Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

MATTEO LUCCHESE

En cuanto mi padre me avisó de que habían invadido la mansión, comprendí que mi intuición no se había equivocado. Nos habían tendido una emboscada.

Aquellos imbéciles habían incendiado el almacén donde guardaba la mayor parte de la droga que producíamos. Si no hubiera invertido tanto en medidas para contener cualquier incendio, previendo que algún día pudiera ocurrir, habría sufrido pérdidas millonarias.

No podía describir la furia que me consumía desde que había descubierto que mi esposa era una traidora y que su familia estaba detrás de los problemas que llevaba meses sufriendo.

Pero estaba convencido de que tenían los días contados.

Sabía con quién me enfrentaba y Chiara ya no podía pasarles información.

Aun así, no era suficiente. Incluso con ella incomunicada, seguían conociendo mis movimientos, así que alguien de mi confianza continuaba traicionándome.

Pobre desgraciado cuando le pusiera las manos encima.

Habían sido días complicados. También tuvimos que viajar a Estados Unidos por problemas con las entregas de algunos clientes importantes.

Podría haber dejado que Pietro se ocupara, pero no me parecía correcto.

Por eso viajé con él a América y, cuando estábamos a punto de aterrizar, mi padre llamó para contarnos lo que había ocurrido.

Como había previsto que pudiera tratarse de una maniobra para volver a invadir la mansión, había dejado a buena parte de mis hombres ocultos, al acecho.

Ni siquiera los guardias que estaban dentro conocían la verdad: creían que eran los únicos.

De esa manera, reduciría al treinta por ciento las posibilidades de descubrir quién me traicionaba. Y ocurrió exactamente lo que esperaba.

Fuera quien fuera, había avisado a Federico, porque no habían desaprovechado la oportunidad de invadir la mansión.

Cuando llegué, todo era un caos. Me enfureció comprobar cuántos hombres había perdido.

Esta vez habían venido preparados.

Todavía oculto entre los árboles del jardín, accedí desde el móvil a las cámaras y vi a Chiara acorralada en un rincón de su habitación, preparada para enfrentarse a quien intentaba entrar.

Ella no lo sabía, pero, durante todo aquel tiempo en que no había vuelto a su habitación, la había observado a través de unas cámaras ocultas que había instalado allí y a las que solo yo tenía acceso. Era la mejor manera de evitar que volviera a sorprenderme con alguno de sus trucos.

Y de aliviar las ganas de verla que te atormentaban cada día. Aquel pensamiento intentó dejarme en evidencia, pero volví a negar con la cabeza, decidido a no dejarme llevar por esas distracciones.

Miré a Leonardo, que parecía preparado para entrar, y a Pietro, que esperaba mi señal a mi lado.

—Están intentando entrar en la habitación de Chiara —dije en voz baja. Les indiqué con señales de la mano por dónde debían ir y nos pusimos en marcha.

La intención era coger a los rebeldes desprevenidos, ya que contaban con que todavía estuviéramos de viaje.

Dos de ellos me vieron y empezaron a disparar contra mí. Llevaba el chaleco antibalas y no dudé un instante. Me cubría detrás de los pilares para recargar y no fallaba los disparos. Como la mayoría también llevaba chaleco, no perdía tiempo: les apuntaba a la cabeza.

Derribé a cuatro en pocos minutos, mientras veía a Leonardo y a Pietro hacer lo mismo detrás de mí.

Marco y Carlo ya habían entrado. Me comuniqué con ellos por radio para que impidieran que se llevaran a Chiara, porque ya imaginaba qué buscaban. Querían a mi hijo y a mi mujer.

¡Exmujer!, me corregí al instante.

Por fin conseguí subir las escaleras y me dirigí hacia las habitaciones donde estaban mis padres y donde habían quedado encerradas Chiara y Genevive.

Mientras avanzaba, oí un grito de mi madre y el corazón se me aceleró al instante. Se intercambiaron varios disparos. Pietro y yo nos miramos y echamos a correr hacia su habitación tan deprisa como pudimos.

—¡No! —gritó mi madre entre sollozos.

Al acercarnos, vi a un hombre que me resultaba familiar. Nos miró y, en cuanto nos reconoció, salió corriendo en dirección contraria.

Pietro y yo empezamos a dispararle en perfecta sintonía. Vi cómo una de mis balas le alcanzaba una pierna y Pietro acertaba en la otra.

—¡Matteo, ven aquí! —oí gritar a Leonardo. El hombre cayó y mi hermano corrió hacia el maledetto. Dejé que comprobara quién era y se asegurara de su muerte, mientras yo entraba en la habitación de mi madre.

No estaba preparado para lo que encontré. Durante un instante, la escena que tenía delante me dejó conmocionado.

—¡Papà! —grité, corriendo hacia él. Estaba tendido en el suelo con un disparo en la garganta, porque también llevaba un chaleco que le protegía el pecho.

La sangre le salía del cuerpo y formaba un charco enorme. Mi madre estaba inclinada sobre él, llorando, gritando y llamándolo de una forma que me desgarraba el corazón.

No pude contener las lágrimas, pero intenté mantener la cabeza fría. Era el capo de toda aquella mierda y tenía que actuar con sensatez.

Intenté tomarle el pulso y solo confirmé lo que había sabido nada más verlo: aquel desgraciado lo había matado en el acto.

La furia se apoderó de mí. Acabaría con cualquiera que se atreviera a tocar a mi familia.

