Matteo (El Imperio del Mafioso 1) CHIARA LUCCHESE
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CHIARA LUCCHESE

10 MESES DESPUÉS

Estaba nerviosa por la sorpresa que llevaba meses preparando para Matt, y la inseguridad me invadía cada vez más a medida que nos acercábamos al Club Paradiso.

Le había pedido que viniéramos para disfrutar de una noche solo para nosotros, algo difícil de conseguir desde que había nacido nuestro bambino.

Claro que siempre encontrábamos la manera, y vivir con su abuela y su tía, que estaban locas por él, nos facilitaba la vida, pero tampoco quería abusar de su buena voluntad.

Siempre que veníamos, antes de que naciera nuestro bebé, me incomodaba pensar en la vida sexual tan intensa que había tenido Matt y en todas las mujeres que habían pasado por su cama.

Cuando veía a aquellas mujeres exuberantes moverse con tanta sensualidad y elegancia en las barras de pole dance, tenía la certeza de que él disfrutaba de sus bailes; de lo contrario, no habría instalado tantas por todo el local.

Algo dentro de mí se revolvía, porque no quería que a mi mafioso le faltara nada conmigo.

Por eso, poco después de adaptarme a la maternidad, y con la complicidad de mi suegra y mi hermana, que cuidaban de Luigi, empecé a asistir a una escuela de pole dance dos veces por semana.

No iba a negar que me había costado, pero ya me desenvolvía bastante bien en la barra.

Mi marido nunca sospechó nada, porque en aquel mismo estudio se enseñaban otros tipos de baile y le dije que practicaba alguno de ellos. Quería sorprenderlo de verdad.

Llevaba un abrigo de cuero negro que me llegaba hasta las rodillas, y mi mafioso no se imaginaba lo que llevaba debajo. O, mejor dicho, lo que no llevaba. Claro que había intentado averiguarlo cuando nos encontramos en el vestíbulo antes de salir.

Pero no se lo permití y fingí ser una chica muy recatada, porque mi hermano Leonardo, Genevive y Giana, que se encargarían de nuestro bambino aquella noche, estaban cerca.

Habíamos preferido que mi hermano, el consigliere de mi marido, se quedara en la mansión junto con varios guardaespaldas para proteger lo más valioso que teníamos.

Marco, en cambio, nos acompañó como siempre. Solo por eso mi marido, que era un sinvergüenza, se comportó en el coche: odiaba compartir cualquier cosa relacionada conmigo con otras personas, sobre todo con otros hombres.

En cuanto llegamos y entramos en el ascensor, Matt fue a pulsar el botón que nos llevaría a la planta de su zona privada, pero le detuve la mano y pulsé el de la habitación que tenía a su disposición, su antiguo matadero, como yo solía llamarlo.

Ahora era nuestro rincón para follar, porque cada vez que lo acompañaba a la discoteca nos pasábamos horas allí, follando como conejos.

—¿Así que alguien tiene malas intenciones conmigo, eh, pequeña fiera?

Tiré de su americana negra para acercarlo y le mordisqueé el labio inferior.

—Las peores que te puedas imaginar —lo provoqué, y cuando el descarado intentó abrirme el abrigo le di un manotazo y lo reprendí—. Todavía no, semental.

Una sonrisa perversa le curvó los labios y el ascensor anunció que habíamos llegado. Lo agarré de la corbata y tiré de él con toda la sensualidad de la que fui capaz, aunque por dentro me sintiera terriblemente insegura.

Me siguió como un perrito obediente, encantado de verme tomar el mando y con la curiosidad reflejada en los ojos ante lo que estaba tramando.

—Se ha portado muy mal, señor Lucchese —dije, quitándole la corbata y azotándole una pierna con ella, lo que le arrancó una risa, encantado con lo que estaba por venir.

—¿Y cómo piensas castigarme, mi ninfómana? —preguntó con aquella voz ronca que ya delataba lo excitado que estaba.

—Se me ocurren unas cuantas cosas.

Atraje su rostro hacia el mío y le quité la americana sin separar nuestros labios. Cuando intentó hacer lo mismo con mi abrigo, negué con la cabeza para indicarle que aún no.

Le quité la camisa negra, le desabroché el pantalón, bajé la cremallera y se lo bajé por las piernas.

Le mordisqueé los muslos torneados, arrancándole varios gemidos, y cuando pasé el rostro por delante de sus bóxers, también negros, vi lo mucho que ya abultaba aquel monstruo que escondía dentro.

