Capítulo Uno #2
—Oh, cielos. —Esbozó una sonrisa de disculpa—. Probablemente quieras recuperar tu mano, ¿eh?
Me encogí de hombros.
—Cuando hayas terminado con ella.
Soltó mi mano y dejó escapar una risita avergonzada.
—Lo siento —murmuró de nuevo antes de enderezarse y respirar hondo—. Soy Alexandra Sousa, pero mis amigos me llaman Lexi.
Atención.
Esta era la famosa, la infame Alexandra. Tan conocida que solía ir solo por su nombre de pila. Incluso en el contrato, su nombre siempre aparecía escrito como el logo de su marca, con una X mayúscula estilizada en el medio que se curvaba en grandes espirales.
Prepárate, marine.
Ella era el plato fuerte de la sesión de fotos, el poder estelar detrás de la nueva campaña de marketing relámpago que se lanzaría en tres semanas.
Mi hermano Kass, el director ejecutivo de Battle Brothers, me había sentado para asegurarse de que entendiera el golpe maestro que había logrado al convencerla de trabajar con nosotros.
Por qué había aceptado venir a Resurrection, no tenía ni idea. No necesitaba el trabajo. Según mi curso intensivo sobre moda de alta costura, era una de las modelos más cotizadas de la escena global. Nueva York, París, Londres, Milán, encabezaba los desfiles de los diseñadores más importantes.
También era la imagen de McAllister, la empresa de cosméticos más importante del mundo. Por si todo eso no fuera suficiente, tenía un reality show que yo nunca había visto, aunque al parecer era un éxito.
Mi informe había incluido muchas fotos. Me había tomado mi tiempo mirándolas porque la sesión fotográfica era la base de la campaña de marketing, vital para nuestra misión, y yo era un tipo meticuloso.
Vale, de acuerdo, también estaba muy buena, un poco huesuda para mi gusto personal, pero joder, estaba impresionante modelando lencería o prácticamente cualquier cosa.
Ahora que lo pensaba, había visto fotos sexys de ella clavadas en el interior de demasiadas taquillas.
Con sujetadores de encaje, tangas diminutos, alas brillantes y un puchero travieso, era el tipo de mujer con la que un soldado podía fantasear, incluso en lo más profundo del infierno de la guerra.
Pero yo no. Ni de coña.
Últimamente no estaba para fantasías.
Me había quedado boquiabierto con los honorarios exorbitantes que cobraba y con la larga lista de exigencias adjuntas a su contrato.
Quería que la llevaran todos los días desde Denver en helicóptero.
Requería un suministro de Red Bull, agua francesa importada y rosas blancas frescas en su carpa de maquillaje.
Además, exigía su propio baño portátil en la montaña, con un asiento de váter nuevo para colmo.
Ah, sí. Una cosa más. Los mortales que trabajaban en la sesión solo podían hablar con Alexandra si ella les hablaba primero.
Menuda sarta de gilipolleces.
Para un tipo que había pasado la mitad de su vida en misiones en algunos de los agujeros más jodidos del mundo, Alexandra sonaba, sobre el papel, como una niñata caprichosa del primer mundo.
¿Gente como ella?
No iba conmigo.
Había discutido con mi hermano Kass. ¿De verdad necesitábamos contratar a una celebridad de pasarela carísima cuyo contacto más cercano con la naturaleza era echar un vistazo a Central Park desde la ventana de su puñetera limusina?
Pero Kass se había mantenido firme y el resto de mis hermanos lo habían respaldado.
Con su belleza impactante, su origen diverso y multicultural, y sus millones de seguidores en redes sociales, Alexandra era el rostro del futuro.
La nueva línea de ropa de montaña para mujeres de Battle Brothers la necesitaba para atraer la pasta gorda, y nosotros necesitábamos esa pasta para hacer las cosas que realmente nos importaban.
Estaba harto de quedarme al margen y decidido a demostrar a los demás que podía asumir las misiones difíciles. Sobre todo, quería volver a la lucha, a la lucha de verdad.
Pero mis hermanos no estaban convencidos de que debiera volver a la acción. Estaban empeñados en ponerme a prueba, sacándome del mundo virtual donde libraba la mayoría de mis batallas últimamente, y empujándome de vuelta al mundo real con este puto circo de la sesión de fotos.
¿Mi opinión?
Si demostraba que había vuelto a estar en plena forma, si conseguía sacar adelante esta campaña de marketing y hacer que la línea de mujeres fuera tan exitosa como la de hombres, no les quedaría otra. Tendrían que dejarme volver a la lucha.
Apreté la mandíbula y fulminé a Alexandra con la mirada. Todo lo que sabía sobre esta diva sugería que iba a ser un auténtico coñazo. Y sin embargo, el éxito de mi nueva misión dependía casi exclusivamente de ella.
Mierda.
—Por favor, no me mires así —me suplicó con su mirada luminosa.
—¿Así cómo?
—Como si fuera a causar problemas —dijo, jugueteando con los muchos anillos que llevaba, girándolos una y otra vez—. ¿Todo ese drama del programa? Está guionizado. En serio. Solo quiero hacer el trabajo y largarme de aquí.
Tenía que reconocérselo. No era tan despistada como esperaba. Al menos tenía suficiente olfato para darse cuenta de lo que estaba pensando. Y era directa. Prefería la franqueza a la hipocresía, siempre.
