Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

En cuanto mencioné a Chiara, algo se apagó en su expresión. Una idea me cruzó la cabeza: ¿habría contado alguien de la mansión que nos habíamos separado?

¡Era lo que me faltaba! Solo eso explicaría que Elisa se sintiera tan cómoda a mi lado y que la esperanza le iluminara el rostro al intentar acercarse. No sabía que, pese a todas las atrocidades que había cometido mi pequeña fiera, ella seguía siendo la única dueña de mi corazón.

—Me alegro de que estuviera a su lado —mintió descaradamente. Tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco ante aquella farsa—. Había oído que había enviado a Chiara fuera de Italia. Pensé que…

Solté su brazo, cortándola de una vez. No se me escapó que Pietro estaba tan sorprendido como yo por aquella información.

—No. Chiara ha estado siempre aquí, en la mansión, donde le corresponde estar.

Elisa ni siquiera disimuló cuánto la había afectado la brusquedad con la que defendí a mi mujer, pero había tenido mucho descaro al venir a insinuarme aquellas cosas a la cara.

—Hablando del diablo… —soltó Pietro. Miré hacia un lado y el corazón estuvo a punto de salírseme por la boca al ver a la mujer que no abandonaba mis pensamientos acercarse con paso decidido, como si estuviera lista para una batalla.

Nos lanzaba miradas furiosas a Elisa y a mí, seguramente sacando alguna conclusión absurda con aquella cabecita llena de hormonas.

No iba a negar que se me pasó por la cabeza aprovechar la situación para hacerla sufrir un poco más, pero sabía lo duro que ya había sido con ella.

Desde que estaba embarazada, parecía más sensible y su humor era más inestable que antes, así que decidí no despertar a la fiera que llevaba dentro delante de todos.

Mis ojos traidores recorrieron su cuerpo lleno de curvas, sus pechos mucho más grandes que antes, y eso que siempre había tenido una buena delantera.

Pero, a medida que crecía nuestro bambino, también lo hacían ellos y, joder, cómo quería chuparlos, tal como aquel desgraciado de Vittorio había sugerido durante la consulta.

Si hubiera sabido lo que estábamos pasando, jamás lo habría dicho ni me habría hecho presenciar el examen de aquellos dos melones que pedían a gritos una buena cubana.

Solo Dio sabía cuántas pajas había tenido que hacerme para aliviar un poco el deseo descomunal que me asaltaba cada vez que recordaba aquella imagen.

Chiara llevaba un vestido de fiesta confeccionado a medida para su hermoso cuerpo.

Esta vez no era rojo, sino rosa fucsia, con un escote atrevido que me secó la garganta al dejar a la vista el canalillo.

Se ajustaba perfectamente a su enorme barriga redonda y a sus caderas, ahora más anchas.

Le llegaba hasta los pies y tenía una cola por detrás.

Llevaba el pelo recogido muy alto, con el flequillo hacia un lado, y aquel maldito pintalabios rojo parecía pedirme que la besara hasta el amanecer.

Joder, bastó con verla para que mi polla, castigada por la abstinencia, despertara al instante.

Había venido a matar. A matarme a mí, más bien. No había otra explicación.

Juro que pensé que montaría una escena delante de todos, pero Chiara volvió a demostrar cuánto había madurado durante los últimos meses, después de todo lo que había vivido.

En cuanto llegó hasta nosotros, esbozó una sonrisa falsa, pero digna de un Óscar.

—¿Cómo estás, Elisa? Había olvidado que vendrías. Si lo hubiera recordado, habría invitado a algunos de los mejores solteros para que los conocieras y, quién sabe, consiguieras un buen matrimonio.

Tuve que contener la sonrisa, porque ver a mi mujer celosa era tan afrodisíaco como verla desnuda.

—Le agradezco su preocupación, señora Lucchese. —Elisa no ocultó el desdén de sus palabras—. Pero no me preocupa. Tengo mucha paciencia y sé que la persona adecuada quedará libre. Es solo cuestión de tiempo.

Si me quedaba alguna duda de que habían salido rumores de la mansión sobre nosotros, quizá incluso sobre la amenaza que le hice a Chiara al descubrir su traición, acababa de desaparecer.

Elisa había dejado claro que tenía esperanzas conmigo, imaginando que cumpliría mi amenaza cuando naciera nuestro bebé.

El problema era que aquello no iba a suceder, menos aún ahora que volvía a estar tan atrapado por mi mujer.

—Ten cuidado, querida. Los años pasan y nadie querrá una mujer que no pueda darle herederos.

Sabes cómo funcionan las cosas en la mafia, ¿verdad?

—Mi hermano soltó una risa por la nariz y le di un codazo, aunque también me divertía aquel enfrentamiento.

Pero no permitiría que siguieran alimentando algo que solo nos pertenecía a Chiara y a mí.

Así que rodeé la cintura de mi esposa y le di un beso casto en la sien. Una sonrisa traviesa apareció en su rostro cuando me miró por encima del hombro.

—Perdona, amore mio. Estaba tan preocupada por encontrarle un buen chico a Elisa que he olvidado saludarte —fingió la descarada, arrancándome una sonrisa cómplice.

Lo que no esperaba era que aprovechara la situación, me rodeara el cuello con los brazos y me atrajera hacia ella para darme un beso cargado de añoranza, sin importarle quién estuviera mirando.

Su lengua pidió paso entre mis labios y dejé que me besara. Lo saboreé, disfruté de cada roce de nuestras lenguas, porque era lo que más deseaba. ¡Joder! ¿A quién quería engañar? Era lo que más ansiaba desde que casi la había estrangulado.

Aunque aquel beso expresó miles de sentimientos, fue breve, y tuve que contenerme para no cogerla en brazos, llevarla a nuestra habitación y hacer todo lo que estaba imaginando.

Cuando nos separamos, nuestras miradas se encontraron y la inmensa añoranza que sentíamos pareció unirnos. Mi pequeña fiera celosa volvió a mirar a Elisa, que estaba roja de rabia, y mi provocadora favorita no pudo resistirse a picarla a ella y también a Pietro, que se reía sin disimulo.

—Perdonad. Ya sabéis cómo es esto: las hormonas me tienen con las emociones a flor de piel y no puedo resistirme cuando veo a mi marido.

—Bajé la cabeza para contener la risa, pero, al oír lo que dijo después, ya no pude hacerlo—.

Dio mio, qué mala cuñada soy. Pietro está soltero, querida.

Quizá sea un excelente partido para ti. He oído que está buscando a alguien que esté a su lado, ya que Matt ha dejado de estar disponible, como has podido comprobar.

—Solté una carcajada y a Pietro se le borró la sonrisa.

—Chiara, eres una…

—¡Cuidado con esa boca, cazzo! ¿O quieres perder la lengua? —lo amenacé, aunque todavía me divertía la sorprendente manera en que había conseguido dejar a los dos sin argumentos.