Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Cuando me sentí algo más recompuesta, me maquillé para disimular los ojos hinchados de tanto llorar y salí, decidida a confirmar las sospechas que Francesca me había metido en la cabeza.

Leonardo y Mattia me acompañaron a la farmacia más cercana. Les pedí que esperaran fuera y compré tres pruebas de embarazo.

Cuando volví al coche, el corazón me latía desbocado, como si fuera a estallar en cualquier momento.

Mattia conducía y noté que mi primo me miraba con desconfianza, pero lo ignoré. Habría sido tan agradable poder desahogarme sobre la mierda que estaba pasando en mi vida… Quizá me ayudara a encontrar una salida, pero no quería involucrarlo.

Cuando bajé del coche, me sujetó suavemente del brazo y me volví hacia él, fingiendo normalidad.

—¿Está todo bien? —preguntó, preocupado.

Asentí y forcé una sonrisa.

—Sí, Leo. Solo me he levantado algo indispuesta.

Siguió mirándome, quizá sopesando si creer mi excusa, y añadió:

—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, ¿verdad?

Esta vez la sonrisa fue sincera.

—Lo sé. Gracias, pero está todo bien.

Dicho aquello, volví a la mansión e intenté pasar inadvertida ante Francesca y la señora Sandra. No tenía ganas de charlar; necesitaba confirmarlo todo y quería hacerlo sola. Matteo volvería pronto y entonces ya no podría hacer nada.

Subí las escaleras deprisa y, en cuanto entré en el dormitorio, cerré con llave para que nadie pudiera entrar. Mucho menos Matteo.

Fui directa al baño, leí las instrucciones de las cajas y las seguí.

Unos minutos después, que parecieron horas, volví hacia las pruebas que determinarían lo que me esperaba. Respiré hondo, preguntándome si de verdad quería descubrir qué mostraban, y el móvil empezó a sonar insistentemente.

Fui a cogerlo para ganar unos minutos antes de saber con certeza lo que me aguardaba y vi que llamaba mi madre. Dejé que saltara el buzón de voz. No habían pasado ni diez segundos cuando volvió a llamar. Rechacé la llamada, sin paciencia alguna.

Cuando me volví para regresar al baño, oí la notificación de un mensaje de voz. Ya imaginaba de quién era, así que llamé al buzón para escuchar qué iba a exigirme aquel día.

—Chiara, ¿qué coño te cuesta coger el teléfono?

Tenemos asuntos que tratar. Federico me está amargando la vida diciendo que no estás cumpliendo tu parte del trato.

Nunca nos das información relevante sobre ese desgraciado ni sobre ninguno de los Lucchese, cazzo.

¡Se me está acabando la paciencia contigo, niña!

Llevas meses casada y todavía no te has quedado embarazada.

Si descubro que estás haciendo algo para impedirlo, te mato, desgraciada.

¿Me oyes? Te mataré a ti y a todos ellos sin pensármelo dos veces.

Voy a darte otra oportunidad: si no recibo información relevante antes de mañana, mandaré a Alexandre a hacerle una visita a tu querida amiga para terminar lo que empezamos aquella noche en la discoteca.

Después de aquello, había colgado. Me invadió una tristeza todavía mayor ante la posibilidad de que Giana sufriera por mi culpa. Sumado a todo lo que ya me había pasado durante el día, bastó para hacerme llorar de nuevo.

Después de pasar media hora sentada en el suelo, llorando sin saber qué mierda hacer con mi vida, me levanté y fui al baño para confirmar mis sospechas. Al ver las dos rayitas marcadas, me invadió una mezcla de tristeza y alegría.

Me llevé una mano al vientre, sintiendo lo que significaba tener un ser tan pequeño creciendo dentro de mí.

En otro momento habría saltado de alegría por tener, al fin, a alguien de mi sangre que estaba segura de que me amaría y por quien lo haría todo.

Pero era un sueño que llegaba en el momento equivocado y no podía encariñarme con aquel embarazo.

Me tumbé en la cama con las pruebas en las manos, hundida en una tristeza sin fin. Parecía que todo estaba perdido. Estaban ganando aquella batalla y solo había una manera de impedir que la ganaran.

Tragué en seco, intentando reunir el valor necesario para hacer lo que empezaba a tomar forma en mi mente.

Amaba a Matteo, a su madre, a su padre e incluso a Pietro. No podía permitir que aquel pequeño ser que empezaba a crecer dentro de mí acabara con todos los que nos rodeaban por culpa de la codicia desmedida de mi madre.

Empezaba a oscurecer y sabía que mi marido llegaría en cualquier momento.

Me senté, cogí el móvil y empecé a buscar lo que necesitaba hacer cuanto antes para evitar que todo a mi alrededor se derrumbara definitivamente. Aquello me destrozaba, pero no tenía alternativa.

Marqué el número que aparecía, con todo el cuerpo temblando de nervios y las lágrimas nublándome la vista.

Me las sequé con el dorso de la mano; ya tendría el poco tiempo de vida que me quedaba para llorar por aquello.

Porque, si Matteo no me mataba al descubrir mi traición, me mataría por lo que tendría que hacer.

En cuanto terminé de concertar lo que necesitaba para el día siguiente, Matteo abrió la puerta, que yo había dejado sin llave después de esconder las pruebas en el cajón de las bragas, un sitio en el que él no solía mirar.

Di las gracias y terminé la llamada.

