Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Estiré las piernas, apoyé la cabeza en la butaca y cerré los ojos. Solo quería perder el conocimiento un instante y olvidar que mi vida se había convertido en un infierno de un momento a otro.

Pero no lo conseguía. No podía dormir, no tenía hambre. Solo quería hundirme en la bebida. Al menos me adormecía y me permitía olvidar dónde estaba y todo lo que me estaba pasando.

A través del ventanal vi que se había hecho de noche y yo seguía igual.

Encendí un puro, con cierta dificultad por la borrachera, y empecé a aspirar el humo. La nicotina también surtió el efecto que buscaba y mitigó el dolor que me consumía.

Pocos minutos después llamaron a la puerta. Guardé silencio, con la esperanza de que quien estuviera al otro lado captara el mensaje y se marchara. Pero, por supuesto, no ocurrió, y la puerta se abrió despacio.

Los pasos pesados me indicaron que era un hombre. Por el rabillo del ojo vi que se trataba de Marco.

—¿Qué pasa? ¿Tienes alguna otra mierda que contarme?

No respondió. Al ver la botella vacía hecha añicos a pocos metros, me quitó la otra que tenía al lado.

—Creo que ya has bebido demasiado.

Quise protestar y mandarlo al infierno, pero ni siquiera tenía fuerzas para eso. Me pesaban los párpados y cada vez me costaba más mantener los ojos abiertos.

—Creo que no está en condiciones de tomar ninguna decisión. —Lo oí hablar con alguien e intenté replicar, pero mis sentidos parecían cada vez más lejanos.

—Vamos a llevarlo a una habitación. Mañana resolveremos esto.

—Q-quiero… a-aquí… —intenté decir, pero todo me resultaba demasiado difícil.

Sentí que me llevaban en brazos. Nunca me había sentido tan confuso. De pronto, unos chorros de agua helada me golpearon la cara. Intenté apartarme, pero algo me sujetaba y, después de lo que parecieron horas, por fin perdí el conocimiento.

***

Me dolía tanto la cabeza que la luz de la ventana me molestaba en los ojos.

Los abrí con mucho esfuerzo, me volví de espaldas a la claridad y miré a mi alrededor.

Estaba tumbado en una habitación de invitados, solo con los calzoncillos puestos.

Miré el reloj de la mesilla y vi que pasaban de las siete.

Habían dejado ropa limpia para mí, una pastilla y un vaso de zumo de naranja. Cosa de mi madre, sin duda.

Lo único que quería era seguir tumbado, ajeno a toda la mierda que me esperaba ahí fuera, pero no podía continuar hundiéndome por una traidora que no me había valorado y me había apuñalado por la espalda.

Chiara no merecía que me comportara así. Tenía que vengar a mi familia y a los hombres que habían muerto por culpa de las artimañas de aquellos desgraciados que intentaban destruirnos.

Me levanté y fui directo a la ducha. Recordaba vagamente que me habían dado una ducha fría de madrugada, pero necesitaba despejarme, sin alcohol en las venas.

Después de media hora bajo el agua, me vestí y me tomé la pastilla con el zumo que había dejado mi madre.

Salí al pasillo y vi al fondo la puerta de la habitación en la que había dormido hasta la noche anterior, con Mattia y Leonardo vigilando.

Se me encogió el pecho, pero negué con la cabeza y bajé las escaleras, sin querer pensar en aquella maledetta.

Cuando entré en el comedor, todos estaban sentados desayunando. Dejaron de hablar al verme, lo que solo confirmó que estaban hablando de mí o de mi exmujer, porque eso era lo que ella pronto sería.

—Buenos días —saludé, sentándome y sirviéndome una taza de café fuerte.

La verdad era que no quería comer nada, pero me obligaría a hacerlo. Tenía que retomar mi vida y no podía dejarme vencer por alguien que no lo merecía.

—¿Estás mejor, bambino? —Mi madre fue la única que se atrevió a preguntar. Intenté sonreír para tranquilizarla, pero no pude fingir tanto, así que me limité a asentir.

—Sí. Disculpad lo de ayer. No volverá a ocurrir —les dije antes de dar otro sorbo al café.

Pietro asintió y mi padre me observó de una manera que me incomodó. Parecía triste, y eso me destrozó.

Aparté la mirada y me volví hacia Pietro.

—¿Hay noticias de lo que te ordené?

—Sí, pero no son buenas.

Puse los ojos en blanco y me apreté la sien, que todavía me dolía. Nadie me había obligado a beberme una botella y media de whisky la noche anterior.

—¿Qué ha pasado esta vez? —pregunté con impaciencia.

—Marco y Carlo están buscando a Irene y Federico con el equipo. Han desaparecido.

Lo miré sin poder creerlo.

—¿Cómo que han desaparecido? Chiara no tenía forma de saber nada. ¿Le quitasteis el teléfono en cuanto lo ordené? —exigí saber.

—Yo estuve con la ragazza hasta que Pietro volvió con tus órdenes. Estaba destrozada, ni siquiera pensó en coger el móvil —la defendió mi madre.

—¿De qué lado estás tú?

Abrió la boca para responder, pero prefirió guardar silencio. Después habló con calma.

—Cuando te tranquilices, volveremos a hablar de ella.

