Capítulo 35
CHIARA LUCCHESE
Mi madre y su marido entraron deprisa en la habitación y cerraron la puerta a sus espaldas.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —grité, bajando la daga un instante—. ¿Estáis atacando la mansión? ¿Os habéis vuelto locos?
Los dos se acercaron rápidamente, pero, al ver el odio con el que me miraban, comprendí que me había convertido en su enemiga.
Mi padrastro me agarró del pelo con brutalidad y me gritó a la cara, mientras mi madre se limitaba a observar sin importarle lo que hacía.
—¡Estuviste a punto de echarlo todo a perder yendo a esa clínica para abortar, maledetta!
—¿C-cómo lo sabéis? —pregunté, sin poder creer que lo hubieran descubierto.
Federico me arrojó lejos de él. Tropecé con mis propias piernas y caí al suelo. La daga se me escapó de los dedos y un dolor insoportable me atravesó el vientre con el impacto.
Me llevé las manos al abdomen, suplicándole a Dio que no permitiera que le ocurriera nada a mi bambino.
—¿De verdad pensabas que íbamos a confiar solo en ti, Chiara? —preguntó mi madre con su tono autoritario—. Tenemos a un infiltrado en la mansión. Si hubiéramos dependido de la información que nos dabas, seguiríamos sin haber hecho nada.
Un infiltrato. ¿Cómo no había pensado en eso?
Abrí los ojos, intentando recuperarme de aquel dolor que parecía ir en aumento, y busqué mi daga. En cuanto la vi, a un metro aproximadamente, empecé a pensar cómo alcanzarla antes que mi madre, que estaba más cerca.
—Habéis preparado las emboscadas de Estados Unidos y del almacén, ¿verdad? —deduje, intentando ganar tiempo.
Mi madre parecía nerviosa al oír los disparos y las bombas que estallaban sin cesar.
—Claro. ¿De qué otra forma íbamos a conseguir que la mayoría de los guardias salieran de la mansión? —respondió su marido con orgullo—. ¡Ahora levántate! Tenemos que irnos —ordenó, sacando el revólver y apuntándome.
Me levanté con dificultad por el dolor, pero aproveché para acercarme a la daga.
—¡Te vas a arrepentir de haberme ocultado este embarazo, desagradecida!
—gritó mi madre, dándome una bofetada—. ¿Enamorarte del asesino de tu padre, Chiara?
¿Cuándo te convertiste en una cobarde incapaz de dejar el corazón a un lado?
—Me zarandeó con fuerza y me empujó, descargando toda su ira en cada palabra.
—¡Matteo me dijo que él no lo mató! Me mentiste. ¿Por qué? Fuiste tú, ¿verdad? —Miré a mi padrastro, que parecía encantado con el rumbo de la conversación.
Arqueó una ceja con absoluto desprecio y se cruzó de brazos.
—¿De verdad crees que fui yo? Bien podría haberlo hecho, pero esta vez no fui, principessa —me provocó, con todavía más sorna.
—¡No te creo!
Se encogió de hombros.
—No voy a poder dormir esta noche por eso.
—¡Eres una imbécil! Nunca debería haberte confiado una venganza tan importante. ¡Has sido mi mayor error! Tendría que haberte tirado a la basura cuando tuve la oportunidad —me espetó mi madre, mirándome con desprecio. Aunque sabía cuánto parecía odiarme, cada una de sus palabras me dolió.
—¿Por qué me odias tanto? —Me acerqué despacio, harta de cómo me había tratado siempre.
Los disparos no cesaban fuera, pero ya no me importaba—.
¿Qué problema tienes conmigo? —grité, fuera de mí—.
Nunca me has dado amor ni cariño. Solo me pegabas.
Nunca te importaron las palizas de este desgraciado, que no hacía más que golpearme y estuvo a punto de violarme varias veces.
Nada de lo que decía parecía afectarla. Seguía mirándome con la rabia reflejada en los ojos.
—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó en voz baja, con una frialdad que me erizó la piel—. Siempre has sido una bastarda, gracias al desgraciado infiel de tu padre, que se acostó con la zorra de mi hermana y te tuvo a ti de regalo.