Se me hizo la boca agua de ganas de llevármelo a la boca, pero me limité a mordisquearlo por encima de la tela y lo oí gruñir.

Lo fui empujando hasta una silla cercana y lo hice sentarse.

Agarré el cinturón de mi abrigo, pero le di las instrucciones antes de continuar.

—Vas a portarte bien y a quedarte ahí, mirando, como castigo por tu mal comportamiento. ¿Entendido?

Sus ojos brillaban de expectación y se removió en la silla, impaciente.

—¿Lo ha entendido, señor Lucchese?

—¿Y qué me harás si no aguanto quedarme aquí? —me desafió, tan provocador como siempre.

—Entonces te quedarás sin recompensa. Y créeme, vas a querer ganártela.

Entrecerró aquellos ojos plateados, consciente de que decía la verdad, y se relamió como un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa.

Me acerqué a una esquina de la habitación, me puse el antifaz negro y me acomodé el pelo sobre un hombro para darle un aire sensual. Puse música sugerente y de ritmo lento a todo volumen, aunque sabía que las paredes estaban insonorizadas.

Volví al centro de la habitación, me coloqué frente a la barra y empecé a deshacer el nudo del cinturón despacio, antes de lanzarlo lejos.

Abrí el abrigo al ritmo de «Cruel Summer», de Taylor Swift, una canción que nos definía a la perfección y encajaba con aquel momento.

Cuando lo dejé caer, Matteo abrió de par en par aquellos ojos que tanto amaba al descubrir que solo llevaba un tanga negro abierto en la entrepierna y mis zapatos de tacón.

Me acaricié el pelo, deslizando los dedos entre los mechones sedosos, le di la espalda y moví las caderas para provocarlo. Miré por encima del hombro y lo encontré completamente embobado; apenas parpadeaba para no perderse ninguno de mis movimientos.

Me agarré a la barra y giré, echando la cabeza hacia atrás.

Después pegué el cuerpo a ella, me sujeté con una mano y arqueé la espalda para mostrarle los pechos.

Apoyé las manos en el suelo frío y elevé las piernas contra la barra, manteniéndolas estiradas antes de abrirlas hasta formar una T con el cuerpo.

El gemido de mi marido me confirmó lo mucho que lo alteraba ver mi coño completamente expuesto.

Bajé una pierna y luego la otra hacia él, ofreciéndole aquella vista de frente, y me incorporé hasta quedar de pie.

Volví a la barra, me impulsé sujetándome con fuerza y subí unos centímetros, rodeándola con el cuerpo y abriendo las piernas de la manera más sensual posible.

Giré haciendo otro espagat en el aire, exponiéndome por completo al arquear la espalda y mostrarle los pechos y la entrepierna empapada, mientras daba vueltas despacio para que pudiera apreciar cada detalle.

La canción se acercaba al final. Me deslicé hasta el suelo y avancé despacio, como una leona salvaje, apoyando una mano y una rodilla tras otra.

De vez en cuando giraba el cuerpo y levantaba una pierna para volver a mostrarme, mientras Matt no se perdía un solo movimiento.

Me levanté, me senté sobre él y empecé a moverme con las mismas maniobras, como si él fuera parte de la silla.

Me restregué contra su cuerpo y repetí el movimiento, pasando una pierna por encima de su cabeza para que viera de cerca mi intimidad expuesta.

Rodeé la silla en la que estaba sentado, acariciándolo con los dedos de forma provocadora, y cuando volví a quedar frente a él terminé el baile al mismo tiempo que la canción.

Joder, habría querido fotografiar su cara de sorpresa, porque dejar a mi mafioso sin palabras no era tarea fácil.

—¡Joder! —Me atrajo hacia él y le rodeé la cintura con una pierna, sintiendo su enorme erección pugnar por salir de los bóxers—. Dime que vas a hacer esto para mí todas las noches —pidió con voz ronca.

Solté una carcajada y me adueñé de su boca, desesperada por continuar, mientras mandaba al diablo todo el autocontrol que había mantenido durante los últimos minutos.

Le bajé los bóxers con impaciencia, liberé aquel monumento que tenía entre las piernas y me dejé caer sobre él sin dificultad.

Los dos gemimos al sentir el roce de nuestros cuerpos y empecé a moverme con todo el deseo que me consumía.

