Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Cuando llegué, me gritó de todo. Dijo que yo sabía cómo funcionaban las cosas en la mafia, lo del matrimonio, y que iba a enseñarme a no andar tonteando por la calle con mi primo.

Esas fueron sus palabras. Después me pegó con aquellos alambres durante un buen rato.

—¡Desgraciada! —exclamó Matteo, indignado.

Guardé silencio un momento, recordando lo destrozada que me había sentido entonces.

—Ítalo dijo algo aquel día a lo que no presté atención por todo lo que estaba pasando.

Me ordenó que guardara silencio o me mandaría a reunirme con mi padre antes de tiempo.

No lo entendí, ¿sabes? Mi padre había desaparecido, pero ya era habitual.

Pensé que volvería en unas horas o unos días, como siempre.

Matt suspiró con frustración, sabiendo ya cómo terminaba la historia.

—Pero no volvió… —dedujo, y asentí.

—No. Al final de aquel día, que ya había sido un infierno, supe que lo habían matado. —Lo miré para observar su reacción—. Que lo habías matado tú.

Matteo alzó la mirada en cuanto comprendió mis palabras. Parecía intentar dar sentido a algo que no lo tenía.

Permanecimos en silencio unos segundos y soltó una risa que sonó nerviosa.

—¿Por eso me odiabas? —preguntó, confirmando lo que ya había comprendido.

—¡Sí! Y aun así mi madre quería que me casara con el asesino de mi padre. ¿Ahora entiendes uno de los motivos por los que acepté participar en aquella maldita venganza?

—Querías vengar la muerte de tu padre —concluyó, sin apartar los ojos de mí—.

Pero, como te dije aquella vez, no lo maté yo, ni mi padre, ni ninguno de mis hombres.

Al menos, no por orden mía. Es verdad que nos debía dinero, porque consumía la mercancía en vez de venderla.

Pero, como te expliqué, habíamos acordado perdonarle la deuda si se sometía a tratamiento, y él dijo que lo haría.

Cuando Marco fue a buscarlo para comprobar si ya había ingresado en la clínica, fue el propio Federico quien le dijo que lo habían encontrado muerto.

Negué con la cabeza, angustiada por lo que estaba descubriendo, aunque algo dentro de mí me decía que era verdad.

—Te creo. Pero no lo supe hasta hace poco.

Durante estos cuatro años, mi madre no hizo más que alimentar mi odio hacia vosotros.

Decía que lo habíais matado por la deuda, que lo habíais hecho sufrir torturándolo de muchas maneras.

Eso solo conseguía que os odiara más. Sé que cometió errores y que cosechó lo que había sembrado, pero no por eso me dolía menos pensar que tendría que acostarme con su asesino.

—Tu madre debería haber ganado el Óscar a la mejor actriz —ironizó. No entendí a qué se refería y debió de notármelo, porque lo explicó—. Todo apunta a que fue ella.

Negué con la cabeza, incapaz de creer que pudiera ser tan fría y yo tan ingenua.

—Ella no habría hecho eso. Debió de ser Federico —dije, porque en mi cabeza parecía evidente.

—Quizá. —Se encogió de hombros—. Pero estaba tan resentida con él que mató a tu madre cuando dio a luz, al descubrir la infidelidad de tu padre. Además, quería una vida acomodada y él acabó derrumbando el castillo en el que vivía al engancharse a las drogas. ¿Cuándo empezó a salir con Federico?

Sus palabras parecían arrancarme una venda de los ojos. De pronto, todo empezaba a encajar.

—Unos meses después. Él compró una casa más grande y mi madre, por fin, tenía una vida mejor que antes, porque el puesto de Federico era superior.

El mismo que tu padre le había ofrecido al mío si se sometía a tratamiento.

Todo empezó a ir bien, al menos para ella, aunque yo no dejaba de preguntarme cómo lo había olvidado tan deprisa.

—Si Ítalo te dijo aquello mientras te agredía, ya sabía lo que estaba pasando. Eso refuerza lo que te digo: todo estaba planeado. Ella solo esperó para casarse con tu padrastro porque hacerlo antes habría quedado mal.

Solté una carcajada amarga. Me sentía una idiota, una marioneta en manos de Irene.

—Me utilizó… —admití lo evidente—. Se inventó que habíais sido vosotros para que aceptara casarme contigo y vengarme.

Asintió, tan convencido como yo.

Pasaron unos minutos, como si necesitáramos asimilar lo que acabábamos de descubrir. O quizá solo lo necesitaba yo y él se había dado cuenta. No sabía decirlo.

—Has dicho que todo empezó a ir bien, al menos para ella. ¿Por qué? —Volvió a sentarse, apoyando los antebrazos en las rodillas y observando mi reacción.

Ya no me importaba contarle nada más. Era como si estuviera anestesiada.

—Porque para mí empezó otro infierno. —Respiré hondo y lo solté de una vez—. Federico se convirtió en mi infierno personal.

—¿Qué te hacía? ¿También te pegaba?

Asentí.

—Pero no solo eso. Siempre me quitaba la ropa para pegarme. Me amenazaba con lo que me haría cuando perdiera la virginidad. Solo lo detenía el plan que tenía con mi madre, porque, si me violaba, podía echarlo todo a perder.

Me sobresalté cuando Matteo golpeó la pared con el puño. La mano empezó a sangrarle al instante.

—¡Voy a matar a ese desgraciado!

—Eso era lo que yo le decía. Que, si volvía a tocarme, lo mataría antes.

