Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Epílogo #2
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Epílogo #2

Tenía mucho dinero y aportaría grandes beneficios a la familia.

El problema era que el tipo era mucho mayor que la ragazza.

Aquello no era inusual en la famiglia, pero no podía negar que, desde mi punto de vista, cuarenta y dos años de diferencia eran demasiados.

Nos tomábamos nuestras promesas muy en serio.

Una vez que su padre había dado su palabra de que aquel matrimonio se celebraría, mi intervención lo dejaría como un hombre sin palabra ante la famiglia.

Ganarse el respeto llevaba años, pero bastaban unos segundos para perderlo por incumplir una promesa.

—Joder, Chiara. Ya te he explicado que es complicado que me meta en eso —intenté hacerle entender una vez más.

—¿De qué sirve que seas el capo de la famiglia si, cuando podrías hacer algo bueno e impedir que una ragazza se case con un hombre que tiene edad para ser su abuelo, no haces nada? —me desafió. Tuve que respirar hondo para no callar aquella boca insolente con mi polla.

—Estás muy sexy cuando te enfadas. ¿Te lo había dicho? —Puso los ojos verdes en blanco y se cruzó de brazos, protestando. Cuando un brillo despiadado le iluminó la mirada, supe que no me gustaría nada lo que acababa de ocurrírsele.

—¿Sabes qué? Quizá necesites un incentivo para ayudar a mi amiga —anunció con una sonrisa maliciosa. Deslizó el índice por el contorno de mis tatuajes, erizándome la piel y despertándome la polla con aquel mínimo contacto—. Nada de sexo hasta que resuelvas su situación.

Solté una carcajada tan fuerte que acabó doliéndome el abdomen ante la ocurrencia de Chiara, pero su expresión decidida me dejó claro que no estaba bromeando.

—Amore mio, ¿por qué no haces una promesa que puedas cumplir? —la provoqué.

—Eso ya lo veremos.

Podría haber esperado a ver qué sucedía, y, aunque me encantaban nuestros enfrentamientos y provocaciones, después de seis meses sin estar con aquella pequeña fiera no estaba dispuesto a repetir la hazaña. Sabía que ninguno de los dos lo soportaría.

Cuando hizo ademán de marcharse, la agarré del brazo y la atraje hacia mí para hacerle una contrapropuesta.

—¿Tu culo o nada?

Sus ojos esmeralda se abrieron de par en par y soltó una risa incrédula.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, atónita, aunque tan divertida como yo—. ¿Estás negociando mi culo a cambio de salvar a mi amiga de un futuro aterrador?

Lo cierto era que ya había decidido ayudarla en cuanto me dijo que el asunto era serio, pero ella no tenía por qué saberlo.

Como buen negociador, aprovecharía la situación en mi propio beneficio.

Al fin y al cabo, ¿qué ganaría metiéndome en problemas con uno de los mayores empresarios de la mafia si no recibía nada a cambio, salvo quebraderos de cabeza?

—Por supuesto. ¿Y bien?

Entrecerró los ojos, que brillaban de expectación. Aunque temía que le doliera, como solía decir, también sentía mucha curiosidad.

—Está bien, acepto. Pero solo después de que lo resuelvas todo.

Acorté la distancia entre nosotros y sellé el acuerdo con un beso ardiente. En ese momento apareció Leonardo.

—Qué poca vergüenza tenéis los dos, besándoos con mi sobrino en brazos —dijo, cada vez más cómodo conmigo a medida que pasaban los meses. Nos separamos.

—No es culpa mía que tu hermana no pueda resistirse a mí —lo provoqué, guiñándole un ojo y ganándome otra palmada en el brazo.

—¿Giana ya ha llegado? —le preguntó Chiara a su hermano después de abrazarlo con fuerza.

—Sí. Por eso he venido a interrumpir esta escena traumática que mi sobrino y yo nos vemos obligados a presenciar —se defendió, y los dos pusimos los ojos en blanco.

—Perfecto. Voy a contarle la noticia a mi amiga —comentó, eufórica. Besó las mejillas regordetas de nuestro bambino y se marchó animada, contoneando aquel trasero que tanto me gustaba follar a cuatro patas.

No veía la hora de que llegara la noche para volver a follármela como se merecía. Seguía embobado con el cuerpo de mi mujer. Dio, aquella pequeña fiera me hacía perder el control.

—¿A qué noticia se refería Chichi? —preguntó Leonardo, fingiendo que era una conversación cualquiera. Pero ya había advertido las miradas que mi cuñado le dedicaba a la amiga de mi esposa, así que decidí tantearlo.

—¿Qué te parecería que Giana se casara con Pietro? ¿O quizá con Marco?

—¿Qué? —Se volvió hacia mí de inmediato, sin comprender de dónde había sacado aquellas propuestas.

—Tu hermana ha conseguido convencerme de que interceda por Giana para sacarla de ese compromiso.

—¿Y por qué ellos? —preguntó, visiblemente incómodo.

—No lo sé. Todavía no lo he pensado bien, pero no voy a sacarla de un mal matrimonio para meterla en otro, ¿no crees?

—Por el rabillo del ojo vi cómo se le tensaba la mandíbula y tuve que contener la risa, porque había mordido el anzuelo—.

¿O tienes alguna otra sugerencia? —pregunté como si no tuviera importancia.

Respiró hondo y negó con la cabeza, soltando el aire despacio.

—Estoy seguro de que encontrarás a alguien a su altura. Ahora, si me disculpas, tengo algunos asuntos que resolver con Marco.

Asentí y vi alejarse a aquel orgulloso.

Subí con mi hijo y, después de ver cómo mi rebelde y su amiga se encerraban en la habitación, fui a la enorme terraza desde la que se divisaba buena parte de nuestros terrenos y le enseñé las magníficas vistas.

—Por lo visto, tenemos mucho trabajo por delante, bambino.

Pero, como tu papà y también el Don de la famiglia, voy a enseñarte desde pequeño que solo podemos intervenir hasta cierto punto.

Lo demás depende de ellos —comenté, todavía pensando en Leonardo y Giana, que parecían tener asuntos pendientes—.

¿Ves todo lo que tienes delante? Un día serás el Don en mi lugar y te ocuparás de todo esto.

Voy a enseñarte a ser mejor de lo que fui yo, y eso que soy la hostia, modestia aparte —bromeé, aspirando aquel olor a bebé que tanto me gustaba—.

Te enseñaré como me enseñó tu abuelo. Así serás mejor de lo que fuimos los dos, porque aprenderás de los mejores, aunque él no esté aquí para enseñarte ni para verte convertirte en el gran capo que serás.

La vida parecía una noria. Un día estábamos en lo más alto y al siguiente recibíamos un golpe tan fuerte que parecía imposible levantarse.

Pero no había nada como avanzar día a día.

Hubo un momento en que pensé en matar a mi mujer y ya no veía una salida para nosotros.

Ahora miraba hasta dónde habíamos llegado y solo tenía una certeza: mientras nos tuviéramos el uno al otro, podríamos con todo lo demás. Sin ninguna duda.