Capítulo 28 #3
—¡Apartaos! —grité. Apenas veía lo que tenía delante por la lluvia torrencial, pero distinguí cómo saltaban para quitarse de en medio. La verja se abrió en el último instante para evitar que la destrozara, porque aquello comprometería la seguridad de la mansión.
Respiré aliviada por no haber atropellado a nadie y seguí las indicaciones del GPS, agradecida de que las calles estuvieran vacías a aquellas horas de la noche.
El corazón no dejaba de amenazar con salírseme del pecho y solo se calmó cuando por fin llegué cerca de la mansión y aparqué a cierta distancia de la entrada para no llamar la atención.
No era tan idiota como para exponerme así.
No sabía en qué estado se encontraba la seguridad de la casa, pero algo me decía que la situación no era buena.
Cerré el coche con llave, me puse la capucha y avancé escondida entre los árboles que conducían al jardín de la mansión.
Después de caminar durante quién sabe cuánto tiempo, por fin distinguí el lateral de la mansión, donde estaba aquel calabozo en el que Matt pasaba tanto tiempo y al que nunca me había dejado entrar. No es que tuviera muchas ganas, pero alguna vez me había picado la curiosidad.
La lluvia había amainado un poco, aunque seguía siendo intensa. Me quedé observando un rato más, buscando alguna señal de que las cosas iban mal y de que acercarme pudiera ponerme en peligro, pero solo vi a unos pocos escoltas, todos manchados de sangre y con aspecto exhausto.
El jardín era un caos: todo estaba destrozado y había manchas de sangre por el césped, aunque la oscuridad no me dejaba verlo bien.
El corazón volvió a desbocárseme ante el temor de que parte de aquella sangre fuera de mi marido, y tuve que inspirar y espirar varias veces para no perder el control allí mismo.
Cuando salí despacio de entre los árboles, con el revólver en una mano y la daga en la otra, lista para entrar en la mansión, vi a Matteo subir las escaleras del calabozo, con Marco y Carlo detrás de él.
Por fin respiré aliviada al verlo bien. Parecía exhausto y estaba cubierto de suciedad, pero, a simple vista, no estaba herido.
La lluvia le empapaba el pelo y mi marido se lo echaba hacia atrás con las manos, sin importarle estar completamente calado, mientras se dirigía a la mansión.
Ya no soporté más la distancia que nos separaba y lo llamé a gritos.
—¡Matteo! —Como si no creyera lo que acababa de oír, se quedó inmóvil y se volvió, buscando el origen de mi voz. Cuando sus ojos encontraron los míos, aquella sonrisa ladeada que tanto me gustaba apareció en sus labios y eché a correr hacia él.
Dejé caer el revólver y la daga al suelo sin importarme nada, acortando cada vez más la distancia entre nosotros. Matteo también empezó a correr hacia mí, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Salté a sus brazos en plena lluvia, sin que me importara nada más, y pegué mis labios a los suyos, aliviando aquella añoranza que me había consumido poco a poco durante los días que habíamos pasado separados.
Nos besábamos como si quisiéramos devorarnos, de tanto como nos habíamos echado de menos.
Él me sujetaba por las caderas mientras yo hundía los dedos en su pelo mojado.
—¡Estás loca! —dijo entre un beso y otro—. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Te ordené que te quedaras allí, a salvo. ¿Tienes idea del riesgo que has corrido? —me reprendió. Me encogí de hombros, consciente de lo imprudente que había sido, pero me estaba volviendo loca en aquella casa.
—Necesitaba saber si estabas bien. No me cogías el teléfono, no me habías enviado ni un mensaje.
—Mi móvil se rompió en medio del jaleo. Ahora que las cosas se han calmado, iba a llamarte desde el de Marco —explicó, y me relajé en cuanto lo oí—.
Pero ¿cómo has conseguido llegar hasta aquí?
No veo a ninguno de tus escoltas —preguntó, incrédulo, dejándome de nuevo en el suelo. Ya echaba de menos su cercanía.
—Me he escapado. —Hice una mueca y volví a encogerme de hombros, consciente de la bronca que me esperaba—. Pero deben de estar a punto de llegar… —Intenté suavizar la situación, pero me callé al oír un disparo cerca de nosotros.
Solté un grito, asustada, pero no sentí que nada me alcanzara. Entonces miré al frente y vi que Matt se doblaba hacia delante y se llevaba una mano al pecho, que empezó a manchársele de sangre. Abrí los ojos de par en par, intentando sujetarlo mientras amenazaba con desplomarse sobre mí, y grité:
—¡Ayuda! ¡Marco, Carlo, ayudadme! —seguí gritando mientras intentaba tumbar a Matteo en el suelo con cuidado—. Amor, por favor, quédate conmigo. —Empecé a llorar sin control, presionando la herida del pecho para detener la hemorragia.
—¡H-huye! —intentó decir Matt, pero negué con la cabeza, incapaz de dejarlo así.
—¡Marco, ayúdame! —volví a gritar al darme cuenta de que estaba ordenando a los escoltas que fueran hacia el lugar de donde había salido el disparo.
La oscuridad dificultaba la búsqueda y, durante una milésima de segundo, al mirar hacia donde creía haber oído el tiro, vi aquella sonrisa diabólica que tanto había aterrorizado mi vida dirigida hacia mí.
Después desapareció en la inmensidad oscura de la noche.