Sus palabras me dejaron conmocionada y di un paso, aturdida por la revelación.
—¿T-tu hermana? —pregunté, intentando asimilarlo—. Pero mi tía murió durante el parto y el bebé tampoco sobrevivió.
Una carcajada siniestra resonó en la habitación, aunque era evidente que no le hacía gracia nada de aquello.
—Esa fue la excusa que inventé y que hice creer a todos después de matarla en el hospital.
—La miré horrorizada, con la vista nublada, sin poder creer que aquella mujer que siempre había dicho ser mi madre pudiera ser un monstruo—.
Sí que pensé en deshacerme de ti, pero el imbécil de tu padre no se separaba de ti en la sala de recién nacidos.
Parecía intuir lo que podía pasarte, así que se hizo cargo de ti sin pensárselo dos veces.
Sus palabras se repetían en mi cabeza, dejándome cada vez más alterada con todo lo que estaba descubriendo. Por fin empezaba a encajar: que me odiara a mí y a Genevive no.
¿Entonces Leonardo es mi hermano?, pensé, atónita.
—¡Bingo! Has descubierto América —soltó con ironía, haciéndome comprender que no lo había pensado, sino dicho en voz alta.
—¿Ya habéis terminado? ¿Podéis dejar esta conversación para después, joder? —gritó Federico—. Vámonos de una vez, antes de que ya no podamos salir. Puede que no consigamos hacernos con la famiglia, pero al menos sacaré una buena suma por tu secuestro.
Volvió a pillarme desprevenida, todavía conmocionada por lo que me había contado la mujer que creía que era mi madre. Me agarró del pelo con fuerza y me colocó delante de él. Al cabo de unos segundos reaccioné y le respondí con ironía, porque estaba muy equivocado.
—Eres un idiota si crees que Matteo va a pagar un solo céntimo por mí. Me odia por vuestra culpa, desgraciados.
Un golpe con el arma me hizo girar la cara. Me ardía la piel y sentí la sangre resbalarme por el rostro. Miré a la mujer que me había maltratado toda la vida con más odio del que jamás había sentido por nadie.
—No pagará nada por ti. Tendría que ser un idiota para hacerlo. ¡Pero por su heredero pagará lo que le pidamos! —respondió con convicción. Se dirigió a la puerta, indicándole a Federico que la siguiera, y él me empujó la cabeza para que avanzara.
Vi por el rabillo del ojo que la daga estaba junto a mi pie, pero no podía cogerla con aquel desgraciado sujetándome el pelo con tanta fuerza.
Me dolía muchísimo el vientre y empezaba a preocuparme por lo que pudiera estar pasándole a mi bebé.
Si me iba con ellos, mi hijo no sobreviviría y ni siquiera habría un bebé al que Matteo pudiera rescatar.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me reproché aquella reacción.
Si Irene me había enseñado algo, era a ser fuerte, después de todo lo que me había hecho sufrir.
Abrió la puerta y respiré hondo, buscando algún golpe que pudiera darle a Federico para ganar tiempo.
En cuanto ella dio un paso fuera, un disparo todavía más cercano me retumbó en los oídos.
Me encogí, preguntándome si me habían alcanzado, pero entonces vi a Irene desplomarse con un tiro en medio de la frente.
Podría decir que sentí tristeza ante lo que tenía delante, pero, sinceramente, no fue así. Era lo que se merecía por todas las desgracias que me había hecho pasar.
Se intercambiaron más disparos y aproveché el sobresalto de Federico para darle un codazo en el estómago con todas mis fuerzas. Se separó unos centímetros de mí, rugiendo de dolor.
—¡Desgraciada!
Me agaché deprisa y cogí la daga, sintiendo que el vientre me ardía y apenas pudiendo mantenerme en pie. Cuando volvió a acercarse, me giré, encorvada por el dolor, pero con tanto odio por todo lo que me había hecho aquel desgraciado que le hundí la hoja en el abdomen con todas mis fuerzas.
Su grito se oyó más allá de la habitación. Retrocedió tambaleándose y se llevó la mano a la herida. Si una mirada pudiera matar, la suya lo habría hecho.
—Vas a pagar muy caro lo que acabas de hacer, maledetta.
