Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

MATTEO LUCCHESE

—¡Lee, cazzo! —me espetó, sin paciencia.

El corazón me golpeaba las costillas. No podía creer lo que estaba viendo.

Eran mensajes de su madre preguntándole cómo iba nuestra relación y si ya se había quedado embarazada, tal como habían planeado, porque lo necesitaban para seguir adelante con su venganza contra mi familia.

La cabeza empezó a darme vueltas ante toda la información que recibía de golpe. Llegué a tambalearme al comprender que me había traicionado la persona que más me importaba en la vida.

Por un instante sentí que me faltaba el aire, pero me negué a dejar que aquella desgraciada me hundiera.

—¿C-cómo empezaste a sosp…? —No conseguí terminar, todavía conmocionado por lo que leía, pero él me entendió y respondió.

—Empecé a sospechar el día que te dispararon.

No dejaba de pedirte perdón de una forma que me hizo pensar que había algo más que el hecho de haber aparecido en un mal momento.

Sin que lo supieras, le pedí al investigador que interviniera su teléfono y conseguimos acceder a lo que hablaba con su madre y también con su padrastro.

Recuperamos incluso los mensajes que había borrado, seguramente para evitar que los encontraras.

Me senté en la butaca más cercana y me hundí los dedos en el pelo, incapaz de creer lo que tenía delante.

¿Cómo había podido hacerme aquello?

Me levanté de golpe y empotré a Carlo contra la pared, pero él no intentó impedírmelo.

—¿Cómo coño has podido ocultarme esto? Tenías que haberme contado tus sospechas.

—¡Estás obsesionado con ella, Matteo! No me habrías escuchado. Quería estar seguro antes de soltarte esta bomba —se defendió, gritándome a la cara, y lo solté.

Descargué un puñetazo contra la pared, enloquecido de rabia contra Chiara, pero todavía más contra mí mismo por haberme enamorado de una desgraciada como ella.

La mesa que tenía al lado salió volando y Marco se limitó a apartarse, como si se lo hubiera esperado.

—Hay más —continuó Carlo. Lo miré de reojo, sin poder creer que todavía quedara algo por descubrir—. Fue ella quien le contó a Federico que íbamos a México.

Solté una risa incrédula y negué con la cabeza, completamente sin palabras.

—¡Voy a matar a esa desgraciada! —Salí del despacho hecho una furia. Ni Marco ni Carlo intentaron detenerme, aunque me siguieron—. Id a buscar a los demás —ordené, dirigiéndome hacia donde estaba aquella maledetta.

No veía nada a mi alrededor. Todo lo que había descubierto parecía haberme cegado, sobre todo porque la traición venía de quien menos habría esperado.

Subí las escaleras de tres en tres, fuera de mí.

La rabia me latía cada vez con más fuerza en las venas.

Todo parecía haberse evaporado: el amor que había sentido se había convertido en un odio descomunal en cuestión de segundos.

Le había advertido que la mataría si me traicionaba.

Le había dado la oportunidad de hablar conmigo y había hecho cuanto estaba en mi mano para reconfortarla porque la amaba.

¿Y qué había hecho ella? Traicionarme de la peor manera posible. Pero aquello se acababa en ese momento.

Abrí la puerta de golpe y Chiara se volvió hacia mí, sobresaltada. Estaba cerca del balcón, todavía con el babydoll, y sonrió al verme. Sin embargo, algo en mi expresión hizo que su rostro cambiara poco a poco y acabó mirándome asustada.

Me acerqué despacio, sin molestarme en cerrar la puerta. La vi tragar saliva y retroceder, como un animal que siente que su depredador lo está acorralando y sabe que tiene los días contados.

—¿De verdad pensabas que no descubriría todo lo que has hecho contra mí, desgraciada? —pregunté en un tono bajo y frío.

Acorté la distancia entre nosotros y la agarré del cuello con una mano. Chiara intentó apartarme los dedos, que la sujetaban con fuerza.

Forcejeaba conmigo para aliviar la presión que le cortaba cada vez más el aire, pero no me importaba. Solo la quería muerta.

—¿Cómo has podido traicionarme así? ¡Hasta me decías que me querías! —La arrojé lejos de mí, cegado por la rabia.

Fui a buscar la daga al lugar donde sabía que la guardaba. Ella se levantó con los ojos muy abiertos, llorando sin parar.

—P-perdóname, Matt. Puedo explicártelo. Y-yo…

—¡Cierra la puta boca! —grité, conteniéndome para no darle un puñetazo en la cara y hacerla callar.

Le puse bruscamente en la mano la daga que le había regalado. Tragó saliva, sin entender, mientras seguía llorando desconsoladamente.

—¿No era esto lo que querías? ¡Pues hazlo!

—la incité, gritándole a la cara, lo bastante cerca para que pudiera hacer lo que le exigía—.

Vamos, acaba con esto. Te estoy dando la oportunidad de terminar lo que empezaste.

¿No querías matarme? ¡Vamos! Hazlo de una vez antes de que lo haga yo contigo —exigí, completamente fuera de control.

Chiara tiró la daga lejos e intentó abrazarme.

—¡No voy a hacerlo, te quiero! Todo ha cambiado. Puedo explicártelo, yo no quería…

—¡Cállate, joder! —Volví a agarrarla del cuello y la apreté contra la pared, intentando reunir el valor para acabar de una vez con aquello.