Matt me chupaba los pechos y me pellizcaba los pezones mientras me ayudaba con las manos a moverme sobre él, cada vez con más fuerza.

Me encantaba que hiciéramos el amor, pero disfrutaba igual cuando me follaba.

Matt me llevó en brazos hasta la cama y me puso a cuatro patas.

Alcé las caderas y me llenó con toda su enorme polla, con la fuerza que tanto me gustaba.

A medida que sus embestidas se aceleraban, empecé a sentir aquella sensación que siempre me llevaba al cielo, y así alcanzamos el placer, en nuestra perfecta sintonía.

—¿Puedes repetir todo esto para mí? —preguntó, jadeando, y arqueé una ceja mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Ahora? —pregunté, atónita.

—Claro. Y mañana también, y pasado mañana…

Solté una carcajada ante su descaro, acerqué mis labios a los suyos y lo besé, enamorada de cada sensación que me provocaba.

—Lo haré tantas veces como quieras, amore mio.

—¡Joder! Por eso te quiero —declaró, besándome con más pasión que antes.

—¿Ah, solo por eso, sinvergüenza? —Fingí indignación.

—Claro que no, principessa. Me encanta esa boquita insolente, cómo me plantas cara, tu ingenuidad, lo cariñosa que eres, tu lado ninfómano y ahora tu habilidad para el pole dance. Joder, me encanta todo de ti, cazzo.

—Me alegra saberlo, porque yo también adoro tu polla espectacular, tu instinto protector, tu corazón sincero, cómo supiste verme cuando nadie más lo hizo, cómo me protegiste y derribaste todas mis barreras hasta adueñarte de cada rincón de mi corazón, enseñándome lo que era amar.

Y, como te dije, voy a demostrarte todos los días de mi vida cuánto te quiero.

No hicieron falta más palabras cuando se adueñó de mis labios, que hablaban por los dos.

* * *

Por fin nuestro bambino cumplía su primer año, y solo nosotros sabíamos lo difícil que había sido llegar hasta aquel momento desde que supimos que iba a nacer. Pero no podíamos ser más felices.

Contemplé el jardín decorado para la ocasión. Había pocas personas, pero estaban las más importantes.

Matteo charlaba animadamente con Pietro, que tenía a Luigi en brazos, y con Leonardo y Marco.

Un poco más lejos, mi hermana, que ya tenía dieciséis años, hablaba entusiasmada con Giana sobre el viaje que haría cuando terminara sus estudios al año siguiente.

No quería que la obligaran a casarse en cuanto cumpliera dieciocho años, así que Matt y yo le habíamos regalado un viaje por el mundo para que viviera experiencias, estudiara y, cuando estuviera preparada, se casara con alguien que despertara en su corazón algo de lo que yo sentía por mi marido.

Mi suegra preparaba la mesa con Francesca para que almorzáramos y me dedicó una sonrisa cómplice al darse cuenta de lo mucho que me emocionaba contemplar aquella escena.

Sin que me diera cuenta, mi marido se acercó y me abrazó por detrás, dejando un beso cariñoso en mi mejilla. Apoyé la cabeza en su pecho.

—¿Eres feliz, amore mio? ¿Es todo como imaginabas que sería algún día?

Me volví hacia él con los ojos llenos de lágrimas, porque me había dado mucho más de lo que alguna vez me había atrevido a soñar.

—En realidad, todo es mucho mejor de lo que creía que podría tener.

Nunca pensé que sería feliz; solo esperaba sobrevivir día tras día.

Pero tú irrumpiste en mi vida y, de un solo golpe, derribaste todo lo que había creído hasta entonces.

Ver aquí, juntas, a todas las personas que quiero me hace comprender que no podría haber sido mejor.

Todo es perfecto, y solo puedo darte las gracias por concederme otra oportunidad y una familia de verdad.

Matt me dio un beso suave en los labios y me acarició el rostro.

—Soy yo quien te agradece que hayas entrado en mi vida. Aunque lo hicieras de la manera equivocada, conseguimos encontrar nuestro camino, y para mí eso es lo único que importa.

Y en eso pensaba cada noche: había entrado en la familia Lucchese de la manera equivocada, pero al final había resultado ser la correcta. Había descubierto lo que era amar y ser amada en una familia de verdad, y por ellos iría hasta el infierno si hiciera falta para protegerlos.

Porque la familia era eso: no todo era un camino de rosas, pero juntos éramos más fuertes.

FIN