Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

MATTEO LUCCHESE

Esta vez todo parecía salir según lo previsto.

Llegué en jet privado a un puerto de México tal como habíamos planeado. Pietro y Carlo vinieron conmigo, mientras Marco dirigía al equipo que transportaba el enorme cargamento de distintos tipos de drogas y armas.

Llevaba años intentando venderle mis productos a aquel comprador, uno de los mayores narcotraficantes de México.

Hacía tiempo que quería expandir mis negocios a ese país, así que me alegró mucho conseguir una reunión con él unas semanas antes.

Le pedí que viniera a Italia para mostrarle todo nuestro proceso de fabricación y nuestros almacenes, y funcionó.

Aquel día cerramos un gran negocio que permitiría compensar buena parte de las pérdidas que me había causado ese grupo de rebeldes que no dejaba de darme quebraderos de cabeza.

Pero cada vez conseguía más información y estaba convencido de que tenían los días contados.

Esperábamos en una nave abandonada cerca del puerto a que llegara el barco con el cargamento para avisar a Santiago, el narcotraficante con el que había cerrado el trato.

En realidad, Marco me llamaría cuando estuvieran a punto de llegar para que Santiago viniera con su equipo y trasladaran la mercancía a los camiones que la transportarían. También me pagaría en efectivo el resto de la cantidad acordada.

Observé a Carlo, callado, con el ceño fruncido y la cabeza en otra parte, y me pregunté qué demonios le preocupaba tanto. Estaba raro desde que me había despertado en el hospital. Más callado de lo habitual, y eso empezaba a molestarme.

Algo había ocurrido y, como don de la famiglia, necesitaba saber en qué podía ayudarlo.

—¿Ha pasado algo, Carlo? —pregunté, atento a su reacción para detectar si me mentía.

Mi hermano, que estaba entre los dos, nos miró a uno y a otro con evidente curiosidad.

—¿Qué pasa? ¿Llevas mucho sin mojar, Carlinho? ¿Quieres que te consiga una tía buena para que te la folles y se te quite esa cara de…?

—No lo provoques, Peter —lo reprendí, y el descarado me levantó el dedo corazón por haberlo llamado con aquel apodo de la infancia.

—¿No te da miedo perder ese dedo? —lo piqué, y el cabrón me levantó el dedo corazón de ambas manos, arrancándome una carcajada.

—¿Desde cuándo necesito ayuda para conseguir una mujer, Pietro? —replicó Carlo, aunque sabía que solo intentaba provocarlo.

—Con esa cara, puede que tu noche no haya sido muy buena. La mía, en cambio, ha sido excelente. —Se cruzó de brazos y se dejó caer contra el respaldo de la silla con su sonrisa insolente.

—No recuerdo haberte preguntado —comentó mi amigo, todavía de mal humor.

Pietro abrió la boca para responder, pero decidí cortar la discusión. Ya tenía muy poca paciencia después de haber dejado a mi principessa sola en la mansión, con lo mucho que estaba llorando últimamente.

—¿Puedes responderme, Carlo, en vez de seguir esquivando el puto tema?

Puso los ojos en blanco y tuve que contener las ganas de hundirle los dos pulgares en ellos para que aprendiera a respetarme.

—No pasa nada, cazzo. Solo tengo unas cuantas cosas en la cabeza, pero pronto lo sabrás.

Otra vez aquella respuesta para eludir el tema, y cada vez me irritaba más. No estábamos en el lugar adecuado para mantener una conversación confidencial y solo por eso decidí darle tiempo, pero, cuando volviéramos a Italia, lo acorralaría hasta que soltara de una vez lo que ocurría.

Al cabo de unos minutos, Pietro empezó a impacientarse.

—¿No están tardando demasiado? —preguntó, mirando su reloj de pulsera.

En ese momento sonó mi móvil. Vi que era Marco y respondí de inmediato. Me avisó de que llegarían al puerto en una hora. Aliviado, se lo comuniqué a mi hermano y a Carlo, que transmitieron la información a nuestro equipo.

Llamé a Santiago, que me aseguró que llegaría antes, y pocos minutos después empezaron a aparecer varias decenas de camiones con logotipos de distintas empresas para disimular la mercancía que transportarían y evitar sospechas.

Nos saludamos y estaba hablando de negocios con Santiago y Pietro cuando oímos acercarse un helicóptero. Me volví hacia el ruido, igual que los dos hombres que estaban a mi lado.

—¿Ese helicóptero es tuyo? —pregunté, extrañado de verlo cerca de mi barco, que ya se divisaba.

—No —respondió Santiago, pensando lo mismo que yo.

Los tres sacamos las armas al instante, preparados para disparar contra cualquiera que intentara entrometerse, y con la otra mano llamé a Marco.

—¿Sí, jefe?

—Ese helicóptero no es nuestro ni de Santiago. Prepara a tus hombres y un misil.

Apenas había terminado de hablar cuando oí a Marco gritar órdenes a nuestros hombres. La inquietud empezó a apoderarse de mí mientras vigilábamos por si también se acercaba algún coche sospechoso o si solo se trataba de aquel helicóptero.

De pronto vi aparecer a alguien con una ametralladora en la puerta abierta del aparato y abrí los ojos de par en par.

—¡Van a disparar! —grité, con la llamada todavía activa en el auricular bluetooth de Marco, y oí las ráfagas dirigidas contra nuestro barco, que ya estaba cerca de la costa.

