Capítulo 40 #3
Me sentía en un callejón sin salida. —Solté una risa sin humor—.
Si te lo contaba, moriría quemada. Y, si no seguía con el plan, mi madre y Federico amenazaban con matarme junto con vosotros.
Lo que le hicieron a Giana en la discoteca fue la prueba.
Era una advertencia para mí. Después, Federico me envió un mensaje amenazándome con matarla la próxima vez.
—¡Desgraciado! —Se apretó la sien, indignado.
—Mientras tanto, mi madre no dejaba de presionarme para que me quedara embarazada.
Quería que tuviera un heredero para mataros a todos.
Creían que así conseguirían toda la fortuna de los Lucchese.
La manera que encontré de impedir el embarazo fue tomar la píldora, aunque sabía que, tarde o temprano, me pedirías un hijo.
—Por eso intentaste abortar —concluyó, y asentí—. ¿Pero no tuviste valor o decidiste colaborar con ellos? —preguntó con una tristeza evidente al recordar lo que había estado a punto de hacer.
—No tuve valor para matar a alguien indefenso. Eso habría hecho si hubiera seguido adelante con la única salida que se me ocurrió. Habría matado a mi hijo y nunca me lo habría perdonado.
—Pero, a pesar de todo eso, les dijiste dónde estábamos en México —me acusó.
—Porque me amenazaron —me defendí—. Me enviaron un mensaje pidiendo información.
Si no se la daba, Alexandre violaría a Giana y después me mandaría su cabeza en una caja de regalo.
No quería contarles nada, pero no vi otra alternativa.
Lo siento, aunque no me arrepiento. En aquel momento solo pensé que México es enorme.
No les dije adónde ibais ni qué haríais, solo que habíais viajado allí.
Tú ya estabas en México y la mercancía había salido hacía días.
Para ser sincera, no imaginé que fueran capaces de encontraros.
—Pero nos encontraron. Perdí a varios hombres por las bombas y los disparos de las ametralladoras contra el barco. Y estuve a punto de perder toda la mercancía si lo hundían.
—Lo siento. No quería que pasara nada de eso —dije con sinceridad—.
Mi intención era contártelo aquel día que estábamos aquí, pero te llamaron por la invasión de la mansión.
Después del disparo, esperé a que te recuperaras.
Iba a hablar contigo cuando volvieras del viaje, el mismo día que lo descubriste todo.
—Pero no te dio tiempo —concluyó con pesar.
Nos quedamos en silencio y ya no sabía qué más decir. Las lágrimas volvieron a caer al recordar todo lo que me habían obligado a hacer. Sentía que lo había perdido para siempre.
Me levanté y le rodeé el cuello con los brazos, pillándolo desprevenido. Rompí a llorar, desbordada por todo lo que había tenido que revivir durante la última hora.
—Te amo, Matteo. Nunca mentí sobre eso. Me aterraba haberme enamorado de la única persona de la que no podía enamorarme, pero pasó.
Incluso sin saber que no eras el culpable de todas las desgracias de mi vida.
Sé que quizá nunca puedas perdonarme, pero, por favor, perdóname.
Te amo tanto… Te prometo que intentaré compensarte por todo el dolor que te he causado.
—Le sujeté el rostro entre las manos, desesperada, y lo besé.
Necesitaba sentirlo cerca, creer que todavía podía ser mío, que me perdonaría y comprendería por qué había hecho todo aquello.
Pero mi desesperación aumentó cuando me cogió las manos y me apartó con cuidado.
Lo miré, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. No vi asco ni rechazo porque lo hubiera tocado después de lo que había descubierto. Vi dolor, y eso terminó de destruir la poca esperanza que había empezado a albergar.
—Necesitas descansar —dijo, cogiéndome en brazos con cuidado y dejándome en la cama—. Y yo necesito pensar… —murmuró, como si intentara encontrar un control que se le escapaba.
Cuando hizo ademán de alejarse, tiré de su camiseta, mojada por mis lágrimas.
—Por favor, no me abandones. Perdóname, Matt. Sé que me equivoqué, pero no sabía qué hacer…
—¡Chiara! —dijo con seriedad, aunque sin brusquedad—. Creo todo lo que me has contado. Incluso creo que no tenías malas intenciones. Pero la confianza es como un cristal roto. Cuando se hace añicos, es imposible pegar todos los pedazos. Nunca vuelve a ser lo mismo. ¿Lo entiendes?
Sus palabras fueron una bofetada. Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez, pero hice todo lo posible por contenerlas. Tendría el resto del día para llorar.
—No estoy diciendo que no vaya a perdonarte.
No lo sé. Necesito pensar en todo lo que me has contado.
Estoy furioso y trato de controlarme para no descargar la rabia en quien no lo merece.
Pero también he entendido tu punto de vista, por qué hiciste todo aquello.
Necesito tiempo para ordenar mis pensamientos, ¿de acuerdo?
—Me dio un beso suave en la frente—. Descansa un poco.
Más tarde volveré o vendrá alguien a buscarte para regresar a Sicilia.
El desaliento me invadió. Me limité a asentir, le di la espalda y me tumbé.
En cuanto oí cerrarse la puerta, rompí a llorar desconsoladamente, convencida de que lo había perdido para siempre.
Había sido sincera, le había contado todo lo que había sufrido, pero no había bastado.
Matt me odiaba y la única culpable era yo.