Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

MATTEO LUCCHESE

No veía nada ante mí desde que había salido de aquella habitación y dejado a Chiara.

Sabía que mi actitud la había angustiado, pero en aquel momento no podía pensar en nada más que en hacer sufrir a Federico todo lo posible por lo que le había hecho a mi ragazza.

Estaba completamente fuera de mí y no sabía de qué sería capaz cuando le pusiera las manos encima. Por eso, en cuanto salí disparado con el coche hacia la mazmorra de Sicilia, llamé a Pietro a través del manos libres.

—Dime —respondió al segundo tono.

—¿Estás en la mansión? —Por el retrovisor vi que los otros dos coches que siempre me acompañaban ya me habían alcanzado.

—Sí. El médico acaba de salir de la mazmorra.

—Perfecto. Tengo muchas cosas en mente para ese desgraciado y quiero que impidas que lo mate si pierdo el control.

—¡Joder! ¿Estás tan furioso como para pedirme que te frene? —preguntó, sorprendido.

—No te haces una idea. Llegaré enseguida.

—No me lo pierdo por nada.

Colgué en cuanto lo oí. No estaba de humor para charlar.

Nunca había recorrido aquel trayecto tan rápido.

La sangre me hervía y las ganas de acabar con aquel desgraciado me consumían.

Pero no podía perder el control como con Ítalo.

Él también merecía haber sufrido durante días y días, aunque, cuando supe lo que le había hecho a mi mujer, solo pude pensar en matarlo.

En cuanto aparqué junto a la entrada de la mazmorra, en lugar de hacerlo delante de la mansión como de costumbre, fui a grandes zancadas hacia las escaleras que me llevarían hasta él.

Oí los pasos apresurados de Pietro y Marco, que intentaban alcanzarme y averiguar qué me había ocurrido para estar así. No respondí cuando me llamaron.

En cuanto recorrí el pasillo, vi a mi objetivo sujeto por los brazos y las piernas, mucho más maltrecho que el día anterior.

Levantó la cabeza con esfuerzo y gruñó al comprender que no tendría la noche para descansar. Por mí, después de semanas de tortura, solo descansaría en el infierno, donde le correspondía estar.

Ni siquiera me detuve a buscar algo con lo que golpearlo.

Apoyé una mano en el suelo para impulsarme y le lancé los dos pies a la vez contra los genitales.

Me incorporé de un salto mientras gritaba de dolor, eché un brazo hacia atrás y empecé a golpearlo en la cara y en el estómago, alternando los puños.

—¿Qué le ha pasado? —le preguntó Pietro a Marco, sin comprender nada.

—No lo sé, pero deja que se desahogue un poco. Si no, nos puede tocar a nosotros.

—Buena idea.

Seguí golpeándolo sin parar. Le agarré un brazo y se lo retorcí con un movimiento brusco. Los chasquidos me confirmaron que le había roto los huesos. No me detuve y le hice lo mismo en el otro. Sus gritos se sucedían y no dejaba de insultarme, pero yo estaba ciego de rabia. Nada parecía suficiente.

Le agarré las manos, pensando en las veces que había golpeado a Chiara y en cómo había intentado tocarla, y se las rompí.

—¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar…! —gritó, fuera de sí por el dolor.

—¿Te creías muy hombre acosando a una chica mientras dormía? —Le rompí una rodilla de otro golpe—. ¿No te gustaba pegarle a mi mujer desnuda, maldito? —Le rompí la nariz.

Me acerqué a la mesa de instrumentos y cogí unos alicates. Vi que Leonardo también se había unido al público.

—¿No la amenazabas con lo que ibas a hacerle cuando perdiera la virginidad? —Le sujeté un dedo y se lo corté. Otro grito resonó en el recinto.

Fui al rincón, cogí el bate de béisbol y le golpeé tantas veces las costillas que estuvo a punto de perder el conocimiento.

—Todavía no vas a morir, desgraciado —gruñí, situándome detrás de él—. Sujetadlo.

Marco y Leonardo lo inmovilizaron mientras se retorcía y suplicaba que parara.

—Para, por favor. Te lo suplico…

—¿Tú parabas cuando Chiara te pedía que no la tocaras? —Siguió suplicando al comprender lo que pretendía hacer—. ¡¿Parabas, joder?! ¡Contesta! —grité.

—No. No paraba.

—¿No la amenazabas con violarla si no colaboraba en la venganza contra mi familia?

Quizá intentaba provocarme para que acabara con su vida de una vez, porque reunió el valor suficiente para responder.

—¡Sí, lo hice!

—Pues ahora prueba tu propia medicina. —Antes de que pudiera responder, lo agredí sexualmente con el bate. Su grito resonó mientras lloraba, fuera de sí.

Después me aparté. Mis hombres me miraban con absoluto espanto. Me volví hacia Pietro, que, por una vez, se había quedado sin palabras, y ordené:

—Pide que vuelva el médico. Quiero que este desgraciado siga vivo. No pienso concederle una muerte rápida.

Mi hermano asintió, todavía sorprendido, y empezó a hacer lo que le había pedido mientras yo me dirigía a Marco y Leonardo.

—Traed el burro español.

Marco abrió mucho los ojos. Rara vez utilizábamos aquel método, porque era una de las peores torturas que existían. Se remontaba a la época medieval.

Observé cómo acercaba a Federico el aparato, que tenía forma de V invertida.

