Capítulo 40
CHIARA LUCCHESE
El resto de la noche fue mucho más tranquilo con Matt a mi lado. Sentía que quizá tenía una oportunidad de recuperar su confianza y haría todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo.
Había sido inmadura. Había tenido miedo y, aunque intentaba vencerlo cada día, había sido débil. Dejé que me dominara el temor a que Federico se saliera con la suya y yo perdiera a Matteo. Al final, de algún modo, lo había conseguido: había acabado con la poca felicidad que había descubierto.
Pero no estaba dispuesta a dejar que las cosas siguieran así.
Lucharía por su perdón con todas mis fuerzas.
Todavía no sabía quién había matado a mi padre, pero creía lo que Matt me había dicho y sabía que no había sido él.
Lo sentía dentro de mí. Tampoco me sorprendería descubrir que había sido el demonio de mi padrastro.
¿Cuándo habría imaginado que el desgraciado que abusó de mí en la calle trabajaba con aquel hijo del diablo?
Incluso debían de ser parientes, por el parecido y por cómo se había dirigido a él, si aquello era cierto.
¿Cómo no había notado cuánto me recordaba Federico al hombre que había destruido mi inocencia?
Desde que había vuelto a verlo, las imágenes de lo que me hizo habían cobrado vida en mi cabeza. Saber que tendría que empezar por ahí cuando Matt regresara a la habitación para hablar no me animaba precisamente. Pero era necesario. Tenía que conocerme de verdad.
Como si lo hubiera llamado con el pensamiento, Matteo abrió la puerta de mi habitación. Porque, salvo aquella noche en que dormimos allí cuando fui a conocer la mansión, solo la ocupaba yo. Ni siquiera podía llamarla nuestra.
Estaba sentada en la butaca de la terraza, con una pierna doblada sobre el asiento.
Había pasado demasiado tiempo tumbada por el riesgo de perder al bebé y, ahora que por fin podía caminar un poco, aunque solo fuera por la habitación, había decidido contemplar el enorme y precioso jardín de la mansión.
Quizá la paz que parecía reinar allí consiguiera calmar la inquietud que me oprimía el pecho.
—¿Has desayunado? —preguntó Matt al sentarse en una butaca cercana, aunque más lejos de lo que yo habría querido.
—Sí, ya he desayunado. ¿Quieres que hablemos ahora? —pregunté sin rodeos, porque quería librarme de una vez del peso que llevaba dentro.
—Si es un buen momento para ti y te encuentras bien… Tú y el bebé, quiero decir —precisó.
—Estamos bien. Si esperamos al momento perfecto, quizá no llegue nunca. —Fui sincera. La tensión en su mandíbula dejó claro que mi respuesta lo había incomodado.
—Está bien. Cuando quieras…
Guardé silencio unos minutos, mirando el rosal que tenía delante y comprendiendo por primera vez cuánto nos parecíamos, mientras buscaba una manera de empezar.
—Siempre me han gustado mucho las rosas, ¿sabes? Y creo que acabo de entender por qué. —Matteo frunció el ceño, sin comprender adónde quería llegar, así que continué—. Son preciosas, pero todas tienen espinas. Como yo. Son las marcas que me han convertido en quien soy.
»Antes de que muriera mi padre, podría haberme comparado con una orquídea: delicada, llena de vida.
Aunque siempre había vivido rodeada de la mafia, él me daba amor y cariño.
Quizá por eso no acabé convertida en un cactus, lleno de espinas que nadie se atrevería a tocar.
Porque de pequeña conocí un poco de lo que era sentirse querida.
—Una lágrima me resbaló por la mejilla y la sequé.
No quería llorar—. Antes de meterse en las drogas, era un padre excelente.
Estaba presente, siempre jugaba conmigo, incluso a las muñecas, a pesar de esa fachada de hombre duro de la mafia que tenéis todos.
—Sonreí de verdad al recordarlo—. Mi madre, en cambio…
O, mejor dicho, la mujer que creía que era mi madre…
—No oculté el rencor en mi voz—. Siempre fue una persona difícil.
Convivir con ella era complicado y complacerla, todavía más.
Siempre quería más, se quejaba de todo y le exigía a mi padre que ascendiera.
Ya le insistía en que me buscara un buen matrimonio para cuando tuviera edad de casarme.
Yo solo era una niña. Sé que eso sigue pasando dentro de la famiglia, pero mi padre no quería comprometerme tan pronto a algo tan serio.
»Él quería que fuera feliz. Irene, en cambio, nunca me dio ninguna señal de querer lo mismo. Siempre fue brusca conmigo. Me castigaba sin que hubiera hecho nada y me pegaba cuando mi padre no estaba en casa. Eso me convirtió en una niña retraída, sobre todo cuando estábamos las dos solas.
»Después, cuando mi madre se quedó embarazada de Genie, pensé que otro niño en casa podría mejorar nuestra relación, pero no fue así.
Las cosas empeoraron poco a poco. Mi padre ya no soportaba sus exigencias ni sus gastos desorbitados e innecesarios.
A ella siempre le encantó vivir de las apariencias.
Por eso, aunque nunca me trataba bien ni me daba cariño, me vestía con la mejor ropa, me obligaba a practicar piano todos los días y también hice algo de ballet.
Todo para mantener la imagen de una familia ejemplar de la mafia.
»Cuando nació Genie, a pesar de lo pequeña que era, noté que mi madre la trataba de una manera distinta a como me había tratado a mí.
