Capítulo 44
MATTEO LUCCHESE
Me serví un vaso de whisky con dos cubitos de hielo y empecé a recordar las palabras de Chiara.
Había pensado muchas veces en huir de casa y solo se había quedado para proteger a su hermana.
Nunca había tenido la ambición de querer más, como su supuesta madre.
La prueba era cuánto teníamos que insistir mi madre y yo para que gastara un poco de nuestra fortuna en lo que quisiera.
Me terminé la bebida de un solo trago y me dirigí a nuestra habitación, sin importarme dejar a los invitados sin el anfitrión de la fiesta.
No sabía con certeza qué iba a hacer, pero estaba cansado de huir de lo que me pedía el corazón, y las palabras de mi madre no dejaban de atormentarme.
Un día, mi Salvatore y yo estábamos aquí, haciendo planes para nuestro nipote, y al siguiente una bala certera se llevó a mi amado en cuestión de segundos.
Yo habría muerto si Carlo no se hubiera interpuesto ante aquella maldita bala para salvarme la vida. Podría haber sido yo. Podría haber sido Chiara. Solo pensar que no volvería a tenerla entre mis brazos, calentándome las noches, aunque hubiera una almohada entre nosotros, me resultaba insoportable.
Llamé a la puerta y entré despacio. Genie estaba a su lado, pero, en cuanto me vio, se levantó y salió sin mirarme a la cara, probablemente dolida porque yo seguía haciendo sufrir a su hermana después de todo lo que ya había pasado.
Suspiré, frustrado, y lo admití.
—Quiero intentarlo, Chiara. Llevo días intentando perdonarte.
No he mentido al decir lo que he dicho ahí abajo, pero no sé…
Me haces sentir inseguro, cazzo. ¿Tienes idea de cuánto me odio por seguir amándote?
¿De cuánto desearía arrancarme este sentimiento que me consume?
¿Crees que es fácil perdonar a la persona en la que más he confiado y a la que más he amado, después de haber sido traicionado por quien menos esperaba?
Me destrozó de tantas maneras que ni siquiera soy capaz de medirlo, joder.
Se levantó de la cama y se quedó frente a mí, con los ojos rojos e hinchados.
Joder, aquello me destrozó, pero necesitaba ser sincero.
Por mucho que intentara dar un paso adelante, ella debía comprender lo que había provocado en nuestra relación.
No sabía si conseguiría olvidar todo el daño que nos había causado.
—¡Y yo estoy cansada! Cansada de intentar acercarme a ti cada noche y, cuando creo que por fin hemos dado un paso adelante, sentir que retrocedemos otros diez.
¿Me equivoqué? —preguntó, abriendo los brazos, completamente frustrada—.
Me equivoqué, mierda, y no tienes idea de cuánto me arrepiento de haber sido una idiota, de haber actuado por miedo, de no haber confiado en ti como debía.
Al principio no te lo contaba por miedo a que me mataras.
Después, por miedo a perderte, porque sabía que, cuando te lo dijera, esto…
—señaló el espacio entre nosotros— se rompería.
¿Quién en su sano juicio cavaría su propia tumba, Matteo?
Eso era lo que tenía que hacer, porque, aunque no muriera yo, sabía que había muchas posibilidades de que muriera nuestro amor. O, más bien, el tuyo.
—Si hubiera sabido por qué te habían obligado a hacer todo aquello, quizá no habría perdido la confianza en ti. Si me hubiera enterado por ti y no por otra persona, tal vez todo habría sido distinto…
—¿Y crees que no me lo pregunto todos los días, durante todos estos meses en los que me has apartado de ti?
Pero lo que necesitas entender es que solo he conocido el sufrimiento.
—Las lágrimas le corrían por el rostro y tuve que contenerme para no secárselas—.
Toda mi vida ha sido sufrimiento. Descubrí lo que era el amor, lo que era la alegría, cuando por fin dejé atrás el odio que sentía por ti y acepté mis sentimientos.
Por eso siempre posponía un poco más el momento de contártelo, porque no quería perder la felicidad que me quedaba.
Sus palabras me dolieron. Aunque mi infancia no había sido fácil, con un padre mafioso y un entrenamiento que había ocupado tanto aquellos años como mi adolescencia para convertirme en quien era, siempre había tenido una familia que me quería, un padre presente,
una madre cariñosa y un hermano que siempre había sido mi amigo.
No conocía el sufrimiento por el que ella había pasado.
Comprenderlo, darme cuenta de que no lo había mirado desde esa perspectiva, terminó por arrancarme la venda con la que el rencor y el dolor me habían cegado.
No merecía aquello. Era solo una ragazza a la que habían alimentado con odio y, aunque ya lo sabía, por fin parecía capaz de apartar parte de aquel rencor que me angustiaba y ver hasta qué punto ella también había sido una víctima.
—¿Cómo crees que me sentía al haberme enamorado del hombre que había matado a mi padre? Me lo reprochaba todos los días, porque me destrozaba, al mismo tiempo que ansiaba entregarme a ti.
—¡Ya te he dicho que no fui yo y el propio maledetto lo reconoció, cazzo! —grité, perdiendo el control al sentirme acusado de nuevo.
—¡Lo sé, joder! Pero entonces no lo sabía y así era como me sentía.
Aunque no debía, me enamoré perdidamente de ti.
