Capítulo Seis #2
Me encogí en el sofá. Detrás de la exitosísima marca Battle Brothers, estos tipos llevaban algún tipo de operación encubierta, quizás consultoría de seguridad o algo así, dado que Tee me había dicho que todos eran exfuerzas especiales.
—Lo siento —murmuré, rompiendo mi nueva regla una vez más, esa de no disculparme con todo quisqui cada vez que abría la boca—. No pretendía tomármelo a broma. Pero aquí hay algo raro —miré a Max—. ¿Qué está pasando?
Max apretó los labios en un gesto que no supe interpretar. ¿Disgusto? ¿Impaciencia? ¿Irritación?
Por las miradas que me lanzaron los demás, las preguntas no eran bienvenidas por aquí. Me volví hacia Emme de nuevo. Parecía la única con la que podía comunicarme. Ella, a su vez, miró a Jax.
Él suspiró, pero cedió a la petición silenciosa de su esposa.
—Tuvimos problemas el año pasado. Por eso aseguramos el pueblo, los alrededores y tu zona de acampada. Por lo visto, nuestras medidas de seguridad no fueron suficientes.
—Por otro lado —intervino Troy—, no sabemos si esto tiene que ver contigo o con nosotros. Lo que nos lleva a la pregunta: ¿hay alguien que quiera verte muerta?
—¿Yo? No. Que yo sepa, no. ¿Iba esto en serio?
—¿Estás segura? —preguntó Emme.
—Bueno, no creo que quisieran matarme, pero... —Me encogí de hombros y esbocé una sonrisa burlona—. He tenido acosadores en el pasado. ¿Quién no, verdad?
Todos me miraron como si estuviera loca. Un músculo se contrajo en el rostro de Max.
—Explícate —ordenó Kass. Cuando recibió la mirada asesina de Apollo, añadió—: ¿Por favor?
—Eh... Vale —tartamudeé, intentando ordenar mis pensamientos dispersos—. El año pasado, un acosador entró en mi habitación de hotel y me robó las bragas. Lo pillaron. Tengo entendido que pasó una temporada en la cárcel.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Trev, sacando una tableta del bolsillo lateral de su silla y tomando notas mientras hablaba.
—Andrew, creo. Andrew Hanks.
—Entendido —dijo Trev—. Lo investigaré.
—¿Alguna otra situación que debamos conocer? —preguntó Kass—. Esto es importante, Alexandra.
—Oh, no, por favor, llámame Lexi. —Pensé en otra cosa—.
Hubo otros acosadores antes, matones buscando atención que pensaban que haría lo que quisieran si me amenazaban.
Y tuve un par de encontronazos con paparazzi desagradables que acabaron en órdenes de alejamiento. Pero ningún intento de asesinato.
—Cada pista es importante. —Troy, de pelo negro azabache, me dedicó el tipo de sonrisa capaz de convencer a un ángel de visitar el infierno.
Debí de quedarme mirándolo embobada, porque el ceño de Max se acentuó y le lanzó una mirada furiosa a Troy.
—Bueno... —tartamudeé—. Supongo que si me siento, podría haceros una lista.
Los hermanos intercambiaron miradas en silencio.
—En cuanto nos des la lista, me pongo con ello —dijo Trev.
Madre mía. Estos tipos eran intensos. Y eficientes.
Troy volvió a sonreír y casi me derretí. Seguro que sus testigos confesaban todo tipo de delitos en el estrado cuando los miraba así.
—¿Y últimamente? —Me presionó con su mirada de obsidiana—. ¿Algún incidente extraño?
—Bueno, veamos. —Repasé los últimos días en mi cabeza—. Mi coche de alquiler se averió y tuve que cambiarlo. Pasa, ¿no?
—Claro —dijo Troy—. ¿Algo más, algo violento o sospechoso?
—¿Sospechoso? —Negué con la cabeza—. La verdad es que no.
Un imbécil casi me sacó de la carretera de camino aquí.
