Capítulo 34
CHIARA LUCCHESE
Hacía un mes que mi vida se había derrumbado. Un mes sin salir de mi habitación para nada, salvo para ir al médico acompañada de mis guardaespaldas, entre los que ya no estaba Leonardo.
La angustia por lo que pudiera haberle ocurrido por mi culpa no dejaba de atormentarme. Había intentado no contarle nada a nadie para que no salieran perjudicados y, aun así, eso era exactamente lo que estaba pasando.
No tenía intención de contarles a Irene y a mi padrastro que Matteo había viajado a México.
Pero, cuando aquel maledetto de Federico me llamó al día siguiente de la amenaza para exigirme información relevante, advirtiéndome de que, de lo contrario, Alexandre violaría a Giana, la mataría lentamente y me enviaría su cabeza, no vi otra alternativa más que decirle que habían viajado a México.
Nunca se me había dado muy bien la geografía, pero sabía que era un país enorme. No le di más información. Le dije que Matt no me había contado nada, salvo que tenía que entregar un gran cargamento y quería supervisarlo.
Cuando hablamos después de su regreso y me contó que habían sufrido un contratiempo, la culpa me devoró.
Pero era eso o dejar a mi amiga en manos de aquel desgraciado.
Como el barco había zarpado unos días antes y Matt ya estaba allí, pensé que no les daría tiempo a hacer nada.
Al fin y al cabo, estaban al otro lado del océano.
Tal vez había sido precisamente por haberlos avisado a última hora por lo que no había ocurrido nada más grave: no habían tenido tiempo suficiente para organizarse.
No quería haber hecho lo que hice, pero no conseguía arrepentirme. No podía arriesgar la vida de mi mejor amiga y estaba segura de que, en mi lugar, mi marido no se lo habría pensado dos veces para salvar a quienes amaba.
Pensar en Matteo me oprimía el pecho de una forma aterradora. Lo echaba tanto de menos que aquella ausencia me consumía poco a poco, pero entonces recordaba el odio con el que me había mirado y era todavía peor.
No había vuelto a verlo desde aquel día y su perfume ya había desaparecido por completo de nuestra habitación, quizá de tanto buscar su olor entre las sábanas.
Antes conseguía dormirme cuando lo encontraba, pero cada vez me costaba más.
El embarazo iba bien y, aunque me daba sueño, apenas conseguía dormir.
La culpa no me lo permitía, ni tampoco la ausencia de mi marido.
Me angustiaba pensar en lo que hacía lejos de mí. Había recordado muchas veces las palabras hirientes de Elisa. ¿Sabría lo que estaba pasando en nuestro matrimonio? Tal vez sí. Ya no sabía qué pensar.
¿Les habría contado Matt a todos que su esposa era una traidora?
¿O esperaba a que naciera mi hijo para hacerlo y después matarme?
Me inclinaba por la segunda opción, para proteger a su heredero, pero aun así me dolía.
Porque no lo haría por mí ni por nosotros, con la intención de que quizá nos reconciliáramos y volviéramos a estar juntos, sin nada más que se interpusiera. Eso no era más que una ilusión.
Nada volvería a ser como antes y toda la culpa era mía.
Las lágrimas volvieron a caer sin control, quizá por las dichosas hormonas del embarazo que, según el médico, me harían estar todavía más sensible.
La angustia por no saber qué ocurría ahí fuera no dejaba de consumirme.
¿Habrían capturado a mi madre y a mi padrastro?
¿Los habrían matado? ¿Y mi hermana? ¿Le habrían perdonado la vida, como había pedido?
¿Y Leonardo? ¿Por qué ya no era mi guardaespaldas?
Incluso intenté preguntárselo a Mattia cuando fuimos a la clínica para mi consulta con el obstetra, pero se limitó a ignorarme y a decir que no tenía autorización para hablar conmigo.
Fabrizio, en cambio, era muy extraño. Sobre todo su manera de mirarme, que me provocaba escalofríos.
Por eso nunca había intentado hablar con él.
También había intentado abrir la puerta para preguntarles a los guardias que se turnaban con ellos, pero, por supuesto, la mantenían cerrada con llave.
Me levanté sin ganas de nada y salí al balcón. Antes de sentarme en la butaca, vi a varios hombres vigilando en el jardín, justo debajo de donde me encontraba.
Parece que esta vez Matt ha tomado precauciones contra todos mis trucos.
No pude evitar sonreír al pensarlo. Solo demostraba lo bien que me conocía. Lo que no sabía era que esta vez no tenía intención de escapar.
Me había equivocado. No estaba orgullosa de lo que había hecho, pero no huiría de mis errores.
A veces pensaba en intentar recuperar su confianza y conseguir su perdón, pero enseguida recordaba aquella mirada llena de odio y se me desvanecía cualquier atisbo de ánimo.
Por eso me limitaría a disfrutar de mi embarazo durante el poco tiempo de vida que me quedaba.
Esperaba que Matt se deshiciera de Irene y Federico para que nada pusiera en peligro a mi pequeño.
Solo Dio sabía cuánto había llorado por haber pensado en acabar con su vida y haber intentado hacerlo aquel día en la clínica clandestina.
Pero, cuando llegó el momento, no pude. El amor maternal que había sentido al descubrir que dentro de mí crecía un pedacito del amor que Matt y yo habíamos compartido me impidió destruirlo solo para intentar frenar una venganza que nunca había pedido.
