Matteo (El Imperio del Mafioso 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

CHIARA LUCCHESE

El fin de semana no podría haber sido más perfecto.

Era tan agradable tener tiempo a solas con Matt que me planteé seriamente pedirle que nos mudáramos allí, aunque para eso tuviéramos que viajar todos los días, o al menos que fuéramos más a menudo.

Durante aquel último mes, desde que habíamos empezado a estar juntos, simplemente me había permitido ser feliz.

Había intentado olvidarme de la puta venganza y de la presión constante de mi madre.

Cada vez sospechaba más que no estaba con Matteo solo por obligación, sino porque quería, y no podía estar más en lo cierto.

Cuando estaba entre sus brazos, todo parecía tener sentido. Me ayudaba a olvidarme un poco de la mierda de vida que siempre había tenido, y aquello era tan agradable que ya no podía resistirme a su encanto.

Era como una nueva adicción, pero una que me hacía bien.

Por eso evitaba responder a las insistentes llamadas de mi madre y, algunas de las veces que se había presentado sin invitación, le había pedido a Francesca que le dijera que no estaba. Por supuesto, me había enviado varios mensajes poniéndome de vuelta y media, pero me había limitado a ignorarlos.

Al mismo tiempo, intentaba reunir un valor que parecía haberme abandonado para contarle a Matt lo que me habían obligado a hacer. Quizá me perdonara. Pero no encontraba las fuerzas para sincerarme. ¿Y si cumplía su palabra y de verdad me mataba?

¡Estaba tan jodida!

Todo había sido tan sencillo: él había asesinado a mi padre, yo lo odiaba, odiaba a su familia y ayudar a mi madre no debería haber sido tan difícil.

Pero todo había cambiado. Su caballerosidad, el cariño con el que me hacía el amor…

Incluso cuando decía que me follaba, no conseguía verlo como algo malo.

Si era sincera, en realidad despertaba algo en mí que hacía que ni yo misma me reconociera.

Un ardor se apoderaba de mí cada vez que se acercaba, cada vez que me tocaba; era como si mi cuerpo entrara en combustión. Algo inexplicable y muy placentero.

Me había ido conquistando poco a poco y, cuando quise darme cuenta, ya estaba completamente, jodidamente enamorada de él.

Sí, así era exactamente como me sentía, y la prueba había sido reencontrarme con mi ex en aquella maledetta fiesta y no sentir absolutamente nada.

Ni una sola palpitación en el pecho. Lo único que había sentido eran unos celos arrolladores porque Elisa se había atrevido a desafiarme de aquella manera y había dejado claro que deseaba que mi matrimonio fracasara.

Por eso pensaba a diario en cómo intentar arreglar la mierda de vida que tenía. En cómo no perder a Matt, en hacer algo para que pudiera perdonarme y, además, seguir con él sin que acabara muerto.

Sentí los dedos cariñosos de mi marido acariciándome alrededor del ombligo y su perilla rozándome la nuca con una lentitud torturadora. Bastó aquello para que se me erizara todo el vello.

¡Cómo me gustaba que hiciera eso!

—Me gustaría quedarme aquí todos los días —comentó, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Así, sin más, desnudos y entre cuatro paredes.

Solté una risita y me volví hacia él, que estaba tumbado de lado mientras me torturaba.

—Podríamos venir más a menudo —sugerí, mordiéndome el labio para contener una sonrisa pícara, porque lo único que quería era tenerlo todo para mí, sin que nadie lo reclamara a cada momento, como sucedía en la mansión.

No es que estuviéramos completamente solos allí. No lo estábamos: Leonardo y Mattia habían venido con nosotros y se encontraban en la planta de abajo, al igual que algunos de los escoltas de Matteo.

—Si quieres, claro que podemos venir. Podemos alternar entre la mansión de mi familia y la de Palermo.

Matteo sonrió y, antes de que pudiera responder, acortó la distancia entre nuestros labios y empezó a besarme despacio.

Sus manos me apretaron la cintura y pegó nuestros cuerpos desnudos.

Sentí cómo su erección crecía poco a poco a medida que el beso se calentaba, pero, en el momento más inoportuno posible, me rugió el estómago.

Mi marido interrumpió el beso y soltó una risa que me hizo sonrojar.

—Vamos a comer algo que no seas tú. —Me guiñó uno de sus ojos grisáceos y yo puse los míos en blanco.

—Vamos, anda, que no solo de sexo vive el hombre —bromeé, levantándome y poniéndome un albornoz de seda rojo.

—¿Qué te apetece comer? ¿Quieres que pida algo a domicilio?

La idea de no tener que ir a la cocina no estaba mal, pero, por algún motivo, eso era precisamente lo que quería: preparar algo para complacer a Matteo. Así que negué con la cabeza.

—En realidad, voy a prepararnos la cena.

Era sábado por la noche y nos quedaríamos allí todo el domingo. No nos iríamos hasta el lunes por la mañana.

Matteo se puso solo unos bóxeres negros, de los que debía de tener decenas en el vestidor, y me abrazó por detrás, dejándome un beso y un suave mordisco en la nuca.

—¡Estupendo! Te ayudo si quieres —propuso, y, cuando iba a decirle que no hacía falta, porque de verdad quería hacer algo por él, empezó a sonar su móvil.

Me soltó y ya lo eché de menos. Lo observé mientras encontraba el móvil en la mesilla de noche y resoplaba al ver quién llamaba.

