Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo Uno
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Max (Romance militar de héroes alfa nº 2)

Max (Romance militar de héroes alfa nº 2)

Por Anna del Mar

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Capítulo Uno

Max

Mi vida era una pila de mierda con un centro hueco.

La adrenalina era mi droga para sobrellevar el lento tic-tac de los días.

Tres días seguidos de migrañas que me partían el cráneo no hacían más que confirmar mi sombrío diagnóstico.

Así que aceleré la moto y me lancé por la cornisa rocosa, atravesando la ladera de la montaña como una bala en el cañón.

Equilibrando los neumáticos en la estrecha repisa, visualicé el salto que tenía por delante, la subida a toda velocidad ya en marcha, el planeo sobre el viejo camino forestal y el aterrizaje en la explanada de grava. Peligroso, sí, pero qué demonios.

Mis hermanos se pondrían furiosos si supieran lo que estaba haciendo. Estaban empeñados en mantenerme por el buen camino, además de a salvo y con vida, dos palabras que me irritaban muchísimo últimamente.

Mi pequeño desvío de esta mañana iba de conseguir mi dosis de adrenalina, claro, pero también de demostrarme algo a mí mismo. Un tío que no podía valerse por sí mismo era una carga para su equipo. Yo nunca iba a ser ese tío.

Pero bueno, nadie tenía por qué saber que estaba aquí.

Para mis hermanos, hoy me tocaba el marrón, ocupándome del tipo de cosas que odiaba: una sesión de fotos para la nueva línea de ropa deportiva femenina de Battle Brothers.

La sesión me cayó a mí por descarte. Ninguno de los otros simios quería encargarse de eso. En cuanto a reparto de tareas, el marketing estaba al final de la lista negra.

Me acerqué al punto de despegue, llevé la Kawasaki a velocidad máxima y salté. Mi corazón por fin arrancó, rugiendo en los oídos tan fuerte como el motor de la moto. Me elevé, desafiando las leyes de la gravedad, dejando un buen trecho de aire entre el suelo y yo.

Joder, sí. Ahora lo recordaba. Esto era sentirse vivo.

El salto salió sin problemas. La decepción llegó en pleno vuelo. Demasiado fácil. Demasiado rápido. Demasiado poco. Demasiado tarde. La emoción ya casi había desaparecido cuando decidí improvisar un backflip.

Para ser mi primer intento de una maniobra peligrosa, no salió tan mal. Incluso podría haber clavado el truco si la rueda delantera no hubiera rozado la elegante cúpula de aluminio de la caravana cruzada en mi pista de aterrizaje.

¿Qué cojones?

Los milisegundos se estiraron para darme una perspectiva a cámara lenta de mi situación de mierda. La ira estalló. Que yo supiera, había estado solo en el bosque. Este era un camino privado, una cinta serpenteante y aislada que era pura muerte. Una caravana no tenía nada que hacer ahí.

Y otra cosa.

Este aterrizaje...

Iba a doler.

Esbocé una sonrisa torcida justo antes de estrellarme. La muerte sería la solución perfecta para una vida vacía. Mi último pensamiento fue para Leo.

Ya voy, hermano. Justo detrás de ti.

Impacté.

Un estallido de dolor, luego oscuridad.

Pero no morí.

No, señor, no tuve esa suerte.

Me desmayé, sí, y luego mi cuerpo volvió a arrancar como si estuviera conectado al generador de emergencia más fiable del planeta. Volví en mí con una bocanada desesperada de aire. Los cielos azules y nítidos de Colorado me recibieron con un estallido de luz solar cegadora.

Hijo de puta. Lo había conseguido. Otra vez.

Me quedé allí tirado, desparramado sobre una cama fría de grava y agujas de pino, con el corazón retumbando en los oídos, soltando risitas de loco, el cadáver que se negaba a morir.

—¡Eh, tú, ahí abajo! —llamó una voz aguda y musical desde arriba—. ¿Estás vivo?

No respondí. El poco aliento que me quedaba lo dedicaba a burlarme de mí mismo.

Pasos crujieron sobre la grava y la hierba. La voz se acercó, una letanía de Dios-míos bajando por la colina. Comprobando que el cuello seguía entero, giré la cabeza y miré hacia arriba a través de la visera agrietada, todavía riéndome entre dientes.

El rostro de una mujer irrumpió en mi campo de visión, un conjunto impactante de pómulos altos, cejas espectaculares y labios carnosos sobre un lienzo de piel cobriza. Parpadeé varias veces, intentando despejar los puntos negros de la vista.

¿Una mujer, aquí en medio de la nada?

Raro.

Quizá me había dado una conmoción cerebral. O a lo mejor el golpe había añadido alucinaciones a las migrañas.

Parpadeé una vez más para disipar la visión, pero cuando volví a mirar, seguía allí. Es más, se arrodilló a mi lado y me tomó la mano, envolviendo mis dedos en su cálido agarre.

Las risitas se me apagaron. El sarcasmo y el autodesprecio dieron paso al asombro. La simetría perfecta de sus rasgos desafiaba todas las nociones convencionales de belleza que había conocido, y las superaba.

Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aliento: enormes y muy separados, enmarcados por pestañas gruesas y rizadas. Sus iris brillaban con la luz azul verdosa más clara que había visto en mi vida, resplandeciendo sobre mí como un par de exóticas piedras de larimar.

—Por favor, no te mueras —dijo. Su mirada ansiosa me recorrió de arriba abajo mientras forcejeaba con el móvil y empezaba a marcar—. Voy a pedir ayuda.