Empecé a apretar los dedos y Chiara volvió a forcejear, buscando aire. Aunque lo que estaba haciendo me destrozaba, no paré.

—¡Matteo! ¡Para ahora mismo! —gritó mi madre, tirando de mí por detrás. Pero no me detuve—. ¡Está embarazada, cazzo! Vas a tener un hijo. Si la matas, también lo matarás a él. ¡Suéltala ahora mismo!

Aflojé la presión por un instante y retrocedí un paso, mientras Chiara se doblaba hacia delante, intentando recuperar el aire.

La miré sin poder creerlo y después busqué a mi madre, que respiraba aliviada.

—¿Q-qué? —pregunté, incrédulo.

Francesca estaba en la puerta de nuestra habitación, tan angustiada como mi madre. En ese momento aparecieron Pietro y mi padre, sin entender nada.

—Francesca acaba de contármelo al ver que amenazabas con matarla. Está embarazada. Por eso está tan decaída y se encuentra mal… —se apresuró a explicar.

Miré a la mujer que había amado, sin poder creerlo. En sus ojos solo había miedo.

—¿Es verdad? ¿O tendré que llamar a un médico para que lo compruebe?

Se estremeció al oírme y asintió.

—S-sí, es verdad.

Me eché a reír ante la cruel ironía de mi vida y me senté, tirándome del pelo mientras negaba con la cabeza, incapaz de asimilarlo.

La miré. Seguía acorralada en un rincón, llorando cada vez más, y hablé con una frialdad que nunca había empleado con ella.

—Enhorabuena, Chiara. Has conseguido llevar a cabo tu plan.

—Me levanté, me acerqué despacio y la miré a los ojos—.

Te quedarás encerrada en esta habitación hasta que nazca el niño, pero nunca lo tocarás ni lo verás.

En cuanto des a luz, tendrás el final que te mereces, desgraciada.

El de una traidora, igual que tus padres.

Me volví para salir de aquella habitación, que empezaba a resultarme asfixiante. Apenas había dado dos pasos cuando sentí que aquellas manos que un día había amado me sujetaban.

—Matt… por favor, escúchame… —Me solté bruscamente, incapaz de soportar siquiera su contacto, y seguí andando, pero volvió a agarrarme—.

Por favor, déjame hablar. Me equivoqué, pero Genevive no tiene nada que ver con esto.

¡Por favor, no le hagas daño! —Empezó a gritar y cayó al suelo entre sollozos.

Aunque me dolía verla así, no me detuve—.

Por favor, ella es inocente. Lo hice todo para salvar a mi hermana. ¡Por favor, solo es una niña!

Seguí adelante con el corazón destrozado, oyendo sus gritos cada vez más lejos. Mi hermano y mi padre venían detrás, pero solo quería estar a solas.

Sabía que Pietro le tenía cariño a Genevive. Ya me había dado cuenta y supe que las palabras de Chiara lo habían conmovido. Pero todavía no sabía qué pensar de la ragazza. Por eso hablé sin detenerme.

—Llevad a Genevive a otra habitación y mantenedla encerrada hasta que decida qué hacer. Y quitadle el móvil a Chiara. Ya no es una huésped, sino una prisionera.

—¿Y sus padres? —preguntó Pietro, que seguía acompañándome.

—Encerradlos en la mazmorra.

Continué andando sin saber muy bien adónde ir.

Como todavía era por la mañana, me dirigí al despacho.

Mi padre seguía detrás de mí en silencio.

Sabía que no era el momento de hablar y, cuando vio que no iba a hacer ninguna locura mientras me servía un whisky, salió y cerró la puerta para dejarme ordenar mis pensamientos, con el rostro tan abatido como el mío.

Perdí la noción del tiempo que llevaba bebiendo. Llegó un momento en que dejé el vaso a un lado y empecé a beber directamente de la botella, sin importarme que el mundo se viniera abajo ahí fuera.

Ya no me importaba nada.

Me asaltaron los recuerdos de las veces que me había dicho que me quería y de nuestro primer beso en el jardín. Aquellas provocaciones que parecían pertenecer solo a nosotros. El momento en que Chiara me pidió por fin que la hiciera mía. Todas nuestras muestras de cariño.

El odio me creció en el pecho por haber sido tan ingenuo como para creer que el rencor que me había demostrado al principio podía haberse convertido en amor.

Pero eso era exactamente lo que había pasado: había sido un ingenuo.

Había dejado que el amor me cegara y no me había comportado como el capo que la famiglia merecía.

Lo peor era que nos había puesto a todos en peligro por culpa de un puñado de codiciosos.

Me senté en el suelo, con un brazo apoyado en una rodilla, mientras seguía vaciando la botella que tenía en la mano.

¿En qué momento se había adueñado Chiara de mi corazón hasta cegarme e impedirme ver lo que siempre había tenido delante?

Debería haber sido la principal sospechosa. Al fin y al cabo, me odiaba y nunca se había molestado en ocultarlo, salvo delante de su familia. Eso, por sí solo, ya era muy sospechoso.

Fui a dar otro trago y descubrí que el puto whisky se había acabado. Arrojé la botella contra la pared y vi cómo caía hecha añicos al suelo, pero no me importó. Ya no me importaba nada.

La cabeza parecía a punto de estallarme y una tristeza que nunca había conocido se apoderó de mí hasta llenarme los ojos de lágrimas. Pero me negaba a derramar una sola por una traidora como Chiara. No merecía mi tristeza, mucho menos mis lágrimas.