—¿Todo bien, carina? —preguntó, acercándose y sentándose a mi lado con expresión preocupada.

Asentí, forzando una leve sonrisa.

—Sí, solo estaba pidiendo cita para mañana. Últimamente tengo mucho sueño. Debe de faltarme alguna vitamina y voy a hacerme unos análisis.

—¿Quieres que vengan aquí?

Negué al instante.

—No, necesito salir un poco. Estoy pasando demasiado tiempo en casa.

Asintió, pensativo ante lo que me pasaba.

—¿Hay algo que te preocupa tanto como para tener los ojos así de rojos? ¿O creías que no me daría cuenta de que estás llorando?

Claro que se daría cuenta. ¿Qué se le escapaba a aquel hombre que me tenía cautivada?

—Solo estoy preocupada por todo lo que nos está pasando. —Y aquello no era del todo mentira.

Suspiró, frustrado, acercó sus labios a los míos y buscó un beso tranquilo, como si supiera que aquello me calmaría por un momento. No podía tener más razón.

Cuando nos separamos, antes de lo que me habría gustado, habló.

—Tranquila, vamos a resolverlo, ¿vale? —Asentí, convencida de ello, porque estaba dispuesta a hacerlo y él sabría a quién buscar para acabar con todo aquello—.

Tengo que decirte algo. Tendré que viajar esta madrugada.

No quería marcharme estando tú así, tan abatida, pero de verdad no tengo otra opción.

—¿Adónde vas? —pregunté, echándolo ya de menos.

—A México. Tengo asuntos importantes que resolver con un gran cargamento que debemos entregar allí. Después de todo lo que está pasando con mis cargamentos, no puedo dejar de supervisar esta entrega. Es demasiado grande. Pero quería pedirte algo.

—Sí, lo que quieras.

—Por favor, no salgas de aquí. Mientras esté fuera, quédate en la mansión. Mañana puedes ir a la consulta, pero después vuelve directamente y no salgas hasta que regrese. No podría estar tranquilo si te pasara algo estando yo lejos, carina. Prométeme que me ayudarás.

Asentí, consciente de que no volvería a distraerlo como la última vez.

—Te lo prometo, amore mio. —Sus hombros se relajaron y pareció visiblemente más tranquilo—. ¿Volverás pronto?

—Quizá dentro de dos o tres días. El cargamento ya ha salido hacia allí en barco. Yo viajaré esta madrugada en el jet para llegar antes de la entrega. —No dije nada; no sabía qué decir—. Ahora ven aquí, principessa. Quiero animarte un poquito antes de marcharme.

Una risa débil, pero sincera, escapó de mis labios.

—Quizá tenga alguna que otra idea de cómo podrías ayudarme —lo provoqué, mientras me tumbaba y sentía que los labios de mi marido mordisqueaban los míos.

—Estaré encantado de llevarlas todas a la práctica.

Matteo se apoderó de mis labios con un beso lleno de deseo, ternura y mucho amor.

Sabía que nuestros días estaban contados, así que me permití pasar una noche de despedida con el hombre al que tanto amaba.

En aquel momento no quise pensar en el bebé, ni en la venganza, ni en cuánto me odiaría cuando volviera.

Solo quería demostrarle cuánto lo amaba y sentir cuánto me amaba él.

***

Salí de la mansión muy temprano y, como Matt se había marchado de viaje unas horas antes, me resultó más fácil hacerlo sin problemas. Había pensado en pedirle a Giana que me acompañara, pero no quería que cargara con aquel peso. Bastaba con la culpa que ya me atormentaba a mí.

—Quedaos aquí, por favor —les pedí a Leonardo y Mattia. Asintieron, aunque a regañadientes—. Si necesito algo, os llamaré.

Por fuera, la clínica parecía un pequeño hospital de lujo, pero yo sabía la verdad, algo que solo conocían unos pocos: quienes realmente acudían allí.

Era una clínica clandestina. Después de rellenar la ficha, me senté, con todo el cuerpo atenazado por la angustia ante lo que me esperaba.

Nunca había imaginado que pisaría un lugar así.

Precisamente por eso había recurrido a la píldora, para no tener que llegar nunca a aquel extremo, a la situación de matar a mi propio hijo, a alguien a quien ya amaba más que a nada.

Pero era necesario. No podía permitir que naciera al servicio de una venganza, porque no sería la única a la que utilizarían para llevarla a cabo. Él también empezaría a sufrir todo lo que yo había sufrido durante años, y no podía permitirlo.

Quizá, cuando se lo contara a Matteo, él matara a mi madre y a Federico a tiempo, pero, de todos modos, mi hijo también moriría.

Solo quería evitar el riesgo de que Federico venciera y se hiciera con el poder utilizando a mi hijo, porque, por desgracia, existía la posibilidad de que matara antes a mi marido.

Pasé treinta largos minutos esperando, y las ganas de salir corriendo de allí no dejaban de crecer. Miré una vez más hacia la puerta de salida y después bajé la vista a mi vientre, en el que todavía no se notaba nada. Una lágrima me resbaló por la mejilla.

—Chiara Lucchese —me llamó una voz, y sentí que se me erizaba el vello. Miré hacia la mujer, vestida de blanco, que esbozaba una leve sonrisa y me hacía una seña para que me acercara—. ¿Vamos, querida?

Tragué en seco, sintiendo que me temblaban las piernas, y asentí.