Capítulo 34 #3
Sabía que quería tener noticias de ella, aunque no me hubiera atrevido a preguntar.
Me levanté sin pensarlo y la abracé con fuerza, llorando todavía más, porque estaba siendo más madre para mí de lo que la mía lo había sido nunca.
—¡Gracias por todo! Gracias por dejarme conocer el amor de una madre, aunque sea por poco tiempo. ¡Muchas gracias! Estoy segura de que mi bambino tendrá a la mejor abuela para criarlo, junto al mejor padre.
Se me encogió el pecho ante la posibilidad de no estar allí para verlo, pero me aliviaba saber que tendría a personas tan buenas a su lado para enseñarle lo que yo no había tenido la suerte de conocer.
Me estrechó entre sus brazos mientras hablaba.
—No todo está perdido, bambina, y creo que estarás con nosotros para criarlo.
Me dio un beso lleno de cariño en la mejilla.
—Ahora ve a comer, que no quiero que mi nieto pase hambre.
Solté una risa, más tranquila, e hice lo que me pedía.
La angustia por lo que Matteo pudiera encontrarse seguía consumiéndome, pero una pequeña parte de mí creía que quizá Sandra tuviera razón y no todo estuviera perdido.
***
Resultaba casi irónico que lo que me había impedido contarle la verdad a Matteo fuera el miedo a morir, cuando eso era precisamente lo que me esperaba en cuanto naciera mi bambino. Si no moría a manos de mi madre, lo haría a manos de mi marido.
¿Por qué no se lo había contado antes?
Había sido una cobarde y merecía aquel mes y medio encerrada en la habitación. Era poco comparado con lo que me esperaba.
La tardanza de Matteo seguía angustiándome. Todos los días, cuando Francesca me traía alguna comida, le preguntaba si había vuelto. Y cada vez me miraba con tristeza y me decía que no.
Un rato antes, al traerme la cena, me había contado que habían sufrido algunos contratiempos que estaban retrasando su regreso.
Sentía que el pecho iba a estallarme de tanta angustia ante la posibilidad de que Federico consiguiera matarlo.
No sabía si estaban al tanto de mi embarazo, pero, si lo estaban, les bastaría para no perder más tiempo.
Al menos esta vez Matteo sabía qué esperar y de quién. Ya no estaba ciego ante las personas que lo rodeaban.
Después de ducharme y cenar, me acosté, pero no dejaba de dar vueltas en la cama.
Ya no tenía el móvil para mirar las fotos que nos habíamos hecho durante el poco tiempo que habíamos pasado juntos. Al menos conservaba el marco con nuestra foto, que me ayudaba a aliviar un poco la añoranza.
Me llevé una mano al vientre, donde empezaba a notarse una pequeña curva. Quien no me conociera no habría percibido el cambio, pero, cuando estaba desnuda, yo ya distinguía la diferencia en mi cuerpo.
—Papá debe de estar a punto de volver, bambino. Está enfadado con mamá, pero estoy segura de que te va a querer muchísimo, ¿vale?
Dejé el marco en su sitio, me tumbé de lado y sentí el metal frío bajo la almohada. No sabía si mi marido se había olvidado de la daga que me había regalado o si simplemente había permitido que conservara un arma para defenderme en caso de necesidad, pero agradecía que no me la hubiera quitado.
Para ser sincera, no creía que se hubiera acordado. ¿Cómo iba a dejarme un arma con la que podría matar a su heredero después de saber que había estado a punto de abortar?
Intenté ignorar aquella vocecita que insistía en decirme que todavía se preocupaba por mí y traté de dormir.
Después de casi una hora preguntándome por qué Matteo tardaba tanto en volver a la mansión, el sueño empezó a vencerme. Pero, cuando comenzaba a cerrar los ojos, un estruendo me hizo saltar de la cama, sobresaltada.
Como si supiera que tenía que protegerme, cogí rápidamente la daga de debajo de la almohada y me mantuve alerta.
Otro estruendo, esta vez más cerca, me hizo temblar de miedo ante la posibilidad de que estuvieran intentando invadir la mansión de nuevo.
Corrí al vestidor y cogí unos pantalones negros cómodos, una camiseta y una sudadera con capucha del mismo color. Cerré la puerta con llave, me quité el camisón deprisa, me vestí y me puse unas zapatillas.
Volví a desbloquear la cerradura mientras oía disparos cada vez más cerca. El corazón me latía desbocado y me pregunté quién habría preparado aquella nueva emboscada.
Algo golpeó la puerta y la hizo temblar. Retrocedí unos pasos, aterrada ante la posibilidad de que le ocurriera algo a mi hijo, y mantuve la daga apuntando hacia la entrada de la habitación.
Las piernas me flaqueaban y el corazón me golpeaba las costillas cada vez con más fuerza.
Los ruidos me aterraban. Oía golpes, como si estuvieran peleándose a puñetazos al otro lado. Se intercambiaban disparos, estallaban bombas y no sabía qué esperar.
De pronto sonó otro disparo cerca de mi puerta y las aparentes peleas cesaron.
Me pregunté quién habría matado a quién. ¿Mattia o Fabrizio habían acabado con los que se acercaban, o los habían matado a ellos?
Empezaron a desbloquear la cerradura, pero no me pareció una buena señal. Cuando la puerta se abrió, las piernas me fallaron por completo y estuve a punto de caer.
—¡Te he encontrado, desgraciada!