—Sentadlo ahí hasta que llegue el médico. Que vaya acostumbrándose a su nuevo asiento —ironicé con una risa sin humor—. ¿Estás cómodo? —pregunté, cargado de sarcasmo, mientras Marco y Leonardo lo colocaban.

—V-vete a la m-mierda —respondió con dificultad mientras yo me acercaba con los brazos cruzados.

—¿Conoces esta tortura? —pregunté, intentando que no se me notara la diversión en la voz—.

Déjame presentártela. Ese aparato tan cómodo en el que estás sentado empezará a cortarte por la mitad.

De momento no voy a ponerte peso en las piernas.

Quiero que el médico trate las heridas que te he hecho, porque todavía te queda mucho por vivir.

—Maldito…

—No tanto como tú —ironicé—. Ahora, si me disculpas, tengo algunos asuntos que resolver mientras tú te diviertes con tu juguete nuevo.

Salí de allí sintiéndome algo más ligero al pensar en todo lo que aquel desgraciado sufriría a mis manos a partir de ese momento, hasta que decidiera acabar con su maldita vida.

CHIARA LUCCHESE

Habían pasado dos semanas desde que le conté todo a Matteo y parecía que habíamos vuelto al punto de partida.

Ya no sabía qué hacer. Apenas dormía, castigándome por todo lo que nos había ocurrido. Dio debía de estar cansado de escuchar mis súplicas para que Matt me perdonara y, quizá, su amor consiguiera ablandarle el corazón. Porque creía que todavía me amaba, aunque tal vez el odio lo cegara.

Volví a Sicilia aquel mismo día, después de contárselo todo, pero no lo había visto desde entonces.

Al menos permitía que Sandra, mi hermana e incluso mi amiga Giana me visitaran en la habitación. Aquello era maravilloso, porque conseguían distraerme un poco de la inmensa tristeza que sentía por no verlo.

La barriga empezaba a notarse más y ya percibía pequeños movimientos en el vientre. Todavía no se veían desde fuera, pero sentía a mi bambino dando sus volteretas. Eso tenía el poder de sacarme de la depresión en la que me hundía día tras día, al menos mientras lo sentía.

Sandra me decía que tenía que luchar contra aquella depresión por mi hijo. Intentaba aferrarme a eso, porque ya había perdido la esperanza de recuperar mi matrimonio. Pero no era fácil. Lo mucho que echaba de menos a Matt y la decepción con la que me había mirado no dejaban de atormentarme.

La luz del sol entraba en mi habitación, pero no tenía ánimo ni ganas de levantarme y arreglarme. ¿Para qué? ¿Para ir de la cama a la terraza?

No sabía dónde había quedado mi amor propio. Tampoco sabía qué hacer. Ya no tenía ganas de nada, salvo de hundirme en la tristeza que me consumía.

Una lágrima, una de tantas como había derramado últimamente, me resbaló por la mejilla. La sequé enseguida al oír unos golpes en la puerta.

Miré hacia ella y el corazón se me aceleró con la esperanza de que fuera Matteo, pero apareció Sandra y volví a desanimarme.

—Buongiorno, bambina —saludó, fingiendo un entusiasmo que sabía que tampoco sentía desde que había perdido al amor de su vida.

—Buenos días, Sandra.

—Vamos a levantarnos, ponernos un vestido bonito y salir a pasear un poco. Te pasas el día tumbada aquí y necesitas caminar. Es importante para tu salud física durante el embarazo, pero sobre todo para tu salud mental.

Le dediqué una pequeña sonrisa y me incorporé al ver la bandeja del desayuno que me había traído.

—¿Te has olvidado de que soy una prisionera y no puedo salir de la habitación?

Sonrió de oreja a oreja, fue al vestidor y cogió un vestido de flores, ajustado en el pecho, con un escote discreto y holgado desde el abdomen hasta las rodillas.

—Parece que el corazón de tu carcelero empieza a ablandarse. Me ha pedido que te diga que puedes salir dos veces al día a caminar por el jardín.

La noticia me pilló desprevenida y debió de notárseme que había conseguido animarme un poco.

¿Por fin estaba empezando a perdonarme?

—No quiero darte falsas esperanzas, bambina. Pero confío en que este sea el primer paso para que volváis a acercaros —comentó, cepillándome el pelo con cariño, algo que mi madre nunca había hecho.

—Es lo que más le he pedido a Dio.

—Entonces vamos a animarnos y a luchar, ragazza. Utiliza lo que tienes a tu alcance para reconquistarlo. Ya que te ha dado la oportunidad de bajar, ponte guapa y luce esa sonrisa maravillosa que siempre ha conseguido ablandar a mi bambino. Usa tus armas para volver a acercarlo a ti.

Sus palabras fueron una inyección de ánimo.

Sentí que algo revivía dentro de mí y empecé a pensar que quizá tuviera razón.

En lugar de pasarme el día llorando y dejar que la tristeza me consumiera, tenía que luchar por lo que amaba, por mí y, sobre todo, por mi hijo.

Merecía una familia cariñosa, una que yo nunca había tenido, pero que él sí debía tener.

Me terminé todo el desayuno. Incluso sentí un hambre que no había tenido en mucho tiempo, porque hasta entonces solo me obligaba a comer para no perjudicar al bebé.

Me puse el vestido que Sandra había elegido, unas sandalias de tacón bajo y ancho, porque la barriga todavía no era muy grande, y me maquillé un poco para disimular lo demacrada que estaba.

—¿Mi hermana puede venir con nosotras? —pregunté con cautela.