Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Mi amigo tocaba el claxon para que se apartaran, con las luces de emergencia encendidas. Mientras tanto, llamé al doctor Vittorio Rossi, al que ya habían convocado en el hospital de la mafia por la cantidad de heridos de la famiglia.

—¡Necesito que prepare un equipo de neonatología de inmediato! ¡Chiara está sufriendo un aborto! —ordené en cuanto respondió.

—Sí, señor Lucchese. Lo preparo ahora mismo —contestó, dispuesto a ayudar.

—¡Date prisa, Marco, joder! —le grité al pobre, que ya corría contra el tiempo, mientras le suplicaba a Dio que no me obligara a soportar otra pérdida.

No sabía qué sería de mí si también perdía a la mujer que amaba y a mi bambino—.

¡Chiara, abre los ojos, cazzo! —grité, sujetándole el rostro con ambas manos—.

¡Tienes que luchar por el bebé, Chiara! ¡Por mí!

¿Me has entendido, joder? Tienes mucho por lo que vivir. No te atrevas a rendirte.

Sabía que no debía gritarle, pero necesitaba mantenerla despierta como fuera. Parecía cada vez más lejos y solo abría los ojos con dificultad cuando conseguía hacerla reaccionar.

—P-perd-dóname… —susurró, cada vez más débil. Volvieron a llenárseme los ojos de lágrimas, algo que nunca me ocurría.

La muerte siempre había caminado a mi lado. Mataba a más personas de las que salvaba, pero la posibilidad de perderla sin llegar a escuchar todo lo que le había pasado ni entender por qué era como era me estaba destrozando.

—Shhh… no hables. Ya tendremos tiempo de hablar de eso —dije, intentando aferrarme a una esperanza que cada vez parecía más pequeña.

—Y-yo no q-quería hacer n-nada de a-aquello. T-tienes que c-creerme —volvió a intentar decir con dificultad.

Le acaricié la cara y le pedí que no hablara, pero que siguiera despierta. No podía hacer esfuerzos.

—Hablaremos después, ¿vale? Ahora tenemos que preocuparnos de salvaros a los dos.

Mis palabras le arrancaron una pequeña sonrisa e intentó pedirme que se lo prometiera, pero entonces perdió el conocimiento en mis brazos.

Supe que se había desmayado y que no me había abandonado porque enseguida le busqué el pulso en el cuello y lo encontré.

Débil, pero estaba ahí. El alivio me recorrió.

—Se ha desmayado, Marco. ¡Date prisa, por el amor de Dio!

—Voy lo más rápido que puedo. Ya llegamos. El equipo está preparado ahí delante.

Miré hacia el hospital y sentí alivio al ver que por fin habíamos llegado.

Estarían bien. Tenían que estar bien.

Apenas detuvimos el coche, un equipo médico se acercó, colocó a Chiara en una camilla y la llevó deprisa hacia urgencias. Desde lejos vi cómo le ponían una mascarilla para ayudarla a respirar.

Rellené sus datos casi sin pensar y me condujeron a una zona reservada. Me senté con la cabeza entre las manos, furioso y angustiado por toda la mierda que me había ocurrido durante el último mes.

Si Chiara hubiera confiado en mí, quizá habría conseguido evitar todas aquellas desgracias.

¿Por qué coño no me lo había contado? ¿De verdad pensaba que la mataría?

¿Acaso no fue eso lo que le dijiste? Mi conciencia me acusó, obligándome a recordar que había amenazado con quemarla viva si me traicionaba. También recordé cómo había perdido el control y había estado a punto de asfixiarla al descubrir todo lo que había hecho.

¿Habría sido capaz de llegar hasta el final?, me pregunté, sin conocer la respuesta.

Pero la desesperación que había sentido al encontrarla tan decaída, acorralada y, peor aún, en peligro de perder a nuestro bambino, me había permitido ver lo que el odio me había impedido comprender hasta entonces.

No sería capaz de matarla. No mientras siguiera amándola.

Eso no significaba que la perdonara por lo que me había hecho ni por todo lo que me había obligado a vivir.

Quizá, cuando pasara aquel tormento y se recuperara —porque tenían que sobrevivir, ella y mi bambino—, podría darle la oportunidad de explicarse.

Tal vez algún día consiguiera perdonarla.

En aquel momento, aunque quería dejarlo todo atrás para estar con ella, sabía que no podía.

El dolor y el resentimiento me dominaban por completo, pero eso no significaba que quisiera apartarla para siempre de mi vida.

***

Al cabo de dos horas, quizá más, no sabría decirlo, apareció por fin el doctor Vittorio, con aspecto cansado.

Me levanté de inmediato, con Marco a mi lado. El corazón se me aceleró ante la posibilidad de que no trajera buenas noticias. Intenté interpretar su expresión, pero no conseguí distinguir nada.

Respiré hondo, preparándome para lo que pudiera decirme, y pregunté:

—¿Y bien, doctor? ¿Mi mujer y mi hijo están bien?