—No hace falta —logré decir con voz ronca—. Estoy bien.

Con un gruñido, me incorporé, ignorando la cascada de dolores y molestias que se propagó por todo el esqueleto.

—¿Seguro que estás bien? —me miró escéptica, con los dedos aún sobre el móvil—. Suenas ronco. ¿Te has hecho daño en la garganta?

—Hoy no —dije—. Eso fue hace mucho.

En otra vida, una que solía importar.

—Ah —sus cejas se arquearon con sorpresa—. Pero ¿no deberías quedarte quieto o algo?

—Estoy bien —repetí, tanto para ella como para mí—. No me gusta quedarme en el suelo mucho rato.

Solté el cierre, me arranqué el casco y, pasando los dedos por el Kevlar negro, lo examiné.

Maldición.

La grieta que recorría el casco de lado a lado significaba que su vida útil había terminado. Lo lancé por encima del hombro.

Los ojos de la mujer se abrieron de par en par al ver mi parche. Me ajusté la maldita cosa en la cara, rechiné los dientes y gruñí como un pirata malhumorado.

—Ahoy, compañera.

Ella retrocedió y se enderezó de rodillas, con la mirada confundida, los labios apretados oscilando entre una mueca y una sonrisa.

Hacía tiempo que me había acostumbrado a las miradas, pero mi respuesta automática a quienes me observaban fijamente persistía.

Esta mujer, sin embargo, no reaccionó con horror ni conmoción.

En cambio, se llevó la mano a la boca y dejó escapar unas risitas tímidas, transformando mi sarcasmo en humor.

¿Ese sonido?

Me produjo una extraña euforia.

O quizá era el golpe lo que me hacía dar vueltas la cabeza.

Me sacudí bien la cabeza y realicé mi autoevaluación de rigor, dándome palmadas en las partes esenciales. Cerebro, pelotas, cartera, puro.

Sí, todo estaba en su sitio.

Tampoco parecía haber nada roto.

Me puse de pie, luchando contra un ataque de mareo. Ella intentó ayudarme, pero la aparté con un gesto. La espalda me protestó y la columna me crujió, pero en general, no estaba tan mal.

Un vistazo rápido reveló que la motocicleta no había salido tan bien parada. Me puse las manos en las caderas y caminé para sacudirme el golpe, dando vueltas alrededor de la mujer.

—¿Estás seguro de que deberías estar de pie? —preguntó ella, con la ansiedad grabada en toda la cara.

En realidad no, pero a quién demonios le importaba.

—Estoy bien.

Con otra sacudida de cabeza, despejé los últimos puntitos que bailaban ante mis ojos. Luego aminoré el paso y me detuve frente a ella.

Me resultaba familiar. Había visto ese rostro llamativo antes.

No tenía que mirarla desde arriba. De hecho, tenía que alzar ligeramente la vista para encontrarme con su mirada.

Demonios, un par de centímetros más y tendría que estirar el cuello para encontrarme con los extraordinarios ojos de la amazona.

Era tan alta como yo, un metro ochenta compuesto principalmente de piernas largas y esbeltas. Su cuerpo era tan recto y estilizado que me recordaba a un abeto plateado, de esos que amenazan con venirse abajo con la brisa fresca que susurraba entre los álamos.

Un moño desordenado en lo alto de la cabeza recogía su espesa melena negra como el azabache y le añadía altura.

Llevaba una chaqueta de cuero con flecos sobre un body negro.

Ambas prendas lucían las dos Bes enfrentadas, el logo de nuestra marca Battle Brothers.

Pero fueron las botas de ante hasta el muslo con tacón alto las que captaron mi atención.

No exactamente ropa de montaña.

—Eres una de las modelos. —Era la única explicación que encajaba, y si la vista no me estaba jugando una mala pasada, era la modelo de la que me habían advertido.

Oh, mierda.

Y yo que pensaba que tenía unos momentos más de libertad.

—Estás aquí para la sesión de fotos —dije.

Sus expresivas cejas se arquearon.

—¿Sabes lo de la sesión?

—Todos por aquí lo sabemos.

No tenía sentido retrasar lo inevitable.

Me quité los guantes de cuero, los metí en el cinturón y extendí la mano.

—Soy Max Battleson.

—Oh. —Pareció un poco sorprendida—. Eres uno de los hermanos Battleson.

Asentí mientras ella me tomaba la mano y la estrechaba con un apretón sorprendentemente firme, nada de esos apretones de pez muerto.

—No esperaba conocerte así —dijo mientras seguía estrechándome la mano, hablando deprisa, tartamudeando un poco—. Quiero decir, aquí afuera. En medio de la nada. No es que tenga nada de malo conocernos aquí afuera en medio de la nada. Es solo que fue inesperado, eso es todo.

La miré fijamente, observando cómo el sol doraba el rubor que florecía en sus mejillas y se reflejaba en sus pendientes de aro. Me encontré extrañamente cautivado por la chispa que animaba sus ojos y el tono alegre y rápido de su voz.

—Oh, Dios —hizo una pequeña mueca—. Da igual. Estoy divagando. Tengo esa tendencia a veces. Lo siento mucho.

No hacía falta que se disculpara. De hecho, podía seguir hablando todo lo que quisiera. Su voz me recordaba a pompas de jabón flotando en el aire y a campanas alegres repicando.

Su mirada rebotaba entre mi cara y mi mano, que seguía estrechando con bastante violencia, tenía que admitirlo.