Empezamos a disparar contra el helicóptero, pero volaba demasiado alto para que nuestras balas lo alcanzaran.

—¡Maledetti! —grité, furioso por no poder hacer nada. Las armas pesadas estaban en el barco—. ¿Dónde coño está el misil, Marco?

En ese momento vi que lanzaban una granada desde el helicóptero hacia el barco y temí lo peor.

Me tiré del pelo, rabioso, y vi a Carlo correr con una granada que posiblemente le había dado Santiago. La introdujo en un lanzador, apuntó al helicóptero y disparó. Al mismo tiempo oí el misil salir hacia el aparato y alcanzar de lleno nuestro objetivo.

El helicóptero empezó a arder en el aire y cayó sin control al agua. Por suerte, no golpeó nuestro barco, que ya estaba a poca distancia del puerto. Podría haber sido una catástrofe.

Respiré aliviado, pero seguimos alerta por si aparecían más.

—¿Solo ha venido uno? Qué raro —comentó Santiago, haciéndose la misma pregunta que yo.

—Estaba pensando lo mismo —coincidió Pietro, con expresión intrigada, buscando algún indicio de que aquello fuera una trampa.

—Marco, ¿os ha alcanzado la granada? —pregunté, oyendo el ruido que llegaba desde el interior del barco.

—Ha alcanzado a algunos de nuestros hombres, pero hemos conseguido apagar el fuego con los extintores sin que el barco sufriera demasiados daños.

—¿Ha afectado al cargamento? —pregunté, preocupado.

—No, jefe. La mercancía está abajo. Hemos conseguido defendernos a tiempo, antes de que lanzaran otra.

El alivio me recorrió y negué con la cabeza para tranquilizar a Santiago, que también estaba preocupado.

—Dile al equipo médico que nos indique qué necesita para que podamos ayudarlo a atender a nuestros hombres.

—Sí, señor. Ya los están atendiendo.

Más tranquilo, terminé la llamada y le pedí a Carlo que se preparara para ayudarlos, ya que se había especializado en ese tipo de situaciones.

Pocos minutos después conseguimos subir al barco.

Parte del equipo de Santiago empezó a retirar el cargamento en cuanto él me pagó la cantidad pendiente.

Abrí el enorme y pesado maletín lleno de euros y lo guardé en mi jet, mientras llegaba una ambulancia que Santiago había llamado para atender a nuestros hombres.

El resto del día fue un caos. Ayudé a trasladar todo el cargamento para evitar más contratiempos y después fui al hospital a interesarme por mis hombres. Por suerte, solo habían sufrido heridas superficiales y recibirían el alta en unos días.

***

Subí las escaleras de la mansión, agotado después de aquellos cuatro días fuera de casa. Pero las ganas de ver a mi principessa y la preocupación por ella pesaban todavía más.

La había llamado varias veces, aunque no tantas como me habría gustado, y, por mucho que asegurara que estaba bien, algo me decía que no era cierto.

Estaba tan preocupado que incluso llamé a mi madre para preguntarle.

Me contó que Chiara apenas salía de su habitación, estaba cabizbaja y casi no comía.

La había invitado a pasear por el jardín, algo que le encantaba, pero ni siquiera eso la había hecho levantarse de la cama. Mi madre estaba preocupada, aunque no quería obligarla a hablar de algo que, evidentemente, prefería guardarse.

No quería haberme ido de viaje estando ella así, pero no había tenido elección. Además, todo el caos que se había desatado en México solo confirmó que había hecho bien en ir.

Todo podría haber salido mal si no hubiera contado con un equipo excelente.

En cuanto llegué al pasillo de nuestra habitación, el corazón se me aceleró con solo pensar que por fin tendría a mi ragazza entre los brazos.

Llamé una vez y abrí despacio. La habitación estaba a oscuras, apenas iluminada por la luz de la luna.

Nada más entrar, como si hubiera sentido mi presencia, Chiara volvió el rostro hacia mí sin levantarse de la cama. Una sonrisa le iluminó la cara y pareció aliviada.

—¡Has vuelto! —exclamó, levantándose deprisa mientras yo aceleraba el paso hacia ella. La estreché entre mis brazos y hundí la nariz en su pelo suave para aspirar su aroma a lavanda.

—Te he echado tanto de menos… —Le sujeté el rostro entre las manos y, después de admirar cada uno de sus delicados rasgos, no pude resistirme.

Acorté la distancia entre nuestros labios y hundí la lengua en su boca, saciando las ganas que me consumían.

Chiara me correspondió sin vacilar, demostrándome que no era el único que había sufrido con la distancia—.

Estaba muy preocupado por ti —confesé, cubriéndole el rostro y los labios de besos hasta arrancarle aquella risa que aliviaba mi corazón inquieto.

—Yo también te he echado muchísimo de menos, amor.

Sonreí de verdad al oírla llamarme con tanto cariño. Todo seguía pareciéndome un sueño. Aún no me había acostumbrado a aquella Chiara que había bajado la guardia, y la amaba todavía más.

Mi apasionada esposa volvió a besarme y empezó a desabrocharme la camisa con impaciencia. Aunque yo me sentía igual, le sujeté la mano con delicadeza y dije, riéndome contra sus labios:

—Carina, necesito ducharme antes. Este viaje ha sido un caos…