Si hubiera sabido lo importante que serías en mi vida y que toda ella había sido una mentira, lo habría hecho todo de otra manera…
—afirmó, llorando desconsoladamente. Se acercó y me agarró el esmoquin con ambas manos, sin dejar de sollozar—.
¿Cómo podía imaginar que todo era mentira, si me habían criado enseñándome a odiarte?
¿A odiar a tu madre, a tu padre y a tu hermano?
¿Cómo podía ignorar lo que me habían dicho durante años y confiar ciegamente en alguien, si todos los hombres, salvo Leonardo, me habían destrozado poco a poco?
Sus palabras fueron como una bofetada. Ya no soportaba verla sufrir, así que le acaricié el rostro por iniciativa propia, algo que no había hecho desde que nos habíamos separado, y la atraje hacia mi pecho mientras le acariciaba aquel pelo suave que tanto amaba.
—Perdóname, Matt. Te lo suplico, perdóname. Me equivoqué, traicioné tu confianza, pero he aprendido. Fui una ingenua al confiar en quien jamás mereció mi confianza y te juro que, si me das otra oportunidad, te demostraré cada día cuánto te amo y cuánto me arrepiento de haberte hecho daño.
—Shhh… Deja de disculparte —murmuré, dándole un beso casto en la sien—. No quiero seguir viéndote así, porque me destroza. Odio que sufras de esta manera. Sí, intenté odiarte, pero ni siquiera fui capaz de hacerlo. Lo que siento por ti es demasiado fuerte para dejar que el odio se apodere de mí.
Sus ojos esmeralda se encontraron con los míos y vi cómo la esperanza los llenaba.
—¿Me perdonas?
Acercó el rostro al mío, hasta que pude sentir el calor de sus labios junto a los míos. Me los humedecí con la lengua, necesitando volver a sentir los suyos como antes, pero sin nadie que nos interrumpiera, ni siquiera nosotros mismos.
—Voy a intentarlo, carina. Quiero superar toda esa desconfianza con la que me criaron y reconozco que veo cuánto has cambiado y que estás siendo sincera.
Pero eso no hace que sea fácil fingir que nunca ocurrió.
Te prometo que lo intentaré, por los dos, porque quiero que seas feliz y quiero ser el motivo de esa felicidad, cazzo. ¡Nuestro bambino y yo!
Una sonrisa sincera apareció en su rostro y juntó sus labios con los míos, sujetándome la cara entre sus manos suaves.
—Te amo tanto… Y prometo hacer todo lo posible para que consigas olvidar que alguna vez ocurrió. La cicatriz siempre estará ahí, pero un día, que espero que no tarde en llegar, dejará de doler.
Ya no soportaba la distancia entre nosotros. Necesitaba sentirla tanto como el aire que respiraba. Quizá eso fuera lo que faltaba para que todo volviera poco a poco a su lugar. Así que dejé de hablar y la atraje de golpe hacia mí para sentir lo que tanto había anhelado.
Su boca recibió la mía con la misma ansiedad y euforia con la que la besé. Nuestros labios se buscaban con desesperación, por todo lo que nos habíamos echado de menos, por aquel amor reprimido que habíamos apartado al dejar que el dolor gobernara nuestros sentimientos.
No quería pensar en nada más que en ella y en cuánto la deseaba por completo para mí.
La erección me tensaba los calzoncillos hasta que parecían a punto de estallar, mientras anticipaba lo que por fin tendría.
Sus manos pequeñas me incendiaban el cuerpo y me revolvían el pelo, hasta entonces perfectamente peinado.
Me acarició el rostro, la barba poco poblada, con la misma urgencia que yo sentía.
Bajó las manos hasta mi ropa, aflojó el nudo de la corbata y la arrojó lejos.
Me quité la chaqueta del esmoquin y la dejé caer a mis pies mientras buscaba la cremallera de su vestido y la bajaba, dejando al descubierto aquel cuerpo que me quitaba el sueño día y noche.
Mi pequeña fiera terminó de desabrochar el último botón de mi camisa y la ayudé a quitármela.
Sus ojos, llenos de deseo, recorrieron mi cuerpo y mis tatuajes, y sus dedos siguieron el contorno de cada uno.
—Cuánto los he echado de menos… A ellos y a tu cuerpo. Estás tan bueno —dijo, desprendiendo la misma lujuria que yo sentía.
—Entonces disfruta de lo que has echado de menos, principessa.
Una sonrisa cargada de picardía le iluminó el rostro. Me agarró por la cinturilla del pantalón y tiró de mí hacia la cama, lo desabrochó y me lo bajó por las piernas antes de empujarme con sensualidad, dejando claro que esta vez mandaba ella.
Me apoyé en los antebrazos al ver el estriptis que empezaba a hacer mi descarada y tuve que contenerme para no sacar la polla de los calzoncillos y acariciármela.
Se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo y mostrando ante mí todas aquellas curvas.
Joder, solo quería grabarme aquella imagen para el resto de mi vida.
Se mordió la comisura del labio de forma seductora y me lanzó a la cara el sujetador que sostenía aquellos dos melones. Me lo llevé a la nariz e inhalé su perfume, excitándome todavía más, si eso era posible.
Se agarró las tiras del tanga y lo deslizó despacio por las piernas, con sensualidad. Con la punta del pie, también me lo lanzó a la cara y, al notar lo empapado que estaba, mi autocontrol se fue a la mierda.