O iba borracho o era un caso de ira al volante.
Ah, y hace unos días, cuando estaba en Cheyenne, un coche se subió a la acera y casi me atropella.
Pero estaba distraída. Seguramente no miré a ambos lados antes de cruzar.
—Se llama conciencia situacional. —Max por fin dijo algo, aunque no muy amablemente—. Tienes que prestar atención a lo que te rodea.
Su enfado me golpeó como una bofetada. Me hundí aún más en el sofá. Me hacía sentir culpable de lo que había pasado en el lago. Su irritación se parecía mucho al desprecio.
Hice ademán de juguetear con mis anillos, pero me los había quitado antes de ducharme. Ya no estaban, igual que mis pulseras y gargantillas. En su lugar, entrelacé las manos. Max probablemente se estaba arrepintiendo de la noche anterior.
Luché contra el impulso de disculparme, con él, con todos los presentes. ¿Por qué demonios iba a disculparme? Me enderecé en el asiento. Estábamos en el siglo veintiuno y Max también había participado.
Le sonó el móvil. Miró la pantalla. Su ceño se acentuó.
—Tengo que irme —les dijo a sus hermanos más que a mí.
Le lanzó una mirada feroz a Troy.
—Gilipollas —murmuró.
Y dicho esto, salió de la habitación, dejándome a solas con Emme y sus hermanos.
—Chicos, ¿qué tal un descanso en el interrogatorio? —Le agradecí la sugerencia en silencio—. Lexi está cansada. Ha tenido una noche bastante dura.
—Emme tiene razón —coincidió Apollo—. Lexi necesita descansar.
—¿Y qué pasa con la sesión de fotos de mañana? —dijo Kass.
—Estamos de suerte —intervino Trev—. El pronóstico para mañana es pésimo. No habrá sesión al aire libre. Tenemos tiempo para decidir.
—Creo que deberíamos seguir adelante con la sesión lo antes posible —dije—.
Algo que he aprendido sobre los matones y los acosadores es que se crecen cuando alteran la vida de sus víctimas.
Quienquiera que haya hecho esto estará buscando señales de que lo consiguió.
El tiempo puede retrasarnos, pero no creo que debamos dejar que nos asusten definitivamente.
El grupo se quedó en silencio. Todos los ojos de la habitación se posaron en mí como si nunca me hubieran visto. Supuse que les costaba cuadrar mi reputación con la persona que tenían delante.
—Mirad, no soy una Barbie Mimosita —solté, sorprendiendo a todos, especialmente a mí misma—. Y me mantengo firme en lo de la sesión de fotos. Quiero terminar el trabajo. ¿Vale?
Emme intercambió una mirada críptica con Jax y luego me sonrió con aprobación. Kass, Apollo y Trev cruzaron sonrisas.
Los ojos negros de Troy se entornaron al mirarme.
—Eres una caja de sorpresas.
A Kass le temblaron los labios.
—Pero me gusta cómo piensas.
—A mí también —dijo Apollo—. Pero ahora tienes que descansar.
—¿Dónde te gustaría quedarte? —preguntó Trev—. Tenemos una suite de invitados muy bonita en el séptimo piso.
Me habría gustado quedarme con Max, sentir sus brazos rodeándome, dándome calor y fuerza. Me habría gustado hablar con él y aclarar algunas cosas. Pero como no quería saber nada de mí, me encogí de hombros.
—La suite de invitados está bien.
—Después de todo lo que ha pasado hoy, ¿por qué no te quedas con nosotros? —dijo Emme—. Tenemos a los niños durmiendo arriba, pero puedes quedarte en nuestro sofá si quieres.
Troy enarcó las cejas negras.
—No creo que Alexandra sea de las que duermen en sofás.
—El sofá será genial —solté—. Y es Lexi, ¿recuerdas?
Todos me miraron con distintos grados de interés. El escepticismo de Troy no flaqueó, pero me daba igual. Emme era la única que lo entendía.
No quería estar sola esta noche.