Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 43 #3
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Capítulo 43 #3

No se me pasó por alto que los ojos de Genevive se entristecieron y bajaron hacia el suelo en aquel mismo instante.

Seguramente Chiara todavía no había advertido lo que su hermana sentía por mi hermano, o ni siquiera había pensado en ello al hablar, llevada por la rabia.

—Le agradezco su atención, pero no lo veo necesario —dijo Elisa, enderezándose. Inventó una excusa sobre algo que tenía que hablar con su madre y se alejó.

—Mira, cuñada, no me metas en tus problemas. Sabes muy bien que no tengo la menor intención de casarme ahora, y menos cuando estoy a punto de volver a Estados Unidos. Allí la noche es joven.

—La próxima vez, cuñado, guárdate esa risita cínica, porque provocar a una mujer enfadada y embarazada es pedir que haga exactamente lo que no quieres.

—¿Falta mucho para que nazca mi sobrino? Porque ya no aguanto el mal humor de ninguno de los dos… —dijo mi hermano antes de marcharse, refunfuñando que necesitaba una copa.

—Genie, querida, ¿puedes acompañarme un momento? —pidió mi madre, que apareció de no sé dónde, dejándome a solas con mi pequeña fiera celosa.

—No sabía que fueras tan celosa, principessa. —Solo después de decirlo me di cuenta de la naturalidad con la que la había llamado así. A ella tampoco se le escapó y sus ojos verdes brillaron todavía más.

—No soy celosa, amore mio. Solo cuido de lo que es mío —respondió, utilizando las mismas palabras que una vez le había dicho yo, y me arrancó una sonrisa.

Aquella aprovechada de Chiara volvió a rodearme el cuello con los brazos y mis manos se posaron en su cintura de forma automática, como si reconocieran su lugar.

—Sabes que no he mentido sobre lo que he dicho… —empezó, mordisqueándome el labio inferior. Joder, aquella noche parecía que el mismísimo diablo se hubiera apoderado de ella. Solo eso explicaría su empeño en derribar el autocontrol que tanto me esforzaba por mantener.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, intentando poner en orden tanto la cabeza de arriba como la de abajo.

—De que las hormonas me ponen muy caliente cuando estoy contigo.

—Sus dedos me quemaban la piel como brasas.

Noté que muchos nos observaban, sobre todo mi madre, que ni siquiera disimulaba la sonrisa mientras estaba junto a mi cuñada—.

Sabes que el médico ya nos ha dicho que podemos volver a tener relaciones, ¿verdad?

Tragué saliva y me humedecí el labio inferior mientras la polla me crecía poco a poco al oír una noticia que ya conocía, porque siempre la acompañaba a las consultas.

—Sí, lo sé —le recordé—. Pero, además de estar en una fiesta, tampoco sé si es el momento. Han pasado muchas cosas. Estoy intentando perdonarte, estoy intentando olvidar, pero no dejo de pensar en cuánto podrías haber evitado si hubieras sido sincera conmigo y…

—¿Sabes qué? Que te jodan a ti y a tu resentimiento. Que te jodan a ti y a este maldito sentimiento que solo consigue consumirme. ¡Estoy harta!

Su estallido me sorprendió, sobre todo cuando se apartó y se dirigió a grandes zancadas hacia la escalera.

Cuando fui a seguirla, mi madre me alcanzó y me agarró del brazo, apartándome de los demás.

—¿Hasta cuándo vas a dejar que ese maldito orgullo y ese resentimiento sigan cegándote, Matteo? —No se me escapó su tono de reproche, porque no solía hablarme así.

—No est…

—Claro que sí. Y no te atrevas a mentirle a tu mamma. ¡Mira lo que me ha pasado a mí! La vida es corta, hijo. —Me acarició el rostro—. Un día, mi Salvatore y yo estábamos aquí, haciendo planes para nuestro nipote[29], y al siguiente una bala certera se llevó a mi amado en cuestión de segundos.

Tragué saliva, con la tristeza envolviéndonos al recordar la imagen de aquella maldita noche.

—Lo sé, pero no es fácil. Lo estoy intentando, aunque no dejo de preguntarme si lo que siente es real. Si mintió una vez, ¿por qué no iba a hacerlo de nuevo? ¿Y si todo esto sigue formando parte de su plan? —No era algo que creyera de verdad, pero todavía me atormentaba.

Respiró hondo, perdiendo la paciencia.

—No me hagas dudar de tu inteligencia, bambino. —Arqueé una ceja, incrédulo ante sus palabras—. Has visto lo que sufrió esa ragazza. Tú mismo perdiste el control con aquel desgraciado que tocó a nuestra bambina. ¿No crees que ya ha sufrido bastante?

Sí, lo sabía, y me odiaba por hacerla sufrir todavía más, pero tampoco conseguía dejar atrás todo lo que me había hecho como si no hubiera tenido importancia.

—Sé que ha sufrido, pero…

—No hay peros, Matteo. ¿Te dolió? Lo entiendo, porque yo también me sentí decepcionada.

Pero ha cambiado. Ya no es la misma que entró en esta casa y lo sabes tan bien como yo.

Nunca ocultó cuánto nos odiaba, pero eso fue cambiando poco a poco.

Tú, todos nosotros, le enseñamos lo que era el amor.

Le enseñamos a amar. Creo que ya ha aprendido que no debe actuar por impulso y que la sinceridad es esencial en un matrimonio.

Estoy segura de que nunca volverá a hacer nada que pueda alejarte, porque veo cada día cuánto sufre por echarte de menos.

Solo alguien tan ciego como tú es incapaz de verlo.

Dicho aquello, mi madre se marchó y me dejó solo, pensando en todo lo que me había dicho.