Mi padre intentaba aliviar mi tristeza diciéndome que era porque un bebé necesitaba más atención.
Así que procuraba comprenderlo y ayudar a mi madre en lo que pudiera.
Quizá algún día se sentiría orgullosa de mí y me trataría con el mismo cuidado que a mi hermana.
»No voy a decir que fuera cariñosa con Genie, porque tampoco lo era. Pero al menos no la insultaba a cada momento ni la golpeaba sin motivo. Y eso siguió siendo así cuando creció, de modo que no era porque fuera un bebé. El problema siempre había sido conmigo. Lo que no entendía era por qué.
»Cuando Genie tenía unos cuatro años, mi padre ya había empezado a meterse en las drogas.
Creo que por lo insoportable que se había vuelto la convivencia con mi madre.
Bebía más que antes, llegaba tarde casi todas las noches y empezó a gastarse todo lo que ganaba en drogas y alcohol.
Como consecuencia, empezaron a faltar cosas en casa.
Mi madre seguía intentando mantener las apariencias, aunque cada vez le resultaba más difícil.
»Una vez me pidió que fuera al mercado de madrugada a recoger las verduras y hortalizas que a veces sobraban y aún estaban en buen estado, para prepararnos algo de comer. Apenas teníamos comida en casa.
—No sabía que hubierais llegado a esa situación. Tu padre nunca nos dijo nada —comentó Matteo, visiblemente angustiado.
Me encogí de hombros.
—Quizá le avergonzaba admitir ante los demás en qué se había convertido. Leonardo y yo siempre nos hemos llevado muy bien. Siempre cuidaba de mí y me acompañaba al mercado porque era de madrugada. No quería que fuera sola, aunque yo insistiera en que no hacía falta. En el fondo, se lo agradecía.
Respiré hondo. Se me secó la garganta al comprender que había llegado a la parte que más me dolería recordar. Continué, esta vez sin valor para mirar a Matteo.
—Un día, de camino al mercado, decidimos atajar por un callejón.
Vimos a lo lejos a cuatro hombres y supimos que eran de la mafia.
Leonardo estaba a punto de empezar a trabajar como soldado y, por cómo iban vestidos, no teníamos dudas.
Pensamos en dar la vuelta, pero eso habría llamado su atención, así que seguimos.
Leo me pidió que estuviera tranquila, pero yo tenía miedo.
Había oído rumores de que algunos soldados de la famiglia estaban abusando de las chicas y…
—Tragué saliva, sintiendo que el asco me invadía—. Acabé comprobando que era verdad.
Matteo cerró el puño y bajó la mirada, intentando contenerse. Aproveché que no me miraba para secarme las lágrimas que habían vuelto al recordar el infierno que viví.
—Ítalo… —murmuró para sí con una voz tan sombría que se me erizó la piel.
Asentí, desconcertada porque lo supiera.
—¿C-cómo sabes quién fue?
—El día de la invasión de la mansión dejó caer algunas cosas y Leonardo perdió el control.
—No lo recuerdo —susurré, intentando recuperar alguna imagen, pero el dolor que sentía entonces había dejado aquellos detalles borrosos—. Bueno… Supongo que ya sabes lo que pasó…
—Una parte… —Se enderezó y vi la rabia en sus ojos—. Pero ¿qué te hizo? Si puedes contármelo. Sé que no llegó hasta el final.
Sentía la garganta cerrada. Me costaba un esfuerzo enorme hacer salir las palabras.
—No, pero me humilló. —Bajé la cabeza mientras las lágrimas me corrían por las mejillas—.
Me quitó parte de la ropa. Sus hombres sujetaron a Leonardo y le taparon la boca para que no se oyeran sus gritos.
Me o-obligó a soportar un abuso s-sexual —confesé, avergonzada—.
Cuando iba a violarme, recibió una llamada que impidió que ocurriera lo peor.
Me lanzó a un lado y golpearon a Leonardo hasta que cayó al suelo.
Le decían que, cuanto más se resistiera, más «jugaría» conmigo.
—Marqué las comillas con los dedos—. Querían que todos participaran en aquel «juego».
—¡Hijos de puta! —gritó, levantándose de golpe y caminando de un lado a otro mientras se tiraba del pelo—. ¿Y después?
—Después, Leonardo me dio su camiseta para que no tuviera que ir desnuda por la calle. Estaba amaneciendo y fui al mercado.
—¿Todavía fuiste al mercado? —preguntó, incrédulo.
—Sí. —Me encogí de hombros al recordar que no tenía elección y solté una risa sin humor—.
Pensé que, si volvía a casa sin las verduras, me pegarían.
Y Genie necesitaba comer. Así que fui con Leo, aunque apenas me quedaban fuerzas.
¿Sabes lo más irónico? —Matteo negó con la cabeza, con el rostro ensombrecido—. Que me pegaron de todos modos.
Entrecerró los ojos y se llevó una mano a la cintura.
—¿Por qué iban a pegarte? ¿Después de todo lo que había pasado?
—Cuando estábamos llegando a casa, Leonardo vio que necesitaba un momento y me llevó a un rincón de la calle.
Me abrazó y me derrumbé entre sus brazos.
Lo que no sabía era que aquel desgraciado de Alexandre, mi primo y hermano de Leonardo…
Ahora también mi hermano, al parecer… —añadí con ironía— nos había visto.
Corrió a mi casa y le contó otra cosa a mi madre.