—Señor Lucchese, su esposa ha sufrido un desprendimiento considerable de la placenta y por eso ha estado a punto de perder al bebé. Le estamos administrando medicación para intentar que el embarazo siga adelante, pero, como está de casi tres meses, temo que no consigamos salvar al feto.

—¡Al bebé! —lo corregí de inmediato por referirse a mi hijo con lo que me pareció desprecio.

Asintió, avergonzado, y continuó.

—Sí, al bebé. Mantendremos la medicación y, en cuanto vea que ha pasado el mayor riesgo, le daré el alta. Pero ya le adelanto que tendrá que guardar reposo absoluto durante las próximas semanas, quizá meses. Todavía no puedo asegurárselo. Todo dependerá de cómo responda su cuerpo.

Asentí, sin saber muy bien qué decir, pero con la certeza de que haría todo lo que estuviera en mi mano para que ella y mi hijo se recuperaran lo mejor posible.

—Hay algo más. Aquí en el hospital le administraremos un calmante que, por supuesto, no perjudique al fe… al bebé —se corrigió—. Teniendo en cuenta todo lo que ha ocurrido en la mansión, mantendré el tratamiento durante un tiempo cuando vuelva a casa, así que le pido que colabore.

Es decir, que no la altere.

—Por supuesto. Haré lo que sea necesario. —Asintió y se volvió para marcharse, pero lo llamé—. ¿Cuándo podré verla?

—Ya está despierta. Si quiere, puede acompañarme.

No dudé en seguirlo.

—Señora Lucchese, tiene visita. —El doctor anunció mi llegada y entré detrás de él.

El corazón se me desbocó al encontrar aquellos ojos esmeralda que tanto había echado de menos. Me miraban llenos de lágrimas mientras ella se retorcía las manos, angustiada.

Y eso que estaba bajo los efectos de un calmante. No quería imaginar cómo estaría sin él.

—Os dejaré a solas. Si necesitáis algo, pulsad el timbre y uno de nosotros vendrá.

Asentí y me metí las manos en los bolsillos delanteros, sin saber qué decir por primera vez en mi vida. Marco había sacado ropa limpia del maletero y me había cambiado mientras esperaba noticias.

Me senté en la butaca con unas ganas enormes de cogerle las manos, pero tuve que contenerme. Todavía no era el momento.

—El doctor ha dicho que el bebé está bien —rompió el silencio tenso que nos envolvía, apartando la mirada una y otra vez, avergonzada.

—Sí. Has sufrido un desprendimiento, pero, si guardas reposo absoluto, puede que no haya más problemas —respondí, intentando sonar lo más tranquilo posible y omitiendo que había muchas posibilidades de que lo perdiéramos.

Me negaba a creer que pudiera ocurrir.

—Tampoco es que pueda salir a pasearme por ahí, ¿verdad?

—bromeó, intentando aliviar la tensión. Pero mi expresión debió de dejarle claro que había conseguido lo contrario.

Tuve que morderme la lengua para no echarle en cara que ella misma había provocado su encierro, aunque guardé silencio—.

Perdona… —murmuró al darse cuenta de lo que había dicho.

Asentí, sin responder.

Respiré hondo. No quería entrar en aquel tema, pero era necesario. Una parte de mí no dejaba de atormentarme con la posibilidad de que hubiera provocado la amenaza de aborto deliberadamente, aunque me negaba a creer que, después de arrepentirse en la clínica, volviera a intentarlo.

Por eso traté de preguntárselo sin presionarla demasiado, para no ponerla nerviosa.

—¿Qué pasó allí? ¿Por qué estuviste a punto de perder a nuestro bebé? —Me reproché haber dicho «nuestro» en lugar de «mi». Podía darle esperanzas sobre nosotros cuando yo todavía no sabía si las había.

Se mordió los labios, inquieta, y, después de suspirar profundamente, respondió.

—Federico se abalanzó sobre mí, me arrojó lejos de él y perdí el equilibrio. —¡Desgraciado! Cerré los puños, conteniendo la rabia—. Sé lo que habrás pensado. Que intenté abortar otra vez, ¿verdad? —preguntó con tristeza y vergüenza, bajando los ojos, incapaz de mirarme.

—Has sido tú quien me ha hecho pensar que eso era posible, Chiara —dije, arrepintiéndome al instante.

Asintió.

—Lo sé. Pero ya lo quiero, ¿sabes? Desde que supe que estaba embarazada. Por eso no fui capaz de seguir adelante —admitió, todavía en voz baja, pero dispuesta a decir la verdad por primera vez en su vida.

O quizá para seguir adelante con esa venganza que tanto deseaban. Lo pensé, pero volví a guardármelo. Todavía no era el momento de mantener aquella conversación.

—Estoy segura de que crees que ese no fue el motivo.

Pero lo único que me llevó a aquella clínica para abortar fue precisamente intentar evitar que la venganza se cumpliera, porque sabía que era lo que quería mi ma…

Irene —se corrigió—. Pero… —Tragó saliva—.

No fui capaz. Espero que algún día me creas.

Yo también lo espero, pensé, pero me limité a asentir.