Capítulo 39 #2
No pude evitar mirar a mi marido. Sus pupilas se dilataron al ver mis pechos al descubierto.
Tragó saliva y juraría que oí un gemido escapársele de los labios, lo que alimentó mi esperanza de que no fuera tan inmune a mí como parecía, igual que yo tampoco lo era a él.
—Debes frotarlos con los cepillitos durante la ducha, como te expliqué.
Cuando falten dos meses para el parto, también te daré una pomada.
Tu marido puede ayudar —bromeó mientras me recolocaba la ropa—.
Puede acariciarlos todo lo que quiera. Eso ayudará a fortalecer los pezones para la succión del bebé.
Tuve ganas de reír al ver cuánto lo afectaban aquellas palabras. Sería algo completamente normal entre un marido y una mujer que estuvieran bien juntos. Por desgracia, no era nuestro caso.
Sus ojos volvieron a bajar hacia mis pechos, ya cubiertos. Tragó saliva y respiró hondo, visiblemente frustrado. Tanto como yo.
***
El soldado me ordenaba que lo mirara y me amenazaba con matarme si me resistía.
No tenía tiempo de reaccionar. Me sujetaba por la nuca y me obligaba a soportar el abuso. Las lágrimas me corrían por el rostro mientras intentaba apartarme de él.
Aquella violencia parecía no terminar nunca.
—¡No! —grité, retorciéndome de un lado a otro mientras la pesadilla volvía a atraparme.
Sentí unos brazos fuertes rodeándome y oí que me pedían que me calmara, pero quería que me dejara. Le daba patadas y lo golpeaba, fuera de control.
—¡No vas a volver a tocarme, desgraciado! —grité.
—¡Chiara! ¡Soy yo, Matteo! —exclamó, sujetándome el rostro mientras intentaba soltarme.
Pero, cuando me abrazó con firmeza y reconocí aquel aroma cítrico mezclado con puro y whisky que tanto había aprendido a amar, empecé a calmarme.
Miré alrededor y comprendí que solo había sido otra maldita pesadilla—.
Shhh… Tranquila, solo estoy yo. No volverá a pasarte nada malo. Te lo prometo.
Sus palabras fueron un calmante para mi angustia. Poco a poco, mi respiración y los latidos acelerados de mi corazón recuperaron su ritmo.
Ya no soportaba aquellas pesadillas. Desde que había vuelto a encontrarme con aquel maldito, aparecían cada vez con más frecuencia. Eran tan reales que parecía haber retrocedido cuatro años y estar viviéndolo otra vez.
—Perdona por despertarte… —dije. Antes de que pudiera responder, tiré de su camiseta para acercarlo todavía más, aunque ya me abrazaba, y rompí a llorar, cansada de llevar todo aquello dentro.
—Shhh… Tranquila, ¿sí? No estaba durmiendo.
Sentí sus dedos secándome las lágrimas y, poco a poco, fui dejando de llorar.
Todavía se me escapaba algún sollozo, pero intenté hablar para apartar de mi mente aquellas imágenes horribles.
—¿Me has oído desde tu habitación?
Seguíamos en Palermo, pero, como la consulta de aquella mañana había ido bien, había comentado que pensaba volver a Sicilia para que su madre y yo tuviéramos más compañía. Además, Francesca no dejaba de ir de una casa a otra. Por eso regresaríamos al día siguiente.
—No. Estaba sentado allí —respondió, señalando con la cabeza una butaca cerca de la puerta.
El corazón me dio un vuelco al oírlo y, por mucho que intentara evitarlo, se me llenó de esperanza. Apenas entraba allí desde que nos habíamos separado.
—¿Por qué? —pregunté, curiosa, aunque temía su respuesta.
—Estaba pensando… —Guardé silencio, esperando a que terminara y conteniendo las ganas de preguntarle en qué—. En darte una oportunidad para explicarte.
Me separé de él un instante para mirarlo a los ojos, aquellos ojos plateados que tanto amaba.
—¿Y vas a dármela? —Tragué saliva, pendiente de su respuesta.
Se humedeció el labio inferior con la lengua mientras recorría mi rostro con la mirada, como si me hubiera echado de menos tanto como yo a él.
—¿Vas a contármelo todo? —recalcó la última palabra—. ¿Vas a ser sincera en cada palabra? —Asentí con firmeza, sin vacilar.