—¿Llegó a tocarte?

—Sí. La última vez que me dio aquella paliza, la de las marcas que tú viste, me desperté y estaba masturbándose encima de mí. Dijo que me follaría por todos los agujeros cuando perdiera la virginidad —confesé en voz baja, sin poder ocultar cuánto me destrozaba recordarlo.

—¡Hijo de puta! —gruñó, lanzando la mesa de hierro de la terraza.

Su arrebato me hizo sobresaltarme—. Perdona.

Pero… —Negaba con la cabeza y se tiraba del pelo, fuera de sí, completamente descontrolado o intentando recuperar el control como podía—.

¿Y tu madre? —preguntó cuando consiguió dominar la furia.

Me encogí de hombros.

—Fingía que no lo sabía o que no lo veía. Una vez, Federico iba a darme un puñetazo en la cara. Ya estábamos prometidos. Ella apareció y pensé que lo haría dejar de pegarme, pero no. Solo le dijo que no me dejara marcas donde pudieran verse, porque tú lo matarías si lo descubrías.

Se sentó con la cabeza entre las manos, completamente abrumado. Verlo así me entristeció todavía más.

—Si quieres, puedo parar.

—¿Por qué soportabas todo eso, Chiara? Entrenabas con Leonardo. ¿Por qué nunca le dijiste nada? Quizá habría podido ayudarte. ¿O vas a decirme que lo sabía todo y nunca hizo nada para impedirlo?

Negué con la cabeza al instante.

—¡No! Leonardo nunca lo supo. Ni lo de la paliza que me dieron por culpa de su hermano ni la humillación a la que me sometieron cuando Alexandre dijo que me había visto besándome con Vitto.

Aquel día, mi madre hizo que una médica comprobara que no mentía sobre mi virginidad.

—Me encogí de hombros, intentando restarle importancia, aunque recordaba la angustia que me había causado—.

Había pensado muchas veces en huir de casa, pero estaba Genie.

Ella se convertiría en el objetivo de Federico y la utilizarían para casarla contigo.

Solo era una niña, ¿lo entiendes? Sentía que tenía que protegerla, aunque por el camino me perdiera cada vez más…

—Nunca me habría casado con tu hermana. Solo es una adolescente.

—Me lo imaginaba, pero mi madre decía tantas barbaridades sobre ti…

Que eras un depravado, que te encantaría estar con una chica tan joven como Genie.

Sabía que eso me impediría echarme atrás.

Ya se había dado cuenta de lo que me retenía en aquella casa.

Porque, aunque no tenía dinero, habría preferido vivir en la calle a seguir con aquella vida. Pero me tragué el orgullo por ella.

—¿Por eso dormías con la daga debajo de la almohada? ¿Por Federico?

—Sí. Empecé a dormir con ella cuando Leonardo me la regaló, pero nunca tuve valor para usarla. Llegué a intentarlo, aunque aquella noche, antes de casarnos, él me pilló desprevenida y la daga estaba demasiado lejos… En fin…

—¡¿Y por qué coño no cerrabas la puerta con llave?! —exclamó, indignado.

—¿De verdad crees que no lo hacía? Aquel día la había cerrado porque estaba agotada y necesitaba dormir.

Nunca conseguía descansar bien sin cerrar la puerta con llave.

Lo que no sabía era que tenía una copia de la llave y entró de todos modos.

Cuando la cerraba con llave y él se daba cuenta, le decía de todo a mi madre para ponerla en mi contra y acababan pegándome.

Así que, cuando la dejaba sin cerrar con llave para evitar otra paliza, tampoco dormía.

Matteo se acercó y se arrodilló delante de mí. El corazón me dio un vuelco al verlo aproximarse por voluntad propia. Cogió mis manos y las apretó en un gesto de apoyo.

—Te garantizo que se va a arrepentir de todo lo que te ha hecho.

Asentí con una pequeña sonrisa. Eso era lo que quería: que sufriera las penas del infierno.

—No quería casarme contigo —continué—, pero no tenía elección. ¿Lo entiendes? Por eso era tan brusca. Por todo lo que me habían hecho creer. Llevaban años envenenándome contra ti. La mujer que creía que era mi madre… Pensaba que no mentiría sobre algo así.

Matteo volvió a sentarse en la butaca, atento a cada palabra.

—Está claro que me equivoqué. Con el tiempo fui viendo que ni tú ni ninguno de los Lucchese os parecíais a los monstruos que siempre había imaginado.

La imagen que tenía de ti empezó a cambiar cuando comprendiste que tenía mis traumas y no me obligaste a intimar contigo.

Siempre intentaste protegerme, incluso cuando viste las marcas de las palizas.

Todo aquello fue cambiando poco a poco mi manera de pensar, aunque no dejaba de reprocharme estar enamorándome del asesino de mi padre.

Sentía que traicionaba su memoria. Eso y Genie eran lo único que me impulsaba a seguir con aquella maldita venganza.

Pero, cuando me casé y vi que Genie estaba a salvo con los guardias que habías puesto para protegerla sin que yo te lo pidiera, solo me quedaba vengar a mi padre.

No lo habría hecho por mi madre ni por su marido.

La mandíbula de Matteo se tensó ante mi confesión.

—A medida que comprendía que no erais como había imaginado, empecé a buscar una manera de arreglar la situación.

Pero no se me ocurría nada, salvo contarte la verdad.

Y las palabras que me dijiste, que me quemarías viva si te traicionaba, no dejaban de atormentarme.