Después de aquel día, mientras Matteo estaba de viaje, tuve tiempo para pensar en lo que haría.
Se lo contaría todo en cuanto volviera. Esa era realmente mi intención, tanto que le dije que hablaríamos al día siguiente.
Pero había sido una idiota al olvidarme de mis planes iniciales en cuanto su boca tomó la mía.
Cuando le contara todo lo que había hecho y lo que querían hacerles, también le hablaría de mi descuido con los anticonceptivos y del embarazo.
Imaginaba que, al saberlo, no me mataría, aunque solo fuera por el bebé.
Si eso ocurría y no me perdonaba ni, por algún motivo, mataba a quienes llevaban tanto tiempo aterrorizándome, encontraría la manera de huir con mi hijo si le sucedía algo a mi marido. Pero jamás permitiría que Irene y Federico pusieran los ojos en mi bebé.
Unos golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos. Mi corazón ingenuo volvió a acelerarse ante la posibilidad de que fuera mi marido, pero, cuando vi a Sandra asomarse con una pequeña sonrisa y entrar en la habitación, me invadió la decepción.
—Siento no ser quien esperabas. —Se encogió de hombros, incómoda, y me reproché ser tan transparente en ciertos momentos.
Negué con la cabeza, volví al interior de la habitación y me senté en la cama.
—Me gusta tu compañía, pero no puedo negar que a veces tengo la esperanza de que venga él.
Por increíble que pareciera, Sandra no me había abandonado, pese a las órdenes de su hijo de que no recibiera ninguna visita salvo la del médico, la empleada que limpiaba la habitación y Francesca, que me traía la comida.
Me había convertido en una prisionera en mi propia casa.
—Dale tiempo, bambina. Matteo sigue muy dolido por lo que ha pasado, pero tiene buen corazón.
Asentí, porque sabía que era verdad, pero la interrumpí antes de que continuara. No quería seguir alimentando una esperanza que no se cumpliría.
—Tu hijo tiene el corazón más grande que he conocido. —Sonreí de verdad al recordar todo lo bueno que había hecho por mí—. Pero perdonar a una traidora, sobre todo a una a la que un día dijo que amaba, es demasiado para él. Y lo entiendo.
Se le humedecieron los ojos e intentó disimularlo apartando la mirada.
—Oí a Matteo hablar con Pietro de algo que me dejó preocupada…
—Pareció dudar un instante, pero respiró hondo y continuó—.
De que habías ido a una clínica clandestina para abortar a mi nieto.
—No había reproche en su voz, sino una tristeza inmensa que me destrozó y me hizo sentir todavía más avergonzada de mi decisión inmadura—.
¿Es verdad, bambina? ¿Estuviste a punto de hacerlo?
Tragué saliva, pero me había prometido no volver a mentir. Así que, aunque la vergüenza me encendió las mejillas, lo confirmé.
—Sí, es verdad.
Bajé la mirada, sin valor para sostener la suya. Sus dedos me levantaron el mentón con ternura para que la mirara.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—No fui capaz —admití en voz baja—. Cuando descubrí que estaba embarazada, me desesperé porque sabía que era lo que quería mi madre. Dejar que el embarazo siguiera adelante… —Intenté continuar, pero no pude y las lágrimas volvieron a resbalarme por las mejillas.
—Significaba seguir adelante con una venganza de la que no querías formar parte —terminó por mí, y asentí, todavía con la cabeza baja.
Se acercó y me atrajo hacia ella para que apoyara la cabeza en su hombro. Aquel sencillo gesto maternal bastó para romper la barrera que contenía mis sollozos. Lloré tanto y durante tanto tiempo entre sus brazos que perdí la noción de cuánto llevábamos allí.
—Es una pena todo lo que ha pasado. Justo cuando por fin habías aceptado lo que sentías por mi hijo, las cosas se tuercen de esta manera.
Me aparté un instante y la miré, intrigada por su comentario. Intentaba comprender cómo podía saberlo, si nunca había dicho nada ni había mostrado mi rencor delante de los demás. Como si me hubiera leído el pensamiento, continuó.
—¿Creías que no me había dado cuenta? —preguntó con una sonrisa—. Siempre supe que no lo amabas. En realidad, sentías todo lo contrario.
—¿C-cómo?
—Sé reconocer ese sentimiento cuando lo veo. Me daba cuenta de que, aunque lo odiabas, también te hacía sentir muchas cosas, y eso te atormentaba.
Dio, ¿cómo podía ser tan transparente?
Asentí, sin saber qué decir.
—Conozco muy bien ese sentimiento, porque así me sentía yo con mi Salvatore.
—Su confidencia me tomó por sorpresa. No imaginaba que ella también hubiera tenido un matrimonio concertado—.
Yo también me casé sin amor. No había un momento concreto que explicara mi odio hacia él; simplemente lo odiaba por todo lo que me hacía sentir.
—Se rio con nostalgia al recordar aquellos tiempos con su marido—.
Pero poco a poco comprendí que no servía de nada huir. Ya estaba completamente enamorada.
Una sonrisa pequeña, pero sincera, me apareció en los labios al conocer su historia.
—No imaginaba que te hubieras dado cuenta.
Mi madre siempre me decía cosas sobre él.