—Nunca volverás a ponerme un dedo encima, ni mucho menos esa mierda que tienes entre las piernas —dije con dificultad, sintiendo algo caliente entre las piernas.
—¿Dónde coño estáis? —Un hombre irrumpió en la habitación y, cuando lo miré, no pude creer lo que tenía delante.
Las piernas me fallaron y empecé a temblar con tanta fuerza que pensé que sufriría una crisis nerviosa en cualquier momento.
—¿Me has echado de menos, ragazza?
Las imágenes de cuatro años atrás me invadieron: la visita a la feria con Leonardo y todo lo que aquel desgraciado me había hecho sufrir.
El odio me recorrió las venas. No podía creer que, después de tanto tiempo, volviera a verlo allí, al lado de aquel otro miserable que tanto daño me había hecho y al que odiaba con todas mis fuerzas.
—¿Te ha gustado la sorpresa, principessa? —preguntó Federico con ironía, aunque el dolor le dificultaba hablar—. Ítalo y yo nos lo vamos a pasar muy bien contigo más tarde, ¿verdad, hermano?
Aquella sonrisa horripilante que me había atormentado tantas noches apareció en su rostro. Un escalofrío me recorrió la espalda porque sabía muy bien qué tenían pensado hacer. Pero moriría luchando antes de permitir que me tocaran.
—Nunca volveréis a tocarme —dije despacio, con toda la furia que me consumía.
En ese momento empezaron a aparecer varios guardias y respiré aliviada al reconocer a la mayoría.
Por lo poco que alcanzaba a ver del pasillo a través de la puerta que Irene había abierto, los escasos rebeldes de Federico iban cayendo.
Él vio lo mismo que yo y salió corriendo hacia el balcón para escapar, más despacio por la herida, con la ayuda de aquel desgraciado de Ítalo.
Quería correr detrás de ellos y acabar con sus vidas, pero el dolor era demasiado intenso y no podía.
Me arrodillé, apretándome el vientre, y rompí a llorar sin control.
—Por favor, no puedo perderte. Eres todo lo que tengo. Por favor.
De pronto, varios guardias entraron en la habitación y encontraron a mi padrastro y a su hermano a punto de saltar del balcón.
Debieron de ver a otros hombres abajo, porque los dos maldijeron y negaron con la cabeza, incrédulos, al volverse hacia quienes acababan de alcanzarlos.
Ítalo sacó el arma y empezó a dispararles, pero eran demasiados.
Aunque alcanzara a alguno, no conseguirían escapar.
Me invadió el alivio al comprender que esta vez no se saldrían con la suya. Oí los golpes que les propinaban los guardias cuando por fin los redujeron.
Escuché pasos apresurados en el pasillo y vi aparecer a Leonardo en la puerta.
Su mirada encontró la mía y respiró aliviado al verme viva.
Después miró a mi madre y sus ojos verdes, iguales a los míos, parecieron oscurecerse.
Cuando levantó la vista y vio a Federico y a Ítalo, supe que había reconocido al maledetto: tensó la mandíbula y cerró los puños, preparándose para pelear.
Su orden resonó en la habitación, cargada de una rabia que solo le había visto una vez, aquel maldito día de hacía cuatro años.
—Soltadlo.
Entonces, como si mi cuerpo hubiera percibido su presencia, miré hacia atrás y vi al hombre al que tanto amaba, inmóvil en la puerta.
Sus ojos se encontraron con los míos y, aunque quizá me lo estaba imaginando, creí ver alivio en ellos.
Miró a Federico y a su cómplice y tensó la mandíbula y los puños.
Entornó los ojos al mirar a mi primo, pero no dijo nada.
Podía estar equivocada, porque el dolor cada vez más intenso me nublaba la vista, pero parecía querer ver qué iba a hacer Leonardo.
—¡Ahora sí que te mato, desgraciado! —rugió Leonardo, agarrándolo por el cuello de la camisa y propinándole un puñetazo tras otro. Ítalo retrocedió tambaleándose e intentó defenderse, pero había recibido tantos golpes que no podía.
—¿Qué pasa? Pensaba divertirme otra vez con la zorra delante de ti.
