio.
—¿Y por qué es necesario? —pregunté, y luego sonreí para aligerar el ambiente—. ¿Lleváis alguna organización ultrasecreta desde aquí o algo así de guay?
Ante mis propios ojos, los rostros de los hombres se volvieron inexpresivos. Me enfrenté a la versión humana de la muralla china. Miré a Emme. Su expresión también era hermética.
Oh, Dios.