Capítulo 28 #2
Lo amaba. Aunque no quisiera admitirlo, eso era lo que sentía y ya no servía de nada seguir huyendo de mis verdaderos sentimientos. Había aprendido a amarlo y lo necesitaba desesperadamente. No saber dónde estaba ni qué le estaba pasando amenazaba con acabar conmigo en cualquier momento.
Bajé al vestíbulo, donde estaban Mattia y Leo, y mi primo se volvió hacia mí en cuanto oyó mis pasos.
—¿Hay noticias de Matteo? —pregunté sin rodeos, antes de perder del todo la cabeza.
Negó con la cabeza, visiblemente preocupado.
—Pero ¿qué demonios ha pasado allí para que nadie conteste al puto móvil? —pregunté, frustrada, sentándome en los escalones sin importarme las normas de etiqueta ni la posición que ahora ocupaba.
Mi primo se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo. No aguanté más y apoyé la cabeza en su hombro, mientras notaba la mirada intrigada que nos dirigía Mattia.
No debía de saber que éramos primos, así que decidí aclarárselo antes de que le dijera alguna tontería a mi marido.
—Es mi primo, Mattia. No hace falta que corras a poner a tu jefe en mi contra —aclaré con acidez.
—No iba a hacer eso, señora. —Ajá, fingiré que te creo.
—Al parecer, llegaron más rebeldes de los que el don esperaba, y venían preparados para enfrentarse a cualquiera que estuviera allí —me confió mi primo.
Noté la mirada de soslayo que le lanzó Mattia; estaba claro que me había dado una información que debían haber mantenido en secreto, quizá para no alarmarme.
Me levanté de golpe, preocupada por lo que pudiera haberle pasado a Matt.
—¡¿Y me lo decís ahora?! —pregunté, incrédula, mientras subía corriendo a mi dormitorio y me cambiaba sin pensar demasiado en lo que hacía.
Me puse unos pantalones negros ajustados que me gustaba usar para entrenar y me coloqué la daga en la cintura, además del revólver que el don también me había dejado para que pudiera defenderme si surgía algún imprevisto.
Me puse una chaqueta negra cómoda y unas botas también cómodas, después de recogerme el pelo en una coleta alta.
Respiré hondo, todavía insegura ante lo que iba a hacer, pero no había pasado tanto tiempo entrenando para quedarme allí como una damisela indefensa en vez de estar ayudando a mi marido en lo que hiciera falta.
Tenía que elegir un bando y, desde que había conocido a Matteo, él se había convertido en mi mejor opción.
Siempre cuidaba de mí y velaba por mi seguridad.
Aún me dolía pensar que me había arrebatado a mi padre, pero necesitaba seguir adelante, y ayudar a mi madre y a aquel gusano de mi padrastro no me parecía lo correcto.
No cuando querían destruir a quienes me habían acogido y me habían dado más cariño y amor que mi propia sangre.
Volví a bajar las escaleras, decidida a ir a la mansión, y llamé a mi primo en cuanto lo vi solo.
—Leo, necesito que me lleves a la mansión ahora.
Me miró de arriba abajo y arqueó una ceja, consciente de lo que pretendía.
—Solo por encima de mi cadáver te metería en la boca del lobo. ¿Te has vuelto loca?
Respiré hondo, convencida de que nada me impediría hacer lo que quería.
—No, pero no voy a quedarme aquí mientras Matteo me necesita.
—¿Has visto la tormenta que está cayendo ahí fuera? —Intentó hacerme entrar en razón, pero no me importó.
—No voy a morirme por un poco de lluvia.
—Chichi, no estás pensando con claridad. Estás actuando por impulso y sabes que las cosas nunca salen bien cuando haces eso —me advirtió, pero no sirvió de nada.
—¡Necesito ver a mi marido! —dije con firmeza—. No me coge el teléfono, no me responde… ¿Y si le ha pasado algo? ¿No lo entiendes? —Se me llenaron los ojos de lágrimas, irritada por tener que pedir permiso para salir de mi propia casa.
—Pero tu marido me ha ordenado que no te deje salir de aquí, mia ragazza.
—¡Leonardo, se supone que deberías apoyarme, no hacer lo que él te diga! —grité, dándole la espalda y volviendo a mi dormitorio mientras lo oía alzar la voz.
—¡Solo estoy cuidando de ti!
—Pues cuídame menos —repliqué, enfadada como una niña mimada, pero me dio igual.
Me puse a caminar de un lado a otro por el enorme dormitorio en el que solo habíamos dormido una noche, cogí el móvil e intenté llamar a Matt otras tres veces.
Todas las llamadas fueron directamente al buzón de voz.
Decidí llamar a Sandra; quizá supiera algo.
Por lo que me había contado Matt, ella y Salvatore también se habían marchado de la mansión el viernes, algo que, por cierto, me había parecido muy extraño.