Deberías darme las gracias por lo que hice.
Tuviste unas vistas privilegiadas —lo provocó aquel desgraciado, escupiendo sangre.
Sus palabras me dolieron como si todo hubiera ocurrido aquel mismo día y bajé la mirada al suelo, profundamente avergonzada.
—¡Si supieras cuánto he soñado con este día, no te atreverías a provocarme! —le gritó Leonardo a la cara, sin dejar de abalanzarse sobre él.
Matteo se acercó a Leonardo y tiró de él hasta quedar frente a frente.
—¿Qué coño está pasando aquí? ¿De qué estás hablando? —Miró a mi primo y después a mí. Vi en sus ojos que no quería creer lo que estaba imaginando—. ¡Llevadlo a la mazmorra ahora mismo!
Leonardo me miró y se limitó a responder en voz baja.
—No me corresponde a mí contarlo. Deberías hablar con tu mujer.
Quise que me tragara la tierra ante la mirada llena de ira que Matteo me dirigía por haberle ocultado tantas cosas. Mi primo pasó junto a él, volvió a acercarse a Ítalo y lo agarró para llevárselo a la mazmorra, pasando por nuestro lado.
A pesar de la rabia que desprendía, mi marido se acercó y me tomó en brazos al darse cuenta de que no estaba bien. Miró al suelo y vio a mi madre tendida sobre un charco de sangre. El lugar donde yo estaba también estaba manchado de sangre.
—¡Dio! ¿Qué te pasa?
El dolor era tan intenso, las ganas de volver a estar con Matteo tan abrumadoras y el alivio de que me hubiera encontrado quizá a tiempo tan grande que no pude contener el llanto.
Me aferré a su ropa sucia, también ensangrentada, pero no me importó.
Lo necesitaba cerca, aunque fuera por última vez. Sin él no podría soportarlo.
—¡Me duele!
—¡Quédate conmigo, Chiara! No cierres los ojos. Voy a llevarte al hospital.
¿Había cerrado los ojos?
Estaba tan aturdida que ni siquiera me había dado cuenta de que habíamos salido de la habitación y ya estábamos fuera de la mansión.
—Vas a estar bien. Tú y nuestro bambino vais a estar bien. ¡Te lo prometo!
Quería creerlo, pero, como todo en mi vida parecía venirse abajo, ya no me quedaban esperanzas.
Quizá morir fuera mejor si perdía a mi bambino. Ya había perdido a Matteo. Irene había muerto y Federico e Ítalo correrían la misma suerte. Mi hermana estaría bien. Tenía a Leonardo.
—¡Chiara, abre los ojos, cazzo! —gritó Matteo, sujetándome el rostro con ambas manos. ¿Estábamos dentro del coche?—. ¡Tienes que luchar por el bebé, Chiara! ¡Por mí! ¿Me has entendido, joder? Tienes mucho por lo que vivir. No te atrevas a rendirte.
Quería luchar, pero cada vez me costaba más. Me sentía débil y los párpados me pesaban.
—P-perd-dóname… —intenté decir, pero apenas me salió un susurro.
—Shhh… no hables. Ya tendremos tiempo de hablar de eso.
Pero necesitaba hacerlo. Quizá porque, después de casi dos meses, por fin tenía la oportunidad de volver a verlo. Necesitaba que supiera la verdad, así que me obligué a hablar, aunque me costara.
—Y-yo no q-quería hacer n-nada de a-aquello. T-tienes que c-creerme.
Sentí sus manos acariciándome la cara mientras volvía a pedirme que no hablara.
—Hablaremos después, ¿vale? Ahora tenemos que preocuparnos de salvaros a los dos.
Aunque sentía que las fuerzas me abandonaban, una esperanza se encendió dentro de mí: quizá aún tuviera una segunda oportunidad de ser feliz.
—P-promé… —No conseguí terminar. Una punzada terrible en el vientre me hizo gritar y retorcerme de dolor.
Sentí las manos de Matteo sosteniéndome la cabeza contra su pecho, intentando tranquilizarme mientras le gritaba algo a Marco. Pero no conseguía entenderlo y, de pronto, todo desapareció de mi vista.