Capítulo 30 #3
Debía de estar paranoico, porque nunca nos había dado motivos para desconfiar de su trabajo para la famiglia.
—Agradezco la preocupación, pero no ha sido nada grave. Solo estoy ingresado porque perdí mucha sangre antes de llegar al hospital. Aunque el tirador debería practicar la puntería para acertar la próxima vez.
—¡Matt! —me reprendió Chiara, y le dediqué una sonrisa tranquilizadora.
Noté cómo la miraba su madre. Parecía intrigada por la preocupación que había mostrado Chiara, y aquello me puso todavía más en alerta.
¿No debería alegrarse? Al fin y al cabo, era lo que ellos querían.
—Menos mal que era un pésimo tirador. De lo contrario, podríamos haber perdido a nuestro capo —me aduló Federico. Asentí, sin el menor interés en conversar con él, sobre todo al ver cómo se tensaba Chiara con solo oír su voz.
—Pero mi hijo ya está bien. Vamos a acabar con esos maledetti que intentan destruirnos —gruñó mi padre, indignado.
—Por supuesto. Contad conmigo para lo que necesitéis —respondió Federico, solícito.
Después de unos cuantos minutos más de aquella interminable visita, por fin se marcharon y, para mi alivio, mis padres y Pietro también.
Por supuesto que los quería, pero estaba cansado, sobre todo por la medicación, y solo quería quedarme con mi principessa.
Después de ducharme con su ayuda y de que ella también lo hiciera, se sentó a mi lado y me cogió la mano. Pero me desplacé un poco hacia un extremo de la cama y di unas palmaditas en el espacio libre junto a mí.
—Túmbate aquí conmigo —le pedí, y no se lo pensó dos veces.
Chiara se subió a la cama y apoyó el rostro en mi hombro, porque todavía tenía el pecho sensible, mientras trazaba círculos en mi antebrazo con la suave yema de un dedo.
Todo lo que había observado durante la visita de su familia seguía inquietándome, así que decidí tantear el terreno, ahora que estábamos solos.
—No te llevas muy bien con tu familia, ¿verdad?
Noté que la simple mención hacía que su cuerpo se tensara. Pero respiró hondo y negó con la cabeza.
—No. Siempre he sentido que era una carga para mi madre —admitió, avergonzada—. Cuando conocí a la tuya y vi el cariño con el que os trata a ti y a tu hermano, me costó creer que de verdad pudiera ser tan cariñosa. Yo nunca había tenido eso.
Me indignó pensar que una mujer tan guapa, dulce y cariñosa nunca hubiera recibido afecto de su madre.
—Pero poco a poco vi que le salía de dentro, porque también empezó a tratarme como a vosotros, y empecé a descubrir lo que era sentirse querida. —Me miró de reojo y bajó la mirada—. Perdona, quizá sean imaginaciones mías, pero eso es lo que siento cuando me llama bambina.
—¿Y tu padre? ¿Tenías una buena relación con él? Lo recuerdo vagamente y nos dolió mucho enterarnos de su muerte —comenté de pasada, al recordar algunos detalles sobre él que había leído en el informe que había encargado sobre Chiara. Me acordé de que mi padre lo apreciaba mucho.
Chiara se enderezó al instante al oírme, y entorné los ojos, sin entenderlo.
—¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo? —pregunté, algo inquieto por la manera en que me miraba, como si no pudiera creer mis palabras.
Miró al frente y se quedó callada, perdida en sus pensamientos, pero ya no estaba apoyada en mí. Parecía tener la mente muy lejos, y deseé poder acceder a ella para comprenderla mejor.
—Era el único que me demostraba amor —dijo al cabo de unos minutos—. Antes de empezar con las drogas, claro. Después cambió.
Asentí, sin saber muy bien qué decirle, porque aquello me hacía sentir mal. Vendía drogas, era un gran traficante, pero eso no significaba que quisiera que buenas personas se hundieran por culpa de ellas, y su padre había sido una de esas personas.
—Siento que acabara enganchado a lo que vendía.
—Decidí ser sincero—. Llegamos a perdonarle la deuda y le propusimos que ingresara en un centro.
Mi padre tenía muchos planes para él, quería darle un buen cargo.
Teníamos buenos planes para él. Me decepcionó enterarme de su asesinato. Era un buen hombre.
Se levantó de golpe, negando con la cabeza. Parecía incapaz de creer algo de lo que había oído y hasta soltó una risa de puro nerviosismo.
—¿Qué ocurre, principessa?
Abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla.
Después de unos segundos que parecieron horas, por fin habló.
—Perdona, no lo sabía. No sabía que os había dicho que iba a ingresar en un centro. Mi madre nunca me lo contó. Quizá no lo supiera.
Su comentario me sorprendió y no dudé en responder.
—¿Cómo no iba a saberlo si estuvo presente en la reunión que mi padre y yo tuvimos con él? —Al ver la furia reflejada en los ojos de mi esposa, intenté suavizar la situación—. Quizá no le pareció importante entrar en esos detalles.
Las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas y volvió a sentarse, llorando.
Me levanté, aunque con cierta dificultad, me senté en otro sillón de la habitación y la atraje hacia mi regazo. Se sentó de lado, apoyó el rostro en mi hombro y rompió a llorar durante largos minutos.
Le acaricié el pelo y le besé la sien mientras le decía:
—Tranquila, amor. Estoy aquí contigo. Puedes contar conmigo para lo que necesites.