Capítulo 32 #2
—Ya nos ducharemos después. —Volvió a desabrocharme la camisa, intentando convencerme, y entre sus prisas y las ganas que tenía de ella se me ocurrió otra idea.
—Entonces ven. Vamos a bañarnos juntos.
Como si le hubiera dicho exactamente lo que quería oír, mi pequeña fiera saltó a mis brazos, entusiasmada.
La llevé hasta el baño mientras nos besábamos con deseo.
Abrí el grifo de la bañera, la dejé en el suelo y empezamos a desnudarnos deprisa, como si nos necesitáramos tanto como el aire para respirar.
Entramos en la bañera mientras se llenaba. Chiara se sentó sobre mí, con una pierna a cada lado, y sentí su coño empapado rozarme la polla erecta, arrancándome un gemido de puro placer.
—Cómo he echado de menos este coñito insaciable —la provoqué, acariciándole el clítoris con el pulgar. Me encantó verla mover las caderas contra mi dedo y echar la cabeza hacia atrás, perdida en el placer.
—Te necesito, amore. Por favor, hazme el amor.
No tuvo que pedírmelo dos veces. Le sujeté la cintura y la fui bajando sobre mi polla, que parecía a punto de estallar de tanto deseo.
Los dos gemimos mientras me hundía en ella, y Chiara empezó a moverse despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, mientras nos besábamos con todas las ganas que habíamos acumulado.
A medida que el deseo se volvía insoportable, empecé a alzar las caderas para salir a su encuentro, sujetándola por la cintura para intensificar el roce hasta hacernos perder la cabeza.
Nos perdimos el uno en el otro hasta que no pudimos aguantar más y alcanzamos el orgasmo en perfecta sintonía.
Chiara se dejó caer sobre mi cuerpo, exhausta por el placer abrasador que acabábamos de compartir. Le acaricié la espalda mientras recuperábamos el aliento.
—Te quiero tanto… —dijo, alzando el rostro y mirándome a los ojos con aquellos iris esmeralda que tanto amaba.
Le acaricié la cara como si llevara años sin hacerlo.
—Yo también te quiero muchísimo, mi ninfómana.
Se rio y se secó una lágrima. Supe que algo seguía atormentándola.
—¿Qué es lo que tanto te preocupa, principessa?
Negó con la cabeza, sin querer hablar, y más lágrimas le resbalaron por las mejillas.
—Sabes que puedes contar conmigo siempre, ¿verdad? —recalqué aquel «siempre», y ella asintió—. Odio verte así.
Tragó saliva y se mordió el labio inferior.
—Puede que dejes de pensar lo mismo cuando te cuente todo lo que tengo que decirte.
No me gustó aquel comentario. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me negué a prestarle atención.
—Eso es imposible —dije, intentando tranquilizarla.
Me dio un beso suave en los labios, me acarició la perilla con los dedos y respiró hondo antes de hablar.
—¿Podemos dejarlo para mañana? Mañana te lo contaré todo, te lo prometo. —Asentí, aunque no me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación—. Hoy solo quiero sentirte cerca y recuperar el tiempo que hemos pasado separados.
Sus palabras me dejaron intrigado. La curiosidad y la inquietud se apoderaron de mí, pero respiré hondo e hice lo que me pedía: me concentré únicamente en saciar las ganas que teníamos el uno del otro.
***
Sentí una mano pequeña y cálida acariciándome la polla, todavía a medio levantar, mientras seguía adormilado, y sonreí.
—Mmm… parece que alguien se ha despertado con ganas —bromeé.
Se me escapó un gemido cuando aquellos labios carnosos que me volvían loco se cerraron sobre mi polla con una destreza increíble—.
Si me recibes así, tendré que pasar más tiempo fuera —añadí entre gemidos, mientras mi esposa se la metía cada vez más hondo en la boca.
Sus dedos cálidos me acariciaron los huevos y me hicieron perder la cabeza.
