Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Prólogo
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Prólogo

LEONARDO CARUSO

MESES ANTES

¿Alguna vez has visto la muerte de cerca?

Yo sí. Viví una experiencia que me cambió.

Alteró mis convicciones, mi manera de ver la vida; todo en mí cambió.

Me convertí en otra persona, una que se guiaba más por la razón que por la emoción.

Alguien más centrado, decidido a ser el mejor en todo lo que hacía y a proteger a quienes amaba, con mi propia vida si era necesario, incluso de ellos mismos o de sus familias.

Eso era lo que volvía a hacer con Giana al ignorarla: protegerla de sí misma. Ella, por supuesto, no lo entendía ni imaginaba lo difícil que me resultaba fingir algo que no sentía, pero era necesario. En realidad, siempre lo había sido.

Conocía a la familia Innocenti desde que tenía uso de razón.

Había estudiado con su hermano, Dante, toda la vida.

Él y Giovanni eran mis mejores amigos, esos cómplices con los que podía contar para cualquier cosa, buena o mala.

Siempre estaban ahí, pasara lo que pasara, y ese era uno de los motivos por los que me reprochaba lo ocurrido día tras día.

Todo podría haber sido distinto. Habían sucedido tantas cosas que podrían haberse evitado, tantos acontecimientos que podrían haber tenido otro desenlace…

Él podría haber dejado a un lado su obstinación y su orgullo y haber acudido a mí.

Quizá juntos habríamos encontrado una solución que hubiera impedido que le ocurriera lo peor.

Cargaba con aquella culpa, que me corroía desde entonces, y me castigaba por no haberme dado cuenta de lo que iba a hacer.

Como su confidente, debería haber advertido que algo malo sucedería aquel maledetto día y haberle impedido enfrentarse a lo que lo atormentaba.

Respiré hondo y sentí que la tristeza volvía a envolverme.

Siempre era igual. Cada vez que miraba a Giana, la culpa se apoderaba de mí.

El recuerdo de lo que le había ocurrido a Dante me torturaba, me quitaba el sueño y me desmoronaba por completo.

¿Cómo iba a darle la atención que tanto deseaba si le ocultaba tantas cosas que la destruirían igual que me destruían a mí?

No tenía valor para mirarla a los ojos, mucho menos para corresponderle, aunque fuera lo que más deseaba desde la primera vez que la había visto.

Lo que sentía no había hecho más que intensificarse cuando hablamos aquella primera vez que fui a su casa para hacer un trabajo de clase con su hermano y Giovanni.

Ese día entendí lo que quería decir la gente cuando hablaba de las mariposas en el estómago que provocaba el amor, porque fue exactamente lo que sentí cuando mis ojos se encontraron con aquella preciosa pelirroja.

Había pensado que el destino no sería tan hijo de puta, después de todo lo que me había ocurrido, como para obligarme a mentirle cada día, incluso sobre mis propios sentimientos.

Por eso, en aquel momento, mientras Chiara y Matteo subían al piso de arriba para follar como conejos, algo que ya había comprobado que hacían siempre, Giana, que había venido con ellos para disfrutar de la noche en la discoteca con su amiga, se acercó a mí y volvió a insinuarse,

deslizando un dedo por mis bíceps y mi pecho.

Joder, cuánto deseaba que todo fuera distinto y poder acorralarla contra aquella pared, apoderarme de esa boca provocadora de los infiernos y hacerla mía.

Acabar con aquel puto compromiso del que tanto intentaba librarse y que me daba escalofríos.

Sin embargo, no podía hacer nada de eso.

Le había jurado a su hermano que siempre la protegería, incluso de mí mismo si era necesario.

Y casarse con un mentiroso que ocultaba un secreto como el mío era todo lo contrario de proteger su corazón.

Yo se lo destrozaría cuando descubriera la verdad y, aunque una gran parte de mí quisiera quitarle la venda de los ojos, el dolor que le causaría también me impedía hacerlo.

Prefería verla sonreír y soportar sus provocaciones antes que destruir su inocencia con la verdad sobre lo que la rodeaba.

—¿Bailas una canción conmigo, Leoncito? —Sentí sus dedos ardientes recorrer despacio, de una manera torturante, los tatuajes de mi bíceps, que la camiseta negra de manga corta dejaba al descubierto.

La miré de reojo, mostrando toda la frialdad que había aprendido a aparentar, y me limité a responderle.

—¡No! Estoy trabajando, Giana. Lo sabes.

—Pues precisamente por eso. Chiara y Matteo están haciendo lo que me encantaría hacer contigo, pero, como tú no pareces estar dispuesto, al menos podrías bailar conmigo. Así me protegerías entre esa multitud de hombres que podrían tener malas intenciones —argumentó con su carita de descarada.