—Solo un momento, amore mio. —Asentí y esperé a que respondiera para ir a la cocina—. ¡Habla, cazzo!

Matteo respondió como si le irritara tener que hacerlo, y empecé a preguntarme si quizá aquel momento, estando los dos solos, sería el adecuado para contarle todo aquello en lo que me habían obligado a involucrarme.

Tal vez, si se lo explicaba desde el principio y le contaba por lo que había tenido que pasar, pudiera entenderme y no me matara. Quizá incluso pudiera perdonarme.

Suspiré, frustrada, consciente de que mi castillo de arena se vendría abajo en cuanto se lo contara, pero ya no soportaba mirarlo y mentirle sobre mi vida y sobre lo que había hecho.

Si esperaba al momento adecuado, nunca llegaría.

Así que respiré hondo, invadida por un valor que no sabía de dónde había salido, decidida a contárselo más tarde, después de cenar, o quizá, como muy tarde, la noche siguiente.

Matteo caminaba de un lado a otro, y su expresión pasó del fastidio al nerviosismo en un segundo. Una señal de alarma se encendió dentro de mí ante la posibilidad de que aquella llamada trajera malas noticias.

—¿Siguen ahí? —preguntó, preocupado—. ¿Y mis padres, Pietro?

Me mordí la comisura del labio, nerviosa, mientras lo veía ir de un lado a otro, poniéndose la ropa con una sola mano.

Por lo visto, se había acabado mi fin de semana con Matt.

—¡Voy para allá! Pide refuerzos si hace falta e intenta dejar a algunos vivos para que podamos averiguar algo más.

Terminó la llamada mientras se ponía una camiseta negra que se le ceñía al cuerpo. Fui a coger mi vestido para arreglarme, pero me sujetó las manos y me hizo volverme hacia él.

—¡Han intentado entrar en la mansión, tengo que ir! —Me dio un beso casto en los labios—. Tú te quedas aquí con los escoltas.

—Ni de co…

—¡No hay nada que discutir, Chiara! Es una orden.

Tragué en seco ante la firmeza con la que lo dijo e intenté replicar.

—Pero puedo ayudar…

—No, amore mio. Si estás allí, estaré todavía más preocupado, y lo que quieren es desestabilizarme. Por eso me quedaré más tranquilo sabiendo que estás aquí, a salvo, ¿de acuerdo?

Sus palabras tenían sentido y, como no quería que le pasara nada malo, asentí a regañadientes.

Me dio un beso ardiente, sujetándome el rostro con ambas manos, y se apartó. Cogió su revólver, comprobó si estaba cargado y recogió el móvil. Cuando se dispuso a salir, me invadió el terror de que resultara herido y no volviera, así que corrí hacia él y lo agarré.

—¿Matt? —Se detuvo y me miró—. Quédate conmigo —le pedí, pero negó con la cabeza, con comprensión en los ojos—. Por favor, quédate aquí. Deja que tus hombres se encarguen… —supliqué, abrazándolo.

—¿Qué clase de líder sería si dejara que mis hombres dieran la cara mientras yo me escondo en un dormitorio?

Sabía que tenía razón, pero algo me decía que no debía ir.

—Lo sé, pero ¿y si te pasa algo…? —intenté explicarle lo que me angustiaba, y volvió a sujetarme el rostro con cuidado, esbozando una sonrisa tierna.

—Tranquila, amore mio. Estoy acostumbrado a este tipo de situaciones y ni siquiera es la primera vez que intentan entrar en la mansión.

Respiré hondo, intentando creer en sus palabras. Me dio un beso casto en los labios y, cuando abrió la puerta, alcé la voz.

—Cuídate y vuelve pronto, ¿vale? —pedí, esperanzada. Me dedicó aquella sonrisa irresistible, me guiñó un ojo y respondió:

—Por supuesto, principessa. No vas a librarte de mí tan fácilmente.

Sonreí y lo vi darse la vuelta y salir de nuestro dormitorio, dejándome con el corazón hecho pedazos y preocupada por lo que pudiera pasar.

***

Llevaba ya dos días encerrada en aquella mansión y los pensamientos que me rondaban la cabeza eran cada vez más aterradores.

No podía estar segura, pero algo me decía que Federico tenía algo que ver con todo aquello, al igual que mi madre.

Al darse cuenta de que no podían contar conmigo, debían de haber cambiado de planes y por eso habían empezado a atacarlos directamente. Aquello nunca había formado parte del plan, al menos hasta donde me habían contado.

Sabía que algún día tendría que enfrentarme a ellos y que quizá no saldría con vida, porque mi madre no me la perdonaría después de no haber hecho lo que me había exigido, pero ya no me importaba.

Genevive estaba protegida, hasta donde yo sabía.

Leonardo la visitaba a menudo y decía que sus escoltas la acompañaban a todas partes y vigilaban su puerta, igual que antes hacían conmigo.

El problema era que, si me pasaba algo y Matt descubría que lo había traicionado, probablemente no me perdonaría y, además, le retiraría la escolta a mi hermana, si es que no se vengaba también de ella.

¡Dio, cómo había acabado metida en todo aquello!

Ya no sabía qué hacer ni qué pensar. Todas las posibilidades que se me pasaban por la cabeza acababan conmigo muerta o con mi marido muerto, y solo de pensar en aquello me dolía el pecho como si fuera a estallar.