Capítulo 31
CHIARA LUCCHESE
Habían pasado diez días desde que le habían dado el alta a Matt. Sin embargo, apenas habíamos tenido tiempo para estar juntos, porque mi marido estaba volcado en descubrir quién se escondía detrás de los atentados que habíamos sufrido.
¿Debería habérselo contado? Sí. ¿Había tenido valor? No.
Sabía que muchos me juzgarían si estuvieran en mi lugar, pero no era fácil tomar aquella decisión cuando supondría romper la burbuja en la que vivíamos desde que me había entregado a él. No quería renunciar a lo que teníamos y sabía que eso era exactamente lo que ocurriría. Lo perdería.
Tampoco me animaba lo más mínimo saber que tenía muchas posibilidades de morir junto con Federico e Irene. Ni siquiera quería pensar en que a Genie le ocurriera lo mismo, cuando ella no sabía nada de lo que estaba pasando.
Me removí en la enorme cama y, al buscar a mi marido, suspiré, frustrada, al darme cuenta de que ya se había marchado y de que, una vez más, había dormido demasiado, algo que me ocurría más de lo que me habría gustado.
Nunca había sido dormilona. Para empezar, en mi antigua casa apenas conseguía dormir, sobre todo cuando estaba mi padrastro; me daba miedo caer en un sueño profundo.
Desde que me había casado y comprendido que Matt no me haría daño, había empezado a dormir mucho mejor, pero, aun así, no tantas horas.
No sabía si era el estrés, cada vez más frecuente, lo que me dejaba adormilada o si simplemente estaba cansada.
Miré una foto de Matt y mía que había sobre la mesilla de noche y sonreí. La cogí y acaricié el contorno de la figura de mi marido.
No conseguía quitarme de la cabeza lo que me había dicho aquel día en el hospital y me preguntaba si sería verdad o si intentaba manipularme.
Había pensado en llamar a mi madre o incluso ir a mi antigua casa para preguntárselo, pero estaba segura de que intentaría ponerme en contra de mi marido, y eso no era lo que quería.
Necesitaba descubrir quién había matado realmente a mi padre, porque aquella duda me corroía por dentro cada día más.
Siempre había odiado a Matteo y a la familia Lucchese porque creía que lo habían matado, y ese había sido el principal motivo al que me había aferrado para intentar ayudar a mi madre.
Tampoco es que hubiera tenido muchas opciones; por supuesto, prefería que me tocara a mí antes que a mi hermana.
Pero, al menos, habría entrado en aquel matrimonio sin el odio descomunal que llevaba dentro.
Saber que incluso habían propuesto que ingresara en un centro para recuperarse y salir de aquello en lo que se había metido me había dejado aturdida. Mi madre nunca me había hablado de eso. Nunca. Y no dejaba de preguntarme por qué me lo había ocultado.
¿Era esa su intención? ¿Seguir alimentando mi odio hacia los que, hasta entonces, había considerado los asesinos de mi padre? Conociéndola tan bien, tenía sentido.
Estaba enferma y necesitaba tratamiento, porque, a mis ojos, su obsesión por destruirlos sobrepasaba todos los límites.
¿Qué se creía? ¿Que me quedaría embarazada de Matteo y tendría al próximo sucesor de la famiglia?
Hasta ahí sabía que sí, pero las cosas no eran tan sencillas.
Pasarían muchos años antes de que creciera y pudiera asumir el cargo.
Eso, si le correspondía a él, porque también podía ser una niña.
O quizá…
Tragué en seco ante la posibilidad de lo que realmente pretendían y, al levantarme de golpe, me invadió un mareo. Tuve que volver a sentarme en la cama para no caerme. ¿Qué mierda me pasaba?
Cuando se me pasó el malestar, respiré despacio, pero seguí sentada, reflexionando sobre los verdaderos planes de aquellos dos.
¿Pensaban que yo, como única integrante viva de la familia Lucchese, pondría a Federico al mando hasta que mi hijo tuviera edad suficiente?
Empecé a reírme de pura desesperación ante la mera posibilidad de llegar a hacerlo.
¡Jamás haría algo así! Preferiría pegarme un tiro en la cabeza y matarme antes, pero entonces mi hijo quedaría a su cargo y ellos se harían con el poder.
—¡Cazzo!
¡Pues asumiría yo misma esa mierda! Pero jamás permitiría que lo hiciera él. De hecho, si le pasaba algo a Matt, mataría a ese desgraciado antes.
—¡Tranquila, Chiara! Todo va a salir bien. Nadie va a morir aquí. Encontrarás la manera de salir de esta mierda en la que te has metido. —Intenté calmar los nervios, aunque ni yo misma me creyera mis palabras.
Pero tenía que haber una salida. Tenía que haberla.
Me levanté despacio para asegurarme de que ya no estaba mareada y me acerqué al ventanal, vestida solo con el babydoll.
Contemplé el enorme jardín y, como llevaba mis tareas al día, pensé en coger otro libro y leer frente al lago, sentada en la mecedora.
Necesitaba distraerme. Quizá así pudiera pensar en un plan más sensato, porque la única opción que veía era contárselo todo a Matt.
En ese momento vi a Carlo caminando mientras hablaba por teléfono. Parecía irritado. Él era otro que, desde que habían disparado a Matt, me miraba de una manera extraña que me hacía sentir incómoda y muy poco a gusto.