Respiré hondo, intentando reunir todo mi autocontrol, y le respondí con seriedad:

—Estoy aquí para protegeros, no para disfrutar de la noche. ¡Y, aunque así fuera, desde luego no sería contigo!

Giana respiró hondo en un intento evidente de contener su frustración, y me odié un poco más por haberle dicho aquello, pero era necesario. Tenía que entender que lo nuestro jamás sería posible.

—¿Por qué? ¿Tan fea soy? ¿Te parezco gorda? ¿Es eso? ¿Por qué me desprecias tanto, Leonardo? —Perdió el control, tratando de contener las lágrimas, y tuve que reprimirme para no abrazarla y decirle que yo no era más que un mentiroso hijo de puta.

—¿Te has mirado alguna vez al espejo, Giana? ¡Eres preciosa, cazzo! Tanto que solo un loco no querría estar contigo…

—Entonces, ¿nos vamos, Leo? Te deseo. Desde el instante en que te vi entrenando con tu fratello, mi corazón supo que tú serías el único en mi vida.

Tragué saliva ante su declaración, porque sabía muy bien cómo se sentía, pero ella jamás podía descubrir lo que despertaba en mí. Por eso tuve que hacer aún más convincente mi actuación, aunque sabía cuánto iba a herirla.

—Giana, por respeto a la amistad que tienes con mi prima, creo que será mejor que te olvides de mí, porque esto que quieres —señalé el espacio entre nosotros— jamás existirá.

Lo siento, pero no puedo ayudarte. No voy a deshonrarte para evitar que te cases con Galaretto.

Quizá tengas suerte si hablas con tu padre y lo convences de que rompa ese compromiso absurdo, pero yo no puedo ni voy a ser tu vía de escape.

Bajó la mirada hacia sus pies y se secó una lágrima que no había logrado contener, pero, cuando volvió a mirarme, sus ojos me destrozaron.

—¿Por qué te cuesta tanto corresponderme, Leonardo? ¿Tan despreciable soy?

—Claro que no, Giana. Ya te he dicho que solo un loco no se enamoraría de ti.

El problema nunca has sido tú. Siempre seré yo.

Hay cosas que me han convertido en quien soy y, como me importas, como eres la mejor amiga de mi prima y la hermana de mi mejor amigo, te lo digo: olvídate de mí y sigue adelante con tu vida.

—Entonces, ¿le tienes miedo a mi padre? ¿Es eso?

Solté una risa por la nariz y negué con la cabeza.

—Claro que no, pero tu padre tampoco me aceptaría nunca, aunque yo quisiera estar contigo. ¡Que no es el caso! —aclaré con firmeza.

—Entonces quizá lo mejor sea que huya…

—¿De verdad crees que tu padre no te encontraría en un abrir y cerrar de ojos? —Mi voz sonó irónica, pero el corazón se me encogió ante la mera posibilidad de que cometiera alguna locura por aquellas ideas que le rondaban la cabeza.

Giana se irguió y su expresión se endureció, dejando claro que había tomado una decisión y que nadie iba a hacerla cambiar de opinión.

—No veo otra salida que dejar que me pillen en una situación comprometida.

Quería que fuera contigo, pero, si no tienes el menor interés en acostarte conmigo, será con otro.

Lo que importa es librarme de ese matrimonio.

Puede que te quiera, pero jamás me acostaré con ese viejo asqueroso.

Así que será con otro. Si tengo que casarme, que sea con alguien que esté bueno y tenga mi edad.

Apreté los puños ante la mera posibilidad de verla restregándose contra otro hombre. Tensé la mandíbula e intenté disimular para conseguir que se quitara aquellas mierdas de la cabeza.

—Si crees que perder la virginidad va a hacer que tu padre cancele ese matrimonio, es porque de verdad no lo conoces. Si no consigues que lo haga pidiéndoselo, tampoco lo conseguirás así.

Dio un paso hacia mí y alzó el rostro, intentando desafiarme, pero me limité a mirarla con seriedad.

—Quizá tengas razón o quizá no. Sabemos cómo funcionan las cosas en la mafia y haré todo lo que esté en mi mano para librarme de Antonio, aunque tenga que casarme con otro sin quererlo.

Pero voy a dejarte algo claro ahora mismo, Leonardo Caruso: esto —señaló el espacio entre nosotros— ha muerto para mí.

Hoy ha sido la última vez que he intentado convencerte de que estés conmigo.

Nunca más voy a ir detrás de ti. Es una promesa que me hago a mí misma en este instante.

Sus palabras tuvieron el efecto esperado y sentí que el corazón se me hacía pedazos, pero ella no sabía con quién estaba tratando ni hasta qué punto había aprendido a ocultar mis verdaderos sentimientos.

Por eso me limité a terminar de cavar mi propia tumba, haciendo lo que debía en aquel momento, aunque me matara mentirle a la única mujer a la que había amado.

—¡Ya era hora!

***