Solo se había quedado Pietro con el ejército que trabajaba para la famiglia. ¿Sería que sabían algo y por eso habían decidido sacarnos de allí? Empecé a darle vueltas mientras llamaba a mi suegra, que respondió al segundo tono.
—Bambina, cariño, ¿está todo bien, hija?
Respiré aliviada al oír su voz. Al menos ella estaba bien.
—Sí, sigo en la mansión de Palermo. ¿Usted ya ha vuelto a la mansión? —pregunté, tanteando el terreno—. Estoy intentando hablar con Matt, pero no me coge el teléfono y me estoy volviendo loca sin noticias.
—Ay, cariño, no. Sigo en nuestro apartamento de Sicilia. Salvatore también está angustiado porque los escoltas no lo dejan salir de aquí. Son órdenes de Matt.
Al menos no era la única a la que habían dejado encerrada.
—¿Y sabe si él está bien? ¿Y Pietro? Nadie me coge el teléfono… —me quejé, al borde del llanto.
—Por desgracia, no, bambina. Marco solo habló con Salvatore hace unas horas para decirle que habían surgido algunos contratiempos.
Pero eso significaba que mi marido estaba vivo, ¿verdad? De lo contrario, se lo habría dicho al padre de su jefe.
Después de hablar un poco más, colgué, todavía inquieta por todo lo que había averiguado.
Salí al balcón de nuestro dormitorio y miré el jardín que me rodeaba.
No había ningún guardia en aquella zona; quizá estuvieran vigilando a través de las cámaras, pero aquello no me disuadió de la idea que empezaba a tomar forma en mi cabeza.
Miré hacia el suelo para calcular la distancia y volví al dormitorio en busca de unas sábanas que pudiera usar. Seguro que encontraría alguna cuerda en la mansión, pero no iba a perder tanto tiempo buscando en aquella casa inmensa, donde sin duda acabaría perdiéndome.
Até las sábanas lo más fuerte que pude, haciendo varios nudos a lo largo para poder agarrarme mejor, y las sujeté a la barandilla del balcón.
Busqué con la mirada a algún escolta, pero no apareció ninguno.
También busqué cámaras en el balcón y orienté la única que encontré hacia el lado contrario para que no me pillara en pleno intento.
Respiré hondo al ver lo fuerte que llovía. Aquello no iba a facilitarme la huida, pero me agarré con firmeza a la barandilla, pasé primero un pie y luego el otro al otro lado e intenté no mirar hacia abajo.
—Por favor, no te sueltes —supliqué, aferrándome a la dichosa sábana.
Estaba algo más alto que en mi antigua casa y necesité cuatro sábanas para llegar hasta el suelo. Solté un gritito cuando me quedé colgada únicamente de la sábana, que se balanceaba de un lado a otro.
Tranquila, Chiara. Si te caes, como mucho acabarás con una pierna rota o un traumatismo craneal. Mi subconsciente no me ayudó demasiado, pero me aferré a la parte en la que no iba a morirme.
Fui bajando despacio, con el cuerpo ya completamente empapado por la lluvia, intentando ignorar las gotas fuertes y heladas que me golpeaban la piel —había pasado por cosas peores—, y, cuando estaba a un metro del suelo, solté la sábana y caí de pie sobre el césped.
Suspiré aliviada y avancé despacio hasta el garaje donde Matteo había aparcado el coche, con la esperanza de que las llaves estuvieran allí.
De lo contrario, tendría que salir y buscar un taxi.
Por suerte, después de esconderme de varios escoltas hasta que desaparecieron de mi vista, conseguí entrar en un Land Rover que, para mi alivio, era automático y tenía la llave puesta en el contacto.
Parecía que la suerte estaba de mi lado.
—No debe de ser tan difícil conducir un coche automático, ¿no? Solo tengo que evitar chocar contra una farola o contra otro coche —me dije.
Introduje la dirección de la mansión en el GPS del móvil y arranqué el motor, consciente de que tenía que darme prisa, porque el ruido llamaría la atención y no quería tener que hacerle daño a ninguno de los escoltas que velaban por mi seguridad.
Puse la palanca de cambios en la posición en la que solía ver a Matteo colocarla y pisé despacio uno de los pedales, pero el coche no se movió.
Debía de ser el freno. Probé con el otro y el coche avanzó.
Me sobresalté, pero respiré hondo y volví a acelerar, con el corazón a punto de salírseme por la boca.
Como era de esperar, los escoltas empezaron a acercarse, apuntándome con sus armas para que me detuviera.
Pero, cuando apareció Leonardo gritando que las bajaran porque era yo, obedecieron e intentaron ponerse delante del coche para impedirme avanzar.
Toqué el claxon y aceleré todavía más. O se apartaban o les pasaría por encima, pero nada iba a impedirme llegar hasta Matteo.