No pude resistirme a sujetarla por la cabeza y acercarla con más fuerza a mi polla.
Chiara nunca me decepcionaba. Incluso cuando la notaba llegar hasta su garganta, contenía las arcadas, me chupaba, lamía el glande y volvía a engullírmela con deseo.
Como si hubiera elegido el peor momento posible, el móvil empezó a sonar a todo volumen sobre la mesilla. Lo cogí, todavía perdido en el placer y sin querer que nada nos interrumpiera, y rechacé la llamada al ver el nombre de Carlo en la pantalla.
Seguí disfrutando de los labios insaciables de mi esposa hasta que el puto móvil volvió a sonar. Rechacé la llamada otra vez, a ver si captaba el mensaje, pero, cuando llamó por tercera vez, Chiara apartó la boca y gemí de frustración.
—Será mejor que respondas. Puede que sea importante —dijo con sensatez, aunque parecía tan frustrada como yo.
—¡Más te vale tener un buen motivo para llamarme en el peor momento posible! —respondí de mal humor, sin importarme estar comportándome como un cabrón.
—¡Jefe, necesito que bajes al despacho ahora mismo!
—Bajaré dentro de media hora. Estoy ocupado con algo más importante. —Miré con malicia a mi pequeña fiera, que, para provocarme, recorrió toda mi polla con la lengua sin apartar los ojos de mí. Joder, quería guardar aquella imagen para siempre.
—¡No puede esperar, cazzo! Es importante. Si no lo fuera, no estaría insistiendo.
Suspiré, frustrado.
—¡Me cago en la puta! —gruñí, irritado porque Carlo acababa de cortarme el polvo—. Está bien, cazzo. Espero que sea realmente importante. De lo contrario, te colgaré de los huevos en la mazmorra, cabrón.
—¡Te aseguro que no será el caso!
No perdí el tiempo respondiéndole y colgué.
Chiara pareció entenderlo y se sentó a horcajadas sobre mí, apoyando aquel coño empapado en mi abdomen.
—No pasa nada, amore mio. Seguiremos después de que hables con Carlo.
Respiré hondo y, aunque sabía que no debía hacerlo, le di la vuelta de golpe, arrancándole una carcajada, y me hundí en ella de una sola embestida.
—Vamos a echar un polvo rápido. No podré concentrarme en nada con la polla dura.
Se rio a carcajadas y eso fue lo que hicimos.
Si hubiera sabido lo que me esperaba, habría apagado el puto móvil y me habría quedado dentro de ella el resto del día.
***
—¡Joder, Matteo! ¿Te digo que es importante y apareces media hora después? —gruñó Carlo, paseándose de un lado a otro mientras Marco lo observaba con una expresión extraña.
—¡No me toques los cojones, que tengo mis prioridades, cazzo! Dale las gracias a Chiara por haberme calmado. Si hubiera venido tal como estaba cuando me llamaste, puede que hubiera cumplido mi amenaza, puto aguafiestas.
Negó con la cabeza, mirando al suelo con una mano en la cintura. Cuando alzó los ojos hacia mí, no vi rabia en ellos, sino algo parecido a compasión. Tal vez tristeza.
—¿Qué está pasando que no podía esperar?
Carlo no respondió. Se acercó a mi mesa, cogió un sobre marrón y me lo entregó.
—He descubierto quién está detrás de todo lo que nos está pasando.
—¿Qué? —exclamé, incrédulo. Abrí el sobre y saqué los numerosos documentos que contenía, dejándolos sobre la mesa—. ¿Quién es el cabrón, joder?
—En realidad, es una cabrona.
Marco seguía callado y parecía decepcionado, pero ya me ocuparía de eso después. En aquel momento solo quería saber quién era el insensato que se había atrevido a enfrentarse a mí.
Empecé a revisar distintos registros de llamadas y copias de mensajes entre Chiara y su madre, y también con Federico.
Fruncí el ceño, sin entender nada.
—¿Qué coño es esto, Carlo?