Capítulo 37
MATTEO LUCCHESE
El móvil empezó a sonar. Vi que era Leonardo, deslicé el dedo por la pantalla y respondí.
—Sí.
—Señor Lucchese, ¿cómo está Chiara?
—Está bien. Tiene que guardar reposo absoluto, pero está bien. ¿Cómo está mi madre? —pregunté, sintiendo que se me humedecían los ojos al recordar a mi padre y a Carlo tendidos en el suelo, sin vida.
—Mal, señor. Le hemos pedido a Genevive que se quede con ella para que no esté sola. Le hemos dado un calmante y ya han venido a recoger los cuerpos para preparar los velatorios.
Tragué saliva y me apreté la sien, con los codos apoyados en las rodillas. No conseguía mirar a Chiara, aunque sabía que ella me observaba, intentando averiguar qué había pasado.
—De acuerdo. Pídele a Pietro que esté pendiente de ella. Enseguida iré para resolver algunas cosas. ¿Habéis hablado ya con la familia de Carlo?
—Sí, señor. Ya van de camino al instituto de medicina legal.
—Leonardo, ¿puedes venir a quedarte con Chiara para que yo vaya allí?
—Había intentado mantenerlos separados hasta hacerme una idea de la integridad de Leonardo.
Después habíamos tenido una conversación muy esclarecedora, que me había demostrado que realmente no sabía nada de la venganza que su prima había estado tramando contra mí.
Le di la oportunidad de demostrar que estaba de nuestro lado y, gracias a él, habíamos tenido éxito en muchas de nuestras acciones.
A través de su hermano, del que sospechaba que estaba implicado con Irene y Federico, había conseguido pistas que hasta entonces no teníamos.
—Por supuesto. Voy ahora mismo.
Colgué, todavía sin valor para mirar a Chiara.
Una parte de mí quería culparla de todo lo que les había ocurrido a mi padre y a Carlo, pero no quería albergar aquel sentimiento.
Por eso le había pedido a Leonardo que viniera.
Ella necesitaba ayuda y no podía quedarse sola.
Él y Genevive eran los únicos que le quedaban. No sabía si yo también contaba.
Por supuesto que cuidaría de ella para que diera a luz a mi hijo con salud, pero aún no sabía qué lugar ocuparía aquel «nosotros».
—¿Sabías que Leonardo es mi hermano? —preguntó. Me volví hacia ella al instante, intentando comprender de dónde había sacado aquello. Mi expresión debió de dejarle claro que no entendía nada, porque continuó—. Es verdad. La mujer que me crio me lo dijo antes de morir.
—¿Pero estás segura de que es cierto?
Asintió, con la mandíbula tensa de rabia.
—Sí. Dijo que mató a mi madre cuando me tuvo, porque había engañado al padre de Leonardo con el mío. Al menos ahora todo tiene sentido… —murmuró para sí. No pude resistirme a preguntar, ahora que por fin me estaba contando algo de su vida.
—¿Qué tiene sentido?
—Que me odiara toda la vida. Era una bastarda, como ella dijo. —Cerré los puños, deseando tenerla delante para golpearla por el desprecio con el que se había referido a Chiara—. Al menos me lo contó antes de morir. Ahora todo encaja.
Sabía que debería humillarla y hacerle daño como ella me lo había hecho a mí. Pero no conseguía ser tan frío como para maltratarla solo para que sintiera una parte de lo que yo estaba sintiendo. Así que me limité a decir:
—Ella se lo perdió. Debería haber valorado tenerte a su lado. Ha tardado demasiado en morir.
Asintió, mordiéndose el labio inferior, con la mirada perdida, y se secó una lágrima que le resbalaba por la mejilla.
Quería saber qué más le había hecho aquella hija de puta, pero no podía alterarla y tampoco era el momento de hablar de ello.
—¿Están todos bien en la mansión? —No. Tu familia ha matado a mi padre y a mi amigo de la infancia. Eso era lo que quería responderle. Pero, por supuesto, no fue lo que dije.
—Las cosas se irán arreglando.
—¿Cuándo vas a cumplir lo que me prometiste?
La miré de reojo. Había estado a punto de perder el conocimiento, pero, por lo visto, la memoria le funcionaba perfectamente. No se me escapó que estaba aprovechando la situación para acercarse a mí.
Mi mirada debió de bastar para que entendiera el mensaje, porque se encogió de hombros, visiblemente incómoda.
—Perdona. Es que te he echado de menos durante todo este tiempo y quería explicarme, contarte lo que me pasó para que quizá algún día puedas perdonarme.
No pude contener la risa irónica que se me escapó y negué con la cabeza, incrédulo ante lo que estaba oyendo.
—Has tenido meses para hablar conmigo. Al principio me odiabas y yo ni siquiera sabía por qué.
Después te demostré, día tras día, que podías confiar en mí.
¿Y qué hiciste? Seguiste colaborando con una familia que nunca te dio amor.
—Se le llenaron los ojos de lágrimas y volvió el rostro hacia la ventana, visiblemente herida por mis palabras.
Me maldije por ser un hijo de puta insensible—. Perdona, no quería…
—No pasa nada. No has dicho ninguna mentira.
—Chiara… —Intenté decir algo que aliviara la tristeza de su expresión, pero yo también estaba angustiado por todo lo que me había ocurrido aquel día. Así que, cuando negó con la cabeza para pedirme que no hablara, guardé silencio.