Por su mirada nerviosa, se notaba que no sabía qué pensar de mí. No la culpaba. Si nuestro encuentro accidental no la había desconcertado lo suficiente, el parche en el ojo siempre causaba impacto.
Yo tampoco sabía qué pensar de ella.
Por lo que a mí respectaba, podría haber sido una alienígena del espacio exterior. Venía de un mundo tan alejado del mío que no tenía forma de conectar con ella. Una modelo de moda famosa. Joder. Vamos, que estaba completamente fuera de mi elemento.
Alexandra respiró hondo, lo que hizo que sus finas fosas nasales se estremecieran y que sus pequeños pechos redondos se marcaran más bajo la ropa.
—Es tan tranquilo y hermoso aquí fuera —murmuró—. Y el aire... Huele delicioso. Tienes mucha suerte de vivir aquí.
Era lo último que esperaba oír de la señorita Diva Mimada. ¿Y la forma en que sus labios formaban la palabra delicioso? Me entraron ganas de saborear esa delicia directamente de su boca.
Que apreciara mi mundo me tocó la fibra. O tal vez mi última experiencia cercana a la muerte estaba haciendo efecto, volviéndome hipersensible a todo lo que emanaba de ella.
Tranquilo, Marine. No es más que un problema con buena cara.
Los Battleson éramos una raza paranoica.
Ella no pertenecía aquí y sin embargo su piel absorbía el sol con un brillo dorado, y se fundía perfectamente con el bosque, como si fuera una criatura de Rocky's, como si siempre hubiera estado destinada a estar aquí.
Sí, claro. Espabila, imbécil. Esta era Alexandra, con todas las letras.
Me agaché, recogí mi moto del suelo y, después de apoyarla contra un árbol, inspeccioné los daños. La llanta delantera estaba doblada, los carenados retorcidos, y el espejo y el faro se habían hecho añicos. Solté una retahíla de tacos entre dientes.
—Lo siento por tu moto —dijo Alexandra con voz vacilante, cortando mi perorata en seco.
Recogió mi casco roto del suelo y me lo tendió, manteniendo la distancia entre nosotros como si yo fuera un depredador peligroso.
Entonces sonrió.
—Pero me alegro de que no te hayas matado.
Qué cosa más rara para decirle a un completo desconocido. A mí me daba igual vivir o morir. ¿Por qué iba a importarle a ella?
Le arrebaté el casco de las manos y lo até a la parrilla abollada, sintiéndome más gruñón que el mismísimo Grinch. Demasiado tarde, me di cuenta de que estaba siendo un imbécil.
Sé amable, Max. La voz de Apollo resonó en el fondo de mi mente.
Me recordé que necesitaba que esto funcionara. Además, ella también era un ser humano, y los Battleson creíamos en tratar a las mujeres como se merecen.
—No pretendía ser grosero, Alexandra —murmuré, sacudiéndome la tierra de los pantalones.
—Oh, no, llámame Lexi —dijo, jugueteando con sus aros—. ¿Por favor?
—De acuerdo —dije, pero solo porque tenía que ser amable con ella—. Lexi, pues.
Era un apodo sencillo, simple, casi entrañable para una modelo de fama descomunal que acaparaba las vallas publicitarias de Times Square. Pero, por alguna razón, en ese momento el apodo le iba como anillo al dedo.
Esbozó una sonrisa tímida que le iluminó los ojos y la hizo parecer joven y dulce. Era extraño, pero su sonrisa me provocó un cosquilleo en las comisuras de la boca, y antes de darme cuenta ya le estaba devolviendo la sonrisa.
Para ser una diva de primera, era bastante mona.
Su móvil sonó, sobresaltándome y sacándome de esos pensamientos estúpidos. Miró la pantalla y torció el gesto, lo que me hizo hacer una mueca a mí también.
—Ay, madre —resopló—. Llego tarde. Mi mánager le va a dar algo.
—Si te sirve de consuelo, yo también llego tarde.
Su mirada aguamarina se posó en mí.
—¿Estás en la sesión de fotos?
—¿Yo? ¿Modelo? —solté una risa burlona.
Menuda idea más absurda, sobre todo últimamente.
—No, no estoy en la sesión de fotos —dije—. Pero se supone que debo asegurarme de que todo salga bien. Así que tengo que llevarte montaña arriba, y pronto. ¿Qué haces tan lejos del camino?
—Ah, eso —se le sonrojaron las mejillas—.
El coche de alquiler se me averió y llegaba tarde.
Con las prisas, me equivoqué de desvío en algún punto.
El camino se fue estrechando y empinando cada vez más.
No podía dar la vuelta. Cuando por fin lo intenté, me quedé atascada, y entonces tú caíste del cielo como un meteorito en llamas, ardiente.
Su analogía me hizo reprimir una sonrisa. También tenía su gracia.
Pero en cuanto se dio cuenta de lo que había dicho, abrió los ojos de par en par y se llevó la mano a la boca.
—Lo siento mucho —tartamudeó, con las mejillas encendidas—. Quería decir que el meteorito está ardiente, no tú. Ay, mierda…
Ahora estaba nerviosa y sin saber qué decir, por no hablar de lo mortificada que estaba.
—Perdón otra vez —siguió tartamudeando—. No quería decir que tú no estés ardiente… o sea, sí que estás ardiente, pero me refería a…