—Para mí, ese tema está zanjado. Solo volveré a hablar de ello cuando nazca mi hijo.

—Sobre eso… —intervino Pietro. Lo miré con rabia y, aunque se sintió incómodo, continuó—.

Será mejor hablarlo después. —Cambió de idea—.

Respondiendo a tu primera pregunta, aparte de la desaparición de Irene y Federico, Genevive está encerrada en su habitación, sin entender nada, la pobre.

Nuestros hombres seguían vigilando su puerta cuando llegó Marco.

Parece que alguien le dijo algo a su padrastro, porque los dos salieron corriendo con lo puesto.

—Alguien los ha avisado. Solo tenemos que averiguar quién —concluyó mi padre—. Pero seguro que no ha sido Chiara.

—Tenemos otro infiltrado —deduje, y Pietro intervino.

—¿Y si ha sido Leonardo? —Lo miré, entornando los ojos—. Son primos. Probablemente sabe todo lo que hacía ella.

—Tiene sentido. ¿Dónde está? —pregunté.

—Vigilando la puerta de Chiara con Mattia.

Algo me decía que no había sido él. Por lo que Chiara me había contado, no se llevaba bien con los Caruso. Su madre se había puesto como loca al enterarse de que sería nuestro padrino de boda. Pero, después de que mi esposa me hubiera traicionado, ya no iba a pasar por alto nada.

Cogí el móvil y llamé a Marco.

—¿Sí, jefe?

—Dile a Leonardo que venga a mi despacho y pon a otro hombre a vigilar a Chiara en su lugar. Ven tú también.

—Estoy llegando a la mansión. Iré directamente.

—Bien. —Colgué y miré a mi hermano—. Vamos a hablar con Leonardo.

Asintió y se levantó de inmediato.

Mientras nos dirigíamos al despacho, Pietro rompió el silencio.

—Será mejor que sepas ya lo que quería decirte en la mesa. No quería hablar delante de nuestra madre.

Resoplé al entrar en el despacho.

—¿Qué ha pasado ahora? —espeté, preparándome para lo peor.

—Mattia ha venido a hablar conmigo del lugar al que fue Chiara mientras estábamos de viaje.

—A una clínica. ¿Qué pasa con eso?

—No era una clínica cualquiera… —empezó, inseguro. Su nerviosismo me dio mala espina.

—¡Suéltalo de una vez, cazzo!

—Era una clínica clandestina. —Me quedé inmóvil y me volví hacia él—. Como ayer oyó entre los gritos que estaba embarazada, dedujo que debió de ir allí para abortar.

—¿Que hizo qué? —grité, furioso. Me dirigí hacia la puerta, pero mi hermano me cortó el paso.

—¡Calma, joder! Déjame terminar.

—¿Qué más tienes que decir, coño? Si se ha atrevido a matar a mi hijo, juro que la mato ahora mismo. Eso era lo único que me impedía acabar con ella. Si ha cometido esa estupidez, está acabada. No hay ninguna duda.

—¡No lo hizo! —gritó Pietro, tan consternado como yo.

Volví a prestarle atención, sintiendo que el corazón recuperaba poco a poco su ritmo, aunque todavía respiraba con dificultad—.

Mattia dijo que se arrepintió. Le dijo a Leonardo que iba al baño porque le había extrañado que ella acudiera a una clínica clandestina.

Justo en ese momento la llamaron, pero parece que se negó entre lágrimas y dijo que ya no quería hacerlo.

El alivio me llenó el pecho al saber que no había sido tan irresponsable como para quitarle la vida a un inocente.

—Parece que salió de allí tan alterada que ni siquiera vio a Mattia. Cuando él volvió al coche, ella ya estaba sentada con Leonardo, esperándolo.

Guardé silencio unos segundos, intentando recuperarme del susto, pero entonces una idea me cruzó la cabeza y todo encajó.

—Claro que no iba a hacerlo. ¿Cómo iba a conseguir al heredero de los Lucchese después de que me mataran? —pregunté, soltando una risa irónica y sirviéndome otro vaso de whisky, sin importarme que fueran las ocho de la mañana.

—¿Ya vas a beber a estas horas, cazzo? —me reprendió mi hermano.

—¡Vete a la mierda y déjame en paz!

—¿Quieres empezar el día siendo un cabezota?

Pues haz lo que te dé la gana. Pero párate a pensar, caspita.

—Lo miré con el ceño fruncido—. Si quería abortar, era precisamente para no cumplir con lo que le exigían para llevar a cabo la venganza, no porque no quisiera al bebé.

Puede que de verdad no quisiera nada de esto.

Me eché a reír, negándome a creer sus palabras.

—Si de verdad crees que pensó en el niño, o incluso en mí, eres más ingenuo de lo que imaginaba. Lo único que le interesa a esa gente es nuestra puta fortuna. ¿No has leído los miles de mensajes sobre la venganza?

Negó con la cabeza, como si no estuviera de acuerdo conmigo, y eso me molestó.

—Estás fuera de ti. Cuando te tranquilices, puede que veas lo mismo que yo.

—No creo que llegue a tranquilizarme nunca —dije. Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación y, cuando di permiso para entrar, apareció Leonardo.

—Señor Lucchese, Marco me ha dicho que quería verme.