Capítulo 44 #2
—Joder, carina. Estás empapada. —Se le escapó una risa y se echó encima de mí cuando ya no soportaba la distancia—.
¡Estás tan buena, joder! No pienso salir de esta habitación hasta que nazca el bebé —decreté, arrancándole una carcajada mientras se sentaba sobre mi erección y movía las caderas, torturándome.
Le sujeté los pechos, pesados, y le pellizqué los pezones endurecidos. Chiara echó la cabeza hacia atrás y gimió. Me incorporé y sentí sus dedos colarse en mis calzoncillos para acariciarme el glande, ya húmedo de líquido preseminal, mientras me llevaba sus pezones a la boca.
—¡Joder, Matt! —empezó a gemir, enloquecida por lo que mis labios hacían con sus pechos. Y, Dio, solo quería perderme en ellos—. ¡Dio mio! Si sigues haciendo eso, me voy a correr.
—Pues siéntate sobre mí. Siéntate —le pedí con voz ronca, consumido por el deseo.
No tuve que pedírselo dos veces. Me bajó los calzoncillos del todo y sentí cómo su coño voraz se tragaba mi polla por completo, sin dificultad. Gemimos juntos y me dejé caer hacia atrás, extasiado al tenerla por fin en el lugar del que nunca debería haberse apartado.
—¡Cuánto he echado esto de menos, Dio! —Empezó a cabalgarme, completamente fuera de sí.
Volví a pellizcarle un pezón con una mano y, con la otra, le acaricié suavemente el clítoris.
Fue lo único que necesitó para empezar a gemir sin control.
Su coño me apretaba con los espasmos del orgasmo mientras se corría con fuerza sobre mi polla.
La giré con cuidado, dejándola a cuatro patas sobre la cama, y me hundí en ella.
—Si te hago daño, dímelo… —pedí con dificultad, envuelto en un placer cada vez más intenso—. Joder, qué delicia eres, mi pequeña fiera.
—Solo sigue, por favor. No pares.
No necesitó pedírmelo dos veces. La penetraba hasta el fondo y Chiara gritaba, fuera de sí.
La incorporé hasta que su espalda quedó pegada a mí y le sujeté los pechos.
Joder, quería quedarme en aquella posición para siempre.
Pero ya no podía aguantar y, cuando sentí que se acercaba el clímax, empecé a moverme cada vez más deprisa.
Sus gemidos se intensificaron junto a los míos hasta que no pudimos resistir más y estallamos en un orgasmo arrollador.
—¡Joder! —gemí, moviéndome hasta que cesaron nuestros espasmos. Chiara se dejó caer de lado y me tumbé junto a ella, sintiéndome por fin en casa, al lado de la única persona que de verdad me importaba.
—Esto ha sido tan… —empezó, apoyando la barbilla en mi pecho y mirándome con admiración, cariño y amor.
—¡Follástico! —bromeé, como ella había hecho una vez. Su risa resonó por nuestra habitación y me calentó el corazón.
En perfecta sintonía, nuestros labios se unieron en un beso lento, cargado de la añoranza de todos aquellos meses de contención. Le acariciaba las costillas mientras sus dedos me revolvían el pelo, algo que me encantaba, sin separar nuestras bocas.
Cuando Chiara se apartó para tomar aire, sus ojos reflejaban lo mucho que le costaba creer lo que por fin estábamos viviendo. A mí me pasaba lo mismo.
—Te amo tanto… Nunca me cansaré de decírtelo —confesó, dándome un beso en los labios.
—Yo también te amo, principessa, y creo que esto es solo el principio de nuestro «felices para siempre».
Una sonrisa apareció en su rostro.
—No creo en los «felices para siempre», pero, si os tengo a ti y a nuestro bambino, lo demás será pan comido. Ya tendré lo único que de verdad necesito.
Le sujeté el rostro y acerqué sus labios a los míos.
—Eso ya lo tienes. Siempre lo has tenido. Incluso cuando te odiaba, era completamente tuyo.
—Y aprovecharé esta oportunidad para ganarme de nuevo tu confianza cada día de mi vida. Te lo prometo, amore mio.
Volvió a besarme, como si sellara nuestras promesas de amor, y sentí aquella angustia cada vez más lejos.
Comprendí que por eso había evitado tanto entregarme a ella: sabía que, cuando bajara la guardia, nada resistiría, ni el dolor ni el rencor.
Todo se disolvería, porque nuestro amor era de otro mundo.
Había vencido al odio, a las intrigas, a las mentiras, porque era único y verdadero.
—Quería pedirte perdón por haber sido tan cabezota durante tanto tiempo…
Negó con la cabeza, apoyándome una mano en el pecho.
—Estabas herido y lo entiendo perfectamente. Lo que importa es que ahora estamos aquí, juntos, y que el pasado se quedará donde le corresponde: en el pasado.
—Estoy de acuerdo. Como has dicho, llegará un día en que recordarlo no duela tanto. Así que vamos a dejar atrás este asunto, porque removerlo es como seguir hurgando en una herida recién cicatrizada: siempre vuelve a sangrar. Dejemos que sane en paz.
—Y te amo tanto por eso —admitió, sentándose sobre mi pierna y bajando la cabeza para lamerme la polla, ya medio erecta—. Voy a demostrarte cuánto me han gustado tus palabras.
Una sonrisa presumida me cruzó el rostro y gemí cuando aquella boca deliciosa se tragó mi polla con avidez.
—Entonces voy a complacerte a todas horas, carina.
Chiara tenía razón. No existía un «felices para siempre», pero haría todo lo que estuviera en mi mano para darle un poco de la alegría y el amor que ella me hacía sentir.
La habían herido, maltratado, utilizado y humillado, pero había madurado.
Se había equivocado, se había precipitado, pero todo aquello había contribuido a convertirla en la mujer increíble que era.
Y, aunque nuestros caminos habían sido tortuosos y estaban llenos de espinas, empezábamos a salir adelante.
No sería fácil y sabía que tendríamos que luchar cada día, pero ya teníamos lo más importante: las ganas de conseguirlo. Y a los dos nos sobraban.