—¡Mamma! —Me acerqué y la abracé, manchándome con la sangre del hombre al que siempre había considerado mi héroe.

—¡Se ha ido, Matt! ¡Se ha ido! —Gritaba y lloraba. Fue el peor momento de mi vida, sobre todo porque intentaba mantenerme fuerte cuando solo quería dejarme caer y llorar con ella.

¡Pero no podía!

Le sujeté el rostro entre las manos, en medio de las lágrimas, y hablé con todo mi corazón.

—¡Voy a vengar la muerte de mi padre!

Asintió y volvió a inclinarse sobre él, mientras Leonardo hablaba.

—¡Chiara! ¡Voy a buscarla!

Salió corriendo delante de mí. Cuando Pietro llegó a la puerta y vio la misma escena que yo, quedó destrozado.

—Quédate con ella. Voy a acabar con esos desgraciados.

El pecho parecía a punto de estallarme de tristeza, y aquel dolor solo alimentó la rabia que descargaba contra cada maledetto que se cruzaba en mi camino.

Vi a lo lejos a Leonardo entrar en la habitación de Chiara. Después de matar a otros tres que intentaron enfrentarse a mí, por fin llegué hasta allí.

La odiaba con todas mis fuerzas, pero no podía negar el alivio que sentí al encontrarla viva, aunque estaba asustada y encogida en un rincón. Ni siquiera parecía la misma ragazza que siempre me plantaba cara. Algo iba mal.

Cuando oí la orden de Leonardo y lo que aquel desgraciado dijo para provocarlo sobre mi mujer, no quise creer lo que estaba insinuando. No podía haberse atrevido a tocarla, ¿verdad?

¿Qué coño me había perdido?

Le ordené a Leonardo que lo llevara a la mazmorra junto con el desgraciado de Federico, que todavía tuvo la osadía de mirarme con odio.

Después me acerqué a Chiara para comprobar qué le pasaba.

Aunque me miraba, parecía ausente, como si sintiera las mismas ganas de volver a estar conmigo que yo había luchado tanto por no sentir.

Al tirar de ella para ayudarla a levantarse, vi que tenía los brazos manchados de sangre. Al principio pensé que sería de su desgraciada madre, que por fin había muerto. No como yo habría querido, pero al menos teníamos un problema menos.

Sin embargo, al comprobar que no estaba herida, que el suelo donde se había sentado también estaba lleno de sangre y que se apretaba el vientre con una mano, comprendí la gravedad de lo que estaba pasando.

Estaba sufriendo un aborto.

No lo dudé. Dejé a un lado cualquier odio, la tomé en brazos y corrí hacia el coche para llevarla al hospital.

Carlo y Marco me encontraron por el camino.

—¿Qué está pasando? ¿La han herido? —preguntó Marco.

—Es el bebé. Está sangrando.

—¡Dio! Vamos, os cubro —dijo Carlo, adelantándose mientras Marco hacía lo mismo. Acabaron con los pocos hombres que todavía quedaban de la invasión.

Intentaba hablar con Chiara para que se mantuviera despierta, pero cada vez parecía más difícil conseguirlo.

Me pedía perdón e intentaba decirme cosas, pero no podía concentrarme en sus palabras. Por primera vez en aquellos casi dos meses, quería escuchar lo que tenía que contarme. Que me explicara por qué había hecho todo aquello. Por qué me había traicionado así.

Pero no era el momento. Intenté dejarlo a un lado y tranquilizarla.

Cuando por fin llegamos al jardín, encontré el coche esperándonos. Marco ya había pedido que lo trajeran. Corrimos hacia él, pero un disparo cercano me hizo volver la cabeza. Busqué de dónde venía y vi a uno de mis guardias apuntándome, con Chiara prácticamente inconsciente entre mis brazos.

¡Fabrizio!

El disparo iba a alcanzarme. Cuando me di cuenta, la bala ya venía hacia mí.

Cerré los ojos e intenté girarme para proteger a la mujer que llevaba en brazos y a mi bambino.

Por el rabillo del ojo apenas alcancé a ver un cuerpo interponerse y recibir el impacto.

De pronto, varios disparos alcanzaron al maldito traidor, que cayó acribillado.

Miré a quien había recibido la bala por mí y me maldije por haber bajado la guardia.

—¡Carlo! —grité, agachándome sin soltar a Chiara. Le habían disparado en la cara y había muerto en el acto—. ¡No! —grité, fuera de mí—. ¡Tú tampoco!

Marco apareció a mi lado y se arrodilló junto a nuestro amigo de la infancia. Buscó algún signo de vida, pero negó con la cabeza, confirmando lo que ya sabíamos y aun así necesitábamos comprobar.

Con cierta dificultad, alcé la mano derecha y le cerré los ojos entreabiertos, abrumado por el dolor.

¡Debería haber sido yo! ¡Me había salvado la vida!

—Idiota, no tendrías que haberlo hecho —le dije, sintiendo las lágrimas resbalarme por la cara al comprender que ya había perdido a dos personas importantes y que Chiara y mi hijo podían correr la misma suerte—. Voy a vengar tu muerte, amigo mío. ¡Te lo prometo!

Tragué saliva y me levanté, intentando recuperar una frialdad que me había abandonado.

Entré en el coche con Chiara y la acomodé sobre mi regazo mientras Marco se ponía al volante y salía a toda velocidad hacia el hospital.