—Te prometo que sí. Sé que debería haberlo hecho hace mucho, pero…
—Entonces hablaremos mañana, antes de volver a Sicilia, ¿de acuerdo? —Pensé en protestar y debió de notármelo en la cara—. Ni se te ocurra llevarme la contraria, Chiara. Nuestro hijo necesita que descanses y apenas estás durmiendo.
Hizo ademán de levantarse y se me encogió el pecho. Lo sujeté del brazo y Matteo bajó la mirada hacia mi mano, esperando a que dijera algo.
—¿Puedes dormir conmigo? —pedí en un susurro, decidida a no echarme atrás. Vi que vacilaba y seguí hablando—. Contigo aquí me siento segura. Tengo miedo de volver a tener la pesadilla.
Sus ojos reflejaron compasión y comprensión. Respiró hondo y asintió.
Tuve que contener la alegría para no dejar que se me notara. Me aparté para hacerle sitio y, aunque deseaba abrazarlo con todas mis fuerzas, preferí ir despacio. De lo contrario, podía echar a perder lo poco que habíamos avanzado.
Nos tumbamos frente a frente, separados por unos diez centímetros, sin apartar la mirada. Cuando sentí sus dedos acariciándome el rostro con ternura, no pude evitar sonreír. Cerré los ojos y, por fin, me dormí con la imagen de aquellos iris plateados que tanto había echado de menos.
MATTEO LUCCHESE
Chiara se quedó dormida y yo seguí pendiente de cada respiración, por fin tranquila.
Pensaba que no la visitaba. Lo que no sabía era que venía todas las noches, después de que se durmiera.
Había instalado algunas cámaras ocultas en nuestra antigua habitación y, cuando no la observaba a través de ellas, entraba a escondidas para velar por su sueño.
Por desgracia, en eso me había convertido.
Había notado que no dormía con tanta calma como ahora, sabiendo que estaba a su lado, y la parte de mí que insistía en amarla intentaba convencerme de que aquello demostraba que ella también me quería.
Pero, si de verdad me amaba, como había dicho durante las últimas semanas antes de que descubriera su engaño, ¿por qué me había mentido y había querido matarme?
Era la pregunta que no dejaba de atormentarme.
Desde que nos habíamos casado, no había presenciado ninguna de sus pesadillas.
Sin embargo, después de aquel día desastroso en la mansión, se habían vuelto habituales.
A veces decía cosas en sueños. Una noche oí el nombre de Federico en sus labios, mientras le pedía que la soltara y que no volviera a tocarla.
Era angustioso presenciarlo. Aunque había intentado sacarle alguna información a Federico, aquella actitud provocadora con la que me había recibido la primera vez en la mazmorra había desaparecido.
Quizá haber convertido a su hermano en sushi delante de él le había quitado parte de su supuesta valentía. ¡Cobarde! Eso era lo que era.
Algo me decía que él era el responsable de las cicatrices de Chiara y, dependiendo de lo que ella me contara al día siguiente, aquel maledetto lamentaría cada marca que le había dejado en el cuerpo durante el resto de su vida.
Mientras esperaba a que Chiara se recuperara y superara el riesgo de perder al bebé, Pietro, Marco, Leonardo y yo habíamos utilizado a menudo los instrumentos de la mazmorra.
Pero no quería que aquel desgraciado muriera.
Todavía no le había llegado la hora. Antes quería escuchar lo que Chiara tenía que decirme.
Por eso, después de cada sesión de tortura, el doctor Rossi lo visitaba para tratar sus heridas y evitar que muriera. Lo necesitaba vivo.
Mi intención había sido hacer lo mismo con su maldito hermano, pero, cuando supe lo que le había hecho a Chiara, la furia se apoderó de mí y perdí por completo el control. No me arrepentía. Solo lamentaba no haberlo prolongado lo suficiente para que suplicara por su vida.
Ya estaba amaneciendo y había pasado otra noche en vela, algo habitual desde que me había alejado de Chiara.
Aunque quería dormir por fin, ahora que estaba a su lado, la inquietud por lo que descubriría ese día me impedía conciliar el sueño.
Sin embargo, necesitaba descansar un poco para afrontar lo que me esperaba con la cabeza despejada.
Algo me decía que no sería una historia agradable de escuchar, así que me obligué a intentar dormir.