No sabía si mi marido se había dado cuenta; si lo había hecho, no me había dicho nada. Desde entonces, incluso intentaba evitar coincidir con Carlo en la misma habitación, porque no me gustaba lo más mínimo la mirada de reproche que me dirigía.
Había llegado a pensar que quizá hubiera descubierto la verdad sobre mí, pero entonces también sabría lo de mi madre y su marido, y Matt no seguiría esforzándose por averiguar qué estaba ocurriendo.
Unos golpes en la puerta me llamaron la atención y miré hacia ella.
—Adelante —autoricé, acercándome a la puerta.
Francesca apareció con una bandeja llena de cosas para desayunar.
—Buenos días, señora Chiara. El señor Lucchese me ha pedido que le trajera el desayuno, porque hace un rato preguntó si había bajado a comer.
¿Cómo podía destruir lo que teníamos, con lo mucho que cuidaba de mí?
¿Era tan egoísta por querer disfrutar un poco más de aquel amor? Nunca lo había tenido, y resultaba tan triste saber que después me odiaría.
—Gracias, Francesca. No tenías que haberte molestado. Ya iba a vestirme para bajar —mentí, porque estaba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera me había acordado de desayunar, aunque ya había pasado media mañana.
Me senté en la cama y Francesca me ayudó colocando la mesa auxiliar para que estuviera más cómoda.
—¿Matt está abajo? —pregunté, dando un sorbo al café.
—Está en el despacho con el señor Pietro y Marco. Están tan preocupados por todo lo que está pasando que no salen de allí. A veces tengo que llevarles algo de comer; si no, se pasan el día sin probar bocado.
Iba a reírme, pero de pronto me invadió una náusea. Me tapé la boca con la mano, aparté la mesa, que, gracias a Dio, tenía ruedas, y corrí al baño de la habitación.
Levanté la tapa del váter y vomité el poco café que había tomado y los jugos gástricos, porque tenía el estómago vacío.
Sentí las manos de Francesca sujetándome el pelo mientras permanecía de rodillas, esperando a que se me pasara el malestar.
—Grazie.
Me levanté, sintiendo otra vez aquel maldito mareo, me cepillé los dientes y me eché un poco de agua en la nuca.
—¿Está mejor? —preguntó Francesca. Asentí, pero su mirada preocupada a través del espejo decía que no me creía—. ¿No sería mejor que fuera a comprobar si el bebé está bien? Que tomara algo para aliviar las náuseas…
Abrí los ojos de par en par al oírla, me enjuagué la boca y me volví hacia ella.
—¿De qué estás hablando? No hay ningún bebé.
Soltó una risita, se acercó, me cogió la mano y me acompañó de vuelta a la cama.
—Querida, últimamente está durmiendo más de lo normal. —¡Cierto!—. De vez en cuando se marea y ha vomitado varias veces esta semana. ¿Cree que no lo sé?
La miré, completamente incrédula.
¡Dio mio! Cualquier cosa menos eso, per favore.
—Llevo mucho tiempo sin comer. Debe de haberme bajado la tensión. Seguro que no es nada.
—Querida, he tenido tres hijos. Sé muy bien cuándo alguien está embarazada. Será mejor que vaya al médico cuanto antes. ¿Quiere que llame al señor Lu…?
—¡No! —grité, exasperada—. No, por favor. Perdona por haberte gritado, pero ya tiene demasiados problemas y no quiero molestarlo por un simple mareo.
—No es un simple mareo, señora Chiara. Y, conociendo al señor Matteo como lo conozco, estoy segura de que le encantará la noticia. Pero, de momento, no diré nada, para que se lo cuente usted.
Negué con la cabeza, incapaz de aceptar siquiera la posibilidad de que tuviera razón.
—No tiene sentido. Me tomo la píldora como debo, todas las ve… —Me senté al recordar los días que Matteo había estado ingresado. No había vuelto a casa ni me había acordado de la puta pastilla—. ¡Dio! Estoy tan jodida.
Sentí que el colchón se hundía cuando Francesca se sentó a mi lado y me cogió la mano con cariño.
—Un bambino es una bendición, querida. Todo saldrá bien y nos tiene a la señora Sandra y a mí para ayudarla.
Las lágrimas me inundaron el rostro y abracé a Francesca, rompiendo a llorar, consciente de lo mucho que aquello me jodía la vida.
No debería haberme olvidado de tomar la píldora.
No podía haberme quedado embarazada de ninguna manera.
Era justo lo que mi madre quería para poder matar a Matteo y hacerse con lo que ambicionaban.
Al cabo de un rato volví a tumbarme, hecha un ovillo, completamente desesperada ante lo que iba a hacer. No podía seguir adelante con aquel embarazo, aunque aquello me destrozara. No podía hacerlo.
Francesca dijo que me traería una manzanilla para tranquilizarme y salió, dejándome sola.
Seguí llorando durante horas y agradecí que mi marido estuviera tan ocupado que no hubiera venido a verme.
Aquello era una catástrofe.
Era lo último que debería haber ocurrido. Después de pasar quién sabe cuánto tiempo llorando, las lágrimas parecieron agotarse por fin. Me levanté y fui a ducharme para intentar recomponerme un poco.
Vi la comida intacta sobre una mesita en un rincón del dormitorio y me rugió el estómago.
Me obligué a acercarme y comer un poco, aunque fuera a regañadientes.