—No tienes que quedarte aquí. Leonardo estará a punto de llegar. Puedes irte a hacer lo que tengas que hacer —dijo con brusquedad, aunque era evidente que estaba triste.
—No voy a dejarte sola. Has estado a punto de perder al bebé.
—No estoy sola. ¿O vas a decirme que los perros guardianes no están en la puerta? —Mi expresión debió de confirmárselo, porque arqueó una ceja—. ¿Ves? No estoy sola y tampoco puedo escapar, por si eso es lo que te preocupa.
—Voy a esperar a que llegue Leonardo. No hay más que hablar.
—Como quieras —murmuró, volviendo la mirada hacia la ventana.
El móvil no dejaba de sonar. Tenía que resolver los trámites de los velatorios y otros asuntos, porque habíamos perdido a muchos hombres y la mansión también había quedado destrozada.
Lo más difícil era hacerlo sin que Chiara comprendiera lo que realmente estaba pasando. Aunque ya no intentaba hablar conmigo, escuchaba mis conversaciones y, por mucho que hablara en clave, debía de haber captado alguna que otra cosa.
Unos golpes en la puerta me hicieron mirar hacia ella y apareció Leonardo. En cuanto vio a Chiara, se apresuró a acercarse. Ella ni siquiera intentó disimular la emoción: lo abrazó con fuerza y rompió a llorar desconsoladamente.
—Vas a estar bien, mia ragazza. Ya está todo bien.
Le acariciaba el pelo, cuya suavidad conocía muy bien, y la espalda, intentando calmarla. Nunca había sentido tanta envidia de nadie como en aquel momento. Habría dado cualquier cosa por hacer lo mismo con mi princip… No, con Chiara.
También quedaba pendiente lo de aquel desgraciado con el que Leonardo había perdido por completo el control. Nunca lo había visto así y estaba impaciente por saber más, pero tenía que esperar a que Chiara se recuperara y pudiera hablar sin correr el riesgo de provocarle otra amenaza de aborto.
Todavía no sabía si esperaría a que me lo contara ella o si le sacaría la información al propio hijo de puta.
—Leonardo, voy a ocuparme de esos asuntos. Llámame si ocurre algo, ¿de acuerdo? —Asintió, intentando contener la emoción que le llenaba los ojos—. Volveré en cuanto tenga un momento.
—No te preocupes. Tienes muchas cosas que resolver.
Miré a Chiara, que bajó los ojos hacia su regazo de inmediato, incómoda. Lo peor era que yo me sentía igual. Ni siquiera conseguí despedirme. Salí de la habitación, sintiendo que mi propia actitud me hacía pedazos el corazón.
***
Fueron dos días intensos y terribles, por decirlo de alguna manera.
La angustia me consumía y lo único que quería era tumbarme al lado de mi mujer y recibir sus caricias, pero ni siquiera podía hacer eso, porque el dolor de su traición seguía carcomiéndome.
No conseguía mirarla a los ojos sin recordar lo que había hecho.
Había tenido mucho tiempo para pensar durante aquellos casi dos meses separados y sí, creía que quizá la habían obligado, que tal vez fuera verdad lo que intentó decirme de camino al hospital: que no quería hacerlo. Pero eso no lo hacía más fácil.
Evité visitarla en el hospital. Francesca pasó algún tiempo con ella, y mi madre también, aunque le dije que no hacía falta. Me respondió que necesitaba distraerse y que quedarse donde había compartido tantos momentos con mi padre era peor. Por eso comprendí que quisiera ir.
Todos los días iba al hospital y hablaba con el médico, pero no entraba en la habitación.
Necesitaba tiempo lejos de Chiara y sabía que, dada su situación, no podría seguir evitándola mucho más.
Tenía que actuar con la cabeza. Estar a su lado solo haría que cediera a lo que sentía, y no podía dejarme llevar por los sentimientos.
No había llegado a ser quien era actuando así.
Respiré hondo, consciente de lo que me esperaba, y giré el pomo de la puerta de su habitación para llevármela a casa. ¿Podía habérselo pedido a Marco? Sí, pero después de todo lo que había ocurrido, no iba a correr ese riesgo.
Federico e Ítalo seguían encerrados en la mazmorra, mientras mi hermano se divertía con ellos junto a Marco y Leonardo. Todavía no los quería muertos, al menos hasta descubrir qué le habían hecho a mi mujer.
Si la habían hecho sufrir como sospechaba, sus muertes serían lentas y dolorosas.
—Mira quién ha llegado —dijo Francesca con un entusiasmo que ni Chiara ni yo compartíamos.
—¿Cómo estás? ¿Lista para volver a casa?
—Sí, no aguanto más la comida del hospital. Si tengo que estar encerrada, prefiero estarlo en casa.
Puse los ojos en blanco ante su ironía, pero, para mi sorpresa, Chiara esbozaba una pequeña sonrisa, intentando quitarle tensión al momento.
—Bueno, pues vámonos.
La ayudé a levantarse con cuidado y la senté en la silla de ruedas para que no hiciera ningún esfuerzo.
Tendríamos que ir a la mansión de Palermo, porque estaban reparando las zonas más afectadas de la de Sicilia.
Como había un equipo numeroso trabajando sin descanso, calculaba que bastaría con pasar quince días fuera.
Después prefería volver y estar cerca de mi madre, que se negaba a dejar la mansión para venir a Palermo.